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martes, 27 de marzo de 2012

SIEMPRE EN CAMINO

No cabe duda de que el tiempo de Cuaresma que nos prepara para la Pascua es, ante todo, un caminar constante y decidido hacia delante. Esto puede aplicarse también a toda la vida cristiana; es decir, la vida en el Espíritu implica estar siempre en camino. No caben más que dos marchas en esta vida; la marcha hacia delante y la marcha atrás. No hay punto muerto, no cabe una marcha en la que estamos parados; o estamos siempre en camino avanzando hacia la otra orilla o, en el caso de que nos detengamos, se iniciará siempre la marcha atrás.

Cuando el Señor entraba en Jerusalén se iniciaba la última etapa de su vida mortal que le marcaba el camino hacia su pasión, muerte y resurrección. Nunca rehuyó este camino ni quiso dejarlo para más adelante, sino que en el momento adecuado estuvo dispuesto a ponerse en marcha hacia el Calvario. Él siempre estuvo en camino y nunca se detuvo ante lo que había por delante, y esto mismo es lo que nos pide a los que hemos decidido seguirle. Debemos poner la mano en el arado sin mirar más hacia atrás (Lc 9,62), estar dispuestos a pagar el precio y tomar la cruz cada día (Lc 9,23-24).

Meditaba en todo esto cuando escuché a alguien hablar acerca de un pasaje bíblico en el que Samaria fue sitiada y atacada por el rey de Siria, causando una gran hambruna y una grave crisis en toda su población (2 Rey 6,24-ss). Fuera de la ciudad había cuatro leprosos que sabían bien que aquella situación les llevaría a morir si continuaban viviendo de la misma manera, fuera de la ciudad, o si intentaban entrar en ella teniendo en cuenta su condición de leprosos (2 Rey 7,3-ss). Ellos decidiron marchar hacia delante e ir al campamento enemigo, arriesgando sus vidas pero sabiendo que existía la posibilidad, aunque remota, de que les perdonaran la vida y les permitieran vivir. Cuando llegaron al campamento sirio se dieron cuenta de que no había nadie, ya que todos habían huido dejándolo todo; el motivo fue que el Señor había hecho que el ejército sirio escuchara ruido de carros de combate y de un gran ejército, haciéndoles creer que el rey de Israel y otros reyes se acercaban para atacarlos.

Cuando no tenemos nada que perder, cuando estamos "fuera de la ciudad" como los leprosos, nos convertimos en materia prima para que Dios haga un milagro con nosotros. A veces nos preguntamos: ¿podrá hacer Dios algo bueno con nosotros? No te imaginas lo que Él puede hacer con cuatro leprosos, con alguien que se entrega totalmente a Él sin condiciones. El Señor usa a las personas que están dispuestas a morir marchando hacia delante. Dios pudo haber utilizado como instrumentos al rey de Samaria o al ejército, pero se sirvió de cuatro leprosos para hacer su obra.

El Señor se va a poner en marcha después de que tú empieces a caminar. Este es un principio importante que olvidamos; sin embargo, lo vemos constantemente en la Sagrada Escritura. Muchas veces pensamos que no debemos hacer nada hasta que tengamos la seguridad de que es la voluntad de Dios; sin embargo, esto puede provocar a veces más mal que bien porque seguimos esperando a hacer algo sobre lo que el Señor, quizás, ya nos había mostrado que eso era lo que había que hacer. Y se queda sin hacer.

Podemos preguntar entonces: ¿y si me sale mal? Bueno, es parte del riesgo que hay que correr. Nadie pretende firmar un contrato con la seguridad absoluta de estar haciendo un buen negocio, porque en ese caso nunca se firmaría uno. Porque tenemos miedo, demasiadas veces no hacemos nada; pero debemos atrevernos a caminar sobre el agua. No hay garantía pero debemos bajar de la barca y caminar. No seamos cobardes, debemos pelear y correr el riesgo. Si nos quedamos fuera de la ciudad sin hacer nada por el resto de nuestra vida vamos a morir, y la vida se pasa más rápido de lo creemos o pensamos.

Aún cuando no tenemos la absoluta seguridad de que lo que hacemos es la voluntad de Dios, nuestra actitud de luchar contra la mediocridad y la cobardía consigue conmover el corazón de Dios. Debemos dejar nuestras propias seguridades y vivir en la inseguridad segura del amor del Señor y confiar siempre en Él. O confiamos en Dios o confiamos en nosotros mismos y en nuestras propias seguridades; es cuestión de prioridades. El Señor no tiene que abrir las puertas primero para que, después de verlo claro, ya podamos dar un paso al frente para ponernos en marcha. "Os voy a dar toda la tierra en la que pongáis la planta de vuestros pies" (Jos 1,3). Esto es lo que nos dice y en su promesa podemos confiar y esperar sin condiciones.

"Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres... lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. A Él se debe que vosotros estéis en Cristo Jesús, el cual se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención. Y así -como está escrito-: el que se gloríe, que se gloríe en el Señor" (1 Cor 1,25-31).

jueves, 21 de julio de 2011

¡NO TE RINDAS!

Algo que le escuché a un predicador por internet, me ayudó a entender que la resignación no es buena consejera en estos tiempos que nos toca vivir. Los creyentes del tercer milenio estamos llamados a volver a empezar y así evitar la resignación y la rendición. Si nos resignamos acabaremos por bajar los brazos y nos rendiremos, ya no lucharemos ni desearemos dar un paso al frente; por eso, es necesario volver a empezar.

Satanás puede vender todas las armas de que dispone excepto el arma de la resignación. Si logra que te resignes y que bajes los brazos, sabrá que ha logrado lo mejor que puede hacer en ti; que nunca más vuelvas a levantarte y ponerte en pie de guerra ante la batalla espiritual en la que nos encontramos.

Este mensaje es para los que sienten que se les ha muerto su sueño; aunque parece que lo enterraste e hiciste un funeral, la semilla sigue estando viva y Dios nunca te va a dar un sueño para su gloria si no es para que se cumpla. Tardará en llegar, pero ese sueño se cumplirá.

Tienes que volver a empezar, no es una sugerencia o una opción nada más. Es lo que hicieron muchos hombres y mujeres que rindieron sus corazones al Señor, pero que nunca se permitieron el lujo de la resignación. Recibieron gracias y bendiciones porque no se rindieron y volvieron a empezar una y otra vez.

En el episodio de la pesca milagrosa (Lc 5,1-11), vemos que Simón y sus compañeros están lavando las redes después de toda una noche de pesca sin resultado alguno. Jesús les pide que echen las redes de nuevo y el resultado les llegó incluso a asustar a aquellos pescadores experimentados. Hoy día hay muchos creyentes que están lavando sus redes y parece que ya se han resignado; sin embargo, Jesucristo nos pide que volvamos a empezar y echemos las redes de nuevo. Hemos podido estar toda la noche como Pedro, pero debemos volver a empezar. ¡Echa las redes!

Cuánto más oscura está la noche, más cerca está el amanecer. ¡Vuelve a empezar y no te rindas!

miércoles, 27 de abril de 2011

CAMINO DE EMAUS

"Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo" (Lc 24,13-16).

