Escuché una canción de una cantautora cristiana, Lilly Goodman, que me inspiró para escribir su letra en esta entrada de hoy. ¡Qué agradecido tengo que estar al Señor porque en su fidelidad puede descansar mi vida, siempre y en toda circunstancia!
Yo he visto el dolor acercarse a mí, causarme heridas, golpearme así.
Y hasta llegué a preguntarme dónde estabas Tú.
He hecho preguntas en mi aflicción, buscando respuestas sin contestación.
Y hasta dudé por instantes de tu compasión.
Y aprendí que en la vida todo tiene un sentido y descubrí que todo obra para bien...
Y que al final será mucho mejor lo que vendrá, es parte de un propósito y todo bien saldrá.
Siempre has estado aquí, tu Palabra no ha fallado y nunca me has dejado.
Descansa mi confianza sobre Ti.
Yo he estado entre la espada y la pared, rodeado de insomnios sin saber qué hacer, pidiendo a gritos tu intervención.
A veces me hablaste de una vez, en otras tu silencio solo escuché.
¡Qué interesante tu forma de responder!
Y aprendí que lo que pasa bajo el cielo conoces Tú, que todo tiene una razón...
Y que al final será mucho mejor lo que vendrá, es parte de un propósito y todo bien saldrá.
Siempre has estado aquí, tu Palabra no ha fallado y nunca me has dejado.
Descansa mi confianza sobre Ti.
Gracias, Señor, por tu gran fidelidad que me lleva a tener la profunda convicción de que nada sucede sin que Tú lo dispongas así y que en todo intervienes Tú para bien de los que te amamos. AMEN
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jueves, 8 de septiembre de 2011
martes, 14 de junio de 2011
¡AHORA ES CUANDO, ESTE ES EL TIEMPO!
A veces parece que el tiempo pasa y no sucede nada, todo sigue igual. Es como tener la sensación de estar enterrado en vida; sin embargo, Dios te hace ver que tu vida no está enterrada sino plantada y sembrada como una semilla que se estaba preparando para dar fruto: "Os aseguro que si un grano de trigo no cae en la tierra y muere, seguirá siendo un solo grano; pero si muere, dará fruto abundante" (Jn 12,24).
Después de tres años y medio de sequía en Israel, el profeta Elías ora pidiendo la lluvia. Antes de empezar a orar, le dice a Ajab: "Vete a comer y beber, porque ya se oye el ruido del aguacero. Ajab se fue a comer y beber. Pero Elías subió a lo alto del monte Carmelo y, arrodillándose en el suelo, se inclinó hasta poner la cara entre las rodillas" (1 Rey 18,41-42). Elías ya escuchaba la lluvia y sentía los vientos cambiar sin señales, sin pruebas, sin advertencia alguna; todo seguía igual, aparentemente. "Ve y dile a Ajab que enganche su carro y se vaya antes que se lo impida la lluvia. Ajab subió a su carro y se fue a Yizreel. Mientras tanto, el cielo se oscureció con nubes y viento, y cayó un fuerte aguacero" (1 Rey 18,44-45).
El plazo se ha cumplido y llegan tiempos de favor para nuestra vida, un viento propicio que Dios envía porque ahora es cuando y éste es el tiempo. El Señor añade bendición a nuestra vida porque ha visto la semilla que hemos plantado, como sucedió en la vida de Ezequías. Debemos cambiar las ropas de duelo porque Dios ha decretado un tiempo nuevo: "Yo voy a hacer algo nuevo, y verás que ahora mismo va a aparecer. Voy a abrir un camino en el desierto y ríos en la tierra estéril" (Is 43,19).
Ahora es cuando y éste es el tiempo, el "ahora" de Dios; un momento que puede pasar y no volver más. Por eso debemos aprovechar este momento y no dejar pasar este tiempo, porque es el tiempo de Dios. El Señor está preparando y disponiendo nuestro momento porque el plazo se ha cumplido: "Como mi siervo Moisés ha muerto, ahora eres tú quien debe cruzar el río Jordán con todo el pueblo de Israel, para ir a la tierra que os voy a dar" (Jos 1,2).
Debemos encarar al gigante para decirle, como David a Goliat, que el que está con nosotros es más fuerte que el que está en contra de nosotros. Porque se ha atrevido a desafiarnos, Dios nos lo entrega para ser vencido y derrotado. El Señor nos está preparando y nosotros debemos también prepararnos para su propósito, porque ahora es cuando y éste es el tiempo. No permitamos que se pase el momento y acojamos de corazón todo lo que el Señor ha preparado y dispuesto para nosotros: "Como colaboradores, pues, en la obra de Dios, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque Él dice: En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vine en tu ayuda; pues mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación" (2 Cor 6,1-2).
