lunes, 23 de julio de 2012

CAMBIO DE SITIO WEB

A partir de esta fecha ya no se añadirán nuevas entradas en este blog, debido a la apertura de un nuevo sitio web que albergará toda la información en un mismo lugar.

Enlace a la página web: www.aquilaypriscila.es

viernes, 25 de mayo de 2012

DE NOCTAMBULOS Y CENTINELAS

Desde hace ya bastantes años he tenido la oportunidad de ‘asomarme’ a la noche, a través de algunas colaboraciones en programas radiofónicos a altas horas de la madrugada. Una de las primeras sorpresas consiste en comprobar la gran cantidad de ecos nocturnos que podemos llegar a percibir, hasta el punto de concluir que nuestra sociedad no está ‘desconectada’ en ningún momento. Si bien es cierto el refrán: “De noche todos los gatos son pardos”; sin embargo, yo me atrevería a matizar añadiendo que, a la luz de la luna, todavía es posible distinguir entre ‘noctámbulos’ y ‘centinelas’.

Si encendemos de madrugada la televisión –cosa ciertamente poco recomendable-, comprobamos que la mayoría de los canales han conectado una especie de ‘piloto automático’, ofreciendo lo que podríamos llamar un ‘cebo’ para noctámbulos. Nos encontramos principalmente con tres tipos de productos: tarots y consultas con adivinos o videntes; teléfonos eróticos y canales pornográficos; y programas de televenta y de sorteos de premios. Es de suponer que quienes han planificado ese tipo de ‘anzuelos’, antes de elegir el ‘cebo’ adecuado, habrán estudiado detenidamente las inclinaciones de las pasiones humanas. Es obvio que las inquietudes, los agobios y ansiedades, la inmadurez, las frustraciones, las angustias, los miedos, el vacío interior… etc. pueden llegar a convertirse en un negocio redondo para esta nueva clase de empresarios, ‘cazadores de noctámbulos’.

En el Evangelio de Mateo hay una frase de Jesucristo, que me parece especialmente clarividente y clarificadora de los ideales de nuestra generación en general, y de los de cada uno de nosotros en particular: “Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt 6, 21). Sería una ingenuidad por nuestra parte suponer que estas programaciones nocturnas en los medios de comunicación son un mero juego inocuo, inocente e inofensivo. ¡Es obvio que estamos ante un fenómeno muy distinto del juego del parchís o de las cartas, con los que tradicionalmente nos entreteníamos en el seno de nuestras familias!

¿No será que el tarot, el erotismo y el consumismo son expresiones de las grandes necesidades del hombre, a las que seguimos sin dar una respuesta adecuada? De forma inversamente proporcional a nuestra fe y esperanza en Dios, los adivinos nos ofrecen su mercado esotérico con la promesa de aliviar la angustia por nuestro futuro y mitigar el dolor por las heridas del pasado. La pornografía ofrece un tubo de escape para compensar la frustración en el amor, al mismo tiempo que nos hace incapaces para el amor respetuoso y fiel. Y el consumismo no es otra cosa que un intento de compensar con el ‘tener’, las carencias del ‘ser’. (¡Quién dijo aquello de “el dinero no nos hace felices, pero es lo único que nos compensa de no serlo”!). En pocas palabras, la oferta televisiva nocturna bien parece responder a las tres heridas morales principales de nuestra generación: la desconfianza, la desfiguración del amor y el narcisismo.

En ‘la noche’ tenemos el riesgo -pero también la ocasión- de desinhibirnos y desprendernos de una buena parte de nuestras caretas y corazas, hasta el punto de generarse una mayor facilidad para manifestar y compartir los valores y contravalores que anidan en nuestro corazón. Es decir, también en un sentido positivo, ¡la noche es una gran oportunidad para la comunicación de la experiencia cristiana en un contexto de Nueva Evangelización!

En las últimas semanas hemos sido testigos del estreno del cortometraje “Hay mucha gente buena” (www.haymuchagentebuena.es), producido de forma desinteresada por el director español Antonio Cuadri, con el objeto de divulgar la labor de un equipo de comunicadores voluntarios, que en la madrugada del viernes al sábado realizan en Radio María un programa interactivo en contacto con ‘la noche’. El testimonio del retorno a la fe de Antonio Cuadri es una buena prueba de la importancia de salir al encuentro de los hombres y las mujeres de las distintas generaciones, ambientes y situaciones de vida.

En resumen, en ‘la noche’ no todos son ‘noctámbulos’ en medio de las penumbras, sino que también los hay ‘centinelas’, que intentan abrir y ampliar horizontes sembrando esperanza. Me viene a la memoria la imagen de Juan Pablo II, ante la inmensa multitud de jóvenes reunidos en Torvergata (Roma), durante la Jornada Mundial de la Juventud del año 2000. A ellos les dirigió unas palabras proféticas: “En vosotros veo a los ‘centinelas de la mañana’ (cf. Is 21, 11-12) en este amanecer del tercer milenio”.

Aquellas palabras no cayeron en el olvido, sino que dieron origen a experiencias verdaderamente novedosas al servicio de la Nueva Evangelización, como es el caso de “Sentinelle del mattino” (Centinelas de la mañana), iniciativa del sacerdote italiano Andrea Brugnoli. Se trata de una atrevida experiencia para compartir el Evangelio en medio de ‘la noche joven’ y en ambientes similares (www.sentinelledelmattino.org). ¡Ojalá pudiéramos ver pronto esta experiencia hecha realidad en las noches donostiarras! Pero de eso hablaremos en otra ocasión. Por el momento, ¡buenas noches a todos! Que es tanto como decir ¡buenos días!

Fuente: Mons. José Ignacio Munilla
 

martes, 24 de abril de 2012

PROFETA PARA UNA NUEVA EVANGELIZACION

Grande fue Jeremías, y actual, muy actual. Como a nosotros hoy, le tocó a Jeremías ser testigo del derrumbe de su mundo y anunciador de una nueva evangelización. Fueron tiempos difíciles. Tiempos de llanto, de crisis, de persecución. Le dolía su mundo, "¡Mis entrañas, mis entrañas!, ¡me duelen las telas del corazón, se me salta el corazón del pecho!" (Jer 4,19).

La cultura judía que hasta entonces había sostenido el mundo de Jeremías y sus paisanos, se agotaba en sí misma. No daba más de sí. Los eternos males de la injusticia cortesana y la tontera popular estaban acarreando la desgracia de Israel que acabaría "como quien rompe un cacharro de alfarería, que ya no tiene arreglo" (19,10). Jeremías fue testigo y profeta de la ruina, del final de Jerusalén: "¡Escapad, no os paréis! Porque yo traigo una calamidad del norte y un quebranto grande... ¡Los gentiles! ¡Ya están aquí!" (19,7.16).

No le quisieron escuchar; como siempre sucede, pretendieron matar al mensajero para no hacer caso a la noticia. El ejercicio de la profecía para Jeremías fue doloroso, con tanta angustia que llega a maldecirse: "¡Maldito el día en que nací! ¡el día que me dio a luz mi madre no sea bendito!" (20,14). Las incomprensiones y las presiones eran muy grandes y Jeremías experimenta la noche oscura de la fe: "¡Ay! ¿serás tú para mí como un espejismo, aguas no verdaderas?" (15,18). Jeremías vive en su interior la gran paradoja del creyente: cuanto más dura es la situación, cuanto más lejos parece que está Dios, más pura y auténtica es la fe y más rumorosa la presencia amorosa de Dios: "Me has seducido, Señor, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido... La palabra de Dios ha sido para mí oprobio y befa cotidiana. Yo decía: No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre. Pero había en mi corazón algo así como un fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía" (20,7-9).