Parece que estos hombres, seguidores de Jesús que no eran del grupo de los Once, han perdido la fe y la esperanza en el Señor porque se alejan del núcleo de los apóstoles. Salen de Jerusalén desalentados y desean caminar unos once kilómetros para llegar hasta Emaús lo antes posible. Sin embargo, en medio de la prueba, es el Señor mismo quien aparecerá y tendrá la paciencia de reconducirlos nuevamente aunque ellos no advertirán que se trata del Resucitado hasta el momento de la fracción del pan, cuando experimentan que su corazón arde y pueden descubrir a Aquel que les ha mostrado su amor en la cruz.

Una vez que percibimos el fuego que ha puesto en nuestra alma, Él desea que le llamemos libremente para rogarle que se quede con nosotros "porque atardece y el día va de caída" (Lc 24,29). Hemos de pedirle que se quede con nosotros y es entonces cuando debemos estar dispuestos a levantarnos al momento y volver a Jerusalén, al núcleo de los apóstoles (Lc 24,33); de lo contrario, se hará tarde, se acabará el día y empezará la noche.

En este tiempo de Pascua pidamos al Señor la gracia de amar y hacer amar a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, de manera que unidos en la fe de los apóstoles perseveremos en la alegría de Cristo Resucitado, cuya gloria está en la tierra y en todos los que viven su fe de par en par. ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!

jueves, 31 de marzo de 2011

LA FUERZA DE LA CRUZ

No podemos dar lo que no tenemos; si el amor de Dios no está en el centro de nuestra vida, no podemos amar de verdad a nadie. El nos amó aunque no lo mereciéramos y sigue amándonos aunque le hayamos rechazado una y otra vez. Dios envió a su Hijo a morir en la cruz y pagar así por nuestros pecados, porque nos ama.

La cruz nos puede resultar ofensiva hasta que la acogemos, pero cuando lo hacemos Dios cambia nuestra vida; ese es el momento en el que empezamos a amar de verdad. Como dijo Juan Pablo II: "Si no hubiera existido esa agonía en la cruz, la verdad de que Dios es Amor estaría por demostrar." La solidaridad en el dolor es la prueba inequívoca del amor; por eso, no podemos ya dudar del amor de Dios hacia cada uno de nosotros, desde el momento en que nos adentramos en el misterio que encierra la cruz de Cristo.

"Nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13). En la cruz, Cristo perdonó a sus enemigos, y de esta forma pasó a ser el signo de la compasión y de la misericordia. Pocas experiencias pueden ser más autodestructivas para nosotros que nuestro propio odio. Lo peor que nos puede ocurrir no es tanto que seamos víctimas del mal, cuanto que ese mal padecido pueda llegar a hacernos "malos". Por ello, ante la cruz estamos invitados a perdonar y a reconciliarnos con nuestros enemigos.

La cruz de Cristo fue la antesala de su resurrección y, por lo tanto, se convierte también en el signo de la esperanza. En nuestra vida no hay "gloria" sin cruz, pero al mismo tiempo, tenemos también la plena confianza en que no hay cruz sin "gloria". "Lleva la cruz abrazada y apenas la sentirás; porque la cruz arrastrada es la cruz que pesa más" dice una saetilla carmelitana.

Nuestro sí personal a la cruz de Cristo es una invitación a acoger el amor de Dios y a descubrir la alegría de ser amado. Te invitamos a llevar ante la cruz tus sufrimientos, y a que recibas la paz. Te invitamos a desenmascarar tus pecados y a recibir así una nueva libertad. Te invitamos a que dejes al pie de la cruz tus rencores y a que te entregues a servir a los que sufren. ¡Te invitamos a experimentar la fuerza de la cruz!

Fuente: Mons. José Ignacio Munilla

viernes, 24 de diciembre de 2010

¡CUANTA LUZ!

Es la Noche Santa, Hijos predilectos, disponeos junto a Mí para acoger a mi divino Niño. ¡Hay tanta noche alrededor...! Y no obstante, una luz cada vez más fuerte se enciende dentro de la Gruta. Ahora, parece un trasunto del Cielo, mientras la Madre está absorta en profunda oración.

¡Cuánta Luz desciende del seno del Padre al seno virginal de la Madre, que se abre a su don, a la vida! Y mientras esta Luz divina lo envuelve todo, Yo soy la primera en contemplar su Cuerpo: sus ojos, sus mejillas, sus labios, su rostro, sus brazos, su manos; siento su corazoncito que apenas ha comenzado a latir. Cada latido es un don de amor que ya jamás se extinguirá.

¡Hay tanto hielo en derredor! El rigor del frío y el hielo de todos los que nos han cerrado las puertas. Pero aquí dentrl de la Gruta, hay un dulce y agradable calor. Es el abrigo que nos ofrece este pobre lugar; es el calor de las cosas pequeñas; es la ayuda que nos da un poco de heno, un pesebre que se presta a hacer de cuna... Ningún lugar es tan cálido en estos momentos, como esta heladísima Gruta.

Y la Madre se inclina feliz sobre su Hijo, que el Padre os ha dado; sobre su Flor, que finalmente ha brotado, sobre su Cielo abierto ya para siempre, sobre su Dios, que por tanto tiempo ha sido esperado. Y mis lágrimas se unen a mis besos, mientras contemplo extasiada en el Hijo a mi Dios, que ha nacido de Mí en esta Noche Santa.

¡Hay tanta noche aún en el mundo... Hay tanto hielo que congela los corazones y las almas!... Pero la Luz ha vencido ya a las tinieblas, y el Amor ha derrotado ya para siempre al odio. Hijos míos predilectos, en esta Noche Santa, velad en oración. Estad prontos en mi Corazón Inmaculado. Está ya cercano su glorioso retorno. Y una nueva Luz y un gran Fuego renovarán este mundo.

Fuente: A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen

miércoles, 17 de noviembre de 2010

PALABRA DE DIOS Y FE


« Cuando Dios revela, el hombre tiene que “someterse con la fe” (cf. Rm 16,26; Rm 1,5; 2 Co 10,5-6), por la que el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece “el homenaje total de su entendimiento y voluntad”, asintiendo libremente a lo que Él ha revelado ».Con estas palabras, la Constitución dogmática Dei Verbum expresa con precisión la actitud del hombre en relación con Dios.  

La respuesta propia del hombre al Dios que habla es la fe. En esto se pone de manifiesto que « para acoger la Revelación, el hombre debe abrir la mente y el corazón a la acción del Espíritu Santo que le hace comprender la Palabra de Dios, presente en las sagradas Escrituras ». En efecto, la fe, con la que abrazamos de corazón la verdad que se nos ha revelado y nos entregamos totalmente a Cristo, surge precisamente por la predicación de la Palabra divina: « la fe nace del mensaje, y el mensaje consiste en hablar de Cristo » (Rm 10,17). 

La historia de la salvación en su totalidad nos muestra de modo progresivo este vínculo íntimo entre la Palabra de Dios y la fe, que se cumple en el encuentro con Cristo. Con él, efectivamente, la fe adquiere la forma del encuentro con una Persona a la que se confía la propia vida. Cristo Jesús está presente ahora en la historia, en su cuerpo que es la Iglesia; por eso, nuestro acto de fe es al mismo tiempo un acto personal y eclesial.

