Desde hace ya bastantes años he tenido la oportunidad de ‘asomarme’ a la noche, a través de algunas colaboraciones en programas radiofónicos a altas horas de la madrugada. Una de las primeras sorpresas consiste en comprobar la gran cantidad de ecos nocturnos que podemos llegar a percibir, hasta el punto de concluir que nuestra sociedad no está ‘desconectada’ en ningún momento. Si bien es cierto el refrán: “De noche todos los gatos son pardos”; sin embargo, yo me atrevería a matizar añadiendo que, a la luz de la luna, todavía es posible distinguir entre ‘noctámbulos’ y ‘centinelas’.
Si encendemos de madrugada la televisión –cosa ciertamente poco recomendable-, comprobamos que la mayoría de los canales han conectado una especie de ‘piloto automático’, ofreciendo lo que podríamos llamar un ‘cebo’ para noctámbulos. Nos encontramos principalmente con tres tipos de productos: tarots y consultas con adivinos o videntes; teléfonos eróticos y canales pornográficos; y programas de televenta y de sorteos de premios. Es de suponer que quienes han planificado ese tipo de ‘anzuelos’, antes de elegir el ‘cebo’ adecuado, habrán estudiado detenidamente las inclinaciones de las pasiones humanas. Es obvio que las inquietudes, los agobios y ansiedades, la inmadurez, las frustraciones, las angustias, los miedos, el vacío interior… etc. pueden llegar a convertirse en un negocio redondo para esta nueva clase de empresarios, ‘cazadores de noctámbulos’.
En el Evangelio de Mateo hay una frase de Jesucristo, que me parece especialmente clarividente y clarificadora de los ideales de nuestra generación en general, y de los de cada uno de nosotros en particular: “Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt 6, 21). Sería una ingenuidad por nuestra parte suponer que estas programaciones nocturnas en los medios de comunicación son un mero juego inocuo, inocente e inofensivo. ¡Es obvio que estamos ante un fenómeno muy distinto del juego del parchís o de las cartas, con los que tradicionalmente nos entreteníamos en el seno de nuestras familias!
¿No será que el tarot, el erotismo y el consumismo son expresiones de las grandes necesidades del hombre, a las que seguimos sin dar una respuesta adecuada? De forma inversamente proporcional a nuestra fe y esperanza en Dios, los adivinos nos ofrecen su mercado esotérico con la promesa de aliviar la angustia por nuestro futuro y mitigar el dolor por las heridas del pasado. La pornografía ofrece un tubo de escape para compensar la frustración en el amor, al mismo tiempo que nos hace incapaces para el amor respetuoso y fiel. Y el consumismo no es otra cosa que un intento de compensar con el ‘tener’, las carencias del ‘ser’. (¡Quién dijo aquello de “el dinero no nos hace felices, pero es lo único que nos compensa de no serlo”!). En pocas palabras, la oferta televisiva nocturna bien parece responder a las tres heridas morales principales de nuestra generación: la desconfianza, la desfiguración del amor y el narcisismo.
En ‘la noche’ tenemos el riesgo -pero también la ocasión- de desinhibirnos y desprendernos de una buena parte de nuestras caretas y corazas, hasta el punto de generarse una mayor facilidad para manifestar y compartir los valores y contravalores que anidan en nuestro corazón. Es decir, también en un sentido positivo, ¡la noche es una gran oportunidad para la comunicación de la experiencia cristiana en un contexto de Nueva Evangelización!
En las últimas semanas hemos sido testigos del estreno del cortometraje “Hay mucha gente buena” (www.haymuchagentebuena.es), producido de forma desinteresada por el director español Antonio Cuadri, con el objeto de divulgar la labor de un equipo de comunicadores voluntarios, que en la madrugada del viernes al sábado realizan en Radio María un programa interactivo en contacto con ‘la noche’. El testimonio del retorno a la fe de Antonio Cuadri es una buena prueba de la importancia de salir al encuentro de los hombres y las mujeres de las distintas generaciones, ambientes y situaciones de vida.
En resumen, en ‘la noche’ no todos son ‘noctámbulos’ en medio de las penumbras, sino que también los hay ‘centinelas’, que intentan abrir y ampliar horizontes sembrando esperanza. Me viene a la memoria la imagen de Juan Pablo II, ante la inmensa multitud de jóvenes reunidos en Torvergata (Roma), durante la Jornada Mundial de la Juventud del año 2000. A ellos les dirigió unas palabras proféticas: “En vosotros veo a los ‘centinelas de la mañana’ (cf. Is 21, 11-12) en este amanecer del tercer milenio”.
Aquellas palabras no cayeron en el olvido, sino que dieron origen a experiencias verdaderamente novedosas al servicio de la Nueva Evangelización, como es el caso de “Sentinelle del mattino” (Centinelas de la mañana), iniciativa del sacerdote italiano Andrea Brugnoli. Se trata de una atrevida experiencia para compartir el Evangelio en medio de ‘la noche joven’ y en ambientes similares (www.sentinelledelmattino.org). ¡Ojalá pudiéramos ver pronto esta experiencia hecha realidad en las noches donostiarras! Pero de eso hablaremos en otra ocasión. Por el momento, ¡buenas noches a todos! Que es tanto como decir ¡buenos días!
Fuente: Mons. José Ignacio Munilla
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viernes, 25 de mayo de 2012
sábado, 29 de octubre de 2011
CONFUSION Y PERSEVERANCIA III
Estoy convencido de que nada sucede porque sí, ya que todo sirve para bien de los que aman a Dios y responde a los designios que el Señor tiene para nuestras vidas y para este mundo en el que vivimos. En este tiempo de confusión que nos toca vivir, estamos llamados a la perseverancia evangélica que cobra todo su sentido cuando hemos puesto nuestra mirada y toda nuestra existencia en el Corazón de Cristo. La Iglesia de Jesucristo que es asistida, guiada y conducida continuamente por el Espíritu Santo ha salido al paso en este tiempo por medio del legítimo sucesor de Pedro, el Papa Benedicto XVI, a través de la Carta Apostólica en forma de Motu Proprio Porta Fidei, con la que se convoca el Año de la Fe.
El Santo Padre es bien consciente de este tiempo difícil que nos toca vivir como cristianos; por eso, esta Carta Apostólica sale al paso de nuestra realidad como una invitación a la perseverancia y a la evangelización como medios para llevar a cabo nuestra tarea como discípulos de Cristo del tercer milenio. Por medio de este documento, el Papa desea confirmar en la fe a todos los hermanos que en el mundo entero se esfuerzan por ser coherentes con el llamado que han recibido a ser fieles al Señor por medio de su Iglesia.
Entre otras cosas, todas de gran interés y necesarias para una profunda reflexión personal y comunitaria, destacan la necesidad que los creyentes tenemos de una fe auténtica y genuina que oriente toda nuestra vida y lo que forma parte de ella; la vigencia y el gran valor que tiene el Concilio Vaticano II para una renovación constante de la Iglesia; la necesidad de una conversión permanente que nos lleve a anunciar al mundo el amor de Dios manifestado en Cristo, como un llamado urgente a profesar, celebrar y testimoniar la fe públicamente sin caer en el error de pensar que se trata de un hecho privado; la utilidad del Catecismo de la Iglesia Católica como uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II, para crecer en el conocimiento del contenido de nuestra fe cristiana y como instrumento de apoyo para la formación; recorrer y reactualizar la historia de la fe; la certeza de que no hay fe sin caridad, ni hay caridad sin fe; y el pleno convencimiento de que el mundo necesita hoy testigos auténticos de la fe apasionados por Jesucristo y que desean amar y hacer amar cada vez más a su Iglesia (leer documento completo).
¡Ahora es cuándo, éste es el tiempo!
El Santo Padre es bien consciente de este tiempo difícil que nos toca vivir como cristianos; por eso, esta Carta Apostólica sale al paso de nuestra realidad como una invitación a la perseverancia y a la evangelización como medios para llevar a cabo nuestra tarea como discípulos de Cristo del tercer milenio. Por medio de este documento, el Papa desea confirmar en la fe a todos los hermanos que en el mundo entero se esfuerzan por ser coherentes con el llamado que han recibido a ser fieles al Señor por medio de su Iglesia.
Entre otras cosas, todas de gran interés y necesarias para una profunda reflexión personal y comunitaria, destacan la necesidad que los creyentes tenemos de una fe auténtica y genuina que oriente toda nuestra vida y lo que forma parte de ella; la vigencia y el gran valor que tiene el Concilio Vaticano II para una renovación constante de la Iglesia; la necesidad de una conversión permanente que nos lleve a anunciar al mundo el amor de Dios manifestado en Cristo, como un llamado urgente a profesar, celebrar y testimoniar la fe públicamente sin caer en el error de pensar que se trata de un hecho privado; la utilidad del Catecismo de la Iglesia Católica como uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II, para crecer en el conocimiento del contenido de nuestra fe cristiana y como instrumento de apoyo para la formación; recorrer y reactualizar la historia de la fe; la certeza de que no hay fe sin caridad, ni hay caridad sin fe; y el pleno convencimiento de que el mundo necesita hoy testigos auténticos de la fe apasionados por Jesucristo y que desean amar y hacer amar cada vez más a su Iglesia (leer documento completo).
¡Ahora es cuándo, éste es el tiempo!
miércoles, 19 de octubre de 2011
CONFUSION Y PERSEVERANCIA II
San Pablo, en su tercer viaje misionero que termina con su llegada a Jerusalén, se reúne con los pastores de la Iglesia de Éfeso para exhortarles y darles el último mensaje: “Estad alerta y recordad que durante tres años no dejé de aconsejar día y noche, con lágrimas, a cada uno de vosotros” (Hch 20,31). ¿Qué es lo que le preocupaba tanto al apóstol como para pasar tres años gimiendo por los efesios? ¿Qué asunto pudo sacudir tan profundamente a este hombre de oración y lleno de Dios?
Las advertencias del apóstol no fueron acerca del caos que podía ocurrir fuera de las puertas de la Iglesia; su preocupación no estaba en el adulterio, la decadencia moral, la persecución, la pobreza o la guerra. San Pablo amonestó a los efesios acerca de la cizaña en el interior de la casa de Dios y la oscuridad que propician aquellos que debieran ser luz, ejemplo y guía para los demás. “Por lo tanto, estad atentos y cuidad de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes para que cuidéis de la Iglesia de Dios, la cual compró él con su propia sangre. Sé que cuando me vaya vendrán otros que, como lobos feroces, querrán acabar con la Iglesia. Aun entre vosotros mismos se levantarán algunos que enseñarán mentiras para que los creyentes los sigan” (Hch 20,28-30).
La gran preocupación de San Pablo estaba en lo que él vio venir dentro de los muros de la Iglesia; lobos feroces que dividen al rebaño y esparcen las ovejas por medio del error y un evangelio distorsionado. Cuando esto sucede y los pastores no protegen al rebaño, los creyentes pierden el primer amor y se van alejando de Dios y de la verdad, tal y como Cristo advirtió a los propios efesios y que recoge el libro del Apocalipsis en uno de los siete mensajes a las Iglesias de la provincia de Asia: “... tengo una cosa contra ti, y es que has perdido tu amor del principio. Por eso, recuerda de dónde has caído, vuélvete a Dios... de lo contrario, iré donde ti y cambiaré tu candelero de su lugar. Eso haré si no te arrepientes” (Ap 2,4-5).
¿Dónde está hoy el discernimiento? ¿Dónde están los Jeremías que por amor a Dios y a su Iglesia se exponen como ciudad fortificada, como columna de hierro y como muralla de bronce? ¿Dónde se encuentran los centinelas que reciben la Palabra del Corazón de Dios y la comunican para restaurar todo lo que Satanás ha robado por medio del pecado? En la Misa solemne que el Papa presidió el día 29 de junio del pasado año con motivo de la fiesta de San Pedro y San Pablo, subrayó que las persecuciones, “a pesar de los sufrimientos que provocan, no constituyen el peligro más grave para la Iglesia”. El mayor daño para la Iglesia se encuentra en lo que contamina la fe y la vida cristiana de sus miembros y de sus comunidades, causando erosión en la integridad del Cuerpo Místico y debilitando su capacidad de profecía y de testimonio, empañando la belleza de su rostro.
San Pablo nos dice en su carta a los Efesios (2,20) que la Iglesia está edificada sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo el mismo Cristo Jesús la piedra angular. El profeta es enviado por Dios a proclamar al Pueblo la verdad que conduce a la conversión y a la obediencia. El profeta auténtico no revela una nueva verdad sino que proclama la verdad ya revelada por Cristo, pero muchas veces olvidada; el profeta desvela la confusión del mundo y descubre el verdadero curso de la historia en Jesucristo. “Cuando no hay profetas, el pueblo se relaja”, nos dice el libro de los Proverbios (29,18). Sin profecía, la Iglesia languidece, su mensaje no puede penetrar el corazón. La profecía cristiana, por tanto, inicia la acción de Dios en medio de la Iglesia (Hch 11,27-30), despierta al Pueblo de Dios para escuchar su Palabra (Ap 3,1-6), proclama la Palabra de Dios públicamente y desata el poder del Espíritu Santo (Jer 5,14). La profecía nos anima, alienta y exhorta; nos amonesta, corrige y convence de pecado; nos inspira para producir un efecto y provocar una respuesta.
El Espíritu Santo viene para convencer del pecado (Jn 16,8), les había dicho Jesús a los suyos cuando les explicaba que era conveniente que Él se marchara para que pudiera enviarles el Paráclito, el Defensor. Solo hay un pecado que deberíamos temer, solo uno: el rechazo a admitir el pecado, porque el rechazo a admitir el pecado es el único pecado que no se puede perdonar. Jesús lo llamó la blasfemia al Espíritu Santo. Cuando nosotros blasfemamos contra el Espíritu Santo estamos diciendo: “no he pecado, no tengo necesidad de que el Espíritu Santo me perdone ningún pecado”. No tengamos miedo de admitir un millón de pecados, únicamente tengamos miedo de justificar el pecado con falsas razones. Confiemos en la misericordia de Dios. Él no está contra nosotros, Él quiere salvarnos. No olvidemos que todo se nos da por medio de Cristo; sin embargo, para que recibamos todo de Dios, por medio de Cristo, debemos también hacer volver todo a Dios, a través de Cristo, también nuestro corazón. Éste es el movimiento de la gracia.
Las advertencias del apóstol no fueron acerca del caos que podía ocurrir fuera de las puertas de la Iglesia; su preocupación no estaba en el adulterio, la decadencia moral, la persecución, la pobreza o la guerra. San Pablo amonestó a los efesios acerca de la cizaña en el interior de la casa de Dios y la oscuridad que propician aquellos que debieran ser luz, ejemplo y guía para los demás. “Por lo tanto, estad atentos y cuidad de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes para que cuidéis de la Iglesia de Dios, la cual compró él con su propia sangre. Sé que cuando me vaya vendrán otros que, como lobos feroces, querrán acabar con la Iglesia. Aun entre vosotros mismos se levantarán algunos que enseñarán mentiras para que los creyentes los sigan” (Hch 20,28-30).
La gran preocupación de San Pablo estaba en lo que él vio venir dentro de los muros de la Iglesia; lobos feroces que dividen al rebaño y esparcen las ovejas por medio del error y un evangelio distorsionado. Cuando esto sucede y los pastores no protegen al rebaño, los creyentes pierden el primer amor y se van alejando de Dios y de la verdad, tal y como Cristo advirtió a los propios efesios y que recoge el libro del Apocalipsis en uno de los siete mensajes a las Iglesias de la provincia de Asia: “... tengo una cosa contra ti, y es que has perdido tu amor del principio. Por eso, recuerda de dónde has caído, vuélvete a Dios... de lo contrario, iré donde ti y cambiaré tu candelero de su lugar. Eso haré si no te arrepientes” (Ap 2,4-5).
¿Dónde está hoy el discernimiento? ¿Dónde están los Jeremías que por amor a Dios y a su Iglesia se exponen como ciudad fortificada, como columna de hierro y como muralla de bronce? ¿Dónde se encuentran los centinelas que reciben la Palabra del Corazón de Dios y la comunican para restaurar todo lo que Satanás ha robado por medio del pecado? En la Misa solemne que el Papa presidió el día 29 de junio del pasado año con motivo de la fiesta de San Pedro y San Pablo, subrayó que las persecuciones, “a pesar de los sufrimientos que provocan, no constituyen el peligro más grave para la Iglesia”. El mayor daño para la Iglesia se encuentra en lo que contamina la fe y la vida cristiana de sus miembros y de sus comunidades, causando erosión en la integridad del Cuerpo Místico y debilitando su capacidad de profecía y de testimonio, empañando la belleza de su rostro.
San Pablo nos dice en su carta a los Efesios (2,20) que la Iglesia está edificada sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo el mismo Cristo Jesús la piedra angular. El profeta es enviado por Dios a proclamar al Pueblo la verdad que conduce a la conversión y a la obediencia. El profeta auténtico no revela una nueva verdad sino que proclama la verdad ya revelada por Cristo, pero muchas veces olvidada; el profeta desvela la confusión del mundo y descubre el verdadero curso de la historia en Jesucristo. “Cuando no hay profetas, el pueblo se relaja”, nos dice el libro de los Proverbios (29,18). Sin profecía, la Iglesia languidece, su mensaje no puede penetrar el corazón. La profecía cristiana, por tanto, inicia la acción de Dios en medio de la Iglesia (Hch 11,27-30), despierta al Pueblo de Dios para escuchar su Palabra (Ap 3,1-6), proclama la Palabra de Dios públicamente y desata el poder del Espíritu Santo (Jer 5,14). La profecía nos anima, alienta y exhorta; nos amonesta, corrige y convence de pecado; nos inspira para producir un efecto y provocar una respuesta.
El Espíritu Santo viene para convencer del pecado (Jn 16,8), les había dicho Jesús a los suyos cuando les explicaba que era conveniente que Él se marchara para que pudiera enviarles el Paráclito, el Defensor. Solo hay un pecado que deberíamos temer, solo uno: el rechazo a admitir el pecado, porque el rechazo a admitir el pecado es el único pecado que no se puede perdonar. Jesús lo llamó la blasfemia al Espíritu Santo. Cuando nosotros blasfemamos contra el Espíritu Santo estamos diciendo: “no he pecado, no tengo necesidad de que el Espíritu Santo me perdone ningún pecado”. No tengamos miedo de admitir un millón de pecados, únicamente tengamos miedo de justificar el pecado con falsas razones. Confiemos en la misericordia de Dios. Él no está contra nosotros, Él quiere salvarnos. No olvidemos que todo se nos da por medio de Cristo; sin embargo, para que recibamos todo de Dios, por medio de Cristo, debemos también hacer volver todo a Dios, a través de Cristo, también nuestro corazón. Éste es el movimiento de la gracia.
miércoles, 5 de octubre de 2011
CONFUSION Y PERSEVERANCIA
En momentos de dificultad y de persecución es el amor de la verdad lo que nos puede salvar (2 Tes 2,9-10). La Escritura nos exhorta a mantenernos firmes y guardar las enseñanzas que hemos recibido de palabra y por escrito (2 Tes 2,15); es decir, las verdades fundamentales de la fe que el auténtico Magisterio de la Iglesia ha enseñado siempre y ha defendido enérgicamente a lo largo de los siglos.