Dios le da la clave para la misión: "si separas lo precioso de la escoria, serás mi boca. Que ellos se conviertan a ti, no te conviertas tú a ellos" (15,19). Jeremías tuvo conciencia de ser llamado por Dios para una misión crucial: "Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: Te nombré profeta de los gentiles" (1,5). Pero lo más importante y actual de Jeremías fue la comprensión de su misión profética. No la redujo a mirar al pasado y al presente trágico para denunciar pesimistamente la destrucción, el arrasamiento y el derrumbe del viejo mundo. Su mirada y su misión fueron más allá, hacia el futuro "para plantar y edificar" una nueva cultura alentada por una fe más auténtica y personal.

Jeremías ve en la desgracia del exilio la posibilidad de un nuevo éxodo que provoque el encuentro amoroso de Dios y el hombre: "Halló gracia en el desierto el pueblo escapado de la espada... Con amor eterno te amé, por eso prolongué mi misericordia. Todavía te construiré, y serás reconstruida, Doncella de Israel" (31,2-3). El reto y la tarea están en el futuro. El futuro es el don de Dios para una nueva Alianza más pura, más verdadera, más asumida: "Mirad que llegan días en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva... Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones" (31,31-33).

Y así Jeremías anima a sus paisanos del exilio a comenzar la hermosa tarea de una regeneración, una "nueva evangelización", sabiendo que Dios está más cerca que nunca: "Edificad casas y habitadlas, plantad huertos y comed su fruto... Me buscaréis y me encontraréis cuando me solicitéis de todo corazón; me dejaré encontrar de vosotros" (29,5.13).

Fuente: Joaquín Rodes (noticias diocesanas de Orihuela-Alicante)

martes, 27 de marzo de 2012

SIEMPRE EN CAMINO

No cabe duda de que el tiempo de Cuaresma que nos prepara para la Pascua es, ante todo, un caminar constante y decidido hacia delante. Esto puede aplicarse también a toda la vida cristiana; es decir, la vida en el Espíritu implica estar siempre en camino. No caben más que dos marchas en esta vida; la marcha hacia delante y la marcha atrás. No hay punto muerto, no cabe una marcha en la que estamos parados; o estamos siempre en camino avanzando hacia la otra orilla o, en el caso de que nos detengamos, se iniciará siempre la marcha atrás.

Cuando el Señor entraba en Jerusalén se iniciaba la última etapa de su vida mortal que le marcaba el camino hacia su pasión, muerte y resurrección. Nunca rehuyó este camino ni quiso dejarlo para más adelante, sino que en el momento adecuado estuvo dispuesto a ponerse en marcha hacia el Calvario. Él siempre estuvo en camino y nunca se detuvo ante lo que había por delante, y esto mismo es lo que nos pide a los que hemos decidido seguirle. Debemos poner la mano en el arado sin mirar más hacia atrás (Lc 9,62), estar dispuestos a pagar el precio y tomar la cruz cada día (Lc 9,23-24).

Meditaba en todo esto cuando escuché a alguien hablar acerca de un pasaje bíblico en el que Samaria fue sitiada y atacada por el rey de Siria, causando una gran hambruna y una grave crisis en toda su población (2 Rey 6,24-ss). Fuera de la ciudad había cuatro leprosos que sabían bien que aquella situación les llevaría a morir si continuaban viviendo de la misma manera, fuera de la ciudad, o si intentaban entrar en ella teniendo en cuenta su condición de leprosos (2 Rey 7,3-ss). Ellos decidiron marchar hacia delante e ir al campamento enemigo, arriesgando sus vidas pero sabiendo que existía la posibilidad, aunque remota, de que les perdonaran la vida y les permitieran vivir. Cuando llegaron al campamento sirio se dieron cuenta de que no había nadie, ya que todos habían huido dejándolo todo; el motivo fue que el Señor había hecho que el ejército sirio escuchara ruido de carros de combate y de un gran ejército, haciéndoles creer que el rey de Israel y otros reyes se acercaban para atacarlos.

Cuando no tenemos nada que perder, cuando estamos "fuera de la ciudad" como los leprosos, nos convertimos en materia prima para que Dios haga un milagro con nosotros. A veces nos preguntamos: ¿podrá hacer Dios algo bueno con nosotros? No te imaginas lo que Él puede hacer con cuatro leprosos, con alguien que se entrega totalmente a Él sin condiciones. El Señor usa a las personas que están dispuestas a morir marchando hacia delante. Dios pudo haber utilizado como instrumentos al rey de Samaria o al ejército, pero se sirvió de cuatro leprosos para hacer su obra.

El Señor se va a poner en marcha después de que tú empieces a caminar. Este es un principio importante que olvidamos; sin embargo, lo vemos constantemente en la Sagrada Escritura. Muchas veces pensamos que no debemos hacer nada hasta que tengamos la seguridad de que es la voluntad de Dios; sin embargo, esto puede provocar a veces más mal que bien porque seguimos esperando a hacer algo sobre lo que el Señor, quizás, ya nos había mostrado que eso era lo que había que hacer. Y se queda sin hacer.

Podemos preguntar entonces: ¿y si me sale mal? Bueno, es parte del riesgo que hay que correr. Nadie pretende firmar un contrato con la seguridad absoluta de estar haciendo un buen negocio, porque en ese caso nunca se firmaría uno. Porque tenemos miedo, demasiadas veces no hacemos nada; pero debemos atrevernos a caminar sobre el agua. No hay garantía pero debemos bajar de la barca y caminar. No seamos cobardes, debemos pelear y correr el riesgo. Si nos quedamos fuera de la ciudad sin hacer nada por el resto de nuestra vida vamos a morir, y la vida se pasa más rápido de lo creemos o pensamos.

Aún cuando no tenemos la absoluta seguridad de que lo que hacemos es la voluntad de Dios, nuestra actitud de luchar contra la mediocridad y la cobardía consigue conmover el corazón de Dios. Debemos dejar nuestras propias seguridades y vivir en la inseguridad segura del amor del Señor y confiar siempre en Él. O confiamos en Dios o confiamos en nosotros mismos y en nuestras propias seguridades; es cuestión de prioridades. El Señor no tiene que abrir las puertas primero para que, después de verlo claro, ya podamos dar un paso al frente para ponernos en marcha. "Os voy a dar toda la tierra en la que pongáis la planta de vuestros pies" (Jos 1,3). Esto es lo que nos dice y en su promesa podemos confiar y esperar sin condiciones.

"Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres... lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. A Él se debe que vosotros estéis en Cristo Jesús, el cual se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención. Y así -como está escrito-: el que se gloríe, que se gloríe en el Señor" (1 Cor 1,25-31).

viernes, 2 de marzo de 2012

DIOS DE LOS EJERCITOS

Aunque no lo parezca, todos sabemos algo de hebreo; si no fuera así, no diríamos Amén y Aleluya. Sabemos, o sabíamos, también otras palabras menos frecuentes, que se dicen tal cual en la liturgia en latín. Entre ellas está Sabaot.

Es el plural de la palabra hebrea dsabá, que se deja ver casi cuatrocientas veces en el Antiguo Testamento hebreo, y signfiica, real o metafóricamente: ejército, milicia, guerra. Ejemplo de sentido real es 1 Sam 17,45: David se enfrenta a Goliat: "Tú vienes hacia mí armado con espada, lanza y jabalina; yo voy hacia ti en nombre de Yahvé Sabaot, Dios de los ejércitos de Israel a los que has desafiado".

Sorprende que la palabra Sabaot llegara a ser título divino: "Yahvé Sabaot". En sentido literal, ¿qué ejércitos tiene el "Dios de los ejércitos"? Los de su pueblo elegido; con la garantía de que cuando sale al frente de las tropas israelitas siempre es triunfador (cf. Is 1,24: "Oráculo del Señor Yahvé Sabaot, el Fuerte de Israel: Voy a desquitarme de mis enemigos, voy a vengarme de mis contrarios").