El pecado como falta de escucha a la Palabra de Dios

La Palabra de Dios revela también inevitablemente la posibilidad dramática por parte de la libertad del hombre de sustraerse a este diálogo de alianza con Dios, para el que hemos sido creados. La Palabra divina, en efecto, desvela también el pecado que habita en el corazón del hombre. Con mucha frecuencia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, encontramos la descripción del pecado como un no prestar oído a la Palabra, como ruptura de la Alianza y, por tanto, como la cerrazón frente a Dios que llama a la comunión con él.  

En efecto, la Sagrada Escritura nos muestra que el pecado del hombre es esencialmente desobediencia y « no escuchar ». Precisamente la obediencia radical de Jesús hasta la muerte de cruz (cf. Flp 2,8) desenmascara totalmente este pecado. Con su obediencia, se realiza la Nueva Alianza entre Dios y el hombre, y se nos da la posibilidad de la reconciliación. Jesús, efectivamente, fue enviado por el Padre como víctima de expiación por nuestros pecados y por los de todo el mundo (cf. 1 Jn 2,2; 4,10; Hb 7,27). Así, se nos ofrece la posibilidad misericordiosa de la redención y el comienzo de una vida nueva en Cristo. Por eso, es importante educar a los fieles para que reconozcan la raíz del pecado en la negativa a escuchar la Palabra del Señor, y a que acojan en Jesús, Verbo de Dios, el perdón que nos abre a la salvación.

Fuente: Verbum Domini (S.S. Benedicto XVI)

jueves, 11 de noviembre de 2010

CREER PARA VER

Cuando Jesús se encuentra en Betania con motivo de la muerte de Lázaro, le dice a Marta: "¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?" (Jn 11,40).

Primero es creer y luego es ver. Cuando creemos de verdad, vemos la gloria de Dios en nuestra vida. Muchas veces parece que necesitamos ver para poder creer; sin embargo, el Señor nos muestra que las cosas de Dios no funcionan así. Nos está llamando a creer, a confiar, a abandonarnos en su misericordia infinita para que podamos ver la gloria de Dios.

Tenemos que dar un paso al frente y decidir creer, debemos tomar la firme decisión de confiar en su Amor y en su Providencia. Cuando no decidimos, ya estamos tomando una decisión; la indecisión es decidir algo, es decidir no creer. ¿No te ha dicho el Señor que si crees, verás la gloria de Dios?

Si no creemos, no tenemos fe, y si no tenemos fe, no podemos agradar a Dios (Heb 10,38). "Tener fe es tener la plena seguridad de recibir aquello que se espera; es estar convencidos de la realidad de cosas que no vemos" (Heb 11,1). Abraham creyó y vió la gloria de Dios en su vida cuando el Señor le llamó a salir de su tierra sin saber a dónde iba (Heb 11,8-12). Moisés creyó y vió la gloria de Dios en su vida cuando el Señor le llamó a liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto (Ex 13,17-22;14,1-30). Josué creyó y vió la gloria de Dios en su vida cuando el Señor le llamó a tomar la ciudad de Jericó (Jos 6,12-21). La Virgen María creyó y vió la gloria de Dios en su vida cuando el Señor le anunció la Encarnación del Hijo de Dios (Lc 1,26-38).

El Señor nos está invitando hoy a creer en Él y en su Palabra con todas nuestras fuerzas, de manera que podamos ver la gloria de Dios en nuestra vida y a través de nuestra vida, para el bien de los demás. Que todo sirva para mayor gloria de Dios, especialmente cuando creemos sin miedo y sin dudas.

viernes, 5 de noviembre de 2010

EL HOMBRE SOBRENATURAL

A menudo no sabemos qué hacer, nos sentimos como ante puertas cerradas con siete candados. ¿Qué decisión tomar? Pretendemos saber siempre cómo se desarrollará todo en el futuro. Nadie puede saber lo que vendrá, por eso se es cauteloso, por eso hay también una conducción tan poco clara y segura. El hombre sobrenatural es audaz en sus decisiones.

Desde el punto de vista paulino, el hombre sobrenatural procede ciñiéndose siempre a la ley de la puerta abierta. Tiene una gran meta que no pierde de vista. Siempre detecta cada una de las etapas, auscultando la situación del tiempo. Así percibe enseguida cuál es el designio de Dios para el momento presente. Y mañana se enterará de lo que tenga que ver con el mañana.

El hombre moderno es, por naturaleza, colectivista, orientado hacia la masa. De ahí que le resulte extraordinariamente difícil tomar la responsabilidad en sus propias manos; de ahí la necesidad de dejarse guiar. Pero hemos de tener la valentía de decidirnos. Pretender disponer de un panorama certero de todas las cosas, pretender abordar la obra con absoluta seguridad personal significaría esperar quizás décadas. En cambio, el hombre sobrenatural marcha con valentía, asumiendo el riesgo de equivocarse y fracasar en su empresa. Pero esa equivocación y fracaso eventuales se convertirán entonces en un medio externo para crecer aún más profundamente en el mundo sobrenatural.

El hombre sobrenatural se encuentra en el mundo del más allá y maneja y configura el mundo del más acá. Es decir, está con ambos pies en el más allá y con ambos pies en el mundo del más acá. La gracia perfecciona la naturaleza, no la destruye sino que la eleva. Para nosotros rige una ley: los hombres más sobrenaturales deben ser los más naturales.

El hombre sobrenatural tiene una visión clara, amplia y profunda; ya no ve las cosas solo con ojos naturales, tiene un nuevo órgano visual: los ojos de Dios. Así ve todas las cosas de la vida diaria y aprende a manejar su vida a la luz de la fe. Es audaz porque tiene el valor de arriesgar algo, de decidirse y de llevar a cabo lo decidido a pesar de todas las dificultades. El hombre se distingue de los animales por su libertad; la libertad tiene dos dimensiones: la capacidad de decisión y la capacidad de llevar a cabo lo decidido. Sin la libertad interior no seremos personalidades fuertes que Dios pueda usar como instrumentos. El hombre sobrenatural camina por la vida sin mayor miedo, utiliza todas las inseguridades para encontrar seguridad en Dios, entregándose al Padre sin condiciones, sencillamente y como un niño.

El hombre sobrenatural es alegre porque está seguro de la victoria. Es obvio decir que, en último término, Dios tiene que triunfar contra el demonio a pesar de todas las situaciones externas adversas. Por eso también resulta evidente para el hombre sobrenatural que, en último término, la victoria debe corresponder a su bandera, a la bandera de Cristo. ¡Solamente tiene que mantener viva la conciencia de ser instrumento!

Fuente: P. Kentenich
 

miércoles, 20 de octubre de 2010

REMA MAR ADENTRO

Es tiempo de remar mar adentro (Lc 5,4), de ir a lo profundo de nuestra fe. La evangelización más eficaz es la que nace de la adoración y lleva a la adoración. Predicar y adorar son los dos grandes propósitos que tenemos para evangelizar desde el poder del Espíritu Santo, utilizando los medios que tenemos a nuestro alcance. Para adorar a Dios “en espíritu y verdad” (Jn 4,23-24) necesitamos reconocer que Dios es Dios y que nosotros somos sus criaturas y pueblo de su propiedad, y para predicar necesitamos formarnos de manera que podamos anunciar de palabra y de obra aquello que el Espíritu Santo ha venido haciendo en nosotros y así podamos dar razón de nuestra fe (1 Pe 3,15).