Parece que hoy se está realizando cuanto profetizó la segunda carta de San Pablo a los Tesalonicenses. Satanás, el Adversario, con engaño y por medio de su astuta seducción, ha conseguido difundir por doquier los errores bajo el señuelo de nuevas y más actualizadas interpretaciones de la verdad, y llevar a muchos a elegir conscientemente y a vivir en pecado, con la falsa convicción de que eso ya no es un mal.
La confusión ha penetrado en las almas y en la vida de muchos creyentes. Se enseñan y se difunden los errores, mientras se niegan con toda facilidad las verdades de la fe católica. Parece que estuviéramos viviendo el tiempo de la apostasía como preludio y preparación a la manifestación del impío, el hijo de la perdición, que en la tradición cristiana recibe el nombre de Anticristo y que aparecerá como un ser personal "a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la manifestación de su Venida" (2 Tes 2,8).
Víctimas de esta apostasía son muchos creyentes que, con frecuencia, inconscientemente, se dejan arrastrar por esta oleada de errores y de mal. Muchos pastores de la Iglesia son víctimas también de esta apostasía; así, podemos contemplar obispados que mantienen un extraño silencio y ya no reaccionan. Cuando el Papa habla con valor y reafirma con fuerza la verdad de la fe católica, ya no se le escucha, antes bien, públicamente se le critica y se le escarnece ("A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen").
"Nosotros, en cambio, debemos dar gracias en todo tiempo a Dios por vosotros, hermanos, amados del Señor, porque Dios os ha escogido desde el principio para concederos la salvación mediante la acción santificadora del Espíritu y la fe en la verdad. Para esto os ha llamado por medio de nuestro Evangelio, para que alcancéis la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta. Que el mismo Señor nuestro Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa, os consuele y os afiance en toda obra y palabra buena" (2 Tes 2,13-17).
Parece que hoy se está realizando cuanto profetizó la segunda carta de San Pablo a los Tesalonicenses. Satanás, el Adversario, con engaño y por medio de su astuta seducción, ha conseguido difundir por doquier los errores bajo el señuelo de nuevas y más actualizadas interpretaciones de la verdad, y llevar a muchos a elegir conscientemente y a vivir en pecado, con la falsa convicción de que eso ya no es un mal.
La confusión ha penetrado en las almas y en la vida de muchos creyentes. Se enseñan y se difunden los errores, mientras se niegan con toda facilidad las verdades de la fe católica. Parece que estuviéramos viviendo el tiempo de la apostasía como preludio y preparación a la manifestación del impío, el hijo de la perdición, que en la tradición cristiana recibe el nombre de Anticristo y que aparecerá como un ser personal "a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la manifestación de su Venida" (2 Tes 2,8).
Víctimas de esta apostasía son muchos creyentes que, con frecuencia, inconscientemente, se dejan arrastrar por esta oleada de errores y de mal. Muchos pastores de la Iglesia son víctimas también de esta apostasía; así, podemos contemplar obispados que mantienen un extraño silencio y ya no reaccionan. Cuando el Papa habla con valor y reafirma con fuerza la verdad de la fe católica, ya no se le escucha, antes bien, públicamente se le critica y se le escarnece ("A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen").
"Nosotros, en cambio, debemos dar gracias en todo tiempo a Dios por vosotros, hermanos, amados del Señor, porque Dios os ha escogido desde el principio para concederos la salvación mediante la acción santificadora del Espíritu y la fe en la verdad. Para esto os ha llamado por medio de nuestro Evangelio, para que alcancéis la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta. Que el mismo Señor nuestro Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa, os consuele y os afiance en toda obra y palabra buena" (2 Tes 2,13-17).
viernes, 11 de febrero de 2011
EVANGELIZAR HOY
"No hay evangelización verdadera mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios" (Evangelii Nuntiandi, 22).
Es difícil liberarse de la influencia de los tiempos pasados. Cuando reaccionamos ante las legislaciones inmorales de nuestro gobierno, o cuando sentimos el inevitable pesar ante nuestros Seminarios poco poblados en la mayoría de los casos, tenemos dentro de nosotros el recuerdo y las imágenes de otros tiempos. Pensamos que las cosas tendrían que ser ahora como eran entonces, o muy parecidas. No tenemos en cuenta que estamos en otra situación cultural, en otro continente espiritual, que ahora nos toca vivir en minoría y en pobreza, que la fe y la vida espiritual de los cristianos encuentran ahora muchas dificultades ambientales que no existían antes, y que en aquella sociedad había muchos alicientes y ayudas para ser cristiano con los que ya no podemos contar.
De una vida cristiana protegida hemos pasado a una vida cristiana marginada, desprestigiada y agredida. Nuestra situación cultural se parece más a la de 1930 que a la de los años del franquismo. Ni el integrismo reaccionario, ni la confrontación social serían reacciones cristianas. Como tarea de urgencia, en primer lugar, hemos de sostener la fe de los cristianos que se sienten agredidos y desconcertados, tenemos también que resistir contra el intento de remodelar la conciencia de la población en un proyecto de ingeniería social con alma totalitaria, pero nuestro trabajo fundamental tiene que ser reconstruir desde dentro el vigor espiritual de la comunidad cristiana, anunciar con libertad el Evangelio de Jesús a los no cristianos, convertir nuevas personas al Reino de Dios, crear grupos activos, fervorosos, bien preparados intelectualmente, animados de celo apostólico, empeñados con el obispo, con sus sacerdotes, con todos los que quieran formar parte de estas comunidades misioneras, en un proyecto compartido y sostenido de evangelización, de conversión y de influencia en la vida cultural y social... Las raíces profundas de esta llamada a evangelizar están en lo más íntimo del Concilio Vaticano II...
La vocación del evangelizador es apremiante, rompedora, verdaderamente profética... El Espíritu prepara y mueve, la Iglesia reconoce y envía (Hch 13,2).
Un tiempo de evangelización tiene que ser también tiempo de conversión. No puede evangelizar cualquiera. La evangelización tiene que ser obra de discípulos fieles, estusiasmados con la persona y el mensaje de Jesús, desprendidos del mundo, libres de toda consideración humana, arrebatados por el Espíritu de Jesús, movidos por el amor a Jesucristo y a los hermanos, con el corazón puesto en la vida eterna, dispuestos literalmente a dar la vida por la difusión del Evangelio y el reconocimiento de la gracia y de la bondad de Dios. La evangelización es obra de santos y de mártires.
Vivimos una dura situación de enfriamiento religioso, socialización de la increencia y apostasía continuada... Evangelizar es un acto de amor, de compasión, de alabanza a Dios y de misericordia con el hermano necesitado... La verdad de la evangelización depende de la renovación espiritual de la Iglesia, de los obispos y sacerdotes, de los religiosos y de los laicos. Unidad y fervor. No hay otra receta...
Fuente: Evangelizar (Mons. Fernando Sebastián)
Es difícil liberarse de la influencia de los tiempos pasados. Cuando reaccionamos ante las legislaciones inmorales de nuestro gobierno, o cuando sentimos el inevitable pesar ante nuestros Seminarios poco poblados en la mayoría de los casos, tenemos dentro de nosotros el recuerdo y las imágenes de otros tiempos. Pensamos que las cosas tendrían que ser ahora como eran entonces, o muy parecidas. No tenemos en cuenta que estamos en otra situación cultural, en otro continente espiritual, que ahora nos toca vivir en minoría y en pobreza, que la fe y la vida espiritual de los cristianos encuentran ahora muchas dificultades ambientales que no existían antes, y que en aquella sociedad había muchos alicientes y ayudas para ser cristiano con los que ya no podemos contar.
De una vida cristiana protegida hemos pasado a una vida cristiana marginada, desprestigiada y agredida. Nuestra situación cultural se parece más a la de 1930 que a la de los años del franquismo. Ni el integrismo reaccionario, ni la confrontación social serían reacciones cristianas. Como tarea de urgencia, en primer lugar, hemos de sostener la fe de los cristianos que se sienten agredidos y desconcertados, tenemos también que resistir contra el intento de remodelar la conciencia de la población en un proyecto de ingeniería social con alma totalitaria, pero nuestro trabajo fundamental tiene que ser reconstruir desde dentro el vigor espiritual de la comunidad cristiana, anunciar con libertad el Evangelio de Jesús a los no cristianos, convertir nuevas personas al Reino de Dios, crear grupos activos, fervorosos, bien preparados intelectualmente, animados de celo apostólico, empeñados con el obispo, con sus sacerdotes, con todos los que quieran formar parte de estas comunidades misioneras, en un proyecto compartido y sostenido de evangelización, de conversión y de influencia en la vida cultural y social... Las raíces profundas de esta llamada a evangelizar están en lo más íntimo del Concilio Vaticano II...
La vocación del evangelizador es apremiante, rompedora, verdaderamente profética... El Espíritu prepara y mueve, la Iglesia reconoce y envía (Hch 13,2).
Un tiempo de evangelización tiene que ser también tiempo de conversión. No puede evangelizar cualquiera. La evangelización tiene que ser obra de discípulos fieles, estusiasmados con la persona y el mensaje de Jesús, desprendidos del mundo, libres de toda consideración humana, arrebatados por el Espíritu de Jesús, movidos por el amor a Jesucristo y a los hermanos, con el corazón puesto en la vida eterna, dispuestos literalmente a dar la vida por la difusión del Evangelio y el reconocimiento de la gracia y de la bondad de Dios. La evangelización es obra de santos y de mártires.
Vivimos una dura situación de enfriamiento religioso, socialización de la increencia y apostasía continuada... Evangelizar es un acto de amor, de compasión, de alabanza a Dios y de misericordia con el hermano necesitado... La verdad de la evangelización depende de la renovación espiritual de la Iglesia, de los obispos y sacerdotes, de los religiosos y de los laicos. Unidad y fervor. No hay otra receta...
Fuente: Evangelizar (Mons. Fernando Sebastián)
viernes, 4 de febrero de 2011
¡LEVANTATE!
“Yo iré delante de ti, derribaré las alturas, romperé las puertas de bronce y haré pedazos las barras de hierro. Te entregaré tesoros escondidos, riquezas guardadas en lugares secretos, para que sepas que yo soy el Señor, el Dios de Israel, que te llama por tu nombre. Yo soy el Señor, no hay otro; fuera de mí no hay Dios. Yo te he preparado para la lucha sin que tú me conocieras, para que sepan todos, de oriente a occidente, que fuera de mí no hay ningún otro. Yo soy el Señor, no hay otro.
Abriré un camino a través de las montañas y haré que se allanen los senderos. ¡Mirad! Vienen de muy lejos: unos del norte, otros de occidente, otros de la región de Asuán. ¡Cielo, grita de alegría! ¡Tierra, llénate de gozo! ¡Montes, lanzad gritos de felicidad!, porque el Señor ha consolado a su pueblo, ha tenido compasión de él en su aflicción. Sión decía: El Señor me abandonó, mi Dios se olvidó de mí. Pero ¿acaso una madre olvida o deja de amar a su propio hijo? Pues aunque ella lo olvide, yo no te olvidaré. Yo te llevo grabada en mis manos; siempre tengo presentes tus murallas. Los que te reconstruyen van más deprisa que los que te destruyeron; ya se han ido los que te arrasaron. Levanta los ojos y mira alrededor, mira cómo se reúnen todos y vuelven hacia ti. Yo, el Señor, juro por mi vida que todos ellos serán como joyas que te pondrás, como los adornos de una novia.
Despierta, Sión, despierta, ármate de fuerza; Jerusalén, ciudad santa, vístete tu ropa más elegante, porque los paganos, gente impura, no volverán a entrar en ti. Levántate, Jerusalén, sacúdete el polvo, siéntate en el trono. Sión, joven prisionera, quítate ya el yugo del cuello.
Levántate, Jerusalén, envuelta en resplandor, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti. La oscuridad cubre la tierra, la noche envuelve a las naciones, pero el Señor brillará sobre ti y sobre ti aparecerá su gloria. Las naciones vendrán a tu luz, los reyes vendrán al resplandor de tu amanecer. Levanta los ojos y mira a tu alrededor: todos se reúnen y vienen a ti. Tus hijos vendrán de lejos, y a tus hijas las traerán en brazos. Tú, al verlos, estarás radiante de alegría; tu corazón se llenará de gozo; te traerán los tesoros de los países del mar, te entregarán las riquezas de las naciones.” (Is 45,2-3; 5-6; 49,11-18; 52,1-2; 60,1-5)
Como podemos leer en la introducción de la carta apostólica del Papa Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, se abre para la Iglesia una nueva etapa de su camino en los inicios del tercer milenio. Hoy resuenan las palabras que Jesús dirigió a Simón Pedro, después de haber hablado a la muchedumbre desde su barca: “Rema mar adentro” (Lc 5,4). Esta palabra nos invita a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro.
Juan Pablo II dejó escrito que es necesario pensar en el futuro que nos espera, y reflexionar sobre lo que el Espíritu ha dicho al Pueblo de Dios en el período de tiempo que va desde el Concilio Vaticano II al Gran Jubileo del año 2000. Hoy más que nunca estamos llamados a contemplar el rostro de Cristo para poder reflejar su luz a las generaciones del nuevo milenio. Debemos caminar desde Cristo, con la certeza de que Él está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20).
La oración, la lectura de las Escrituras y los Sacramentos nos abrirán a la gracia que necesitamos para una nueva evangelización y anuncio de la Palabra, desde el compromiso de la comunidad cristiana. Jesucristo nos invita a ponernos en camino: “Id y predicad” (Mc 16,15) – “Id y haced discípulos” (Mt 28,19) es la gran comisión que tenemos como cristianos, es el mandato misionero que nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el mismo entusiasmo de los creyentes de los primeros tiempos. Hoy debemos trabajar en comunión con nuestros obispos y pastores, buscando y desarrollando nuevos métodos y expresiones que sean eficaces y eficientes, con un renovado ardor y fervor que se alimenta cada día en la Eucaristía y en el amor de la Santísima Virgen María.
Los comienzos del tercer milenio de la venida de Cristo al mundo es un momento extraordinario, un tiempo propicio y favorable para la Iglesia, de dimensiones universales (2 Cor 6,2). “Esta buena noticia del Reino se anunciará en todo el mundo, para que todas las naciones la conozcan” (Mt 24,14). Para remar mar adentro, necesitamos tomar conciencia de que el mundo tiene el derecho de escuchar el Evangelio desde una Iglesia valiente pero humilde; si Jesús se ha “despojado de sí mismo” para traer la Buena Nueva del Reino a la tierra y se ha humillado hasta el punto de lavar los pies a los apóstoles, también nosotros debemos hacerlo con más motivo ya que Él no tenía pecado y nosotros sí.
Somos profetas del Evangelio enviados para involucrarnos en la evangelización y en la proclamación de la Buena Noticia de Jesucristo a los habitantes de esta generación sin esperanza. El mundo necesita esperanza como los pulmones necesitan oxígeno. El tercer milenio debe ser, para nosotros cristianos, la ocasión para hacer renacer la esperanza y poner fin al miedo. Como cooperadores de Dios que somos no echemos en saco roto su gracia, porque el Espíritu Santo está diciendo a la Iglesia: “Ahora es el tiempo de gracia, ahora es el día de la salvación” (2 Cor 6,1-2).
Abriré un camino a través de las montañas y haré que se allanen los senderos. ¡Mirad! Vienen de muy lejos: unos del norte, otros de occidente, otros de la región de Asuán. ¡Cielo, grita de alegría! ¡Tierra, llénate de gozo! ¡Montes, lanzad gritos de felicidad!, porque el Señor ha consolado a su pueblo, ha tenido compasión de él en su aflicción. Sión decía: El Señor me abandonó, mi Dios se olvidó de mí. Pero ¿acaso una madre olvida o deja de amar a su propio hijo? Pues aunque ella lo olvide, yo no te olvidaré. Yo te llevo grabada en mis manos; siempre tengo presentes tus murallas. Los que te reconstruyen van más deprisa que los que te destruyeron; ya se han ido los que te arrasaron. Levanta los ojos y mira alrededor, mira cómo se reúnen todos y vuelven hacia ti. Yo, el Señor, juro por mi vida que todos ellos serán como joyas que te pondrás, como los adornos de una novia.
Despierta, Sión, despierta, ármate de fuerza; Jerusalén, ciudad santa, vístete tu ropa más elegante, porque los paganos, gente impura, no volverán a entrar en ti. Levántate, Jerusalén, sacúdete el polvo, siéntate en el trono. Sión, joven prisionera, quítate ya el yugo del cuello.
Levántate, Jerusalén, envuelta en resplandor, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti. La oscuridad cubre la tierra, la noche envuelve a las naciones, pero el Señor brillará sobre ti y sobre ti aparecerá su gloria. Las naciones vendrán a tu luz, los reyes vendrán al resplandor de tu amanecer. Levanta los ojos y mira a tu alrededor: todos se reúnen y vienen a ti. Tus hijos vendrán de lejos, y a tus hijas las traerán en brazos. Tú, al verlos, estarás radiante de alegría; tu corazón se llenará de gozo; te traerán los tesoros de los países del mar, te entregarán las riquezas de las naciones.” (Is 45,2-3; 5-6; 49,11-18; 52,1-2; 60,1-5)
Como podemos leer en la introducción de la carta apostólica del Papa Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, se abre para la Iglesia una nueva etapa de su camino en los inicios del tercer milenio. Hoy resuenan las palabras que Jesús dirigió a Simón Pedro, después de haber hablado a la muchedumbre desde su barca: “Rema mar adentro” (Lc 5,4). Esta palabra nos invita a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro.
Juan Pablo II dejó escrito que es necesario pensar en el futuro que nos espera, y reflexionar sobre lo que el Espíritu ha dicho al Pueblo de Dios en el período de tiempo que va desde el Concilio Vaticano II al Gran Jubileo del año 2000. Hoy más que nunca estamos llamados a contemplar el rostro de Cristo para poder reflejar su luz a las generaciones del nuevo milenio. Debemos caminar desde Cristo, con la certeza de que Él está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20).