Cuando su sentido es metafórico, los "soldados" de Dios son algunas veces los ángeles, potencias celestes (Sal 103,20-21: "Bendecid al Señor, ángeles suyos... bendecid al Señor, ejércitos suyos"). Con más frecuencia, son las estrellas del cielo; Dios las tiene contadas, y llama a cada una por su nombre (Sal 147,4). Cierto, es un ejército ordenado y valeroso: combatientes a favor de Dios, lucharon desde el cielo contra Sísara, y así le fue (Jue 5,20). Este uso no es raro en los libros proféticos, cuando se habla de Dios, Señor absoluto del universo.

No siempre es fácil identificar los ejércitos de Dios. En un mismo salmo, el 46, la misma expresión puede referirse a las fuerzas cósmicas en el v. 4; pero en el v. 12, en contexto de guerra, probablemente no.

¿Quién inventó ese título divino? Desde Mesopotamia, que fue quizás la cuna de la astrología, hasta Egipto, donde se decía que las estrellas eran el séquito del dios Osiris, bastaba contemplar el cielo de una noche estrellada para pensar que los astros, tan cerca de Dios, poseen poderes divinos. Israel, así como sintió la atracción de los dioses falsos de Canaán, también sintió la tentación de los cultos astrales de pueblos vecinos. Por eso, el Deuteronomio (4,19) prohibía con dureza dar culto a las estrellas: "Cuando levantes los ojos al cielo y veas el sol, la luna, las estrellas, todo el ejército del cielo, no te dejes seducir y te postres ante ellos para darles culto". ¡Las estrellas no son "dioses menores", sino criaturas del único Dios.

Reafirmemos nuestra fe en el verdadero Dios, escuchando sus palabras en Is 44,6-7: "Esto dice el Señor, rey de Israel, su redentor, Yahvé Sabaot: Yo soy el primero y el último, fuera de mí no hay ningún dios. ¿Quién como yo?" (Lástima, ahora nos hacen decir: "...el Señor todopoderoso". No proferimos una mentira, pero ¿era eso lo que decía el texto hebreo?).

Fuente: Magnificat (Febrero 2012)
 

jueves, 2 de febrero de 2012

¿DIOS ESTA AQUI?

Me venía a la mente la letra del canto que lleva por título el mismo que el presente artículo que hoy estoy escribiendo, pero sin los signos de interrogación: Dios está aquí. Allí donde está la presencia de Dios, las vidas de las personas cambian y el hambre espiritual es saciado; sin embargo, cuando la presencia de Dios no es palpable ni experimentable, sucede lo inevitable...

Nunca dejará de sorprenderme el relato del capítulo 2 del libro de los Hechos de los Apóstoles, en el que nos encontramos con 3.000 conversiones y una sola predicación. Demasiadas veces he tenido que observar con gran dolor y tristeza la realidad de lo que sucede en muchas parroquias y comunidades; más de 3.000 predicaciones y apenas una sola conversión. Y me he preguntado: ¿Dios está aquí? Jesucristo, el Señor, ¿está en verdad en el centro del corazón y de la vida de este pastor de almas o de estos responsables eclesiales?

Es como ir a una panadería y no encontrar pan; es el lugar donde su supone que debe haber pan, pero no has podido encontrarlo. Es verdad que te hablan de recetas para hacer el pan, de los lugares donde se prepara y se hornea, de los diferentes tipos de pan que existen; sin embargo, ya no hay pan.

Hay lugares en la Iglesia, o quizás sea mejor decir, hay expresiones en la Iglesia donde la presencia de Dios ya no está actuando; la gloria de Dios ya no está presente y las vidas de las personas no son transformadas ni renovadas; el Espíritu Santo no se mueve con poder y ya no hay convicción de pecado. Por eso hay tantas personas que están a gusto ahí donde no está la presencia de Dios, porque viven en pecado, y cuando el pecado no es expuesto no puede haber arrepentimiento sincero ni conversión auténtica.

Hoy día encontramos muchos creyentes que han escogido escuchar predicaciones suaves y un evangelio "amistoso" en el que ya no se habla apenas de Dios, ni de su Palabra, ni de su presencia. Se prefiere resultar simpático y políticamente correcto, antes que molestar a nadie con la verdad completa de la salvación. Claro que hay que hablar del amor de Dios, es lo primero y más importante, pero no es lo único; también hay que predicar sobre el pecado y llamar a las cosas por su nombre, porque solo así es posible que las vidas de las personas cambien de verdad y se produzcan conversiones.

Hay personas que no descubren la presencia de Dios y se marchan para encontrarla en otros lugares, porque saben muy bien lo que desean y aquello que están buscando: encontrarse con el Señor y caminar en su presencia todos los días de su vida. Ojalá que no se equivoquen y busquen en lugares erróneos fuera de la Iglesia de Jesucristo. ¡Cuántas expresiones de Iglesia en las que no hay vida! Están muertas porque la presencia de Dios ya no está ahí y las vidas de las personas no cambian porque se han quedado en punto muerto también.

¡Ven Espíritu Santo y renueva a tu Iglesia con el fuego! ¡Reaviva en tus fieles un amor apasionado por Cristo y un deseo incansable de caminar siempre en tu presencia! Que podamos cantar con fuerza: ¡Dios está aquí! ¡Dios está aquí! ¡Dios está aquí! Tan cierto como el aire que respiro, tan cierto como en la mañana se levanta el sol, tan cierto que cuando le hablo Él me puede oir. ¡Dios está aquí!

jueves, 19 de enero de 2012

AMOR QUE SANA Y SALVA

Con las palabras hebreas mûsar, comentada aquí hace casi un año, y qannà (los "celos" de Dios) siete meses antes, creí que estaba clara la doctrina bíblica del castigo de parte de Dios. Por lo visto y lo leído parece que no me expliqué bien. ¿En qué quedamos: Dios castiga o no castiga?

Veamos otra palabra de la Biblia hebrea: nagáf

Digo "otra", porque una decena de términos hebreos sinónimos, de diversas raíces, nos recuerdan que Dios castiga (digamos suavemente: educa, amonesta, corrige, sanciona, etc.; ¿desaparece la dificultad?). Para suprimir esa doctrina tan poco "moderna" hay que arrancar antes muchas páginas de la Biblia.

Nagáf en su origen significa golpear o herir: un hombre hiere a su prójimo (Ex 21,22), un buey acornea a otro buey (Ex 21,35). Si es Dios quien golpea, el "sonido" es judicial: Dios, juez justo, ante una conducta mala dicta una sentencia que duele. ¿Qué castigo impone? A un ejército, Dios puede afligirlo con una derrota, como a los benjaminitas obstinados (Jue 20,35); Dios puede herir con enfermedades y con la muerte, como le sucedió a Nabal (1 Sam 25,37-38) a quien "el Señor hirió de muerte" (¡cómo no iba a morir si se le "agarrotó el corazón" diez días antes por una mala noticia!); o con diversas plagas, como pasó en Egipto (Ex 7,27).

De la misma raíz hebrea, el sustantivo néguef añade su letanía de desgracias, aflicciones y calamidades; en suma: de castigos (Ex 12,13; Num 8,19; 17,11s; Jos 22,7). Muchos son castigos-consecuencia: la pena va en el mismo pecado, como hoy día vemos en las consecuencias de la droga; en el hecho de que Dios "permita" esa sanción que yo mismo me impongo por no hacer caso al sentido de culpa y castigo que llevamos en el fondo de nosotros mismos, hay un gesto divino respetuoso de mi libertad.