Quizás este sea el momento de romper el círculo de lo cotidiano y dejar de hacer lo mismo de siempre para ir más allá, para ir a lo profundo. Muchas veces tenemos la tentación de hacer círculos de seguridad a nuestro alrededor y parece que de ahí no queremos salir porque ahí estamos seguros; sin embargo, en la pedagogía de Dios, Él solamente nos da más cuando vamos más allá de lo normal y cuando estamos dispuestos a salir de nuestros círculos. Tengamos presente el ejemplo de Moisés; el que sería el gran libertador del Pueblo de Israel se encontraba en un momento de su vida como un pastor solamente. Para que Dios le llamara a ser su mensajero y fuera a liberar a su pueblo de la opresión del faraón, lo primero que tuvo que pasar fue que un día Moisés se atrevió a ir muy lejos en el desierto. El día que se le ocurre ir muy lejos es cuando Dios se le aparece en medio de la zarza y se encuentra con él recibiendo un mensaje que no alcanza a comprender. Cuando este hombre va mas allá de lo ordinario o normal en su vida es cuando recibe el llamado de Dios.

Ser un pueblo en misión es estar dispuestos a romper todos los círculos de estancamiento que se forman a nuestro alrededor. Si queremos ser usados en abundancia por Dios tenemos que romper el circulo de lo ordinario una y otra vez. Dios no llamó a Moisés hasta que se decidió a tomar esta actitud. Tomemos esta actitud, hermanos, de ir más allá, de ir a lo profundo; quizás tengamos que dejar de hacer algunas cosas que llevamos haciendo siempre para poder hacer otras a favor de una Nueva Evangelización más efectiva, que de más fruto para la gloria de Dios.

“Esto es lo que dice el santo, el veraz, el que tiene la llave de David, el que abre y nadie cerrará, el que cierra y nadie abrirá: Conozco tus obras; tengo abierta delante de ti una puerta que nadie puede cerrar, porque, a pesar de tu debilidad, has guardado mi palabra y no has renegado de mí... Porque has guardado mi consigna de perseverancia, yo te guardaré en la hora de la prueba que va a sobrevenir sobre todo el mundo para probar a los habitantes de la tierra. Mi venida está próxima; guarda bien lo que tienes, para que nadie te quite tu corona.” (Ap 3,7-8.10-11)

sábado, 31 de julio de 2010

REMA MAR ADENTRO

Hoy resuenan las palabras que Jesucristo dirigió a Simón Pedro, después de haber hablado a la muchedumbre desde su barca: “Rema mar adentro” (Lc 5,4). Esta palabra nos invita a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro, porque “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Heb 13,8). Somos profetas del Evangelio enviados para involucrarnos en la evangelización y en la proclamación de la Buena Noticia de Jesucristo a los habitantes de esta generación sin esperanza. El tercer milenio debe ser para nosotros la ocasión para hacer renacer la esperanza y poner fin al miedo. Como cooperadores de Dios que somos no echemos en saco roto su gracia, porque el Espíritu Santo está diciendo a la Iglesia: “Ahora es el tiempo de gracia, ahora es el día de la salvación” (2 Cor 6,1-2). Es tiempo para ponernos en pie, levantar las manos y dar gracias a Dios por su fidelidad. Pidamos al Señor que hoy no suceda lo mismo que recoge el profeta Ezequiel: “He buscado entre ellos alguno que construyera un muro y se mantuviera de pie en la brecha ante mí... pero no he encontrado a nadie” (22,30).

Es tiempo de asumir la responsabilidad de que hemos sido llamados a ser luz del mundo y sabemos que no puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte (Mt 5,14). Debemos clamar al Señor para que derrame en abundancia su Espíritu Santo sobre nosotros y nos queme con su fuego para que podamos incendiar a otros. El Señor va a despertar a muchos que han estado tibios o fríos.

Lo que marca la diferencia en nuestro servicio al Señor y en los resultados pastorales es la actitud y el carácter que hay en nosotros. Necesitamos ser cristianos con coraje que doblan sus rodillas ante el Trono de la Gracia porque hemos sido llamados a animar, alentar y exhortar para inspirar y provocar una respuesta de santidad, arrepentimiento y conversión. Es necesario despertar al conjunto de los creyentes porque el Señor ha tocado nuestros labios, ha perdonado nuestro pecado, y nos ha mostrado su rostro y su amor. Por eso no debemos tener miedo ni acobardarnos, ya que Él nos reviste de autoridad para ser sus profetas, predicar su Palabra y en el mundo su Iglesia edificar.

“¿A quién enviaré, quién irá de mi parte?”, dice el Señor; “¿A quién enviaré a predicar mi Palabra, a ser mi embajador?” ¡Ve al frente, oh Dios! Levanta tu voz y ármanos con tu verdad. Respondamos al Señor de corazón: Aquí estoy, Señor; no dejaré pasar jamás tu Palabra. ¡Envíame a mí! Cuenta conmigo, estoy dispuesto.

martes, 4 de mayo de 2010

LA PRIMACIA DE CRISTO

Tú eres imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación. En ti fueron creadas todas las cosas, todo fue creado por ti y para ti.

Todo el cielo y la tierra lo has creado tú; lo visible y lo invisible tu obra son, Señor; potestades, principados, tronos y dominios, todo fue creado por ti y para ti. Eres la cabeza del cuerpo, de la Iglesia; eres el principio, primero entre los muertos; con anterioridad existes a todo lo creado, eres el primero en todo, Señor. Plenamente en ti, Señor, Dios quiso habitar, y reconciliar por medio tuyo todo el universo, pacificas la creación por medio de tu sangre. Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.

Tú eres imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación. En ti fueron creadas todas las cosas, todo fue creado por ti y para ti.

Tú eres mi Dios.

Fuente: David A. Mijares (Col 1,15-20)

jueves, 8 de abril de 2010

¡NO TENGAIS MIEDO!

Más que nunca tenemos necesidad de entender esta palabra de Cristo resucitado: "¡No tengáis miedo!" Es una necesidad para el hombre de hoy que no cesa de tener miedo en su fuero interno y no sin razón. Es igualmente una necesidad para todos los pueblos y todas las naciones del mundo entero.

Es necesario que, en la conciencia de cada ser humano, se fortifique la certeza de que existe Alguien que tiene en sus manos el futuro del mundo que pasa, Alguien que guarda las llaves de la muerte y de los abismos, Alguien que es el Alfa y la Omega de la historia del hombre, ya sea individual o colectiva; y sobre todo la certeza de que este Alguien es Amor, el Amor hecho hombre, el Amor crucificado y resucitado, el Amor siempre presente en medio de los hombres. Él es el Amor eucarístico. Es fuente inagotable de comunión. Es el único a quien podemos creer sin la más mínima reserva cuando nos pide: ¡No tengáis miedo!
(Juan Pablo II)

No es posible tener miedo cuando hemos vivido con profundidad y meditado desde lo más hondo del corazón el gran misterio del Amor de Dios manifestado en la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Este tiempo de Pascua que llega tras la Semana Santa, la semana que cambió la historia de la humanidad, es un tiempo de gracia para perseverar y dar fruto en Aquel que ha entregado su vida en la cruz por nosotros.