La oración, la lectura de las Escrituras y los Sacramentos nos abrirán a la gracia que necesitamos para una nueva evangelización y anuncio de la Palabra, desde el compromiso de la comunidad cristiana. Jesucristo nos invita a ponernos en camino: “Id y predicad” (Mc 16,15) – “Id y haced discípulos” (Mt 28,19) es la gran comisión que tenemos como cristianos, es el mandato misionero que nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el mismo entusiasmo de los creyentes de los primeros tiempos. Hoy debemos trabajar en comunión con nuestros obispos y pastores, buscando y desarrollando nuevos métodos y expresiones que sean eficaces y eficientes, con un renovado ardor y fervor que se alimenta cada día en la Eucaristía y en el amor de la Santísima Virgen María.
Los comienzos del tercer milenio de la venida de Cristo al mundo es un momento extraordinario, un tiempo propicio y favorable para la Iglesia, de dimensiones universales (2 Cor 6,2). “Esta buena noticia del Reino se anunciará en todo el mundo, para que todas las naciones la conozcan” (Mt 24,14). Para remar mar adentro, necesitamos tomar conciencia de que el mundo tiene el derecho de escuchar el Evangelio desde una Iglesia valiente pero humilde; si Jesús se ha “despojado de sí mismo” para traer la Buena Nueva del Reino a la tierra y se ha humillado hasta el punto de lavar los pies a los apóstoles, también nosotros debemos hacerlo con más motivo ya que Él no tenía pecado y nosotros sí.
Somos profetas del Evangelio enviados para involucrarnos en la evangelización y en la proclamación de la Buena Noticia de Jesucristo a los habitantes de esta generación sin esperanza. El mundo necesita esperanza como los pulmones necesitan oxígeno. El tercer milenio debe ser, para nosotros cristianos, la ocasión para hacer renacer la esperanza y poner fin al miedo. Como cooperadores de Dios que somos no echemos en saco roto su gracia, porque el Espíritu Santo está diciendo a la Iglesia: “Ahora es el tiempo de gracia, ahora es el día de la salvación” (2 Cor 6,1-2).
jueves, 27 de enero de 2011
LOS HUESOS SECOS
"El Señor puso su mano sobre mí, me hizo salir lleno de su poder y me colocó en un valle que estaba lleno de huesos. El Señor me hizo pasar entre ellos en todas direcciones; los huesos cubrían el valle, eran muchísimos y estaban completamente secos. Me dijo: “¿Crees tú que estos huesos pueden volver a tener vida?” Yo le respondí: “Señor, tan solo tú lo sabes.”
Entonces el Señor me dijo: “Habla en mi nombre a estos huesos. Diles: ‘Huesos secos, escuchad este mensaje del Señor. El Señor os dice: Voy a hacer entrar en vosotros aliento de vida, para que reviváis. Os pondré tendones, os rellenaré de carne, os cubriré de piel y os daré aliento de vida para que reviváis. Entonces reconoceréis que yo soy el Señor.’ ” Yo les hablé, pues, como él me lo había ordenado. Y mientras les hablaba oí un ruido: era un terremoto, y los huesos comenzaron a unirse unos con otros. Y vi que sobre ellos aparecían tendones y carne, y que se cubrían de piel. Pero no tenían aliento de vida.
El Señor me dijo: “Habla en mi nombre al aliento de vida, y dile: ‘Así dice el Señor: Aliento de vida, ven de los cuatro puntos cardinales y da vida a estos cuerpos muertos.’ ” Yo hablé en nombre del Señor, como él me lo ordenó, y el aliento de vida vino y entró en ellos, y revivieron, y se pusieron de pie. Eran tantos, que formaban un ejército inmenso.
El Señor me dijo: “El pueblo de Israel es como estos huesos. Andan diciendo: ‘Nuestros huesos están secos; no tenemos ninguna esperanza, estamos perdidos.’ Pues bien, háblales en mi nombre. Diles: ‘Esto dice el Señor: Pueblo mío, voy a abrir vuestras tumbas; os sacaré de ellas y os haré volver a la tierra de Israel. Y cuando abra vuestras tumbas y os saque de ellas, reconoceréis, pueblo mío, que yo soy el Señor. Pondré en vosotros mi aliento de vida, y reviviréis; y os instalaré en vuestra propia tierra. Entonces sabréis que yo, el Señor, lo he dicho y lo he hecho. Yo, el Señor, lo afirmo." (Ez 37,1-14)
Esta gran visión de los huesos secos, sin duda, es la más célebre del profeta Ezequiel. Es la respuesta del Señor al desaliento y a la desesperanza de los israelitas en el exilio. El texto nos sugiere la idea de un campo de batalla sobre el que habían quedado tendidos los cadáveres de los caídos en el combate. Se trata de una visión profética en la que Ezequiel compara a los desterrados de Israel con un montón de huesos humanos tendidos en campo abierto, y nos presenta la liberación de los exiliados como un retorno a la vida.
"Despierta, tú que duermes; levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará" (Ef 5,14b). El Señor desea hacer algo nuevo en España y es por eso que Él tiene una Palabra para este país, para su Iglesia y para cada uno de nosotros en este tiempo. Somos Ezequiel, llamados a descubrir la triste realidad de tantos hombres y mujeres que viven sin esperanza, y llamados a llevarles la Vida de Dios que les hará ponerse en pie y revivir. Es urgente que nos levantemos para que les podamos mostrar el camino de regreso a casa, en el Cuerpo Místico de Cristo, donde ser curados de sus heridas y recibir la Vida de Aquel que se ha quedado con nosotros hasta el fin del mundo.
Con razón y como un signo profético de nuestro tiempo, el Santo Padre Benedicto XVI anunció al comienzo del verano pasado la creación de un nuevo dicasterio vaticano dedicado de forma específica a la nueva evangelización de países con tradición cristiana que han entrado en un proceso de secularización. El Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización está haciendo una profunda reflexión para promover las formas y los instrumentos adecuados para llevar a cabo esta necesaria y urgente reevangelización de sociedades como la nuestra.
Es el momento de formar nuevos evangelizadores para la Nueva Evangelización del Tercer Milenio porque el tiempo nos apremia; o más bien, es el amor de Cristo el que nos apremia (2 Cor 5,14) y nos empuja a buscar los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios, ya que hemos resucitado con Cristo y ahora aspiramos a los bienes del Cielo y no a los de la tierra (Col 3,1-2).
Entonces el Señor me dijo: “Habla en mi nombre a estos huesos. Diles: ‘Huesos secos, escuchad este mensaje del Señor. El Señor os dice: Voy a hacer entrar en vosotros aliento de vida, para que reviváis. Os pondré tendones, os rellenaré de carne, os cubriré de piel y os daré aliento de vida para que reviváis. Entonces reconoceréis que yo soy el Señor.’ ” Yo les hablé, pues, como él me lo había ordenado. Y mientras les hablaba oí un ruido: era un terremoto, y los huesos comenzaron a unirse unos con otros. Y vi que sobre ellos aparecían tendones y carne, y que se cubrían de piel. Pero no tenían aliento de vida.
El Señor me dijo: “Habla en mi nombre al aliento de vida, y dile: ‘Así dice el Señor: Aliento de vida, ven de los cuatro puntos cardinales y da vida a estos cuerpos muertos.’ ” Yo hablé en nombre del Señor, como él me lo ordenó, y el aliento de vida vino y entró en ellos, y revivieron, y se pusieron de pie. Eran tantos, que formaban un ejército inmenso.
El Señor me dijo: “El pueblo de Israel es como estos huesos. Andan diciendo: ‘Nuestros huesos están secos; no tenemos ninguna esperanza, estamos perdidos.’ Pues bien, háblales en mi nombre. Diles: ‘Esto dice el Señor: Pueblo mío, voy a abrir vuestras tumbas; os sacaré de ellas y os haré volver a la tierra de Israel. Y cuando abra vuestras tumbas y os saque de ellas, reconoceréis, pueblo mío, que yo soy el Señor. Pondré en vosotros mi aliento de vida, y reviviréis; y os instalaré en vuestra propia tierra. Entonces sabréis que yo, el Señor, lo he dicho y lo he hecho. Yo, el Señor, lo afirmo." (Ez 37,1-14)
Esta gran visión de los huesos secos, sin duda, es la más célebre del profeta Ezequiel. Es la respuesta del Señor al desaliento y a la desesperanza de los israelitas en el exilio. El texto nos sugiere la idea de un campo de batalla sobre el que habían quedado tendidos los cadáveres de los caídos en el combate. Se trata de una visión profética en la que Ezequiel compara a los desterrados de Israel con un montón de huesos humanos tendidos en campo abierto, y nos presenta la liberación de los exiliados como un retorno a la vida.
"Despierta, tú que duermes; levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará" (Ef 5,14b). El Señor desea hacer algo nuevo en España y es por eso que Él tiene una Palabra para este país, para su Iglesia y para cada uno de nosotros en este tiempo. Somos Ezequiel, llamados a descubrir la triste realidad de tantos hombres y mujeres que viven sin esperanza, y llamados a llevarles la Vida de Dios que les hará ponerse en pie y revivir. Es urgente que nos levantemos para que les podamos mostrar el camino de regreso a casa, en el Cuerpo Místico de Cristo, donde ser curados de sus heridas y recibir la Vida de Aquel que se ha quedado con nosotros hasta el fin del mundo.
Con razón y como un signo profético de nuestro tiempo, el Santo Padre Benedicto XVI anunció al comienzo del verano pasado la creación de un nuevo dicasterio vaticano dedicado de forma específica a la nueva evangelización de países con tradición cristiana que han entrado en un proceso de secularización. El Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización está haciendo una profunda reflexión para promover las formas y los instrumentos adecuados para llevar a cabo esta necesaria y urgente reevangelización de sociedades como la nuestra.
Es el momento de formar nuevos evangelizadores para la Nueva Evangelización del Tercer Milenio porque el tiempo nos apremia; o más bien, es el amor de Cristo el que nos apremia (2 Cor 5,14) y nos empuja a buscar los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios, ya que hemos resucitado con Cristo y ahora aspiramos a los bienes del Cielo y no a los de la tierra (Col 3,1-2).
miércoles, 1 de diciembre de 2010
CENTINELAS VIGILANTES
Oh, en vuestros días, ¡qué bellos son los pies de los que anuncian la paz, de los que difunden la Buena Nueva de la salvación y del triunfo de la Divina Misericordia! Sed vosotros estos anunciadores de paz. Sed vosotros hoy centinelas vigilantes sobre los montes de la confianza y la esperanza.
Sed centinelas vigilantes en el tiempo oscuro de la infidelidad y de la apostasía. Así difundiréis en torno a vosotros la luz vivísima del Evangelio, daréis a todos la fuerza de la Palabra de Dios e indicaréis el camino que hay que recorrer para permanecer siempre en la Verdad.
Todo el mundo espera, con ardiente esperanza vuestro anuncio. Vosotros sois los apóstoles de esta segunda evangelización. Predicad a todas las gentes que Jesucristo es el único Señor, vuestro Salvador y Redentor y que ya está para retornar a vosotros en el esplandor de su gloria.
Sed centinelas vigilantes en la hora del mayor triunfo de Satanás y de todos los espíritus del mal. La humanidad está en su poder; el mundo está puesto en las manos del Maligno. Por esto las almas se han vuelto esclavas del pecado y soportan el peso de la separación de Dios, sola fuente de vuestra felicidad.
Así la desesperación se difunde, la violencia y el odio reinan soberanos en las relaciones entre individuos y naciones y sois cada vez más aplastados bajo la prensa sangrienta de las revoluciones y de las guerras, de las divisiones y de las luchas fraticidas. Habéis alcanzado el culmen de la tribulación y vivis los años del gran castigo, que de tantas maneras, os ha sido ya anunciado.
Sed centinelas vigilantes que trazan el camino del retorno al Dios de la paz y de la vida, del amor y de la alegría. Para esto es necesrio que os liberéis del yugo del pecado, para vivir siempre en la Gracia y en la comunión con Dios, oponiéndoos al espíritu del mundo en que vivis. Entonces seréis siempre fieles a las promesas de vuestro Bautismo. Por medio de vosotros podrá volver al mundo la luz de la bondad y del amor, de la fraternidad y de la paz, de la confianza y de la alegría.
Sed centinelas vigilantes que anuncian que es ya inminente el gran día del Señor. Dad a todos este anuncio para abrir los corazones a la esperanza, para que en vuestro tiempo se concluya el segundo Adviento y todos se preparen a recibir el celeste rocío de la divina Misericordia, que ya está para derramarse sobre el mundo entero.
Así, aún en los indecibles sufrimientos del tiempo que vivis, vuestros corazones y vuestras almas pueden abrirse al gozo de este anuncio y a la espera de aquel acontecimiento prodigioso, que vosotros invocáis con gemidos inenarrables: ¡vuelve, Señor Jesús!
Fuente: A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen
Sed centinelas vigilantes en el tiempo oscuro de la infidelidad y de la apostasía. Así difundiréis en torno a vosotros la luz vivísima del Evangelio, daréis a todos la fuerza de la Palabra de Dios e indicaréis el camino que hay que recorrer para permanecer siempre en la Verdad.
Todo el mundo espera, con ardiente esperanza vuestro anuncio. Vosotros sois los apóstoles de esta segunda evangelización. Predicad a todas las gentes que Jesucristo es el único Señor, vuestro Salvador y Redentor y que ya está para retornar a vosotros en el esplandor de su gloria.
Sed centinelas vigilantes en la hora del mayor triunfo de Satanás y de todos los espíritus del mal. La humanidad está en su poder; el mundo está puesto en las manos del Maligno. Por esto las almas se han vuelto esclavas del pecado y soportan el peso de la separación de Dios, sola fuente de vuestra felicidad.
Así la desesperación se difunde, la violencia y el odio reinan soberanos en las relaciones entre individuos y naciones y sois cada vez más aplastados bajo la prensa sangrienta de las revoluciones y de las guerras, de las divisiones y de las luchas fraticidas. Habéis alcanzado el culmen de la tribulación y vivis los años del gran castigo, que de tantas maneras, os ha sido ya anunciado.
Sed centinelas vigilantes que trazan el camino del retorno al Dios de la paz y de la vida, del amor y de la alegría. Para esto es necesrio que os liberéis del yugo del pecado, para vivir siempre en la Gracia y en la comunión con Dios, oponiéndoos al espíritu del mundo en que vivis. Entonces seréis siempre fieles a las promesas de vuestro Bautismo. Por medio de vosotros podrá volver al mundo la luz de la bondad y del amor, de la fraternidad y de la paz, de la confianza y de la alegría.
Sed centinelas vigilantes que anuncian que es ya inminente el gran día del Señor. Dad a todos este anuncio para abrir los corazones a la esperanza, para que en vuestro tiempo se concluya el segundo Adviento y todos se preparen a recibir el celeste rocío de la divina Misericordia, que ya está para derramarse sobre el mundo entero.
Así, aún en los indecibles sufrimientos del tiempo que vivis, vuestros corazones y vuestras almas pueden abrirse al gozo de este anuncio y a la espera de aquel acontecimiento prodigioso, que vosotros invocáis con gemidos inenarrables: ¡vuelve, Señor Jesús!
Fuente: A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen
lunes, 21 de junio de 2010
HORA DE DESPERTAR II
En medio de este panorama internacional ya son muchos los que sostienen que la unificación del mundo se está realizando a través del miedo y de la mentira: 2 armas de destrucción masiva. Una sociedad atemorizada es una sociedad fácilmente manejable. El poder mundial se va unificando y para ello es necesario, no sólo reducir todas las autoridades a una sola, sino también hacer sucumbir las religiones en una especie de credo sincretista. Como el sentido religioso no puede negarse, dado que está impreso en lo más hondo del corazón del hombre, lo que se pretende es cambiar su objeto; en lugar de adorar a Dios, en el centro se coloca al hombre. Esta es la mentira de una religión falsa, con una espiritualidad tipo new age en la que caben todas las religiones y un cristianismo enteramente falsificado. Según los expertos, un gobierno en la sombra y un imperio invisible es el que estaría moviendo hoy los hilos de lo que sucede en nuestro mundo y que no es sino una expresión más del mismo pecado original del hombre que le llevó a rebelarse contra Dios y ser él mismo su propio dios. No olvidemos quien es el que continuamente, a lo largo de los siglos, sigue tentando al ser humano a desobedecer al Creador.
Esta sed insaciable de poder y control lo vemos como un denominador común en la historia de la humanidad; grandes imperios que surgieron y cayeron, que buscaban dominar a los demás pueblos. La Biblia también nos habla de esto y la interpretación de los Padres de la Iglesia al hablar de un resurgimiento del Imperio Romano se apoya en las visiones del profeta Daniel relativas a cuatro bestias que emergen del mar, que serán los imperios sucesivos que pasarán por el escenario de la historia y que tendrán poder sobre la tierra (el imperio babilónico de Nabucodonosor, el imperio medo-persa, el imperio de Alejandro Magno y el imperio romano). Estos imperios están representados mediante cuatro bestias en el capítulo 7 del libro de Daniel, teniendo especial importancia la cuarta bestia y que es la que va a coincidir con la visión del Apocalipsis (cap. 13) de la que habla San Juan respecto al último Anticristo. Debemos tener en cuenta lo que la Tradición de la Iglesia ha ido descubriendo en su meditación sobre el Apocalipsis. Según uno de los Padres de la Iglesia más importantes, San Ireneo de Lyon, el último imperio, el del Anticristo, será una recapitulación de la herejía de todos los imperios anteriores. La interpretación de los Padres de la Iglesia es que el Anticristo se alzará a partir de un resurgimiento del Imperio Romano; es decir, un poder opresor y perseguidor que trate de alzarse contra Dios.