¡Pero el Nuevo Testamento es otra cosa! No. Es la misma música casi con la misma letra; y es lógico: cuanto más cerca se deja ver el amor que Dios nos tiene más aparece la gravedad de nuestro desamor, esa situación de ofensa cometida que exige una pena. ¿Y el santo temor de Dios? "Es temor filial; y el temor perfecto de hijo sale de amor perfecto de padre" (san Juan de la Cruz). "El verdadero amor no consiste en ceder siempre, en ser blando, en la mera dulzura. En ese sentido, un Dios dulcificado que dice a todo que sí... no es más que una caricatura del verdadero amor. Porque nos ama, Dios debe oponérsenos cuando nos perdemos a nosotros mismos y corremos peligro" (Benedicto XVI). ¿No será que nuestra razón ofuscada por la sensibilidad quiere que Dios diga lo que nos gusta, en vez de escuchar a qué llama Dios bueno o malo?

También en el Antiguo Testamento la pena es medicinal, no vindicativa; está dictada por un amor infinito ofendido, por eso nos salva; reparamos la ofensa restituyendo lo robado (cf. Jos 7); nos purificamos, nos volvemos a Dios. Hasta el mismo Egipto (¡el enemigo!) se convertirá: "El Señor herirá a Egipto, pero en seguida lo curará; se convertirán al Señor y él será propicio y los curará" (Is 19,22).

Para rezar: ¿Todavía no hemos experimentado el gozo de decir después de una desgracia: "Me castigó, me castigó el Señor, pero no me entregó a la muerte" (Sal 118,18)? ¡Me castigó precisamente para no entregarme a la muerte! "Antes de sufrir yo andaba extraviado... Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos" (Sal 119,67.71).

Fuente: Magnificat (Enero 2012)
 

lunes, 19 de diciembre de 2011

CARTA A LA IGLESIA DE ESPAÑA

Por medio de estas líneas es mi deseo poder compartir con los pastores y
responsables de la Iglesia de España algo que me siento impulsado a no guardar para mí.

Yo, vuestro hermano Onofre, soy un laico comprometido con la Iglesia de España y la nueva evangelización, apasionado por Jesucristo y con un deseo cada día mayor de amar y hacer amar a su Iglesia. Casado con Icíar desde hace trece años y sin poder tener hijos, pueden dar referencia de mi persona algunos obispos, varios sacerdotes y un buen número de laicos comprometidos.

Un día cualquiera del mes de diciembre, en pleno tiempo de Adviento y después de haber participado en la Eucaristía, regresé a mi casa como cada día para continuar con mis tareas cotidianas, cuando empecé a escuchar en mi interior palabras y frases seguidas, unas detrás de otras, que no conseguía detener o alejar de mí.

Soy consciente de no ser más que una pequeña e insignificante pluma en manos de un buen escritor; un centinela que no hace más que aquello que debe hacer por el bien de su Pueblo, como el profeta Ezequiel en tiempos del asedio de Jerusalén por parte de Nabucodonosor (Ez 33,3-9).

“Y tú, ármate de valor; ve y diles todo lo que yo te mande. No les tengas miedo, porque de otra manera te haré temblar delante de ellos. Yo te pongo hoy como ciudad fortificada, como columna de hierro, como muralla de bronce... yo estaré contigo para protegerte. Yo, el Señor, doy mi palabra” (Jer 1,17-19)...

LEER CARTA COMPLETA (enlace)

lunes, 14 de noviembre de 2011

PAGAR EL PRECIO

Cuando el Señor nos llama a su servicio, debemos estar dispuestos a pagar el precio. Si Él dio su vida por nosotros, también nosotros debemos estar dispuestos a dar la vida por nuestros hermanos cada día (1 Jn 3,16). El llamado al sacrificio siempre fue una parte del servicio de los grandes héroes de la fe, como encontramos en el capítulo 11 de la carta a los Hebreos.

El liderazgo espiritual siempre viene acompañado de soledad, críticas y rechazo; Jesucristo vino a los suyos y los suyos no lo recibieron (Jn 1,11). Existen muchos momentos en la vida del siervo de Dios donde debe caminar solo, necesitando suficientes recursos internos para quedarse solo frente a la inflexible oposición de no tener a nadie más que al Señor. La humildad nunca se pondrá a prueba con más intensidad que cuando llega la crítica y el rechazo. Debemos esperar que la crítica se intensifique en la medida en que aumentan nuestras responsabilidades, ya que esto hace que caminemos humildemente con Dios y busquemos en todas las cosas hacer su voluntad.

San Pablo buscó el favor de Dios y no el de los hombres (Gal 1,10). A él no le perturbó la crítica ni le preocupó demasiado el ser juzgado por los hombres, ya que el único Juez es el Señor (1 Cor 4,3-4). El oído del apóstol estaba bien sintonizado con la voz de Dios y para él las voces humanas era tenues en comparación con la voz de su Señor; por eso, no tenía miedo de los juicios humanos ya que vivía consciente de estar ante un tribunal superior (2 Cor 8,21).

Todo esto provoca en nosotros fatiga y cansancio; es lo normal. Jesucristo también sufrió el cansancio como parte de su ministerio y tuvo que descansar en muchos momentos (Jn 4,6). No podemos olvidar que la fatiga es el precio que hay que pagar como siervos fieles de Dios y la mediocridad es el resultado de no sufrir el cansancio y la fatiga.

Jesús tuvo que lamentar la terquedad de su pueblo en varios momentos, así como los profetas que fueron fieles a Dios hasta el final. Hoy también es tiempo de alzar la voz como profetas del tercer milenio, dispuestos a pagar el precio por amor a Dios y a los hombres de nuestra generación. Necesitamos amar y hacer amar a la Iglesia de Jesucristo, sirviendo en fidelidad y con perseverancia evangélica.

"¿A qué compararé esta generación? Se parece a esos chiquillos sentados en las plazas, que se gritan unos a otros: os hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado. Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dijeron: tiene un demonio. Ha venido el hijo del hombre , que come y bebe, y dicen: éste es un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores. Pero la sabiduría ha sido justificada con sus obras." (Mt 11,16-19)

sábado, 29 de octubre de 2011

CONFUSION Y PERSEVERANCIA III

Estoy convencido de que nada sucede porque sí, ya que todo sirve para bien de los que aman a Dios y responde a los designios que el Señor tiene para nuestras vidas y para este mundo en el que vivimos. En este tiempo de confusión que nos toca vivir, estamos llamados a la perseverancia evangélica que cobra todo su sentido cuando hemos puesto nuestra mirada y toda nuestra existencia en el Corazón de Cristo. La Iglesia de Jesucristo que es asistida, guiada y conducida continuamente por el Espíritu Santo ha salido al paso en este tiempo por medio del legítimo sucesor de Pedro, el Papa Benedicto XVI, a través de la Carta Apostólica en forma de Motu Proprio Porta Fidei, con la que se convoca el Año de la Fe.

El Santo Padre es bien consciente de este tiempo difícil que nos toca vivir como cristianos; por eso, esta Carta Apostólica sale al paso de nuestra realidad como una invitación a la perseverancia y a la evangelización como medios para llevar a cabo nuestra tarea como discípulos de Cristo del tercer milenio. Por medio de este documento, el Papa desea confirmar en la fe a todos los hermanos que en el mundo entero se esfuerzan por ser coherentes con el llamado que han recibido a ser fieles al Señor por medio de su Iglesia.