Aunque a nuestro alrededor encontremos muchas razones objetivas para la desesperanza y el temor, necesitamos levantar nuestra mirada al cielo porque nuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3,3). Se podrá colapsar la economía de nuestros países, podrá temblar el suelo que pisamos, podrán caer edificios que hoy se levantan, se podrán llenar nuestras calles e instituciones de ilegalidad y crimen, podrá propagarse el caos por todo el mundo, se podrán cerrar las puertas de muchas Iglesias, podrá extenderse la persecución y la confusión a todo nivel; sin embargo, estamos llamados a confiar y no temer porque nuestra fuerza está en Aquel que nos sostiene con su gracia.

Nunca podemos olvidar que "en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio" (Rom 8,28). Ya no necesito nada más; o más bien, todo me sobra porque solo Dios basta. "Ante esto ¿qué diremos? Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con Él graciosamente todas las cosas?... ¿Quién nos separará del amor de Cristo?... Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro" (Rom 8,31-39).

No, ya no tengo miedo; tu amor es más fuerte que todo lo demás. Gracias, Señor, por tu fidelidad en la que se apoya y descansa toda nuestra vida. Jesús, confío en ti y ya no tengo miedo.

sábado, 3 de abril de 2010

¡VENCIO JESUS!

Exulten por fin los coros de los ángeles, exulten las jerarquías del cielo, y por la victoria de Rey tan poderoso que las trompetas anuncien la salvación. Goce también la tierra, inundada de tanta claridad, y que, radiante, con el fulgor del Rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero. Alégrese también nuestra madre la Iglesia, revestida de luz tan brillante.

¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo! Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!

Hoy la Iglesia, la heredera, está de fiesta. Su esposo, Cristo, que ha padecido, acaba de resucitar. ¡Alégrate, Iglesia, Esposa de Cristo! La resurrección de tu Esposo te ha levantado de la tierra en la que los viandantes te pisoteaban con sus pies. ¡Oh maravilla! Un solo grano ha sido sembrado, y el mundo entero se ha alimentado de él. Como hombre, ha sido inmolado; como Dios, ha sido devuelto a la vida y da vida a la tierra. Como cordero, ha sido degollado; y como pastor, por el cayado de su cruz, ha dispersado el rebaño de los demonios. Como una vela sobre el candelabro, se apagó sobre la cruz, y como un sol, se levantó del sepulcro. Se han cumplido dos prodigios: el día ha oscurecido cuando Cristo ha sido crucificado, y en su resurrección, la noche ha brillado como el día. ¿Por qué se oscureció el día? Porque, tal como está escrito, "se envolvió en un manto de oscuridad". ¿Por qué la noche ha brillado como el día? Porque, como dice el profeta: "Ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día".

¡Oh noche más clara que el mediodía! ¡Noche más luminosa que el sol! ¡Noche más blanca que la nieve, más brillante que las antorchas, más dulce que el paraíso! ¡Oh noche que no conoces ninguna tiniebla, que nos alejas el sueño y nos haces velar con los ángeles! ¡Noche pascual, espanto de los demonios, esperada durante un año! ¡Noche nupcial de la Iglesia que haces nacer a los nuevos bautizados y despojas al demonio dormido! ¡Noche en la que el heredero introduce a los coherederos en su herencia!
(Asterio de Amasea)

Misterio de amor tan infinito que contemplamos en la pasión, muerte de cruz y resurrección de Aquel que, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.

¡Cuántos dones, cuántas gracias, cuántos milagros nos has regalado! Has venido a vivir y a sufrir dentro de nosotros, dentro de tu Cuerpo Místico que es la Iglesia. Nosotros dentro de Ti y Tú dentro de nosotros. ¡Qué gran misterio! Gracias, Padre mío. Heme aquí, estoy preparado; hágase tu voluntad. Ayúdanos a ser fieles a Ti y a tu amor durante todo el tiempo de nuestra vida.

lunes, 25 de enero de 2010

TRAEDME VUESTRO CORAZON

Deseo comenzar esta pequeña reflexión con una bella cita de la Conclusión del Mensaje del Sínodo de Obispos que tuvo lugar en Roma durante el mes de octubre del año 2008, en torno al tema La Palabra de Dios en la vida y la misión de la Iglesia, que lleva este sugerente título: La Palabra de Dios: Voz, Rostro, Casa, Camino y Misión:

"La Palabra de Dios es `más dulce que la miel, más que el jugo de panales´ (Sal 19,11), `antorcha para mis pasos, luz para mi sendero´ (Sal 119,105), pero también `como el fuego y como un martillo que golpea la peña´ (Jer 23,29). Es como una lluvia que empapa la tierra, la fecunda y la hace germinar, haciendo florecer de este modo también la aridez de nuestros desiertos espirituales (cf. Is 55,10-11). Pero también es `viva, eficaz y más cortante que una espada de dos filos. Penetra hasta la división entre alma y espíritu, articulaciones y médulas; y discierne sentimientos y pensamientos del corazón´ (Heb 4,12)".

La Palabra de Dios nunca nos deja indiferentes; cuando la acogemos con corazón limpio, nos lleva siempre ante la presencia del Señor y confiadamente nos acerca al trono de la Gracia para escuchar lo que el Señor nos está diciendo en este tiempo. El tiempo de los hombres no es el tiempo de Dios; Él está por encima del tiempo. Pudiendo llevar a cabo su plan sin contar con nuestra colaboración, ha decidido contar con sus criaturas para realizar su obra. Él sigue preparando y disponiendo corazones para Él y para su propósito.

Al Señor le agradan los corazones dispuestos y rendidos ante Él; no hay nada que disguste más su Sagrado Corazón que aquellos corazones que están lejos de Él, a pesar de que estén a su servicio. ¡Cuántos son los corazones que están lejos del suyo, aunque aparentemente están cerca! Se deleita con nuestro corazón dispuesto y busca corazones entregados y rendidos en los que poder habitar y hacer su obra en este tiempo. Por medio de la Santísima Virgen, su Madre, quiere acercar corazones al suyo y poder encontrar así consuelo y deleitarse en ellos.

Él no es un Dios mudo ni sordo, y escucha nuestra oración y desea hablarle al corazón del hombre. Por eso, cuando encuentra un corazón dispuesto le comunica sus secretos y sus confidencias, y lo llena con su Gracia. Su Corazón está deseoso de amarnos más y de mostrarnos cómo es su amor. Hoy nos quiere dar su paz y llenarnos plenamente; cuando el corazón del hombre está lejos del suyo, sufrimos porque no sabemos apreciar todo lo que Él desea darnos y comunicarnos. ¡Tiene tanto para darnos que no sabemos apreciar!

Hay demasiado ruido a nuestro alrededor, tantas voces que nos impiden escuchar su voz que desea hablarnos y revelarnos lo que hay en su Corazón misericordioso. En lo escondido quiere abrirnos su Corazón para que vivamos en intimidad con Él, en Dios: "Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios" (Col 3,1-3).