Hemos dicho que el aspecto religioso juega un papel importante en todo esto y nuestra tarea se desarrolla en un tiempo en el que la dificultad y la lucha contra la Iglesia van a ir creciendo más. Como el Cireneo fue una ayuda para llevar la Cruz de Cristo, nosotros también debemos ser como el Cireneo para su Cuerpo Místico, la Iglesia, cuando camina hacia el Calvario. Cuando miramos la escena religiosa completa de hoy lo que vemos son muchos inventos de los hombres y de la carne, mayormente sin poder y sin fuerza. Así dice San Pablo en su carta a los Gálatas: “Con Dios no se juega: lo que uno siembre, eso cosechará. El que siembra para la carne, de ella cosechará corrupción; el que siembra para el espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna” (6,7-8). Lo que más daña el Corazón de Dios no es la siembra de los que están lejos de Él, sino lo que siembra aquel que está a su servicio. No hay algo que disguste más su Corazón que aquellos corazones que están lejos de Él, aunque aparentemente están cerca. Debemos preguntarnos con paz pero con sinceridad: ¿cómo estamos nosotros? Quizás se está mezclando demasiado nuestro discipulado con las cosas del mundo y nos dejamos llevar y arrastrar por él, y por eso también es que no se están dando los frutos que debieran. A veces parece como si el mundo impactara más en la Iglesia, en nosotros, que la Iglesia en el mundo. Igual es que nos hemos aferrado a nuestra retórica religiosa pero nos hemos vuelto demasiado pasivos. Estamos demasiado cómodos y quizás sea tiempo para confesar: no soy lo que era, no estoy donde se supone que debo estar; Señor, no tengo tu Corazón y no siento tu carga, he querido que sea fácil y solo quería ser feliz. Pero el verdadero gozo viene de exponerme a que tú me corrijas y me reproches lo que no estoy haciendo bien. Son palabras que no escuchamos en esta era mimada en la que vivimos. Quizás necesitamos experimentar angustia, que significa dolor y aflicción extremos, por las condiciones que hay en mí y a mi alrededor. Dolor profundo, pena profunda, agonía del Corazón de Dios. ¡Nadie parece querer escuchar nada de esto!
Toda pasión verdadera por Cristo nace de la angustia. Busquemos en la Escritura y encontraremos que cuando Dios determina restaurar una situación en ruinas comparte su propia angustia y encuentra un hombre que ora, a quien toma y le bautiza en angustia. Lo encontramos en el libro de Nehemías, por ejemplo; Jerusalén está en ruinas, ¿qué hace el Señor? ¿cómo va a restaurar Dios las ruinas? Nehemías no era un predicador, era gobernador; un hombre que estaba dispuesto a sacrificar su integridad. Dios encontró un hombre de oración que se quebró y lloró ante las ruinas de Jerusalén, pero que ayunó y oró día y noche para poder ser usado con poder por el Señor para reconstruir las murallas de la Ciudad Santa. ¿Por qué los demás no obtuvieron una respuesta? ¿Por qué no los usó Dios en la restauración? ¡Porque no había señales de angustia en ellos! ¡Ni un llanto, ni una palabra de oración! Y todo estaba en ruinas.
¿Nos está sucediendo esto a nosotros hoy? ¿Nos importa algo que hoy día la Jerusalén espiritual de Dios, la Iglesia, esté sufriendo una grave crisis de fe que la hace tambalearse como barco en medio de la tormenta? ¿Nos importa que haya tanta frialdad arrasando la tierra? Más cerca que eso; ¿nos importa la Jerusalén que está en nuestros propios corazones? Hay señales de ruina cuando el poder espiritual y la pasión van desapareciendo lentamente de nosotros; en la ceguera ante la tibieza y la mezcolanza que está introduciéndose sigilosamente para volvernos pasivos, mirar hacia otro lado y vivir obsesionados con el entretenimiento de cualquier tipo. Esto es todo lo que el demonio quiere hacer, sacar la lucha de nosotros y eliminarla; así no oraremos más, ni lloraremos más ante Dios. ¡Podemos sentarnos tranquilamente a ver la televisión! Hay una gran diferencia entre angustia y solo preocupación; preocupación es algo que empieza a interesarte, te interesa un proyecto o una causa o un asunto o una necesidad. Si no es algo que me lleva a orar y a buscar a Dios, a ponerme de rodillas, a llorar ante el Trono hasta sentir angustia y agonía, por favor no digamos que estamos preocupados, cuando pasamos horas frente a internet y frente a la televisión, y nuestra oración se limita a un pequeño porcentaje de nuestro tiempo como si se tratara solamente de tiempo y no fuera algo que abarca toda nuestra vida. Si abrimos nuestro corazón y empezamos a orar de verdad, Dios viene y comienza a compartir su Corazón con nosotros. Nuestro corazón empieza a llorar y a gritar: ¡Oh Dios, tu Nombre está siendo blasfemado, tu Espíritu Santo está siendo ridiculizado, tu Iglesia perseguida por dentro y desde fuera! Señor, tenemos que hacer algo.
Creo que no va a haber renovación, ni despertar, ni cosecha, hasta que no le dejemos a Él quebrantarnos una vez más. Tal y como el rey David y sus 600 hombres que le acompañaban lloraron todo el día y probablemente la mayor parte de la noche hasta que les faltaron las fuerzas, cuando contemplaron una ciudad (Siquelab) en ruinas, consumida por el fuego y con todas las mujeres y los niños llevados cautivos (amalecitas), tal como nos relata el primer libro de Samuel (cap. 30). Porque lloraron hasta que no les quedaron lágrimas y se volvieron a Dios con todo el corazón, fueron después levantados y fortalecidos por la Palabra de Dios. Hermanos, se está haciendo tarde y la situación se está volviendo peligrosa. No hay nada carnal o material que pueda darnos el verdadero gozo, el auténtico. Solo lo que es llevado a cabo por el Espíritu Santo, cuando le obedecemos y adoptamos su Corazón, nos hará capaces de construir los muros alrededor de nuestra familia y de nuestro propio corazón para hacernos fuertes e inexpugnables contra el enemigo, de manera que nuestras vidas, nuestras comunidades y nuestra Iglesia puedan dar fruto abundante y así seamos auténticos discípulos, ya que en esto consiste la gloria del Padre (Jn 15,8). La noche está avanzada y el día se aproxima; es hora de despertar.
Esta sed insaciable de poder y control lo vemos como un denominador común en la historia de la humanidad; grandes imperios que surgieron y cayeron, que buscaban dominar a los demás pueblos. La Biblia también nos habla de esto y la interpretación de los Padres de la Iglesia al hablar de un resurgimiento del Imperio Romano se apoya en las visiones del profeta Daniel relativas a cuatro bestias que emergen del mar, que serán los imperios sucesivos que pasarán por el escenario de la historia y que tendrán poder sobre la tierra (el imperio babilónico de Nabucodonosor, el imperio medo-persa, el imperio de Alejandro Magno y el imperio romano). Estos imperios están representados mediante cuatro bestias en el capítulo 7 del libro de Daniel, teniendo especial importancia la cuarta bestia y que es la que va a coincidir con la visión del Apocalipsis (cap. 13) de la que habla San Juan respecto al último Anticristo. Debemos tener en cuenta lo que la Tradición de la Iglesia ha ido descubriendo en su meditación sobre el Apocalipsis. Según uno de los Padres de la Iglesia más importantes, San Ireneo de Lyon, el último imperio, el del Anticristo, será una recapitulación de la herejía de todos los imperios anteriores. La interpretación de los Padres de la Iglesia es que el Anticristo se alzará a partir de un resurgimiento del Imperio Romano; es decir, un poder opresor y perseguidor que trate de alzarse contra Dios.
Hemos dicho que el aspecto religioso juega un papel importante en todo esto y nuestra tarea se desarrolla en un tiempo en el que la dificultad y la lucha contra la Iglesia van a ir creciendo más. Como el Cireneo fue una ayuda para llevar la Cruz de Cristo, nosotros también debemos ser como el Cireneo para su Cuerpo Místico, la Iglesia, cuando camina hacia el Calvario. Cuando miramos la escena religiosa completa de hoy lo que vemos son muchos inventos de los hombres y de la carne, mayormente sin poder y sin fuerza. Así dice San Pablo en su carta a los Gálatas: “Con Dios no se juega: lo que uno siembre, eso cosechará. El que siembra para la carne, de ella cosechará corrupción; el que siembra para el espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna” (6,7-8). Lo que más daña el Corazón de Dios no es la siembra de los que están lejos de Él, sino lo que siembra aquel que está a su servicio. No hay algo que disguste más su Corazón que aquellos corazones que están lejos de Él, aunque aparentemente están cerca. Debemos preguntarnos con paz pero con sinceridad: ¿cómo estamos nosotros? Quizás se está mezclando demasiado nuestro discipulado con las cosas del mundo y nos dejamos llevar y arrastrar por él, y por eso también es que no se están dando los frutos que debieran. A veces parece como si el mundo impactara más en la Iglesia, en nosotros, que la Iglesia en el mundo. Igual es que nos hemos aferrado a nuestra retórica religiosa pero nos hemos vuelto demasiado pasivos. Estamos demasiado cómodos y quizás sea tiempo para confesar: no soy lo que era, no estoy donde se supone que debo estar; Señor, no tengo tu Corazón y no siento tu carga, he querido que sea fácil y solo quería ser feliz. Pero el verdadero gozo viene de exponerme a que tú me corrijas y me reproches lo que no estoy haciendo bien. Son palabras que no escuchamos en esta era mimada en la que vivimos. Quizás necesitamos experimentar angustia, que significa dolor y aflicción extremos, por las condiciones que hay en mí y a mi alrededor. Dolor profundo, pena profunda, agonía del Corazón de Dios. ¡Nadie parece querer escuchar nada de esto!
Toda pasión verdadera por Cristo nace de la angustia. Busquemos en la Escritura y encontraremos que cuando Dios determina restaurar una situación en ruinas comparte su propia angustia y encuentra un hombre que ora, a quien toma y le bautiza en angustia. Lo encontramos en el libro de Nehemías, por ejemplo; Jerusalén está en ruinas, ¿qué hace el Señor? ¿cómo va a restaurar Dios las ruinas? Nehemías no era un predicador, era gobernador; un hombre que estaba dispuesto a sacrificar su integridad. Dios encontró un hombre de oración que se quebró y lloró ante las ruinas de Jerusalén, pero que ayunó y oró día y noche para poder ser usado con poder por el Señor para reconstruir las murallas de la Ciudad Santa. ¿Por qué los demás no obtuvieron una respuesta? ¿Por qué no los usó Dios en la restauración? ¡Porque no había señales de angustia en ellos! ¡Ni un llanto, ni una palabra de oración! Y todo estaba en ruinas.
¿Nos está sucediendo esto a nosotros hoy? ¿Nos importa algo que hoy día la Jerusalén espiritual de Dios, la Iglesia, esté sufriendo una grave crisis de fe que la hace tambalearse como barco en medio de la tormenta? ¿Nos importa que haya tanta frialdad arrasando la tierra? Más cerca que eso; ¿nos importa la Jerusalén que está en nuestros propios corazones? Hay señales de ruina cuando el poder espiritual y la pasión van desapareciendo lentamente de nosotros; en la ceguera ante la tibieza y la mezcolanza que está introduciéndose sigilosamente para volvernos pasivos, mirar hacia otro lado y vivir obsesionados con el entretenimiento de cualquier tipo. Esto es todo lo que el demonio quiere hacer, sacar la lucha de nosotros y eliminarla; así no oraremos más, ni lloraremos más ante Dios. ¡Podemos sentarnos tranquilamente a ver la televisión! Hay una gran diferencia entre angustia y solo preocupación; preocupación es algo que empieza a interesarte, te interesa un proyecto o una causa o un asunto o una necesidad. Si no es algo que me lleva a orar y a buscar a Dios, a ponerme de rodillas, a llorar ante el Trono hasta sentir angustia y agonía, por favor no digamos que estamos preocupados, cuando pasamos horas frente a internet y frente a la televisión, y nuestra oración se limita a un pequeño porcentaje de nuestro tiempo como si se tratara solamente de tiempo y no fuera algo que abarca toda nuestra vida. Si abrimos nuestro corazón y empezamos a orar de verdad, Dios viene y comienza a compartir su Corazón con nosotros. Nuestro corazón empieza a llorar y a gritar: ¡Oh Dios, tu Nombre está siendo blasfemado, tu Espíritu Santo está siendo ridiculizado, tu Iglesia perseguida por dentro y desde fuera! Señor, tenemos que hacer algo.
Creo que no va a haber renovación, ni despertar, ni cosecha, hasta que no le dejemos a Él quebrantarnos una vez más. Tal y como el rey David y sus 600 hombres que le acompañaban lloraron todo el día y probablemente la mayor parte de la noche hasta que les faltaron las fuerzas, cuando contemplaron una ciudad (Siquelab) en ruinas, consumida por el fuego y con todas las mujeres y los niños llevados cautivos (amalecitas), tal como nos relata el primer libro de Samuel (cap. 30). Porque lloraron hasta que no les quedaron lágrimas y se volvieron a Dios con todo el corazón, fueron después levantados y fortalecidos por la Palabra de Dios. Hermanos, se está haciendo tarde y la situación se está volviendo peligrosa. No hay nada carnal o material que pueda darnos el verdadero gozo, el auténtico. Solo lo que es llevado a cabo por el Espíritu Santo, cuando le obedecemos y adoptamos su Corazón, nos hará capaces de construir los muros alrededor de nuestra familia y de nuestro propio corazón para hacernos fuertes e inexpugnables contra el enemigo, de manera que nuestras vidas, nuestras comunidades y nuestra Iglesia puedan dar fruto abundante y así seamos auténticos discípulos, ya que en esto consiste la gloria del Padre (Jn 15,8). La noche está avanzada y el día se aproxima; es hora de despertar.
jueves, 17 de junio de 2010
HORA DE DESPERTAR
Escuchemos hoy aquellas mismas palabras que pronunció el profeta Isaías, casi 600 años antes de Cristo: “Despierta, Sión, despierta... Levántate, Jerusalén, sacúdete el polvo” (Is 52,1-2). Los destinatarios inmediatos de este mensaje eran los israelitas deportados a Babilonia. Unos siglos más tarde, escribiría el apóstol San Pablo a los cristianos de Roma: “Tened en cuenta el tiempo en que vivimos: que ya es hora de despertarnos del sueño” (Rom 13,11). ¿Qué hora es? Es hora de despertar.
Estoy convencido que estas palabras tienen mucho que ver con lo que el Espíritu Santo está diciendo hoy a la Iglesia de Jesucristo del tercer milenio; es decir, a nosotros. Necesitamos estar despiertos y velar porque somos llamados a ponernos en pie y en oración para discernir los signos de los tiempos actuales, de manera que podamos situarnos correctamente en el momento histórico en el que nos encontramos. Cuando dormimos, nuestros sentidos no están listos para responder a los estímulos externos de igual manera que estando despiertos y en vigilante espera; por eso, ya no podemos comportarnos como quien por la mañana ha oído el despertador, sabe que es la hora pero lo retrasa y vuelve a caer en el sueño. El tema de la vigilancia encuentra su motivación más alta en la espera del regreso del Señor (Mt 24,42) ya que con esta promesa de su vuelta, Cristo da a la historia su nueva meta y su definitiva orientación. Los cristianos, unidos en la caridad, celebramos la muerte del Hijo de Dios, con fe viva proclamamos su resurrección, y con esperanza firme anhelamos su Venida gloriosa. Cuando se considera el futuro, la Iglesia espera el retorno del Mesías que llegará cuando menos se espere, como llega un ladrón en la noche (1 Tes 5,2). Por eso, más que una orden, la vigilia del discípulo es una invitación y una llamada que Dios nos hace porque no quiere perdernos. El Evangelio de Jesucristo no existe para complacernos, sino para ponernos en pie, para levantarnos; el que escucha la Buena Noticia y la acoge ya no puede vivir de forma irresponsable, porque ha sido llamado a la bienaventuranza de los vigilantes.
Porque hemos sido llamados a vivir en la vigilancia evangélica, nuestro Dios nos pide interpretar las señales de nuestro tiempo presente (Lc 12,54-56), porque así estaremos mejor preparados para afrontar nuestra misión y apostolado con los medios necesarios y las armas adecuadas. Cuando decimos que la Iglesia existe para anunciar y extender el Reino de Dios, estamos diciendo que tenemos una misión concreta, en un momento concreto y en un lugar concreto; no podemos obviar lo que hay a nuestro alrededor como si no fuera con nosotros. Por eso, creo que necesitamos purificar el concepto de misión y entender bien cuál es la tarea que nos ha sido encomendada como católicos del siglo XXI; por un lado, hemos sido llamados a proclamar la Buena Noticia de Jesucristo a través de la evangelización, y por otro, somos llamados a ser Pueblo profético que defienda la Verdad con la vida y con la palabra, constituyendo un baluarte y un resto fiel que hace frente a la ola del mal y defiende a la Iglesia de Cristo. No olvidemos que, incorporados a Cristo por el Bautismo, participamos de su misión sacerdotal, profética y regia (1 Pe 2,9), como nos recuerda el Concilio Vaticano II (LG 31).
En el Congreso Eucarístico del año 1976 en Filadelfia (Pennsylvania, EE.UU.), el Cardenal Karol Wojtyla, dijo: “Estamos ahora ante la confrontación histórica más grande que la humanidad jamás haya conocido. Estamos ante la lucha final entre la Iglesia y la antiiglesia, el Evangelio y el anti-evangelio. No creo que el ancho círculo de la Iglesia americana ni el extenso círculo de la Iglesia Universal se den clara cuenta de ello. Pero es una lucha que descansa dentro de los planes de la Divina Providencia.”
Como afirmó el que 2 años después sería el nuevo Papa, aunque la gran mayoría de la Iglesia no se de clara cuenta de ello, hemos sido llamados a interpretar correctamente el tiempo en que vivimos, para así poder encarar bien preparados esta confrontación histórica y esta lucha en la que nos encontramos inmersos. Tiempo que requiere, no de teólogos sabios ni humanistas inteligentes, sino de hombres y mujeres que sean auténticos apóstoles de estos tiempos y los santos del tercer milenio.
Algunos textos de la Sagrada Escritura que nos ayudan, precisamente, a darnos cuenta del tiempo que estamos viviendo y del escenario en el que nos debemos situar:
- 1 Jn 5,19: “Sabemos que somos de Dios, mientras el mundo entero está bajo el poder del Maligno.”
- 2 Tes 2,7: “el plan secreto de la maldad ya está en marcha.”
- Hch 4,25-26: "¿Por qué se alborotan las naciones? ¿Por qué los pueblos hacen planes sin sentido? Los reyes y gobernantes de la tierra se rebelan, y juntos conspiran contra el Señor y contra su escogido, el Mesías."
- Mc 10,42-44: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos.”