Entre otras cosas, todas de gran interés y necesarias para una profunda reflexión personal y comunitaria, destacan la necesidad que los creyentes tenemos de una fe auténtica y genuina que oriente toda nuestra vida y lo que forma parte de ella; la vigencia y el gran valor que tiene el Concilio Vaticano II para una renovación constante de la Iglesia; la necesidad de una conversión permanente que nos lleve a anunciar al mundo el amor de Dios manifestado en Cristo, como un llamado urgente a profesar, celebrar y testimoniar la fe públicamente sin caer en el error de pensar que se trata de un hecho privado; la utilidad del Catecismo de la Iglesia Católica como uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II, para crecer en el conocimiento del contenido de nuestra fe cristiana y como instrumento de apoyo para la formación; recorrer y reactualizar la historia de la fe; la certeza de que no hay fe sin caridad, ni hay caridad sin fe; y el pleno convencimiento de que el mundo necesita hoy testigos auténticos de la fe apasionados por Jesucristo y que desean amar y hacer amar cada vez más a su Iglesia (leer documento completo).

¡Ahora es cuándo, éste es el tiempo!

miércoles, 19 de octubre de 2011

CONFUSION Y PERSEVERANCIA II

San Pablo, en su tercer viaje misionero que termina con su llegada a Jerusalén, se reúne con los pastores de la Iglesia de Éfeso para exhortarles y darles el último mensaje: “Estad alerta y recordad que durante tres años no dejé de aconsejar día y noche, con lágrimas, a cada uno de vosotros” (Hch 20,31). ¿Qué es lo que le preocupaba tanto al apóstol como para pasar tres años gimiendo por los efesios? ¿Qué asunto pudo sacudir tan profundamente a este hombre de oración y lleno de Dios?

Las advertencias del apóstol no fueron acerca del caos que podía ocurrir fuera de las puertas de la Iglesia; su preocupación no estaba en el adulterio, la decadencia moral, la persecución, la pobreza o la guerra. San Pablo amonestó a los efesios acerca de la cizaña en el interior de la casa de Dios y la oscuridad que propician aquellos que debieran ser luz, ejemplo y guía para los demás. “Por lo tanto, estad atentos y cuidad de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes para que cuidéis de la Iglesia de Dios, la cual compró él con su propia sangre. Sé que cuando me vaya vendrán otros que, como lobos feroces, querrán acabar con la Iglesia. Aun entre vosotros mismos se levantarán algunos que enseñarán mentiras para que los creyentes los sigan” (Hch 20,28-30).

La gran preocupación de San Pablo estaba en lo que él vio venir dentro de los muros de la Iglesia; lobos feroces que dividen al rebaño y esparcen las ovejas por medio del error y un evangelio distorsionado. Cuando esto sucede y los pastores no protegen al rebaño, los creyentes pierden el primer amor y se van alejando de Dios y de la verdad, tal y como Cristo advirtió a los propios efesios y que recoge el libro del Apocalipsis en uno de los siete mensajes a las Iglesias de la provincia de Asia: “... tengo una cosa contra ti, y es que has perdido tu amor del principio. Por eso, recuerda de dónde has caído, vuélvete a Dios... de lo contrario, iré donde ti y cambiaré tu candelero de su lugar. Eso haré si no te arrepientes” (Ap 2,4-5).

¿Dónde está hoy el discernimiento? ¿Dónde están los Jeremías que por amor a Dios y a su Iglesia se exponen como ciudad fortificada, como columna de hierro y como muralla de bronce? ¿Dónde se encuentran los centinelas que reciben la Palabra del Corazón de Dios y la comunican para restaurar todo lo que Satanás ha robado por medio del pecado? En la Misa solemne que el Papa presidió el día 29 de junio del pasado año con motivo de la fiesta de San Pedro y San Pablo, subrayó que las persecuciones, “a pesar de los sufrimientos que provocan, no constituyen el peligro más grave para la Iglesia”. El mayor daño para la Iglesia se encuentra en lo que contamina la fe y la vida cristiana de sus miembros y de sus comunidades, causando erosión en la integridad del Cuerpo Místico y debilitando su capacidad de profecía y de testimonio, empañando la belleza de su rostro.

San Pablo nos dice en su carta a los Efesios (2,20) que la Iglesia está edificada sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo el mismo Cristo Jesús la piedra angular. El profeta es enviado por Dios a proclamar al Pueblo la verdad que conduce a la conversión y a la obediencia. El profeta auténtico no revela una nueva verdad sino que proclama la verdad ya revelada por Cristo, pero muchas veces olvidada; el profeta desvela la confusión del mundo y descubre el verdadero curso de la historia en Jesucristo. “Cuando no hay profetas, el pueblo se relaja”, nos dice el libro de los Proverbios (29,18). Sin profecía, la Iglesia languidece, su mensaje no puede penetrar el corazón. La profecía cristiana, por tanto, inicia la acción de Dios en medio de la Iglesia (Hch 11,27-30), despierta al Pueblo de Dios para escuchar su Palabra (Ap 3,1-6), proclama la Palabra de Dios públicamente y desata el poder del Espíritu Santo (Jer 5,14). La profecía nos anima, alienta y exhorta; nos amonesta, corrige y convence de pecado; nos inspira para producir un efecto y provocar una respuesta.

El Espíritu Santo viene para convencer del pecado (Jn 16,8), les había dicho Jesús a los suyos cuando les explicaba que era conveniente que Él se marchara para que pudiera enviarles el Paráclito, el Defensor. Solo hay un pecado que deberíamos temer, solo uno: el rechazo a admitir el pecado, porque el rechazo a admitir el pecado es el único pecado que no se puede perdonar. Jesús lo llamó la blasfemia al Espíritu Santo. Cuando nosotros blasfemamos contra el Espíritu Santo estamos diciendo: “no he pecado, no tengo necesidad de que el Espíritu Santo me perdone ningún pecado”. No tengamos miedo de admitir un millón de pecados, únicamente tengamos miedo de justificar el pecado con falsas razones. Confiemos en la misericordia de Dios. Él no está contra nosotros, Él quiere salvarnos. No olvidemos que todo se nos da por medio de Cristo; sin embargo, para que recibamos todo de Dios, por medio de Cristo, debemos también hacer volver todo a Dios, a través de Cristo, también nuestro corazón. Éste es el movimiento de la gracia.

miércoles, 5 de octubre de 2011

CONFUSION Y PERSEVERANCIA

En momentos de dificultad y de persecución es el amor de la verdad lo que nos puede salvar (2 Tes 2,9-10). La Escritura nos exhorta a mantenernos firmes y guardar las enseñanzas que hemos recibido de palabra y por escrito (2 Tes 2,15); es decir, las verdades fundamentales de la fe que el auténtico Magisterio de la Iglesia ha enseñado siempre y ha defendido enérgicamente a lo largo de los siglos.

Parece que hoy se está realizando cuanto profetizó la segunda carta de San Pablo a los Tesalonicenses. Satanás, el Adversario, con engaño y por medio de su astuta seducción, ha conseguido difundir por doquier los errores bajo el señuelo de nuevas y más actualizadas interpretaciones de la verdad, y llevar a muchos a elegir conscientemente y a vivir en pecado, con la falsa convicción de que eso ya no es un mal.

La confusión ha penetrado en las almas y en la vida de muchos creyentes. Se enseñan y se difunden los errores, mientras se niegan con toda facilidad las verdades de la fe católica. Parece que estuviéramos viviendo el tiempo de la apostasía como preludio y preparación a la manifestación del impío, el hijo de la perdición, que en la tradición cristiana recibe el nombre de Anticristo y que aparecerá como un ser personal "a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la manifestación de su Venida" (2 Tes 2,8).

Víctimas de esta apostasía son muchos creyentes que, con frecuencia, inconscientemente, se dejan arrastrar por esta oleada de errores y de mal. Muchos pastores de la Iglesia son víctimas también de esta apostasía; así, podemos contemplar obispados que mantienen un extraño silencio y ya no reaccionan. Cuando el Papa habla con valor y reafirma con fuerza la verdad de la fe católica, ya no se le escucha, antes bien, públicamente se le critica y se le escarnece ("A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen").