Nos está diciendo: "Traedme vuestro corazón".

martes, 12 de enero de 2010

BALUARTE Y FORTALEZA

"Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por eso, no tememos aunque la tierra se conmueva y las montañas se desplomen hasta el fondo del mar; aunque bramen y se agiten sus olas, y con su ímpetu sacudan las montañas. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro baluarte es el Dios de Jacob. Del río sus corrientes alegran la Ciudad de Dios, el santuario de las moradas del Altísimo. Dios está en medio de ella; no será conmovida. Dios la ayudará al clarear la mañana. Tiemblan las naciones, titubearon los reinos; dio Él su voz, se derritió la tierra. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro baluarte es el Dios de Jacob. Venid a contemplar las obras del Señor, Él hace cosas admirables en la tierra...” (Salmo 46,1-9).

¡Qué maravillosa palabra! La Palabra de Dios para nosotros es tan poderosa y tan firme... Dios sabe que todos enfrentamos necesidades profundas; todos nos topamos con presión, tentaciones, tiempos de confusión que hacen que nuestras almas tiemblen. Su mensaje para nosotros en este Salmo 46 es justamente para tiempos como estos. Si nosotros nos dejamos vencer por el miedo, dejándonos derribar o llenándonos de desesperación, estaremos viviendo absolutamente en contra de su Palabra en nuestras vidas.

Necesitamos entender lo que el Señor nos está diciendo en este Salmo. Nuestro Dios está disponible para nosotros en cualquier momento, día y noche. Él está continuamente a nuestra disposición, dispuesto a hablarnos y guiarnos. Y Él ha hecho esto posible al darnos su Espíritu Santo para que habite en nosotros.

“Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna” (Hebreos 4,16). “En quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en Él” (Efesios 3,12). Estos versículos nos invitan y nos hablan de acudir al Señor con confianza. Cuando Dios nos dice que vayamos a su trono confiadamente, con seguridad, no se trata de una sugerencia; es lo que nos pide y debemos tenerlo muy en cuenta. ¿De dónde obtenemos esta confianza, este acceso seguro para comunicarnos con Él?

“La oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5,16). La palabra “eficaz”, aquí, proviene de una palabra cuya raíz griega significa: “una posición firme”. Sugiere una actitud inconmovible, sólida. También implica la palabra “fervor” que se refiere a una confianza construida sobre una evidencia contundente, una prueba absoluta que respalda la petición. Ambas palabras juntas “fervor eficaz”, implican acercarse al Señor con pleno convencimiento y esto va mucho más allá de las emociones, los gritos o un entusiasmo exagerado.

Dicha oración sólo puede venir de un siervo que busca la voluntad de Dios y está plenamente persuadido de que el Señor está obligado a cumplir su Palabra. De hecho, es importante que ninguno de nosotros vaya a la presencia de Dios sin tener consigo su Palabra. El Señor quiere que traigamos sus promesas, que se las recordemos, que le comprometamos con éstas y nos pongamos en pie y firmes sobre dichas promesas.

Dios nos ha prometido que en medio de una crisis persistente, Él será nuestra ayuda y siempre estará presente. La presencia viva del Señor está siempre en nosotros. Y si Él está siempre presente en nosotros, entonces Él desea una continua conversación con nosotros. Él desea que hablemos con Él, sin importar donde estemos: en el trabajo, con la familia, con amigos, incluso con no creyentes.

No podemos aceptar la mentira que Satanás ha sembrado hoy en tantos hijos de Dios: que el Señor ya dejó de hablarle a su Pueblo. El enemigo quiere que pensemos que Dios ha permitido a Satanás crecer en poder e influencia, pero que a la vez, Dios no ha equipado a su Pueblo con una mayor autoridad. ¡Esto jamás! No importa lo que el diablo tenga en contra nuestra. El poder de Dios en su Iglesia siempre será mayor que los ataques de Satanás.

En tiempos peligrosos como éstos, ¿no tiene la Iglesia de Jesucristo poder para hacer algo? ¿Nos sentaremos a esperar? ¿O somos llamados a tomar medidas drásticas de algún tipo? Cuando muchos a nuestro alrededor están temblando, con los corazones llenos de miedo, somos llamados a tomar las armas espirituales y batallar contra el adversario.

El profeta Joel vio que se acercaba un día similar para Israel, uno de “densa oscuridad y tristeza”. Según Joel, el día de oscuridad que se aproximaba sería como nunca se había visto en su historia. El profeta clamó: “¡Ay del día! Porque cercano está el día del Señor, y vendrá como destrucción por el Todopoderoso” (Joel 1,15). ¿Cuál fue el consejo de Joel para Israel en aquella hora oscura? El trajo esta palabra: “Por eso…dice el Señor, convertíos a mí con todo el corazón, con ayuno y llantos y lamentos. Rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos, y convertíos al Señor vuestro Dios; porque es bondadoso y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo. ¡Quién sabe si volverá y se arrepentirá y dejará bendición tras de Él!” (Joel 2,12-14).

“¡Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen, que has mostrado a los que esperan en ti, delante de los hijos de los hombres! En lo secreto de tu presencia los esconderás de la conspiración del hombre; los pondrás en tu Tabernáculo a cubierto de lenguas pendencieras” (Salmo 31,20-21).

“Deléitate asimismo en el Señor y Él te concederá las peticiones de tu corazón. Encomienda a Dios tu camino, confía en Él y Él hará su obra” (Salmo 37:4-5).

lunes, 21 de diciembre de 2009

DIOS CON NOSOTROS

Vivamos con María el misterio de la Noche Santa, en el silencio, en la oración, en la espera. Participemos en la alegría profunda de nuestra Madre Celestial, que se prepara a darnos a su divino Niño. El Hijo que nace de Ella es también su Dios. Jesús es el Hijo Unigénito del Padre; es el Verbo por el que todo ha sido creado; es Luz de Luz, Dios de Dios, consubstancial al Padre. Jesús está fuera del tiempo: es eterno. Como Dios tiene en Sí mismo la síntesis de todas las perfecciones.

Por medio de María este Dios se hace verdadero hombre. En su seno virginal tuvo lugar su humana concepción. Y en la Noche Santa nace de Ella en una gruta pobre y sin adornos; es depositado en un frío pesebre; es adorado por su Madre y por su padre legal; es circuncidado en la humilde presencia de los pastores; es glorificado por el ejército celestial de los ángeles, que cantan el himno de gloria a Dios y de paz a los hombres amados y salvados por Él.

Inclinémonos con María para adorar a Jesús Niño apenas nacido: es el Emmanuel, es Dios con nosotros. Es Dios con nosotros, porque en la persona divina de Jesús están unidas la naturaleza divina y la naturaleza humana. En el Verbo encarnado se realiza la unidad substancial de la divinidad y de la humanidad. Como Dios, Jesús está por encima del tiempo y del espacio, es inmutable e impasible. Pero como hombre, Jesús entra en el tiempo, soporta el límite del espacio, se sujeta a toda la fragilidad de la naturaleza humana.