El Sacerdote alemán, José Kentenich, fundador del Movimiento Apostólico Schoenstatt, dijo lo siguiente: “En estos días, la sociedad aparece ante nosotros como una gran máquina y no como un organismo o una familia de pueblos. Los grandes del mundo tratan de lograr nuevamente una unidad entre los pueblos. Lo que no logró la Liga de las Naciones trata de realizarlo ahora Naciones Unidas. Pero tampoco dará resultado. La máquina sigue siendo la misma, sólo cambió de conductor. Dios pensó a los pueblos como una familia, como un organismo y no como una máquina. Pero no hay unidad de los pueblos sin Cristo, la Cabeza, y sin la Santísima Virgen, corazón de esta familia. Éste es el único orden social y mundial querido por Dios”.
La idea de la unidad mundial no repugna a la doctrina cristiana sino que le es connatural, por aquello de que bajo una Fe común, hermanados en la caridad, los hombres bien podríamos convivir dentro de los límites éticos de un código común de conducta. Conviene, pues, distinguir la idea de una autoridad supranacional como ideal de paz y progreso de la humanidad de otras ideas o intentos de realización y sobre todo, de entre estos intentos, bajo qué signo o principios se han realizado o intentado. Siendo necesario recorrer la historia de occidente para reconocer que aun vive en la psicología y en el alma del europeo y del americano el ideal de la unidad, así como el de las libertades y las autonomías, resulta evidente que la raíz ideológica que ha dado sustento a la concepción progresista actual de la unidad mundial es la renuncia a la Fe en Cristo y en su Iglesia, y su incorporación a un panteón de cultos, cuyo único común denominador sería una “ética universal”, de tinte laico y “tolerante” con todo, menos con la verdadera Fe. Sin desmesuras, sin caer en un profetismo ridículo, sin paranoia, pero atentos y vigilantes, debemos discernir a la luz de la Revelación y de la historia lo que está sucediendo hoy a nuestro alrededor. Si no somos capaces de esto, solo seremos instrumentos en manos del poder mundialista, de evidente signo masónico y anticristiano, que triunfa hasta ahora en el mundo. Veamos un poco en qué se traduce esto y cómo se está expresando.
Lo que hoy se pretende es "rehacer" las sociedades, sometiéndolas a un proceso de “reingeniería social” -término que figura en algunos documentos internacionales-, imponiéndoles una “nueva ética”, basada en “los nuevos paradigmas”: el nuevo paradigma de familia, el nuevo paradigma de género, el nuevo paradigma de los derechos humanos, el nuevo paradigma de la salud, el nuevo paradigma del derecho, especialmente el derecho internacional, y hasta un nuevo paradigma religioso impregnado de un relativismo inaceptable. Si se pretende someter a todos los países, imponiéndoles unos nuevos modos de vida, es para realizar el sueño de todos los grandes totalitarismos: el dominio total del mundo; y como es lógico, este proyecto de dominio universal pretende borrar todo rastro de cristianismo en la “nueva sociedad globalizada”. El nuevo orden ha elegido su divinidad; como es sucesor ideológico del evolucionismo social, su nuevo dios es el Hombre Nuevo, autónomo, autor de sus propias normas, esencialmente igual al Hombre Nuevo del marxismo o el nazismo. Los dogmas del nuevo orden son la democracia, el relativismo ético, la autodeterminación, la libertad y la tolerancia, todos ellos al servicio de los más fuertes. Para los profetas del nuevo orden internacional, la mujer y el hombre de fe son el enemigo. Por supuesto que el sistema cuenta no sólo con convencidos propagandistas e impulsores, sino también -y quizás esto sea lo peor-, con una multitud de personas, intelectuales, religiosos, políticos, para las cuales el diálogo con esta nueva ideología aún es posible... (continuará)
miércoles, 21 de abril de 2010
RELATIVISMO Y APOSTASIA
Cada día es más habitual encontrarnos de frente con la negatividad del relativismo que existe hoy en la Iglesia y que se ha convertido en la nueva expresión de la intolerancia; se ataca al Magisterio de la Iglesia, se habla en contra del Santo Padre, se pide a la Iglesia que se adapte a los nuevos tiempos justificando así la necesidad de ajustar su doctrina y su moral, etc. Parece que muchos se olvidan que la Iglesia tiene una preciosa Tradición de más de 2000 años, uno de los pilares fundamentales de nuestra fe católica junto con la Sagrada Escritura y el Magisterio, que nos debe llevar a predicar todos la misma doctrina (Heb 13,8) y a amarla frente a los ataques de fuera, ya que si no amamos de verdad a la Iglesia no estamos amando a Dios de verdad. “El que da fe de creer y amar a la Iglesia da dos veces testimonio de amar a Jesucristo”, decía Juan Pablo II.
No cabe duda que lo que más debilita a la Iglesia de Jesucristo es la división interior que lleva al enfrentamiento de Sacerdotes contra Sacerdotes, de Obispos contra Obispos, de Cardenales contra Cardenales. Nunca como en los tiempos actuales, Satanás ha logrado introducirse en medio de ellos lacerando el sagrado vínculo del mutuo y recíproco amor. Esta división interior se manifiesta especialmente en el modo con que se tiende a dejar solo al mismo Vicario de Cristo, por medio del silencio y el vacío de los hijos de la Iglesia que rodean la palabra y la acción del Santo Padre, mientras es atacado y obstaculizado cada vez más. A causa de esta división interior, su mismo ministerio no está lo suficientemente sostenido y propagado por toda la Iglesia, que Cristo ha querido unida en torno al Sucesor de Pedro.
La estrategia del Adversario, “divide y vencerás”, está dando sus frutos y parece que avanza sin detenerse. Fue el mismo Cristo quien colocó a la cabeza de los Apóstoles a Pedro, con el fin de mantener la unidad de la fe y de la comunión en todos los que forman parte de su Cuerpo Místico. Por tanto, es posible que el “golpe maestro” del Enemigo para intentar destruir la obra de Dios, la Iglesia, pase por el proyecto de promover un Papa en la Silla de Pedro que “entienda la modernidad” y sea capaz de adaptar la Iglesia al mundo, consiguiendo que la mayoría de los católicos lo acepten y se alegren para así desviarles hacia la aceptación de sus nuevas enseñanzas (el matrimonio de los Sacerdotes, la anticoncepción, las uniones homosexuales, el Sacerdocio de la mujer, la autoridad colegiada de los Obispos, la espiritualidad New Age, etc.). Por el contrario, los creyentes que se mantengan fieles a la Tradición apostólica predicada por Juan Pablo II y Benedicto XVI serían ridiculizados y perseguidos.
“Que nadie os engañe de ninguna manera. Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el Hombre impío, el Hijo de perdición, el Adversario que se alza contra todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamarse a sí mismo Dios. ¿No os acordáis que ya os dije esto cuando estuve entre vosotros? Vosotros sabéis qué es lo que ahora le retiene, para que se manifieste en su momento oportuno. Porque el misterio de la impiedad ya está actuando. Tan solo con que sea quitado de en medio el que ahora le retiene, entonces se manifestará el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la manifestación de su Venida” (2 Tes 2,3-8).
No podemos olvidar que la Iglesia de Jesucristo camina contracorriente y, antes del regreso de Cristo, deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (Lc 18,8; Mt 24,12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (Lc 21,12; Jn 15,19-20) desvelará el "misterio de iniquidad" bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la Verdad.
Hay numerosas revelaciones privadas que, unidas a la revelación pública de San Pablo en su segunda carta a los de Tesalónica, nos hablan de un “obstáculo” que retiene la manifestación del Impío –quizás el último y personal Anticristo- y que bien pudiera referirse al legítimo Sucesor de Pedro como cabeza visible de la Iglesia. La Beata Ana Catalina Emmerich, por ejemplo, fue una mística alemana que recibió una serie de visiones y profecías alrededor del año 1820 que nos hablan del misterio de iniquidad en relación con la Iglesia, el Santo Padre, un falso ecumenismo y una iglesia falsa, y un grave cisma como la expresión más dolorosa de división. San Juan Bosco, en su famoso sueño profético, pudo ver la Barca de Pedro con el Papa a la cabeza pasar tiempos críticos y sufrir graves daños, disponiendo de dos pilares fundamentales sobre los que apoyarse para no hundirse; la Sagrada Eucaristía y la Santísima Virgen.
Puede ser que el profeta Zacarías nos esté dando la clave de todo esto: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño” (13,7). Jesús utilizó esta cita del profeta para anunciar que, tras su arresto, los suyos le abandonarían (Mt 26,31); sin embargo, en estas palabras del Maestro encontramos un evidente paralelismo entre la Pasión de Cristo y la que tendría que sufrir su Iglesia. Es muy probable que esto implique un ataque contra la persona del Papa para ser quitado de en medio de alguna forma y facilitar la entrada al lobo, con el objetivo de conseguir una dispersión moral y doctrinal de las ovejas, logrando así una apostasía generalizada que beneficiaría y posibilitaría la manifestación pública de aquel que todavía está siendo retenido.
En medio de esta situación, estamos llamados a ser un resto fiel para Dios que persevere hasta el final y como el Cireneo fue una ayuda para llevar la cruz de Cristo, nosotros también debemos ser hoy Cireneos para su Cuerpo Místico cuando se dirige hacia el Calvario. “El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15,20). No tengamos miedo y seamos valientes para amar y defender a la Iglesia de Jesucristo, ya que nuestra vida debe estar cimentada sobre la roca inamovible de su Palabra siempre fiel que nos dice: "Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" (Mt 16,18).
No cabe duda que lo que más debilita a la Iglesia de Jesucristo es la división interior que lleva al enfrentamiento de Sacerdotes contra Sacerdotes, de Obispos contra Obispos, de Cardenales contra Cardenales. Nunca como en los tiempos actuales, Satanás ha logrado introducirse en medio de ellos lacerando el sagrado vínculo del mutuo y recíproco amor. Esta división interior se manifiesta especialmente en el modo con que se tiende a dejar solo al mismo Vicario de Cristo, por medio del silencio y el vacío de los hijos de la Iglesia que rodean la palabra y la acción del Santo Padre, mientras es atacado y obstaculizado cada vez más. A causa de esta división interior, su mismo ministerio no está lo suficientemente sostenido y propagado por toda la Iglesia, que Cristo ha querido unida en torno al Sucesor de Pedro.
La estrategia del Adversario, “divide y vencerás”, está dando sus frutos y parece que avanza sin detenerse. Fue el mismo Cristo quien colocó a la cabeza de los Apóstoles a Pedro, con el fin de mantener la unidad de la fe y de la comunión en todos los que forman parte de su Cuerpo Místico. Por tanto, es posible que el “golpe maestro” del Enemigo para intentar destruir la obra de Dios, la Iglesia, pase por el proyecto de promover un Papa en la Silla de Pedro que “entienda la modernidad” y sea capaz de adaptar la Iglesia al mundo, consiguiendo que la mayoría de los católicos lo acepten y se alegren para así desviarles hacia la aceptación de sus nuevas enseñanzas (el matrimonio de los Sacerdotes, la anticoncepción, las uniones homosexuales, el Sacerdocio de la mujer, la autoridad colegiada de los Obispos, la espiritualidad New Age, etc.). Por el contrario, los creyentes que se mantengan fieles a la Tradición apostólica predicada por Juan Pablo II y Benedicto XVI serían ridiculizados y perseguidos.
“Que nadie os engañe de ninguna manera. Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el Hombre impío, el Hijo de perdición, el Adversario que se alza contra todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamarse a sí mismo Dios. ¿No os acordáis que ya os dije esto cuando estuve entre vosotros? Vosotros sabéis qué es lo que ahora le retiene, para que se manifieste en su momento oportuno. Porque el misterio de la impiedad ya está actuando. Tan solo con que sea quitado de en medio el que ahora le retiene, entonces se manifestará el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la manifestación de su Venida” (2 Tes 2,3-8).
No podemos olvidar que la Iglesia de Jesucristo camina contracorriente y, antes del regreso de Cristo, deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (Lc 18,8; Mt 24,12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (Lc 21,12; Jn 15,19-20) desvelará el "misterio de iniquidad" bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la Verdad.
Hay numerosas revelaciones privadas que, unidas a la revelación pública de San Pablo en su segunda carta a los de Tesalónica, nos hablan de un “obstáculo” que retiene la manifestación del Impío –quizás el último y personal Anticristo- y que bien pudiera referirse al legítimo Sucesor de Pedro como cabeza visible de la Iglesia. La Beata Ana Catalina Emmerich, por ejemplo, fue una mística alemana que recibió una serie de visiones y profecías alrededor del año 1820 que nos hablan del misterio de iniquidad en relación con la Iglesia, el Santo Padre, un falso ecumenismo y una iglesia falsa, y un grave cisma como la expresión más dolorosa de división. San Juan Bosco, en su famoso sueño profético, pudo ver la Barca de Pedro con el Papa a la cabeza pasar tiempos críticos y sufrir graves daños, disponiendo de dos pilares fundamentales sobre los que apoyarse para no hundirse; la Sagrada Eucaristía y la Santísima Virgen.
Puede ser que el profeta Zacarías nos esté dando la clave de todo esto: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño” (13,7). Jesús utilizó esta cita del profeta para anunciar que, tras su arresto, los suyos le abandonarían (Mt 26,31); sin embargo, en estas palabras del Maestro encontramos un evidente paralelismo entre la Pasión de Cristo y la que tendría que sufrir su Iglesia. Es muy probable que esto implique un ataque contra la persona del Papa para ser quitado de en medio de alguna forma y facilitar la entrada al lobo, con el objetivo de conseguir una dispersión moral y doctrinal de las ovejas, logrando así una apostasía generalizada que beneficiaría y posibilitaría la manifestación pública de aquel que todavía está siendo retenido.
En medio de esta situación, estamos llamados a ser un resto fiel para Dios que persevere hasta el final y como el Cireneo fue una ayuda para llevar la cruz de Cristo, nosotros también debemos ser hoy Cireneos para su Cuerpo Místico cuando se dirige hacia el Calvario. “El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15,20). No tengamos miedo y seamos valientes para amar y defender a la Iglesia de Jesucristo, ya que nuestra vida debe estar cimentada sobre la roca inamovible de su Palabra siempre fiel que nos dice: "Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" (Mt 16,18).
jueves, 15 de abril de 2010
LOS ULTIMOS TIEMPOS
El Domingo pasado pudimos celebrar la Fiesta de la Divina Misericorida, que abre esta segunda semana de Pascua en la que nos encontramos.
¿Por qué Cristo le dio énfasis en estos tiempos a una doctrina, la Divina Misericordia, que ha sido parte del patrimonio de la Fe desde el principio, así como pedir una nueva expresión devocional y litúrgica de ella? En las revelaciones de Santa María Faustina, Jesús responde a esta pregunta, uniéndola a otra doctrina, a la que también se le da poca importancia; esta es la de la Segunda Venida.
En los Evangelios, el Señor nos muestra como su primera venida fue en humildad, como un Servidor, para liberar al mundo del pecado. Sin embargo, Él promete regresar en gloria para juzgar al mundo en el amor, como claramente lo dice en su discurso del Reino en los capítulos 13 y 25 de Mateo. Entre estas dos venidas tenemos el final de los tiempos o la era de la Iglesia, en la que la Iglesia ministra la reconciliación hasta el grande y terrible Día del Señor, el día de la Justicia Divina. Todo católico debe estar familiarizado con las enseñanzas de la Iglesia con respecto a este tema, contenido en los párrafos 668 y 679 del Catecismo de la Iglesia Católica. Solo en el contexto de una revelación pública como es enseñado por el Magisterio podemos situar las palabras de la revelación privada dada a Santa María Faustina:
"Prepararás al mundo para Mí última venida." (Diario 429)
"Habla al mundo de mi Misericordia… Es señal de los últimos tiempos, después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo, que recurran, pues, a la Fuente de Mi Misericordia." (Diario 848)
"Habla a las almas de esta gran misericordia Mía, porque está cercano el día terrible, el día de Mi justicia." (Diario 965)
"Estoy prolongándoles el tiempo de la misericordia, pero ay de ellos si no reconocen este tiempo de Mi visita." (Diario 1160)
"Antes del Día de la justicia envío el día de la misericordia". (Diario 1588)
"Quien no quiera pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia". (Diario 1146)
Además de estas palabras de Nuestro Señor, la hermana Faustina nos da las palabras de la Madre de Misericordia, la Santísima Virgen María:
"Tu debes hablar al mundo de su gran misericordia y preparar al mundo para su segunda venida. Él vendrá, no como un Salvador Misericordioso, sino como un Juez Justo. Oh que terrible es ese día. Establecido está ya el día de la justicia, el día de la ira divina. Los ángeles tiemblan ante este día. Habla a las almas de esa gran misericordia, mientras sea aún el tiempo para conceder la misericordia." (Diario 635)
Está claro que, como en el mensaje de Fátima, la urgencia aquí es la urgencia del Evangelio, "arrepentíos y creed". El tiempo exacto es del Señor; sin embargo, es también claro que hemos alcanzado una etapa crítica de los últimos tiempos que comenzaron con el nacimiento de la Iglesia. Por esto el Papa Juan Pablo II se refirió a "una función especial" asignada a él por Dios "en la presente situación del hombre, la Iglesia y del mundo" en la consagración de 1981 del Santuario del Amor Misericordioso en Collevalenza, Italia. En su encíclica sobre el Padre, él nos urge a "implorar la Misericordia de Dios para la humanidad en estos tiempos de la historia… para suplicar por ella en estos tiempos difíciles y críticos de la historia de la Iglesia y del mundo mientras nos acercamos al final del segundo milenio." (Encíclica Rico en Misericordia 15).
Fuente: EWTN, el canal católico
¿Por qué Cristo le dio énfasis en estos tiempos a una doctrina, la Divina Misericordia, que ha sido parte del patrimonio de la Fe desde el principio, así como pedir una nueva expresión devocional y litúrgica de ella? En las revelaciones de Santa María Faustina, Jesús responde a esta pregunta, uniéndola a otra doctrina, a la que también se le da poca importancia; esta es la de la Segunda Venida.