"Nosotros, en cambio, debemos dar gracias en todo tiempo a Dios por vosotros, hermanos, amados del Señor, porque Dios os ha escogido desde el principio para concederos la salvación mediante la acción santificadora del Espíritu y la fe en la verdad. Para esto os ha llamado por medio de nuestro Evangelio, para que alcancéis la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta. Que el mismo Señor nuestro Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa, os consuele y os afiance en toda obra y palabra buena" (2 Tes 2,13-17).

viernes, 16 de septiembre de 2011

VIVIR EN EXTASIS

"Id al mundo entero y proclamad el Evangelio" no es una sugerencia, no es una recomendación; es un mandato, ¡gozoso! Nos pide el Señor a cada uno de nosotros que continuemos su misma misión: extender por el mundo entero la Buena Nueva, hacer presente a Cristo.

Pero -me pregunto-, ¿no estoy yo encerrado en mí mismo tantas veces? ¿Me preocupa sólo lo mío, mis cosas, sin abrir el corazón ni la mente a todas las necesidades de la evangelización que tiene la Iglesia? En San Pablo encontramos el deber de hacernos uno a todos; que debemos reír con los que ríen y llorar con los que lloran. Es decir, hacer propias las inquietudes de todos los hombres. Esto es salir de uno mismo.

El Papa Benedicto XVI, en la encíclica Deus Caritas est, cuando habla del amor, dice que el amor pide "éxtasis"; es decir, "salida de sí", "salida del lugar". El gran problema es que el amor se encierre en uno mismo; que uno se ame a sí mismo -o a lo propio: a mi terruño, a mis cuatro paredes-. El Amor de Dios, el Amor intratrinitario, se ha desbordado. Y así, decimos que la Santísima Trinidad "ha salido de Sí". También nosotros debemos salir de nosotros mismos, vivir en éxtasis.

Y ahora la pregunta es: y yo, ¿cómo puedo ir al mundo entero y proclamar el Evangelio? San Cirilo y San Metodio pudieron hacerlo. Pero, ¿y yo? Un monasterio es el corazón de la evangelización. Un monasterio es un pilar en la Iglesia. Porque la oración es la base, es el fundamento de toda acción apostólica; pero una acción generosa: una oración en que uno no se busca a sí mismo, que no pretende un cumplimiento o el ser yo "buena persona". La acción y la entrega deben ser misioneras. Cuánto sorprendió a muchos que se nombrara Patrona de las misiones a una religiosa de clausura.

Desde este lugar debe extenderse la Luz del Evangelio a muchos lugares, por la Comunión de los Santos, aún sin verlo. No es necesario ver los frutos para que éstos existan. Es necesario creer que esto es así. Pero el peligro que tenemos todos, siempre, es vivir encerrados, no ver más allá de nuestro propio horizonte. Y, al final, amarse a uno mismo. Hemos de salir, hemos de vivir en éxtasis. Hemos de ir al mundo entero con nuestra oración y nuestra entrega a predicar el Evangelio.

Esta mezcla de Cirilo y Metodio es muy significativa. Porque Metodio era obispo y Cirilo era monje. Ambos conforman un icono de la vida de la Iglesia. Aquellos que están en primera línea de batalla, en la acción, necesitan a aquellos que están en primera línea de batalla en la oración. Y no es que los que están en una no deban rezar y los que están en otra no deban actuar. Pero cada uno tiene una misión. En la época medieval, los monasterios fueron los lugares de la transmisión de la fe, en su presencia silenciosa, en su oración callada. Pero inundaron Europa.

En el día de hoy, podríamos decir que la crisis de fe debe resolverse con una radicalización de los monasterios. Por eso, le pedimos hoy al Señor la fuerza de su Espíritu Santo, para que en todos los monasterios se inicie, se continúe la Nueva Evangelización. Que Dios nos conceda vivir en éxtasis, salir de nosotros mismos, olvidarnos de lo propio y vivir totalmente entregados a la misión de la Iglesia.

Fuente: Pablo Domínguez
 

jueves, 8 de septiembre de 2011

AL FINAL

Escuché una canción de una cantautora cristiana, Lilly Goodman, que me inspiró para escribir su letra en esta entrada de hoy. ¡Qué agradecido tengo que estar al Señor porque en su fidelidad puede descansar mi vida, siempre y en toda circunstancia!

Yo he visto el dolor acercarse a mí, causarme heridas, golpearme así.
Y hasta llegué a preguntarme dónde estabas Tú.
He hecho preguntas en mi aflicción, buscando respuestas sin contestación.
Y hasta dudé por instantes de tu compasión.
Y aprendí que en la vida todo tiene un sentido y descubrí que todo obra para bien...

Y que al final será mucho mejor lo que vendrá, es parte de un propósito y todo bien saldrá.
Siempre has estado aquí, tu Palabra no ha fallado y nunca me has dejado.
Descansa mi confianza sobre Ti.

Yo he estado entre la espada y la pared, rodeado de insomnios sin saber qué hacer, pidiendo a gritos tu intervención.
A veces me hablaste de una vez, en otras tu silencio solo escuché. 
¡Qué interesante tu forma de responder!
Y aprendí que lo que pasa bajo el cielo conoces Tú, que todo tiene una razón...

Y que al final será mucho mejor lo que vendrá, es parte de un propósito y todo bien saldrá.
Siempre has estado aquí, tu Palabra no ha fallado y nunca me has dejado.
Descansa mi confianza sobre Ti.

Gracias, Señor, por tu gran fidelidad que me lleva a tener la profunda convicción de que nada sucede sin que Tú lo dispongas así y que en todo intervienes Tú para bien de los que te amamos. AMEN

lunes, 29 de agosto de 2011

ABRID CAMINO AL SEÑOR

"Hermanos míos, hasta este momento, no hemos hecho nada: comencemos, pues, desde hoy." San Francisco se dirigía a sí mismo esta exhortación; humildemente, hagámosla nuestra. ¡Es verdad, no hemos hecho todavía nada o muy poca cosa! Se pasan los años sin que nos preguntemos qué es lo que hubiéramos podido hacer; ¿no hemos encontrado nada para modificar, para añadir o suprimir en nuestra conducta? Hemos vivido sin preocupaciones, como si no tuviera que llegar nunca el día en que el Juez eterno nos llame para presentarnos delante de él, y en el que debamos dar cuenta de nuestras acciones y de lo que hayamos hecho con nuestro tiempo.

No perdamos tiempo. No dejemos para mañana lo que podamos hacer hoy: los sepulcros están llenos de buenas intenciones; y, por otra parte, ¿quién puede asegurar que mañana viviremos? Escuchemos la voz de nuestra conciencia; es la voz del profeta: ¿Escucharéis hoy la voz del Señor? No cerréis vuestro corazón. No planteemos más que el instante presente: velemos, pues, y vivámoslo como un tesoro que se nos ha confiado. El tiempo no nos pertenece; no lo malgastemos (San Pío de Pietrelcina).

Los profetas de hoy, como Jeremías, se saben enamorados de Dios. Reconocen que Él los ha atraído hacia sí y que en Él están sus vidas. Pero el Dios que les ama les encarga un trabajo difícil. Sus profecías no agradan a sus contemporáneos, que los persiguen y desean darles muerte. Sin embargo, el profeta contrapone las circunstancias externas, que son hostiles, al fuego que arde en sus entrañas y que no puede contener. Esa palabra de Dios es más fuerte que el temor porque el profeta no vive de un sentimiento, sino de una certeza. Y por ella puede sobreponerse a las circunstancias.