Es Dios con nosotros, que se hace hombre para nuestra salvación. En la Noche Santa nace para todos el Salvador y Redentor. La fragilidad de este divino Niño se convierte en remedio para toda la fragilidad humana: su llanto es el alivio de todo dolor; su pobreza es riqueza para toda miseria; su dolor es consuelo para todos los afligidos; su mansedumbre es esperanza para todos los pecadores; su bondad se convierte en salvación para todos los perdidos.

Es Dios con nosotros, que se hace redención y refugio para toda la humanidad. Entremos con María en la gruta luminosa de su divino Amor. Dejémonos depositar por Ella en la cuna dulce y suave de su Corazón, que hace poco que ha empezado a palpitar. Inclinémonos con María, en éxtasis de sobrehumana felicidad, para escuchar sus primeros latidos. Escuchar la divina armonía que se desprende de ellos con notas celestiales de amor, de alegría, de paz que el mundo no había conocido jamás.

Es un canto que repite a cada hombre el eterno y dulcísimo ritmo del amor: te amo, te amo, te amo. Cada uno de sus latidos es un nuevo don de amor para todos. Escuchemos con María sus primeros vagidos de llanto. Es el llanto de un niño recién nacido; es el dolor de un Dios que carga sobre si todo el dolor del mundo.

Es Dios con nosotros, porque, incluso en su humana fragilidad, Jesús es verdadero Dios. Jesucristo es Dios, por encima del cambio del tiempo y de la historia: es el mismo ayer, hoy y siempre. Durante este tiempo en el que la Iglesia nos invita a entrar en la contemplación del misterio de Cristo, entremos todos en el refugio del Corazón Inmaculado de María. Como Madre nos lleva a comprender el gran don de esta Noche Santa.

El Padre ha amado tanto al mundo, que le ha dado a su Hijo Unigénito, para su salvación. El Espíritu Santo hizo fecundo el seno virginal de María, porque el Hijo nacido de Ella es sólo fruto precioso de su divina acción de amor. Nuestra Madre Celestial dio su consentimiento materno, para que se pudiese cumplir el divino prodigio de esta Noche Santa. Hijos predilectos, inclinémonos con María para besar a su Hijo recién nacido, y amemos, adoremos y agradezcamos porque este frágil Niño es Dios hecho hombre, es el Emmanuel, es Dios con nosotros.

Fuente: A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen

jueves, 19 de noviembre de 2009

LA PAZ DE CRISTO

"Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde" (Jn 14,27).

Puede ser que te encuentres confundido o que pienses que todo terminó y que no lo vas a lograr; puedes estar atravesando el tiempo más difícil que hayas enfrentado o tu vida está en juego y todo parece carecer de esperanza; parece que no hay escapatoria y cada puerta que abres te llena de más confusión y cansancio; tu vida parece estar siendo devastada por un gran terremoto y estás soportando pruebas que te hacen pensar en rendirte...

Él sabe lo que estás pasando y te invita a beber de su paz: "Te dejo la paz, mi paz te doy. No se turbe tu corazón ni se acobarde". Necesitas clamar al Espíritu Santo para que te llene de la paz de Cristo y Él así lo hará. Si determinas confiar en Dios y esperar en su misericordia, aunque tu vida esté hecha pedazos, serás testigo de una asombrosa paz que está más allá del entendimiento humano.

El profeta Isaías describe lo que pasa cuando viene el Espíritu Santo sobre alguien necesitado: el desierto se convierte en vergel y el vergel parece un bosque (Is 32,15). Está diciendo que lo que antes era un desierto se vuelve un campo fértil, un pedazo seco de terreno dará cosecha abundante. Pero no es una cosecha provisional porque crecerá hasta convertirse en un bosque que dará fruto año tras año. El profeta no está hablando de algo temporal, sino que está describiendo algo que perdura y se mantiene.

"En el desierto habitará el derecho y la justicia morará en el vergel. La obra de la justicia será la paz, y el fruto de la justicia, la tranquilidad y la seguridad para siempre" (Is 32,16-17). La paz llega porque la justicia está trabajando y cuando tenemos la paz de Cristo, no se nos puede alejar de ella fácilmente. "Mi pueblo habitará en un lugar de paz, en moradas seguras, en descansos tranquilos, aunque el bosque sea talado y humillada la ciudad. Dichosos vosotros los que sembráis junto al agua, los que dejáis sueltos al buey y al asno" (Is 32,18-20).

Durante dos mil años la Iglesia Católica ha enseñado que en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, Cristo está presente de una forma real y verdadera. En su presencia Eucarística, Jesús vive entre nosotros como el que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros. En la Santa Misa, tú y yo tenemos el cielo en la tierra, ese es el milagro de amor más infinito donde encontramos la paz de Cristo sin límites.

lunes, 26 de octubre de 2009

SIEMPRE FIEL

Dios es fiel, siempre fiel, a pesar de nuestra infidelidad. En estos tiempos difíciles que vivimos son muchos los creyentes que se están alejando de Cristo y de su Iglesia. Un cristiano que busca paz y seguridad a cualquier precio, puede descuidar lo más importante y verse envuelto en apatía espiritual que le lleve a no orar ni escuchar la Palabra de Dios en el corazón.

A pesar de nuestras tribulaciones y tentaciones, a pesar de nuestra incertidumbre y preocupación por el futuro, el Padre sabe y conoce todos los detalles de nuestra vida. Dios ya tiene planes para librarte incluso antes de que clames a Él. Tal vez estamos enredados en la lucha más difícil de nuestra vida preguntándonos cómo nos librará el Señor, pero no nos damos cuenta de que Él está listo para poner su plan en acción. Todo lo que necesitamos saber es que nuestro Dios acoge la oración de nuestro corazón y es fiel para escuchar nuestro clamor y actuar.

"Busqué al Señor y Él me respondió, y me libró de todos mis temores... Este pobre hombre invocó al Señor: Él lo escuchó y lo salvó de sus angustias" (Sal 34,5.7). Este fue el clamor de David en medio de una situación de grandes pruebas y crisis cuando fue capturado por los filisteos. Él no podía orar audiblemente en la presencia de sus captores; sin embargo, el clamor más alto es, a veces, el que no tiene una voz audible. Muchas de las oraciones más altas de nuestra vida, muchos de los clamores más desgarradores y profundos, han sido levantados al Cielo en absoluto silencio.

A muchos de nosotros nos han afectado tanto las circunstancias que no podíamos hablar, hemos estado agobiados por situaciones que se nos escapan que no podíamos ni siquiera pensar lo suficientemente claro como para orar. En ocasiones, nos hemos sentido tan desconcertados que no éramos capaces de decirle nada al Señor, pero todo el tiempo nuestro corazón estuvo clamando: "¡Señor, ayúdame! No sé cómo orar justo en este momento, así que escucha el clamor silencioso de mi corazón. Líbrame de esta situación que estoy atravesando. Señor, ni siquiera sé qué decirte, no lo puedo explicar. ¿Qué está pasando?"

Creo que esto es exactamente lo que David estaba pasando antes de escribir el Salmo 34, cuando compartió su propio testimonio de la fidelidad del Señor para librar a sus hijos de las grandes pruebas: "El Ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los salva... Ellos gritan, el Señor los atiende y los libra de todas sus angustias... El hombre justo tendrá muchas contrariedades, pero de todas el Señor lo hará salir airoso" (Sal 34,8.18.20).