En los Evangelios, el Señor nos muestra como su primera venida fue en humildad, como un Servidor, para liberar al mundo del pecado. Sin embargo, Él promete regresar en gloria para juzgar al mundo en el amor, como claramente lo dice en su discurso del Reino en los capítulos 13 y 25 de Mateo. Entre estas dos venidas tenemos el final de los tiempos o la era de la Iglesia, en la que la Iglesia ministra la reconciliación hasta el grande y terrible Día del Señor, el día de la Justicia Divina. Todo católico debe estar familiarizado con las enseñanzas de la Iglesia con respecto a este tema, contenido en los párrafos 668 y 679 del Catecismo de la Iglesia Católica. Solo en el contexto de una revelación pública como es enseñado por el Magisterio podemos situar las palabras de la revelación privada dada a Santa María Faustina:
"Prepararás al mundo para Mí última venida." (Diario 429)
"Habla al mundo de mi Misericordia… Es señal de los últimos tiempos, después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo, que recurran, pues, a la Fuente de Mi Misericordia." (Diario 848)
"Habla a las almas de esta gran misericordia Mía, porque está cercano el día terrible, el día de Mi justicia." (Diario 965)
"Estoy prolongándoles el tiempo de la misericordia, pero ay de ellos si no reconocen este tiempo de Mi visita." (Diario 1160)
"Antes del Día de la justicia envío el día de la misericordia". (Diario 1588)
"Quien no quiera pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia". (Diario 1146)
Además de estas palabras de Nuestro Señor, la hermana Faustina nos da las palabras de la Madre de Misericordia, la Santísima Virgen María:
"Tu debes hablar al mundo de su gran misericordia y preparar al mundo para su segunda venida. Él vendrá, no como un Salvador Misericordioso, sino como un Juez Justo. Oh que terrible es ese día. Establecido está ya el día de la justicia, el día de la ira divina. Los ángeles tiemblan ante este día. Habla a las almas de esa gran misericordia, mientras sea aún el tiempo para conceder la misericordia." (Diario 635)
Está claro que, como en el mensaje de Fátima, la urgencia aquí es la urgencia del Evangelio, "arrepentíos y creed". El tiempo exacto es del Señor; sin embargo, es también claro que hemos alcanzado una etapa crítica de los últimos tiempos que comenzaron con el nacimiento de la Iglesia. Por esto el Papa Juan Pablo II se refirió a "una función especial" asignada a él por Dios "en la presente situación del hombre, la Iglesia y del mundo" en la consagración de 1981 del Santuario del Amor Misericordioso en Collevalenza, Italia. En su encíclica sobre el Padre, él nos urge a "implorar la Misericordia de Dios para la humanidad en estos tiempos de la historia… para suplicar por ella en estos tiempos difíciles y críticos de la historia de la Iglesia y del mundo mientras nos acercamos al final del segundo milenio." (Encíclica Rico en Misericordia 15).
Fuente: EWTN, el canal católico
jueves, 25 de marzo de 2010
CUARTO SIGNO: LA PERSECUCION
Permanezcamos todos en el refugio del Corazón Inmaculado de María y encontraremos nuestra paz y la serenidad interior. Se ha desencadenado ya la tempestad anunciada por María en Fátima para la purificación de la Iglesia y de todo el mundo. Ésta es la hora de la misericordia del Padre, que a través del amor del Corazón divino del Hijo, se manifiesta en el momento en que el sufrimiento se hace más intenso para todos.
La cuarta señal que nos indica que ha llegado para la Iglesia el período culminante de su dolorosa purificación, es la persecución. La Iglesia, en efecto, es perseguida de varias maneras.
Es perseguida por el mundo en el cual vive y camina indicando a todos la senda de la salvación. Son los verdaderos enemigos de Dios, son aquellos que conscientemente se han levantado contra Dios para llevar a toda la humanidad a vivir sin Él, los que sin descanso persiguen a la Iglesia. A veces se la persigue de manera abierta y violenta, se le despoja de todo y se le impide anunciar el Evangelio de Jesús.
Pero en estos tiempos se somete con frecuencia a la Iglesia a una prueba mayor: se la persigue de manera solapada e indolora, sustrayéndole poco a poco el oxígeno que necesita para vivir. Se trata de llevarla al compromiso con el espíritu del mundo, que de este modo penetra en su interior y condiciona y paraliza su vitalidad. La colaboración se ha convertido a menudo en la forma más engañosa de la persecución: la ostentosa manifestación de respeto hacia Ella ha llegado a ser la manera más segura de herirla. Se ha logrado descubrir la nueva técnica de hacerla morir sin clamor y sin derramamiento de sangre.
La Iglesia es perseguida también en su interior, sobre todo por aquellos hijos suyos que han llegado a un compromiso con su Adversario. Éste ha logrado seducir a algunos de sus mismos Pastores. También entre ellos existen los que colaboran a sabiendas en este designio de interior y escondida persecución de la Iglesia.
Los Sacerdotes, hijos predilectos de María, están llamados a la prueba de sentirse a veces obstaculizados, marginados y perseguidos por algunos de sus mismos compañeros, mientras los que son infieles gozan de ancho y fácil espacio para su acción. Se preparan también para ellos las mismas horas de sufrimiento que ha vivido Jesús: las horas de Getsemaní, en que sentía la interior agonía de verse abandonado, traicionado y renegado por los suyos... Si éste es el camino recorrido por el Maestro, es también el camino que ahora deben recorrer sus fieles discípulos, mientras se hará más dolorosa la purificación para toda la Iglesia.
Tened confianza, hijos predilectos, apóstoles del Corazón Inmaculado de María. Ninguna prueba contribuirá tanto a la completa renovación de la Iglesia como ésta de su persecución interior. De hecho, de este sufrimiento saldrá más pura, más humilde, más iluminada, más fuerte. Vosotros debéis disponeros a sufrir tanto más cuanto más se acerque el momento conclusivo de la purificación. Por esto María ha querido prepararos un refugio seguro.
En su Corazón Inmaculado seremos consolados y formados en la virtud de la fortaleza, mientras vayamos sintiendo cada vez más cerca de nosotros la presencia de nuestra Madre Celestial. Ella acogerá cada uno de nuestros dolores, como bajo la Cruz acogió los de Jesús, porque también ahora debe cumplir para la Iglesia su maternal función de corredentora y reconducir al Padre a todos los hijos que se han descarriado.
Fuente: A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen
La cuarta señal que nos indica que ha llegado para la Iglesia el período culminante de su dolorosa purificación, es la persecución. La Iglesia, en efecto, es perseguida de varias maneras.
Es perseguida por el mundo en el cual vive y camina indicando a todos la senda de la salvación. Son los verdaderos enemigos de Dios, son aquellos que conscientemente se han levantado contra Dios para llevar a toda la humanidad a vivir sin Él, los que sin descanso persiguen a la Iglesia. A veces se la persigue de manera abierta y violenta, se le despoja de todo y se le impide anunciar el Evangelio de Jesús.
Pero en estos tiempos se somete con frecuencia a la Iglesia a una prueba mayor: se la persigue de manera solapada e indolora, sustrayéndole poco a poco el oxígeno que necesita para vivir. Se trata de llevarla al compromiso con el espíritu del mundo, que de este modo penetra en su interior y condiciona y paraliza su vitalidad. La colaboración se ha convertido a menudo en la forma más engañosa de la persecución: la ostentosa manifestación de respeto hacia Ella ha llegado a ser la manera más segura de herirla. Se ha logrado descubrir la nueva técnica de hacerla morir sin clamor y sin derramamiento de sangre.
La Iglesia es perseguida también en su interior, sobre todo por aquellos hijos suyos que han llegado a un compromiso con su Adversario. Éste ha logrado seducir a algunos de sus mismos Pastores. También entre ellos existen los que colaboran a sabiendas en este designio de interior y escondida persecución de la Iglesia.
Los Sacerdotes, hijos predilectos de María, están llamados a la prueba de sentirse a veces obstaculizados, marginados y perseguidos por algunos de sus mismos compañeros, mientras los que son infieles gozan de ancho y fácil espacio para su acción. Se preparan también para ellos las mismas horas de sufrimiento que ha vivido Jesús: las horas de Getsemaní, en que sentía la interior agonía de verse abandonado, traicionado y renegado por los suyos... Si éste es el camino recorrido por el Maestro, es también el camino que ahora deben recorrer sus fieles discípulos, mientras se hará más dolorosa la purificación para toda la Iglesia.
Tened confianza, hijos predilectos, apóstoles del Corazón Inmaculado de María. Ninguna prueba contribuirá tanto a la completa renovación de la Iglesia como ésta de su persecución interior. De hecho, de este sufrimiento saldrá más pura, más humilde, más iluminada, más fuerte. Vosotros debéis disponeros a sufrir tanto más cuanto más se acerque el momento conclusivo de la purificación. Por esto María ha querido prepararos un refugio seguro.
En su Corazón Inmaculado seremos consolados y formados en la virtud de la fortaleza, mientras vayamos sintiendo cada vez más cerca de nosotros la presencia de nuestra Madre Celestial. Ella acogerá cada uno de nuestros dolores, como bajo la Cruz acogió los de Jesús, porque también ahora debe cumplir para la Iglesia su maternal función de corredentora y reconducir al Padre a todos los hijos que se han descarriado.
Fuente: A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen
lunes, 22 de marzo de 2010
TERCER SIGNO: LA DIVISION
Nuestra Madre Inmaculada se apareció en la tierra, en la pobre gruta de Massabielle, para indicarnos la senda por la que debemos caminar en estos momentos difíciles. Es su mismo camino: el de la pureza, el de la gracia, el de la oración y el de la penitencia. Es el camino que ya nos ha indicado su Hijo Jesús para conducirnos a todos al Padre en su Espíritu de Amor. Tenemos en nosotros su mismo Espíritu que nos hace llamar a Dios: Padre, porque nos ha hecho partícipes de su naturaleza divina.
Caminemos por la senda del Amor. Demos cabida en nosotros al Espíritu de Amor que nos lleva en la vida a estar siempre más unidos. Amémonos los unos a los otros como Jesús nos ha amado y llegaremos a ser verdaderamente una sola cosa. La unidad es la perfección del amor. Por esto Jesús ha querido que su Iglesia fuese una, para hacer de ella el sacramento del Amor de Dios a los hombres.
Hoy el Corazón Inmaculado de María tiembla, está angustiado al ver a la Iglesia interiormente dividida. Esta división, que ha penetrado en el interior de la Iglesia, es el tercer signo que nos indica con seguridad que para ella ha llegado el momento conclusivo de la dolorosa purificación. Si en el curso de los siglos, la Iglesia ha sido lacerada muchas veces por divisiones que han llevado a muchos hijos suyos a separarse de ella, María, sin embargo, le ha obtenido de Jesús el singular privilegio de su unidad interior.
Pero en estos tiempos, su Adversario con su humo ha logrado incluso oscurecer la luz de esta divina prerrogativa suya. La división interior se manifiesta entre los mismos fieles que se enzarzan con frecuencia los unos contra los otros con la intención de defender y de anunciar mejor la verdad. Así la verdad es traicionada por ellos mismos, porque el Evangelio de Cristo no puede estar dividido.
Esta división interior lleva, a veces, a enfrentarse a Sacerdotes contra Sacerdotes, Obispos contra Obispos, Cardenales contra Cardenales, porque nunca como en los tiempos actuales, Satanás ha logrado introducirse en medio de ellos, lacerando el sagrado vínculo del mutuo y recíproco amor.
La división interior se manifiesta también en el modo con que se tiende a dejar solo, casi en el abandono, al mismo Vicario de Jesús, al Papa, que es el hijo particularmente amado e iluminado por María. Su Corazón de Madre es herido cuando ve cómo frecuentemente el silencio y el vacío de sus hijos rodean la palabra y la acción del Santo Padre, mientras es atacado y obstaculizado cada vez más por sus adversarios. A causa de esta división interior su mismo ministerio no está lo suficientemente sostenido y propagado por toda la Iglesia, que Jesús ha querido unida en torno al Sucesor de Pedro.
El Corazón Inmaculado de María sufre cuando ve que incluso algunos Pastores rehúsan dejarse guiar por su palabra luminosa y segura. El primer modo de separarse del Papa es el de la rebelión abierta. Pero hay también otro modo más encubierto y más peligroso. Es proclamarse exteriormente unidos a él, pero disintiendo interiormente de él, dejando caer en el vacío su magisterio y haciendo, en la práctica, lo contrario de cuanto él indica.
¡Oh Iglesia, místico Cuerpo de Jesús, en tu doloroso camino hacia el Calvario has llegado a la undécima estación y te ves desgarrada y lacerada en tus miembros crucificados! ¿Qué debemos hacer los apóstoles del Corazón Inmaculado y Dolorido de María? Debemos ser simiente escondida, prontos a morir también por la unidad interior de la Iglesia. Por esto, día a día, nos conduce al mayor amor y fidelidad al Papa y a la Iglesia a él unida.
Por esto hoy nos hace partícipes de las ansias de su Corazón materno: por esto nos forma en el heroísmo de la santidad y nos lleva Consigo al Calvario. También por medio de nosotros podrá hacer salir a la Iglesia de su dolorosa purificación, a fin de que en Ella pueda manifestarse al mundo todo el esplendor de su renovada unidad.
Fuente: A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen
Caminemos por la senda del Amor. Demos cabida en nosotros al Espíritu de Amor que nos lleva en la vida a estar siempre más unidos. Amémonos los unos a los otros como Jesús nos ha amado y llegaremos a ser verdaderamente una sola cosa. La unidad es la perfección del amor. Por esto Jesús ha querido que su Iglesia fuese una, para hacer de ella el sacramento del Amor de Dios a los hombres.
Hoy el Corazón Inmaculado de María tiembla, está angustiado al ver a la Iglesia interiormente dividida. Esta división, que ha penetrado en el interior de la Iglesia, es el tercer signo que nos indica con seguridad que para ella ha llegado el momento conclusivo de la dolorosa purificación. Si en el curso de los siglos, la Iglesia ha sido lacerada muchas veces por divisiones que han llevado a muchos hijos suyos a separarse de ella, María, sin embargo, le ha obtenido de Jesús el singular privilegio de su unidad interior.
Pero en estos tiempos, su Adversario con su humo ha logrado incluso oscurecer la luz de esta divina prerrogativa suya. La división interior se manifiesta entre los mismos fieles que se enzarzan con frecuencia los unos contra los otros con la intención de defender y de anunciar mejor la verdad. Así la verdad es traicionada por ellos mismos, porque el Evangelio de Cristo no puede estar dividido.
Esta división interior lleva, a veces, a enfrentarse a Sacerdotes contra Sacerdotes, Obispos contra Obispos, Cardenales contra Cardenales, porque nunca como en los tiempos actuales, Satanás ha logrado introducirse en medio de ellos, lacerando el sagrado vínculo del mutuo y recíproco amor.
La división interior se manifiesta también en el modo con que se tiende a dejar solo, casi en el abandono, al mismo Vicario de Jesús, al Papa, que es el hijo particularmente amado e iluminado por María. Su Corazón de Madre es herido cuando ve cómo frecuentemente el silencio y el vacío de sus hijos rodean la palabra y la acción del Santo Padre, mientras es atacado y obstaculizado cada vez más por sus adversarios. A causa de esta división interior su mismo ministerio no está lo suficientemente sostenido y propagado por toda la Iglesia, que Jesús ha querido unida en torno al Sucesor de Pedro.
El Corazón Inmaculado de María sufre cuando ve que incluso algunos Pastores rehúsan dejarse guiar por su palabra luminosa y segura. El primer modo de separarse del Papa es el de la rebelión abierta. Pero hay también otro modo más encubierto y más peligroso. Es proclamarse exteriormente unidos a él, pero disintiendo interiormente de él, dejando caer en el vacío su magisterio y haciendo, en la práctica, lo contrario de cuanto él indica.
¡Oh Iglesia, místico Cuerpo de Jesús, en tu doloroso camino hacia el Calvario has llegado a la undécima estación y te ves desgarrada y lacerada en tus miembros crucificados! ¿Qué debemos hacer los apóstoles del Corazón Inmaculado y Dolorido de María? Debemos ser simiente escondida, prontos a morir también por la unidad interior de la Iglesia. Por esto, día a día, nos conduce al mayor amor y fidelidad al Papa y a la Iglesia a él unida.
Por esto hoy nos hace partícipes de las ansias de su Corazón materno: por esto nos forma en el heroísmo de la santidad y nos lleva Consigo al Calvario. También por medio de nosotros podrá hacer salir a la Iglesia de su dolorosa purificación, a fin de que en Ella pueda manifestarse al mundo todo el esplendor de su renovada unidad.
Fuente: A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen
miércoles, 17 de marzo de 2010
SEGUNDO SIGNO: LA INDISCIPLINA
Contemplemos a nuestra Madre del Cielo mientras se presenta en el Templo para ofrecer a su pequeño Niño. Es el Verbo del Padre hecho hombre; es el Hijo de Dios por el cual ha sido creado el Universo; es el Mesías esperado al que se ordenan Profecía y Ley.
Y, sin embargo, Él, desde el momento de su humana concepción se hace en todo obediente a la Voluntad del Padre: "Heme aquí, que vengo, oh Dios, a cumplir tu voluntad". Y ya desde su nacimiento se somete a todas las prescripciones de la Ley: a los ocho días la circuncisión y después de los cuarenta días, su presentación en el Templo. Como cualquier otro primogénito, también el de María pertenece a Dios y es rescatado con el sacrificio prescrito. Del Sacerdote retorna a los brazos de la Madre para que pueda ofrecerlo nuevamente a través de la herida de su Corazón Inmaculado, ya traspasado por la espada; y así juntos dicen sí a la Voluntad del Padre.
Cuando María nos llama a hacernos los más pequeños, entre sus brazos, es para volvernos semejantes a su Niño Jesús en la dócil y perfecta obediencia a la Voluntad divina. Hoy su Corazón está nuevamente herido al ver cuántos son los que, entre sus hijos predilectos, viven sin docilidad a la Voluntad de Dios, porque no observan y a veces desprecian abiertamente las leyes propias del estado sacerdotal. De este modo, la indisciplina se difunde en la Iglesia y cosecha víctimas incluso entre sus mismos Pastores.
Éste es el segundo signo que nos indica cómo ha llegado, para la Iglesia, el tiempo conclusivo de su purificación: la indisciplina difundida a todos los niveles, especialmente entre el clero.
Es indisciplina la falta de docilidad interior a la Voluntad de Dios, que se manifiesta en la transgresión de las obligaciones propias de su estado: la obligación de la oración, del buen ejemplo, de una vida santa y apostólica. ¡Cuántos Sacerdotes hay que se dejan absorber por una actividad desordenada y ya no oran! Descuidan habitualmente la Liturgia de las Horas, la meditación, el rezo del Santo Rosario. Limitan su oración a una apresurada celebración de la Santa Misa.
Así, estos pobres hijos de María acaban por vaciarse interiormente y no tienen ya luz y fuerza para resistir a las muchas insidias en medio de las cuales viven. Acaban, por esto, contaminados por el espíritu del mundo y aceptan su modo de vivir, comparten sus valores, participan en sus manifestaciones profanas, se dejan condicionar por sus medios de propaganda y a la postre se revisten de su misma mentalidad. Terminan después viviendo como ministros del mundo, según su espíritu, que justifican y difunden, provocando escándalo en medio de numerosos fieles.