Cuando un hombre empieza a seguir a Cristo, se niega a sí mismo y toma su cruz, encontrará a muchos que le contradirán, muchos que se le opondrán, y muchas cosas para desanimarlo. Y todo eso de parte de los que pretenden ser compañeros de Cristo. También caminaban con Cristo los que impedían a los ciegos que gritaran. Si quieres seguir a Cristo, todo se te convierte en cruz, sean amenazas, adulaciones o prohibiciones; tú, resiste, soporta, no te dejes abatir (San Agustín).

Hoy día, la falta de esperanza paraliza, mientras que la auténtica esperanza lleva a actuar, hace ponerse en camino y dinamiza todas las energías. No hay contradicción entre la acción de Dios y nuestra propia actividad; al contrario, Dios actúa en nosotros, moviéndonos a actuar (Mc 16,20; Flp 2,12-13). Pero su acción supera infinitamente todas nuestras capacidades y por eso es manifestación de la gloria de Dios. Eso se ve máximamente en la vida y en el testimonio de los santos.

Por otra parte, el abrir camino se realiza en el desierto; es decir, en medio de sequedades y dificultades; es en ese esfuerzo aparentemente baldío donde se manifiesta la gloria de Dios, de modo semejante a como a la siembra sigue la cosecha abundante y desproporcionada (Sal 126,5-6). La Nueva Evangelización hoy es abrir camino al Señor. Él viene a través de la palabra del que habla en su nombre. Cuando evangelizamos estamos permitiendo que el Señor continúe salvando y mostrando su gloria. Pues evangelizar es hacer presente al Señor y dejarle actuar.

Hoy más que nunca es urgente gritar con voz potente la Buena Noticia de la salvación. Si el profeta del Antiguo Testamento (Jeremías, Isaías) se sentía urgido, ¡cuánto más nosotros que hemos recibido la plenitud traida por Cristo! Y si el pueblo de Israel lo necesitaba, ¡cuánto más nuestros contemporáneos, que viven en un exilio espiritual mucho más duro e inhumano! La esperanza que se apoya en Dios es la que da vigor y entusiasmo a la persona, la que da energías para remontar continuamente el vuelo por encima de las dificultades, fracasos y decepciones. Y es esta esperanza la que infunde "juventud"; un joven sin esperanza es viejo: ya no espera nada; y al contrario, un anciano lleno de esperanza desborda vigor y vitalidad (Julio Alonso Ampuero).

lunes, 8 de agosto de 2011

VIVIR EN EL ESPIRITU

"Sabemos que Dios ordena todas las cosas para bien de los que le aman, de los que han sido elegidos según su designio" (Rom 8,28).

Este es uno de esos versículos bíblicos que seguramente no resulta desconocido para la gran mayoría de los creyentes; sin embargo, cuando hemos tenido oportunidades reales de hacerlo vida y experimentar su alcance en nuestra propia vida, se convierte en convicción profunda que se graba a fuego en el corazón de aquel que descubre que su vida se apoya en la roca inamovible de la fidelidad de Dios.

Muchas cosas que suceden en nuestra vida y que no podemos entender, ni siquiera con el paso del tiempo, forman parte de ese tiempo de preparación que el Señor nos regala para poder llegar allí donde Él nos quiere llevar. Todos necesitamos prepararnos para administrar adecuadamente lo que Dios nos va a dar y va a poner en nuestras manos. En nuestra vida siempre hay un tiempo de espera que nos permite prepararnos para poder echar a volar después.

Vivir en el Espíritu es saber acoger y aprovechar cada etapa de nuestra vida que nos permite avanzar para coger impulso y finalmente echar a volar alto. Hasta que el águila no incita a su nidada para que comience a volar, no descubrirán por sí mismos que en realidad son águilas que han sido creadas para volar alto. Así también, en un momento preciso de nuestra vida, Dios agita nuestro nido y nos quita la comodidad para incitarnos a volar alto y vivir en fe. O echas a volar o te caes, porque es la etapa de nuestra vida en la que debemos apostar por vivir en el Espíritu y arriesgarnos. La vida siempre es un riesgo y el asunto es dónde apostar y cuál es el riesgo que vas a correr.

Debemos orar y clamar al Señor con todo el corazón en este tiempo. ¡Prepárate para vivir en el Espíritu y descubrir la auténtica libertad de los hijos de Dios!

jueves, 21 de julio de 2011

¡NO TE RINDAS!

Algo que le escuché a un predicador por internet, me ayudó a entender que la resignación no es buena consejera en estos tiempos que nos toca vivir. Los creyentes del tercer milenio estamos llamados a volver a empezar y así evitar la resignación y la rendición. Si nos resignamos acabaremos por bajar los brazos y nos rendiremos, ya no lucharemos ni desearemos dar un paso al frente; por eso, es necesario volver a empezar.

Satanás puede vender todas las armas de que dispone excepto el arma de la resignación. Si logra que te resignes y que bajes los brazos, sabrá que ha logrado lo mejor que puede hacer en ti; que nunca más vuelvas a levantarte y ponerte en pie de guerra ante la batalla espiritual en la que nos encontramos.

Este mensaje es para los que sienten que se les ha muerto su sueño; aunque parece que lo enterraste e hiciste un funeral, la semilla sigue estando viva y Dios nunca te va a dar un sueño para su gloria si no es para que se cumpla. Tardará en llegar, pero ese sueño se cumplirá.

Tienes que volver a empezar, no es una sugerencia o una opción nada más. Es lo que hicieron muchos hombres y mujeres que rindieron sus corazones al Señor, pero que nunca se permitieron el lujo de la resignación. Recibieron gracias y bendiciones porque no se rindieron y volvieron a empezar una y otra vez.

En el episodio de la pesca milagrosa (Lc 5,1-11), vemos que Simón y sus compañeros están lavando las redes después de toda una noche de pesca sin resultado alguno. Jesús les pide que echen las redes de nuevo y el resultado les llegó incluso a asustar a aquellos pescadores experimentados. Hoy día hay muchos creyentes que están lavando sus redes y parece que ya se han resignado; sin embargo, Jesucristo nos pide que volvamos a empezar y echemos las redes de nuevo. Hemos podido estar toda la noche como Pedro, pero debemos volver a empezar. ¡Echa las redes!

Cuánto más oscura está la noche, más cerca está el amanecer. ¡Vuelve a empezar y no te rindas!

miércoles, 6 de julio de 2011

MI BUEN JESUS

"¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? En todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado" (Rom 8,35.37).

Estáte, Señor, conmigo siempre, sin jamás partirte, y, cuando decidas irte, llévame, Señor, contigo; porque el pensar que te irás me causa un terrible miedo de si yo sin ti me quedo, de si tú sin mí te vas.

Llévame en tu compañía, donde tú vayas, Jesús, porque bien sé que eres tú la vida del alma mía; si tú vida no me das, yo sé que vivir no puedo, ni si yo sin ti me quedo, ni si tú sin mí te vas.

Por eso, más que a la muerte, temo, Señor, tu partida y quiero perder la vida mil veces más que perderte; pues la inmortal que tú das sé que alcanzarla no puedo cuando yo sin ti me quedo, cuando tú sin mí te vas. Amén.

Fuente: Fray Damián de Vegas

martes, 14 de junio de 2011

¡AHORA ES CUANDO, ESTE ES EL TIEMPO!

A veces parece que el tiempo pasa y no sucede nada, todo sigue igual. Es como tener la sensación de estar enterrado en vida; sin embargo, Dios te hace ver que tu vida no está enterrada sino plantada y sembrada como una semilla que se estaba preparando para dar fruto: "Os aseguro que si un grano de trigo no cae en la tierra y muere, seguirá siendo un solo grano; pero si muere, dará fruto abundante" (Jn 12,24).