Los momentos de mi vida en que mayor claridad he tenido acerca de la fidelidad del Señor han sido los más difíciles y cuesta arriba; momentos que no se pueden olvidar y en los que nada ni nadie hubieran podido sostenerme excepto la fidelidad de nuestro Dios. Él hace todo lo que sea necesario para salvar a su Pueblo: fue necesario que se abriera el Mar Rojo para salvar a Israel de las garras de sus enemigos; fue necesario que saliera agua de la roca para salvarlos de su angustia en el desierto; fue necesario pan milagroso enviado del cielo para salvarlos del hambre y fue necesaria un arca para salvar a Noé del diluvio. Lo que está claro es que Dios sabe cómo salvarnos y que llegará a cualquier extremo para lograrlo sin importar cual sea la circunstancia.

Tal vez, la tribulación más grande que sufrió el Pueblo elegido fue su deportación a Babilonia; sin embargo, incluso en medio de esa desastrosa situación el Señor les había prometido restituirlos y darles lo que ellos tanto anhelaban: "Esto dice el Señor: cuando terminen los setenta años concedidos a Babilonia, yo me ocuparé de vosotros y cumpliré en vosotros mi promesa de restituiros a este lugar. Porque yo sé bien los proyectos que tengo sobre vosotros -dice el Señor-, proyectos de prosperidad y no de desgracia, de daros un porvenir lleno de esperanza" (Jer 29,10-11). Dios desea que sigamos orando para prepararnos y así estar listos para ser liberados.

jueves, 17 de septiembre de 2009

EN TIERRA EXTRAÑA

Con humildad auténtica y sencillez verdadera el alma conoce en el estado de desposorio espiritual las virtudes y dones, y grandes riquezas, de las que el Amado ha querido dotarla. Pero el alma ve también que no las goza y posee como a ella le gustaría a causa de que el alma está en la cárcel del cuerpo, como dice San Juan de la Cruz.

El alma hecha de ver, dice San Juan, que ella está en el cuerpo como un gran señor en la cárcel, sujeto a mil miserias, confiscados sus bienes e impedido su ejercicio y libertad. El alma ve en esta cárcel del cuerpo que de su hacienda, que es el Reino de los Cielos, no se le da casi nada, muy medido y tasado. El alma ve que su servidumbre, que son los sentidos y potencias, con frecuencia se rebelan contra ella, y contra ella se enderezan, quitándole el bocado del plato, si se descuida, siempre que el Señor le hace algún regalo espiritual.

El alma se siente estar en tierra de enemigos y traidores, y tiranizada entre extraños, sintiendo bien lo que da a entender el profeta Baruc de Israel aplicado al alma: "¿Qué es esto, Israel? ¿Por qué estás en tierra enemiga, y languideces en tierra extraña?" (3,10). El alma aquí está como Israel allá, siendo hija de Dios y heredera de las moradas del cielo, pero esclavizada y encarcelada.

El profeta Jeremías sintiendo este desgraciado y miserable trato que el alma recibe y padece en el cautiverio del cuerpo, el profeta habla con Israel, pero es perfectamente aplicable al alma; dice así: "¿Pero acaso es el alma sierva o esclava para que así esté presa? Sobre ella rugen los leones de los apetitos y rebeliones de la carne y de la sensualidad."

Es la lucha permanente de la luz con las tinieblas. Es la lucha permanente del bien con el mal. Es la lucha permanente de la verdad con la mentira. Es la lucha permanente del cielo contra el infierno. Es la lucha permanente del imperio del cielo contra el imperio del infierno, hasta en sus mínimos pormenores y cuya lucha nos atañe también a nosotros. Necesariamente nosotros hemos de alistarnos a un bando o a otro.

Fuente: San Juan de la Cruz

miércoles, 8 de julio de 2009

¡NO TEMAS!

La Palabra de Dios recoge que el Señor dijo en 365 ocasiones: ¡No temas! ¡No tengas miedo! Es curioso el dato, ya que coincide con los días que normalmente tiene un año natural. Es como si nos lo quisiera decir cada día del año y cada año de nuestra vida.

"No estéis, pues, preocupados y preguntándoos: ¿Qué vamos a comer? o ¿Qué vamos a beber? o ¿Con qué nos vamos a vestir? Los que no conocen a Dios se preocupan por todas esas cosas" (Mt 6,31-32). Estas palabras de Jesús deberían tocar nuestro corazón, ya que nos muestran que la preocupación por nuestro trabajo, nuestra familia y nuestro futuro es la manera de vivir de los paganos y la actitud de aquellos que no conocen a Dios como un Padre celestial. No es suficiente conocer a Dios como el Creador y el Todopoderoso; Él también desea que le conozcamos como nuestro Padre celestial, lleno de amor, que cuida de sus hijos. "Pero vosotros tenéis un Padre celestial que ya sabe que tenéis necesidad de todas esas cosas" (versículo 32).

"No estéis, pues, preocupados por el día de mañana" (versículo 34). Con estas palabras tan claras, Jesús nos está diciendo que no cedamos ni un solo pensamiento a lo que pueda suceder mañana. Nosotros no podemos cambiar nada y no podemos ayudar en nada con la preocupación. Cuando lo hacemos, estamos actuando como los que no conocen a Dios.

"Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura" (versículo 33). En otras palabras, debemos seguir amando a Dios y continuar hacia adelante, descansando en su fidelidad, ya que Él se encarga de suplir las cosas esenciales de nuestra vida.

Las aves cantan, mientras nosotros nos quejamos y hablamos de temores y ansiedades. Los lirios del campo muestran erguidos su esplendor, mientras nosotros nos marchitamos y nos doblamos ante el viento más pequeño de adversidad. ¿No creemos, de verdad, en Aquel que nos ama y nos ha dicho que conoce todas nuestras necesidades? ¿No creemos que Aquel que alimenta a los pájaros y viste a las plantas, nos alimentará y vestirá también a nosotros? ¿Cómo podemos angustiarnos y preocuparnos cuando sabemos que Dios tiene todo el poder, toda la riqueza y es Señor de todo lo que ha creado? ¿Cómo podemos siquiera pensar que nos abandona, como si no fuese fiel a su Palabra?

No importa lo que suceda con la economía mundial, no importa la crisis que vayamos a enfrentar, no importa lo que se pueda cruzar en nuestro camino; nuestro buen Dios nos está guiando y está cuidando de nosotros en cada paso que damos. Nos demanda que confiemos en Él en tiempos difíciles ya que nuestra incredulidad le entristece y nos cierra la puerta a sus bendiciones. Mientras la situación se va haciendo más difícil y los problemas son peores, nosotros nos volvemos más fuertes en el poder del Espíritu Santo porque sabemos que Dios nunca nos ha fallado y nunca nos fallará. Él es siempre fiel, ¡no temas!

"Altísimo Señor, ¡qué bueno es darte gracias y cantar himnos en tu honor!
Anunciar por la mañana y por la noche tu gran amor y fidelidad"
(Salmo 92,1-2)