De aquí nace la creciente rebelión a las normas canónicas, que regulan la vida de los Sacerdotes y la reiterada contestación a la obligación del sagrado celibato, querido por Jesús por medio de su Iglesia, y que los Papas han reafirmado nuevamente con firmeza.
Es indisciplina la facilidad con que se pasan por alto las normas establecidas por la Iglesia para regular la vida litúrgica y eclesiástica. Hoy, cada uno tiende a regularse según el propio gusto y arbitrio y con qué escandalosa facilidad se violan las normas de la Iglesia, una y otra vez reafirmadas por el Santo Padre, como la obligación que tienen los Sacerdotes de llevar el hábito eclesiástico.
Desdichadamente, a veces, los primeros que siguen desobedeciendo esta prescripción son los mismos Pastores, y es debido a su mal ejemplo por lo que la indisciplina se propaga luego en todos los sectores de la Iglesia. Este desorden, que se difunde en la Iglesia, nos indica con claridad que ha llegado para Ella el momento conclusivo de su purificación.
¿Qué deben hacer los Sacerdotes, hijos predilectos de la Madre Celeste, apóstoles de luz de su Corazón Inmaculado? Dejaos llevar en sus brazos como sus niños más pequeños y Ella os hará perfectamente dóciles a la Voluntad del Padre. Daréis así a todos el buen ejemplo de una perfecta obediencia a las leyes de la Iglesia y la Madre Celeste podrá servirse de vosotros para restablecer el orden en su Casa para que, después de la tribulación, resplandezca en la Iglesia el triunfo de su Corazón Inmaculado.
Fuente: A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen
Y, sin embargo, Él, desde el momento de su humana concepción se hace en todo obediente a la Voluntad del Padre: "Heme aquí, que vengo, oh Dios, a cumplir tu voluntad". Y ya desde su nacimiento se somete a todas las prescripciones de la Ley: a los ocho días la circuncisión y después de los cuarenta días, su presentación en el Templo. Como cualquier otro primogénito, también el de María pertenece a Dios y es rescatado con el sacrificio prescrito. Del Sacerdote retorna a los brazos de la Madre para que pueda ofrecerlo nuevamente a través de la herida de su Corazón Inmaculado, ya traspasado por la espada; y así juntos dicen sí a la Voluntad del Padre.
Cuando María nos llama a hacernos los más pequeños, entre sus brazos, es para volvernos semejantes a su Niño Jesús en la dócil y perfecta obediencia a la Voluntad divina. Hoy su Corazón está nuevamente herido al ver cuántos son los que, entre sus hijos predilectos, viven sin docilidad a la Voluntad de Dios, porque no observan y a veces desprecian abiertamente las leyes propias del estado sacerdotal. De este modo, la indisciplina se difunde en la Iglesia y cosecha víctimas incluso entre sus mismos Pastores.
Éste es el segundo signo que nos indica cómo ha llegado, para la Iglesia, el tiempo conclusivo de su purificación: la indisciplina difundida a todos los niveles, especialmente entre el clero.
Es indisciplina la falta de docilidad interior a la Voluntad de Dios, que se manifiesta en la transgresión de las obligaciones propias de su estado: la obligación de la oración, del buen ejemplo, de una vida santa y apostólica. ¡Cuántos Sacerdotes hay que se dejan absorber por una actividad desordenada y ya no oran! Descuidan habitualmente la Liturgia de las Horas, la meditación, el rezo del Santo Rosario. Limitan su oración a una apresurada celebración de la Santa Misa.
Así, estos pobres hijos de María acaban por vaciarse interiormente y no tienen ya luz y fuerza para resistir a las muchas insidias en medio de las cuales viven. Acaban, por esto, contaminados por el espíritu del mundo y aceptan su modo de vivir, comparten sus valores, participan en sus manifestaciones profanas, se dejan condicionar por sus medios de propaganda y a la postre se revisten de su misma mentalidad. Terminan después viviendo como ministros del mundo, según su espíritu, que justifican y difunden, provocando escándalo en medio de numerosos fieles.
De aquí nace la creciente rebelión a las normas canónicas, que regulan la vida de los Sacerdotes y la reiterada contestación a la obligación del sagrado celibato, querido por Jesús por medio de su Iglesia, y que los Papas han reafirmado nuevamente con firmeza.
Es indisciplina la facilidad con que se pasan por alto las normas establecidas por la Iglesia para regular la vida litúrgica y eclesiástica. Hoy, cada uno tiende a regularse según el propio gusto y arbitrio y con qué escandalosa facilidad se violan las normas de la Iglesia, una y otra vez reafirmadas por el Santo Padre, como la obligación que tienen los Sacerdotes de llevar el hábito eclesiástico.
Desdichadamente, a veces, los primeros que siguen desobedeciendo esta prescripción son los mismos Pastores, y es debido a su mal ejemplo por lo que la indisciplina se propaga luego en todos los sectores de la Iglesia. Este desorden, que se difunde en la Iglesia, nos indica con claridad que ha llegado para Ella el momento conclusivo de su purificación.
¿Qué deben hacer los Sacerdotes, hijos predilectos de la Madre Celeste, apóstoles de luz de su Corazón Inmaculado? Dejaos llevar en sus brazos como sus niños más pequeños y Ella os hará perfectamente dóciles a la Voluntad del Padre. Daréis así a todos el buen ejemplo de una perfecta obediencia a las leyes de la Iglesia y la Madre Celeste podrá servirse de vosotros para restablecer el orden en su Casa para que, después de la tribulación, resplandezca en la Iglesia el triunfo de su Corazón Inmaculado.
Fuente: A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen
viernes, 12 de marzo de 2010
PRIMER SIGNO: LA CONFUSION
El Reino glorioso de Cristo será precedido por una gran tribulación, que servirá para purificar a la Iglesia y al mundo, y para conducirlos a su completa renovación. Jesús ha iniciado ya su misericordiosa obra de renovación con la Iglesia, su Esposa.
Varios signos nos indican que ha llegado para la Iglesia el tiempo de la purificación: el primero de ellos es la confusión que reina en Ella. Éste es, en verdad, el tiempo de la mayor confusión. La confusión se ha difundido en el interior de la Iglesia, donde se ha subvertido todo en el campo dogmático, en el litúrgico y en el disciplinar.
Hay verdades reveladas por el Hijo, que la Iglesia ha definido para siempre con su divina e infalible autoridad. Estas verdades son inmutables, como inmutable es la Verdad misma de Dios. Muchas de ellas forman parte de verdaderos y propios misterios, porque no son, ni podrán ser jamás comprendidos por la inteligencia humana. El hombre las debe acoger con humildad, a través de un acto de fe pura y de firme confianza en Dios, que las ha revelado y las propone a los hombres de todos los tiempos, a través del Magisterio de la Iglesia.
Pero ahora se ha difundido la tendencia tan peligrosa de querer penetrarlo y comprenderlo todo, incluso el misterio, llegándose así a aceptar de la Verdad tan solo aquella parte que es comprendida por la inteligencia humana. Se quiere desvelar el misterio mismo de Dios. Se rechaza aquella verdad que no se comprende racionalmente. Se tiende a replantear, en forma racionalista, toda la Verdad revelada con la ilusión de hacerla aceptable a todos.
De este modo se corrompe la Verdad con el error. El error se difunde de la manera más peligrosa; es decir, como un modo nuevo y "actualizado" de comprender la Verdad, y se acaban subvirtiendo las mismas verdades que son el fundamento de la fe católica. No se niegan abiertamente, pero se acepta de una manera equívoca, llegándose en la doctrina al más grave compromiso con el error que jamás se haya logrado. Al fin, se sigue hablando y discutiendo, pero ya no se cree y las tinieblas del error se difunden.
La confusión, que tiende a reinar en el interior de la Iglesia y a subvertir sus verdades, es el primer signo que nos indica con certeza que ha llegado para Ella el tiempo de su purificación. La Iglesia, de hecho, es Cristo que místicamente vive entre nosotros. Cristo es la Verdad. La Iglesia debe por esto resplandecer siempre con la Luz de Cristo que es la Verdad.
Pero ahora su Adversario ha logrado hacer que penetre en su interior mucha oscuridad con su obra engañosa. Y hoy la Iglesia está oscurecida por el humo de Satanás. Satanás, ante todo, ha oscurecido la inteligencia y el pensamiento de muchos hijos, seduciéndolos con el orgullo y la soberbia, y por su medio ha oscurecido a la Iglesia.
A nosotros, hijos predilectos de la Madre Celeste, apóstoles de su Corazón Inmaculado, se nos llama hoy a esto: a combatir con la palabra y con el ejemplo para que cada vez más se acepte por todos la Verdad. Así, por medio de la Luz, será derrotada la tiniebla de la confusión. Por esto, debemos vivir al pie de la letra el Evangelio de su Hijo Jesús.
Debemos ser solo Evangelio vivido. Después debemos anunciar a todos, con fuerza y con valentía, el Evangelio que vivimos. Nuestra palabra tendrá la fuerza del Espíritu Santo que nos llenará y la Luz de la Sabiduría que nos otorga la Madre Celeste.
Fuente: A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen
Varios signos nos indican que ha llegado para la Iglesia el tiempo de la purificación: el primero de ellos es la confusión que reina en Ella. Éste es, en verdad, el tiempo de la mayor confusión. La confusión se ha difundido en el interior de la Iglesia, donde se ha subvertido todo en el campo dogmático, en el litúrgico y en el disciplinar.
Hay verdades reveladas por el Hijo, que la Iglesia ha definido para siempre con su divina e infalible autoridad. Estas verdades son inmutables, como inmutable es la Verdad misma de Dios. Muchas de ellas forman parte de verdaderos y propios misterios, porque no son, ni podrán ser jamás comprendidos por la inteligencia humana. El hombre las debe acoger con humildad, a través de un acto de fe pura y de firme confianza en Dios, que las ha revelado y las propone a los hombres de todos los tiempos, a través del Magisterio de la Iglesia.
Pero ahora se ha difundido la tendencia tan peligrosa de querer penetrarlo y comprenderlo todo, incluso el misterio, llegándose así a aceptar de la Verdad tan solo aquella parte que es comprendida por la inteligencia humana. Se quiere desvelar el misterio mismo de Dios. Se rechaza aquella verdad que no se comprende racionalmente. Se tiende a replantear, en forma racionalista, toda la Verdad revelada con la ilusión de hacerla aceptable a todos.
De este modo se corrompe la Verdad con el error. El error se difunde de la manera más peligrosa; es decir, como un modo nuevo y "actualizado" de comprender la Verdad, y se acaban subvirtiendo las mismas verdades que son el fundamento de la fe católica. No se niegan abiertamente, pero se acepta de una manera equívoca, llegándose en la doctrina al más grave compromiso con el error que jamás se haya logrado. Al fin, se sigue hablando y discutiendo, pero ya no se cree y las tinieblas del error se difunden.
La confusión, que tiende a reinar en el interior de la Iglesia y a subvertir sus verdades, es el primer signo que nos indica con certeza que ha llegado para Ella el tiempo de su purificación. La Iglesia, de hecho, es Cristo que místicamente vive entre nosotros. Cristo es la Verdad. La Iglesia debe por esto resplandecer siempre con la Luz de Cristo que es la Verdad.
Pero ahora su Adversario ha logrado hacer que penetre en su interior mucha oscuridad con su obra engañosa. Y hoy la Iglesia está oscurecida por el humo de Satanás. Satanás, ante todo, ha oscurecido la inteligencia y el pensamiento de muchos hijos, seduciéndolos con el orgullo y la soberbia, y por su medio ha oscurecido a la Iglesia.
A nosotros, hijos predilectos de la Madre Celeste, apóstoles de su Corazón Inmaculado, se nos llama hoy a esto: a combatir con la palabra y con el ejemplo para que cada vez más se acepte por todos la Verdad. Así, por medio de la Luz, será derrotada la tiniebla de la confusión. Por esto, debemos vivir al pie de la letra el Evangelio de su Hijo Jesús.
Debemos ser solo Evangelio vivido. Después debemos anunciar a todos, con fuerza y con valentía, el Evangelio que vivimos. Nuestra palabra tendrá la fuerza del Espíritu Santo que nos llenará y la Luz de la Sabiduría que nos otorga la Madre Celeste.
Fuente: A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen
viernes, 5 de marzo de 2010
LOS SIGNOS DE NUESTRO TIEMPO
Cuando pasamos tiempo en oración, en el recogimiento, en un silencio interior que nos permite entrar en un coloquio con nuestra Madre del Cielo, con la misma confianza de una madre con sus hijos, Ella nos revela las preocupaciones, las ansias, las profundas heridas de su Corazón Inmaculado, y al mismo tiempo, nos ayuda a comprender y a interpretar los signos de nuestro tiempo.
Así podemos cooperar al designio de salvación que el Señor tiene sobre nosotros y que quiere realizar a través de los nuevos días que nos esperan:
- Nosotros vivimos bajo una urgente súplica hecha por nuestra Madre del Cielo, que nos invita a caminar por la senda de la conversión y del retorno a Dios. Como hijos predilectos, participemos en su preocupada ansiedad de Madre, al ver que no es acogido ni seguido este su llamamiento. Y, sin embargo, nuestra única posibilidad de salvación está ligada solamente al retorno de la humanidad al Señor, en un fuerte compromiso de seguir su Ley.
Convertíos y caminad por la senda de la gracia de Dios y del amor.
Convertíos y construid días de serenidad y de paz.
Convertíos y secundad el designio de la divina Misericordia.
Con cuántos signos el Señor nos manifiesta su voluntad de poner finalmente un justo freno a la propagación de la impiedad: males incurables que se propagan; violencia y odio que estallan; desgracias que se suceden; guerras y amenazas que se extienden. Sepamos leer las señales que Dios nos manda a través de los acontecimientos que nos suceden, y acogamos sus serios avisos a cambiar de vida y a volver al camino que nos conduce a Él.
- Nosotros vivimos bajo una preocupada y constante súplica de la Madre del Cielo a permanecer en la verdadera fe. Y, sin embargo, ve angustiada cómo los errores continúan difundiéndose, se enseñan y se divulgan, y de esta manera se hace cada vez mayor entre sus hijos el peligro de perder el don precioso de la fe en Jesús, y en las verdades que Él nos ha revelado.
Incluso entre sus hijos predilectos, ¡qué grande es el número de los que dudan, que ya no creen! ¡Si viéramos con sus propios ojos qué extendida está esta epidemia espiritual que ha herido a toda la Iglesia! La inmoviliza en su acción apostólica, la hiere y la lleva a la parálisis en su vitalidad, volviendo con frecuencia vacío e ineficaz incluso su esfuerzo de evangelización.
- Nosotros vivimos bajo su preocupación tan dolorosa al vernos aún víctimas del pecado que se propaga; observando cómo por doquier, a través de los medios de comunicación social se proponen experiencias de vida contrarias a cuanto nos prescribe la ley santa de Dios. Cada día se nos nutre de pan envenenado del mal, y se nos da de beber en la fuente contaminada de la impureza.
Se nos propone el mal como un bien; el pecado como un valor; la transgresión de la Ley de Dios como un modo de ejercitar nuestra autonomía y nuestra libertad personal. De este modo se llega hasta perder la conciencia del pecado como un mal; y la injusticia, el odio y la impiedad cubren la tierra y la convierten en un inmenso erial privado de vida y amor. El obstinado rechazo de Dios y de retornar a Él; la pérdida de la verdadera fe; la iniquidad que se propaga y lleva a la difusión del mal y el pecado: ¡He aquí los signos del perverso tiempo en que vivimos!
Vemos, no obstante, de cuántos modos interviene nuestra Madre del Cielo para conducirnos por el camino de la conversión, del bien y de la fe. Con signos extraordinarios que realiza en todas las partes del mundo, con sus mensajes, con sus apariciones tan frecuentes, nos indica a todos que se aproxima el gran día del Señor. Pero, qué dolor experimenta su Corazón Inmaculado al ver que estas llamadas suyas no son acogidas, con frecuencia son abiertamente rechazadas y combatidas, aún por aquellos que tienen la misión de ser los primeros en acogerlas. Por esto hoy se revela solo a los pequeños, a los pobres, a los sencillos, a todos sus niños que le saben aún escuchar y seguir. Jamás como ahora es tan necesaria una gran fuerza de súplica y reparación.
Fuente: A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen
Así podemos cooperar al designio de salvación que el Señor tiene sobre nosotros y que quiere realizar a través de los nuevos días que nos esperan:
- Nosotros vivimos bajo una urgente súplica hecha por nuestra Madre del Cielo, que nos invita a caminar por la senda de la conversión y del retorno a Dios. Como hijos predilectos, participemos en su preocupada ansiedad de Madre, al ver que no es acogido ni seguido este su llamamiento. Y, sin embargo, nuestra única posibilidad de salvación está ligada solamente al retorno de la humanidad al Señor, en un fuerte compromiso de seguir su Ley.
Convertíos y caminad por la senda de la gracia de Dios y del amor.
Convertíos y construid días de serenidad y de paz.
Convertíos y secundad el designio de la divina Misericordia.
Con cuántos signos el Señor nos manifiesta su voluntad de poner finalmente un justo freno a la propagación de la impiedad: males incurables que se propagan; violencia y odio que estallan; desgracias que se suceden; guerras y amenazas que se extienden. Sepamos leer las señales que Dios nos manda a través de los acontecimientos que nos suceden, y acogamos sus serios avisos a cambiar de vida y a volver al camino que nos conduce a Él.
- Nosotros vivimos bajo una preocupada y constante súplica de la Madre del Cielo a permanecer en la verdadera fe. Y, sin embargo, ve angustiada cómo los errores continúan difundiéndose, se enseñan y se divulgan, y de esta manera se hace cada vez mayor entre sus hijos el peligro de perder el don precioso de la fe en Jesús, y en las verdades que Él nos ha revelado.
Incluso entre sus hijos predilectos, ¡qué grande es el número de los que dudan, que ya no creen! ¡Si viéramos con sus propios ojos qué extendida está esta epidemia espiritual que ha herido a toda la Iglesia! La inmoviliza en su acción apostólica, la hiere y la lleva a la parálisis en su vitalidad, volviendo con frecuencia vacío e ineficaz incluso su esfuerzo de evangelización.