Después de tres años y medio de sequía en Israel, el profeta Elías ora pidiendo la lluvia. Antes de empezar a orar, le dice a Ajab: "Vete a comer y beber, porque ya se oye el ruido del aguacero. Ajab se fue a comer y beber. Pero Elías subió a lo alto del monte Carmelo y, arrodillándose en el suelo, se inclinó hasta poner la cara entre las rodillas" (1 Rey 18,41-42). Elías ya escuchaba la lluvia y sentía los vientos cambiar sin señales, sin pruebas, sin advertencia alguna; todo seguía igual, aparentemente. "Ve y dile a Ajab que enganche su carro y se vaya antes que se lo impida la lluvia. Ajab subió a su carro y se fue a Yizreel. Mientras tanto, el cielo se oscureció con nubes y viento, y cayó un fuerte aguacero" (1 Rey 18,44-45).

El plazo se ha cumplido y llegan tiempos de favor para nuestra vida, un viento propicio que Dios envía porque ahora es cuando y éste es el tiempo. El Señor añade bendición a nuestra vida porque ha visto la semilla que hemos plantado, como sucedió en la vida de Ezequías. Debemos cambiar las ropas de duelo porque Dios ha decretado un tiempo nuevo: "Yo voy a hacer algo nuevo, y verás que ahora mismo va a aparecer. Voy a abrir un camino en el desierto y ríos en la tierra estéril" (Is 43,19).

Ahora es cuando y éste es el tiempo, el "ahora" de Dios; un momento que puede pasar y no volver más. Por eso debemos aprovechar este momento y no dejar pasar este tiempo, porque es el tiempo de Dios. El Señor está preparando y disponiendo nuestro momento porque el plazo se ha cumplido: "Como mi siervo Moisés ha muerto, ahora eres tú quien debe cruzar el río Jordán con todo el pueblo de Israel, para ir a la tierra que os voy a dar" (Jos 1,2).

Debemos encarar al gigante para decirle, como David a Goliat, que el que está con nosotros es más fuerte que el que está en contra de nosotros. Porque se ha atrevido a desafiarnos, Dios nos lo entrega para ser vencido y derrotado. El Señor nos está preparando y nosotros debemos también prepararnos para su propósito, porque ahora es cuando y éste es el tiempo. No permitamos que se pase el momento y acojamos de corazón todo lo que el Señor ha preparado y dispuesto para nosotros: "Como colaboradores, pues, en la obra de Dios, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque Él dice: En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vine en tu ayuda; pues mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación" (2 Cor 6,1-2).

Escuchemos el sonido de la lluvia, como Elías, y el viento propicio que ya sopla a nuestro favor: "El Señor ha dicho: Haced muchas represas en este valle, porque, aunque no habrá viento ni veréis llover, este valle se llenará de agua y todos vosotros beberéis... Y esto es solo una pequeña muestra de lo que el Señor puede hacer..." (2 Rey 3,16-18). Abramos zanjas y preparemos pozos para que puedan llenarse de agua aunque todo parezca seguir igual, porque ahora es cuando y éste es el tiempo de Dios.

"Esto es lo que dice el santo, el veraz, el que tiene la llave de David, el que abre y nadie cerrará, el que cierra y nadie abrirá: Conozco tus obras; tengo abierta delante de ti una puerta que nadie puede cerrar, porque, a pesar de tu debilidad, has guardado mi palabra y no has renegado de mi" (Ap 3,7-8).

¡AHORA ES CUANDO, ESTE ES EL TIEMPO!

viernes, 20 de mayo de 2011

¡ENVIAME A MI!

"A pesar de mi pequeñez, quisiera iluminar las almas como lo han hecho los profetas, los doctores; tengo la vocación de ser apóstol. Quisiera recorrer la tierra, predicar tu nombre y plantar sobre la tierra de los infieles tu cruz gloriosa; pero, oh amado mío, una sola misión no me bastaría, quisiera al mismo tiempo anunciar el Evangelio en las cinco partes del mundo y hasta las islas más alejadas. Quisiera ser misionera no solamente por algunos años, sino que quisiera haberlo sido desde la creación del mundo y serlo hasta la consumación de los siglos" (Santa Teresa del Niño Jesús).

Tenemos una profunda convicción de que ahora es cuando y éste es el tiempo en el que Dios puede hacer una diferencia para lograr un cambio en nuestras vidas, en nuestra Iglesia y en nuestros conciudadanos, pero solo con nuestra cooperación. Por este motivo, ofrecemos nuestra firme decisión de colaborar con Aquel que desea hacer algo nuevo y abrir un camino en el desierto (Is 43,19) de este país por medio de su Iglesia. El tiempo nos apremia; o más bien, es el amor de Cristo el que nos apremia (2 Cor 5,14) y nos empuja a buscar los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios (Col 3,1-2).

El Señor ha ido encendiendo un fuego en nuestro corazón que, lejos de extinguirse, no ha dejado de crecer y de inspirar en nosotros una decisión firme de ir más allá y de mirar donde otros no miran, fijando nuestra mirada solo en Dios. Él nos está inivitando a ir hacia delante sin volver más nuestra mirada atrás (Lc 9,62), para conquistar nuevos horizontes. Ha puesto en nosotros la seguridad de que en medio de nuestra propia incapacidad, es Él quien nos capacita.

¡Cuántos gigantes que pretenden intimidarnos tenemos que enfrentar como le sucedió a David con Goliat! Los gigantes que están dentro de nosotros mismos y que nos dicen que siempre es más seguro lo que hay en nuestra orilla, de manera que no busquemos remar mar adentro; los gigantes que están muy cerca de nosotros y que nos dicen que no es para tanto, de manera que no demos el paso de saltar de la barca para caminar por el agua; y los gigantes que vemos a nuestro alrededor y que nos dicen que hay otras cosas más necesarias por hacer, de manera que no miremos más allá y soñemos con algo diferente en razón de nuestra alma misionera. Sin embargo, la única manera de enfrentar a un gigante es como lo hizo el mismo David, sin temor y recordando siempre la fidelidad y las promesas de Dios (1 Sam 17, 32-37).

No podemos olvidar que la Iglesia existe en razón de la misión de anunciar el Evangelio y hoy se encuentra en un escenario nuevo y diferente, en medio de una dura situación de enfriamiento religioso y socialización de la increencia; ¿qué estamos esperando para concluir que es tiempo de pensar en algo nuevo que sea capaz de responder a las necesidades actuales? ¿Qué entendemos por "vino nuevo en odres nuevos" (Mt 9,17)? ¿Tan difícil nos resulta discernir los "signos de los tiempos" (Mt 16,3)?

La vocación del evangelizador es apremiante, rompedora, verdaderamente profética. El Espíritu prepara y mueve, la Iglesia reconoce y envía (Hch 13,2). Evangelizar es un acto de amor, de compasión, de alabanza a Dios y de misericordia con el hermano necesitado. La verdad de la nueva evangelización depende de la renovación espiritual de la Iglesia, de los Obispos y Sacerdotes, de los religiosos y de los laicos. La evangelización tiene que ser obra de discípulos fieles, entusiasmados con la persona y el mensaje de Jesús, desprendidos del mundo, libres de toda consideración humana, arrebatados por el Espíritu de Cristo, movidos por el amor a Jesucristo y a los hermanos, con el corazón puesto en la vida eterna, dispuestos literalmente a dar la vida por la difusión del Evangelio y el reconocimiento de la gracia y de la bondad de Dios.

Aquí estoy, Señor; no dejaré pasar jamás tu Palabra. ¡Envíame a mí!