- Nosotros vivimos bajo su preocupación tan dolorosa al vernos aún víctimas del pecado que se propaga; observando cómo por doquier, a través de los medios de comunicación social se proponen experiencias de vida contrarias a cuanto nos prescribe la ley santa de Dios. Cada día se nos nutre de pan envenenado del mal, y se nos da de beber en la fuente contaminada de la impureza.
Se nos propone el mal como un bien; el pecado como un valor; la transgresión de la Ley de Dios como un modo de ejercitar nuestra autonomía y nuestra libertad personal. De este modo se llega hasta perder la conciencia del pecado como un mal; y la injusticia, el odio y la impiedad cubren la tierra y la convierten en un inmenso erial privado de vida y amor. El obstinado rechazo de Dios y de retornar a Él; la pérdida de la verdadera fe; la iniquidad que se propaga y lleva a la difusión del mal y el pecado: ¡He aquí los signos del perverso tiempo en que vivimos!
Vemos, no obstante, de cuántos modos interviene nuestra Madre del Cielo para conducirnos por el camino de la conversión, del bien y de la fe. Con signos extraordinarios que realiza en todas las partes del mundo, con sus mensajes, con sus apariciones tan frecuentes, nos indica a todos que se aproxima el gran día del Señor. Pero, qué dolor experimenta su Corazón Inmaculado al ver que estas llamadas suyas no son acogidas, con frecuencia son abiertamente rechazadas y combatidas, aún por aquellos que tienen la misión de ser los primeros en acogerlas. Por esto hoy se revela solo a los pequeños, a los pobres, a los sencillos, a todos sus niños que le saben aún escuchar y seguir. Jamás como ahora es tan necesaria una gran fuerza de súplica y reparación.
Fuente: A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen
lunes, 1 de febrero de 2010
VERDAD Y MISTERIO
San Pablo, para confortar los ánimos de los discípulos después de haber sido apedreado en su primer viaje apostólico, les exhortaba a perseverar en la fe y les decía: "Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios" (Hch 14,22). La historia de la Salvación nos confirma esto por medio de unas palabras de Jesús: "Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuérais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo. Acordaos de la palabra que os he dicho: el siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán" (Jn 15,18-20).
La razón de estas pruebas que conllevan sufrimiento y persecución se debe encontrar en la libertad humana en la que confluyen, tanto la debilidad personal como la voluntad firme de querer ser santo; sin embargo, también hay razones sobrenaturales en las que se presenta la actuación del príncipe de este mundo, Satanás, y la voluntad de Dios que permite el mal en sus inescrutables designios para obtener el bien de las almas y de todo cuanto existe.
Si hacemos una atenta revisión de la gran mayoría de la vida de hombres y mujeres de Dios, podemos constatar que de un modo u otro, tuvieron que morder la fruta amarga de la calumnia, de la incomprensión o del escándalo. Murmuraciones, enredos, intereses inconfesables, celos, falsas prudencias, actitudes superficiales y un largo etcétera son parte de las realidades que acompañan a las persecuciones de que son objeto los hombres y mujeres que buscan amar a Dios sobre todas las cosas.
Ayer, cuarto Domingo del tiempo ordinario, pudimos escuchar en la primera lectura unos versículos del primer capítulo del libro del profeta Jeremías: "Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los gentiles. Tú cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo, que si no, yo te meteré miedo de ellos. Mira; yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país: frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y la gente del campo. Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte" (4-5; 17-19).
Jesús, hablando en Nazaret, donde se había criado, dijo: "Ningún profeta es bien mirado en su tierra" (Lc 4,24). Necesitamos orar por los profetas de nuestro tiempo que anuncian la salvación de Cristo para todos los que están privados de la luz divina y espiritual, y por aquellos que han caído en tierra y han muerto para dar mucho fruto como el grano de trigo. Que el Señor sea siempre nuestra roca de refugio y el alcázar donde nos pongamos a salvo, de manera que nunca dejemos de contar su auxilio y su salvación.
La razón de estas pruebas que conllevan sufrimiento y persecución se debe encontrar en la libertad humana en la que confluyen, tanto la debilidad personal como la voluntad firme de querer ser santo; sin embargo, también hay razones sobrenaturales en las que se presenta la actuación del príncipe de este mundo, Satanás, y la voluntad de Dios que permite el mal en sus inescrutables designios para obtener el bien de las almas y de todo cuanto existe.
Si hacemos una atenta revisión de la gran mayoría de la vida de hombres y mujeres de Dios, podemos constatar que de un modo u otro, tuvieron que morder la fruta amarga de la calumnia, de la incomprensión o del escándalo. Murmuraciones, enredos, intereses inconfesables, celos, falsas prudencias, actitudes superficiales y un largo etcétera son parte de las realidades que acompañan a las persecuciones de que son objeto los hombres y mujeres que buscan amar a Dios sobre todas las cosas.
Ayer, cuarto Domingo del tiempo ordinario, pudimos escuchar en la primera lectura unos versículos del primer capítulo del libro del profeta Jeremías: "Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los gentiles. Tú cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo, que si no, yo te meteré miedo de ellos. Mira; yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país: frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y la gente del campo. Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte" (4-5; 17-19).
Jesús, hablando en Nazaret, donde se había criado, dijo: "Ningún profeta es bien mirado en su tierra" (Lc 4,24). Necesitamos orar por los profetas de nuestro tiempo que anuncian la salvación de Cristo para todos los que están privados de la luz divina y espiritual, y por aquellos que han caído en tierra y han muerto para dar mucho fruto como el grano de trigo. Que el Señor sea siempre nuestra roca de refugio y el alcázar donde nos pongamos a salvo, de manera que nunca dejemos de contar su auxilio y su salvación.
miércoles, 7 de octubre de 2009
JESUCRISTO ES EL MISMO AYER, HOY Y SIEMPRE
Todos nosotros necesitamos siempre volver a los origenes y a lo que es fundamental, sobre todo cuando nos damos cuenta del tiempo en que nos toca vivir como creyentes y del tiempo en el que debemos expresar que somos Pueblo en misión.
Debemos darnos cuenta del tiempo y del escenario en el que nos encontramos, donde el Señor nos ha puesto para llevar a cabo nuestro apostolado y expresar nuestra identidad de discípulos que toman la cruz cada día para seguirle a Él. Porque en la medida en la que vayamos siendo más conscientes del tipo de terreno que tenemos que pisar, acertaremos mejor a utilizar el calzado más adecuado para ese terreno.
Las señales de los tiempos o signos de los tiempos nos ayudan, como cristianos, a situarnos correctamente en el momento histórico en el que nos encontramos. Leemos en el Evangelio de San Lucas: "Jesús dijo también a la gente: Cuando veis que las nubes aparecen por occidente, decís que va a llover, y así sucede. Y cuando el viento sopla del sur, decís que va a hacer calor, y lo hace. ¡Hipócritas!, si sabéis interpretar tan bien el aspecto del cielo y de la tierra, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo en que vivís?" (12,54-56).
El progreso de la humanidad en la segunda mitad del siglo XX es un claro signo de estos tiempos: la electricidad, la radio, la televisión, los aviones, la telefonía móvil, internet, los satélites, los microchips, las armas nucleares, etc. En el orden político, económico, social, moral y religioso se han venido dando una serie de hechos que evidencian signos positivos en cuanto a que expresan un desarrollo de la inteligencia humana y de la convivencia entre los hombres, pero también expresan signos negativos en cuanto a una degradación humana con expresiones desgarradoras como las dos guerras mundiales y una contínua guerra fría que ha matado a millones de seres humanos, el aborto, el hambre, el deterioro moral de la sociedad y de muchos pastores de la Iglesia, en el orden espiritual; la gran proliferación de todo lo relacionado con la New Age y la globalización en el orden político, económico y religioso que camina hacia la consecución de un nuevo orden y gobierno mundial.
Esta rápida y escueta radiografía de nuestro mundo actual nos debe ayudar a interpretar el tiempo en que vivimos. Porque si decimos que somos un Pueblo que tiene una misión, debemos conocer cuál es dicha misión y cuál es la tierra de misión a la que somos enviados y en la que debemos llevar a cabo nuestro apostolado. Porque no podemos cerrar los ojos a lo que está sucediendo a nuestro alrededor y pasar de largo como si no fuera con nosotros. El Señor nos pide interpretar los signos de nuestro tiempo, porque así estaremos mejor preparados para afrontar nuestra misión con los medios necesarios y las armas adecuadas.
Desde aquí, creo que necesitamos purificar el concepto de misión y entender bien cuál es la tarea que nos ha sido encomendada como católicos; por un lado, hemos sido llamados a proclamar la Buena Noticia de Jesucristo a través de la evangelización, y por otro, somos llamados a ser Pueblo profético que defienda la Verdad con la vida y con la palabra, constituyendo un baluarte que hace frente a la ola del mal y defiende a la Iglesia de Cristo.
San Pablo podía decir: "Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí" (Gal 2,20) y por eso fue el apóstol incansable que no dejó de anunciar a Jesucristo un solo momento. Él nos llama para transformarnos y hacernos pescadores de hombres. A los Doce les llamó para estar con Él, mirarle a Él; esta es la mejor escuela de vida. Cuando entramos en la escuela de Cristo, se da la transformación. Pero hay condiciones para entrar en la escuela de Cristo: renunciar a todo lo que tenemos aprecio (Lc 14,25-33; Mc 8,34-38). Llamados a perder nuestra vida porque estamos ocupados en Cristo; cada día, cada momento hay que decidir por Cristo.
La misión solo es efectiva desde un corazón de discípulo; no podemos ser apóstoles sin ser discípulos de Cristo. El discípulo vive en obediencia y en humildad. Las señales de estos tiempos nos muestran que no es posible seguir a Cristo si no somos discípulos, que no podemos ser discípulos si no es en comunidad y que no llevaremos a cabo nuestro apostolado si no es como comunidad de discípulos en misión dentro de la Iglesia.
Estamos en medio de grandes sufrimientos físicos y morales, una gran confusión generalizada, donde la corrupción se hace presente en todas partes y la tensión mundial crece a pasos agigantados. ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué es realmente lo que está pasando? Los signos de los tiempos manifiestan la férrea lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, entre Cristo y Satanás. La Sagrada Escritura, el Magisterio de la Iglesia y la guía profética que recibimos por medio de revelaciones privadas y mensajes auténticos de la Santísima Virgen María en esta etapa de la historia, nos hablan de la tremenda batalla espiritual en la que nos encontramos y de la presencia de Satanás en el mundo y en la Iglesia.
El Papa Juan Pablo II dijo lo siguiente en el Congreso Eucarístico de Filadelfia, Pennsylvania, en el año 1976: "Estamos ahora ante la confrontación histórica más grande que la humanidad jamás haya conocido. Estamos ante la lucha final entre la Iglesia y la anti-iglesia, el Evangelio y el anti-evangelio. No creo que el ancho círculo de la Iglesia americana ni el extenso círculo de la Iglesia Universal se den clara cuenta de ello. Pero es una lucha que descansa dentro de los planes de la Divina Providencia."
Como dijo el Papa, aunque la gran mayoría de la Iglesia no se de clara cuenta de ello, hemos sido llamados a interpretar correctamente el tiempo en que vivimos. Tiempo que requiere, no de teólogos sabios ni humanistas inteligentes, sino de hombres y mujeres que sean auténticos apóstoles de estos tiempos llamados a "anunciar con valentía las verdades de la fe católica, proclamar el Evangelio con fuerza, desenmascarar con decisión las herejías peligrosas que se disfrazan de verdades para engañar mejor las mentes y de este modo alejar de la fe un gran número de fieles" (mensaje de la Santísima Virgen por medio del P. Gobbi, fundador del Movimiento Sacerdotal Mariano).
"Serán los verdaderos apóstoles de los últimos tiempos -dice San Luis María Grignion de Monfort- a quienes el Señor de los ejércitos dará la palabra y la fuerza necesaria para realizar maravillas, que caminarán tras las huellas de pobreza, humildad, desprecio del mundo y caridad, enseñando el camino estrecho de Dios con la pura verdad conforme al Evangelio y no con las máximas del mundo... llevando en su boca la Palabra de Dios, sobre sus hombros el estandarte de la cruz, en la mano derecha el crucifijo; en la izquierda el Rosario; en el corazón los Sagrados Corazones de Jesús y de María y en toda su conducta la modestia y mortificación de Jesucristo."
Debemos darnos cuenta del tiempo y del escenario en el que nos encontramos, donde el Señor nos ha puesto para llevar a cabo nuestro apostolado y expresar nuestra identidad de discípulos que toman la cruz cada día para seguirle a Él. Porque en la medida en la que vayamos siendo más conscientes del tipo de terreno que tenemos que pisar, acertaremos mejor a utilizar el calzado más adecuado para ese terreno.
Las señales de los tiempos o signos de los tiempos nos ayudan, como cristianos, a situarnos correctamente en el momento histórico en el que nos encontramos. Leemos en el Evangelio de San Lucas: "Jesús dijo también a la gente: Cuando veis que las nubes aparecen por occidente, decís que va a llover, y así sucede. Y cuando el viento sopla del sur, decís que va a hacer calor, y lo hace. ¡Hipócritas!, si sabéis interpretar tan bien el aspecto del cielo y de la tierra, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo en que vivís?" (12,54-56).
El progreso de la humanidad en la segunda mitad del siglo XX es un claro signo de estos tiempos: la electricidad, la radio, la televisión, los aviones, la telefonía móvil, internet, los satélites, los microchips, las armas nucleares, etc. En el orden político, económico, social, moral y religioso se han venido dando una serie de hechos que evidencian signos positivos en cuanto a que expresan un desarrollo de la inteligencia humana y de la convivencia entre los hombres, pero también expresan signos negativos en cuanto a una degradación humana con expresiones desgarradoras como las dos guerras mundiales y una contínua guerra fría que ha matado a millones de seres humanos, el aborto, el hambre, el deterioro moral de la sociedad y de muchos pastores de la Iglesia, en el orden espiritual; la gran proliferación de todo lo relacionado con la New Age y la globalización en el orden político, económico y religioso que camina hacia la consecución de un nuevo orden y gobierno mundial.
Esta rápida y escueta radiografía de nuestro mundo actual nos debe ayudar a interpretar el tiempo en que vivimos. Porque si decimos que somos un Pueblo que tiene una misión, debemos conocer cuál es dicha misión y cuál es la tierra de misión a la que somos enviados y en la que debemos llevar a cabo nuestro apostolado. Porque no podemos cerrar los ojos a lo que está sucediendo a nuestro alrededor y pasar de largo como si no fuera con nosotros. El Señor nos pide interpretar los signos de nuestro tiempo, porque así estaremos mejor preparados para afrontar nuestra misión con los medios necesarios y las armas adecuadas.
Desde aquí, creo que necesitamos purificar el concepto de misión y entender bien cuál es la tarea que nos ha sido encomendada como católicos; por un lado, hemos sido llamados a proclamar la Buena Noticia de Jesucristo a través de la evangelización, y por otro, somos llamados a ser Pueblo profético que defienda la Verdad con la vida y con la palabra, constituyendo un baluarte que hace frente a la ola del mal y defiende a la Iglesia de Cristo.
San Pablo podía decir: "Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí" (Gal 2,20) y por eso fue el apóstol incansable que no dejó de anunciar a Jesucristo un solo momento. Él nos llama para transformarnos y hacernos pescadores de hombres. A los Doce les llamó para estar con Él, mirarle a Él; esta es la mejor escuela de vida. Cuando entramos en la escuela de Cristo, se da la transformación. Pero hay condiciones para entrar en la escuela de Cristo: renunciar a todo lo que tenemos aprecio (Lc 14,25-33; Mc 8,34-38). Llamados a perder nuestra vida porque estamos ocupados en Cristo; cada día, cada momento hay que decidir por Cristo.
La misión solo es efectiva desde un corazón de discípulo; no podemos ser apóstoles sin ser discípulos de Cristo. El discípulo vive en obediencia y en humildad. Las señales de estos tiempos nos muestran que no es posible seguir a Cristo si no somos discípulos, que no podemos ser discípulos si no es en comunidad y que no llevaremos a cabo nuestro apostolado si no es como comunidad de discípulos en misión dentro de la Iglesia.
Estamos en medio de grandes sufrimientos físicos y morales, una gran confusión generalizada, donde la corrupción se hace presente en todas partes y la tensión mundial crece a pasos agigantados. ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué es realmente lo que está pasando? Los signos de los tiempos manifiestan la férrea lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, entre Cristo y Satanás. La Sagrada Escritura, el Magisterio de la Iglesia y la guía profética que recibimos por medio de revelaciones privadas y mensajes auténticos de la Santísima Virgen María en esta etapa de la historia, nos hablan de la tremenda batalla espiritual en la que nos encontramos y de la presencia de Satanás en el mundo y en la Iglesia.
El Papa Juan Pablo II dijo lo siguiente en el Congreso Eucarístico de Filadelfia, Pennsylvania, en el año 1976: "Estamos ahora ante la confrontación histórica más grande que la humanidad jamás haya conocido. Estamos ante la lucha final entre la Iglesia y la anti-iglesia, el Evangelio y el anti-evangelio. No creo que el ancho círculo de la Iglesia americana ni el extenso círculo de la Iglesia Universal se den clara cuenta de ello. Pero es una lucha que descansa dentro de los planes de la Divina Providencia."
Como dijo el Papa, aunque la gran mayoría de la Iglesia no se de clara cuenta de ello, hemos sido llamados a interpretar correctamente el tiempo en que vivimos. Tiempo que requiere, no de teólogos sabios ni humanistas inteligentes, sino de hombres y mujeres que sean auténticos apóstoles de estos tiempos llamados a "anunciar con valentía las verdades de la fe católica, proclamar el Evangelio con fuerza, desenmascarar con decisión las herejías peligrosas que se disfrazan de verdades para engañar mejor las mentes y de este modo alejar de la fe un gran número de fieles" (mensaje de la Santísima Virgen por medio del P. Gobbi, fundador del Movimiento Sacerdotal Mariano).
"Serán los verdaderos apóstoles de los últimos tiempos -dice San Luis María Grignion de Monfort- a quienes el Señor de los ejércitos dará la palabra y la fuerza necesaria para realizar maravillas, que caminarán tras las huellas de pobreza, humildad, desprecio del mundo y caridad, enseñando el camino estrecho de Dios con la pura verdad conforme al Evangelio y no con las máximas del mundo... llevando en su boca la Palabra de Dios, sobre sus hombros el estandarte de la cruz, en la mano derecha el crucifijo; en la izquierda el Rosario; en el corazón los Sagrados Corazones de Jesús y de María y en toda su conducta la modestia y mortificación de Jesucristo."
"Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre" (Heb 13,8)
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