Escuchemos el sonido de la lluvia, como Elías, y el viento propicio que ya sopla a nuestro favor: "El Señor ha dicho: Haced muchas represas en este valle, porque, aunque no habrá viento ni veréis llover, este valle se llenará de agua y todos vosotros beberéis... Y esto es solo una pequeña muestra de lo que el Señor puede hacer..." (2 Rey 3,16-18). Abramos zanjas y preparemos pozos para que puedan llenarse de agua aunque todo parezca seguir igual, porque ahora es cuando y éste es el tiempo de Dios.
"Esto es lo que dice el santo, el veraz, el que tiene la llave de David, el que abre y nadie cerrará, el que cierra y nadie abrirá: Conozco tus obras; tengo abierta delante de ti una puerta que nadie puede cerrar, porque, a pesar de tu debilidad, has guardado mi palabra y no has renegado de mi" (Ap 3,7-8).
¡AHORA ES CUANDO, ESTE ES EL TIEMPO!
Después de tres años y medio de sequía en Israel, el profeta Elías ora pidiendo la lluvia. Antes de empezar a orar, le dice a Ajab: "Vete a comer y beber, porque ya se oye el ruido del aguacero. Ajab se fue a comer y beber. Pero Elías subió a lo alto del monte Carmelo y, arrodillándose en el suelo, se inclinó hasta poner la cara entre las rodillas" (1 Rey 18,41-42). Elías ya escuchaba la lluvia y sentía los vientos cambiar sin señales, sin pruebas, sin advertencia alguna; todo seguía igual, aparentemente. "Ve y dile a Ajab que enganche su carro y se vaya antes que se lo impida la lluvia. Ajab subió a su carro y se fue a Yizreel. Mientras tanto, el cielo se oscureció con nubes y viento, y cayó un fuerte aguacero" (1 Rey 18,44-45).
El plazo se ha cumplido y llegan tiempos de favor para nuestra vida, un viento propicio que Dios envía porque ahora es cuando y éste es el tiempo. El Señor añade bendición a nuestra vida porque ha visto la semilla que hemos plantado, como sucedió en la vida de Ezequías. Debemos cambiar las ropas de duelo porque Dios ha decretado un tiempo nuevo: "Yo voy a hacer algo nuevo, y verás que ahora mismo va a aparecer. Voy a abrir un camino en el desierto y ríos en la tierra estéril" (Is 43,19).
Ahora es cuando y éste es el tiempo, el "ahora" de Dios; un momento que puede pasar y no volver más. Por eso debemos aprovechar este momento y no dejar pasar este tiempo, porque es el tiempo de Dios. El Señor está preparando y disponiendo nuestro momento porque el plazo se ha cumplido: "Como mi siervo Moisés ha muerto, ahora eres tú quien debe cruzar el río Jordán con todo el pueblo de Israel, para ir a la tierra que os voy a dar" (Jos 1,2).
Debemos encarar al gigante para decirle, como David a Goliat, que el que está con nosotros es más fuerte que el que está en contra de nosotros. Porque se ha atrevido a desafiarnos, Dios nos lo entrega para ser vencido y derrotado. El Señor nos está preparando y nosotros debemos también prepararnos para su propósito, porque ahora es cuando y éste es el tiempo. No permitamos que se pase el momento y acojamos de corazón todo lo que el Señor ha preparado y dispuesto para nosotros: "Como colaboradores, pues, en la obra de Dios, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque Él dice: En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vine en tu ayuda; pues mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación" (2 Cor 6,1-2).
Escuchemos el sonido de la lluvia, como Elías, y el viento propicio que ya sopla a nuestro favor: "El Señor ha dicho: Haced muchas represas en este valle, porque, aunque no habrá viento ni veréis llover, este valle se llenará de agua y todos vosotros beberéis... Y esto es solo una pequeña muestra de lo que el Señor puede hacer..." (2 Rey 3,16-18). Abramos zanjas y preparemos pozos para que puedan llenarse de agua aunque todo parezca seguir igual, porque ahora es cuando y éste es el tiempo de Dios.
"Esto es lo que dice el santo, el veraz, el que tiene la llave de David, el que abre y nadie cerrará, el que cierra y nadie abrirá: Conozco tus obras; tengo abierta delante de ti una puerta que nadie puede cerrar, porque, a pesar de tu debilidad, has guardado mi palabra y no has renegado de mi" (Ap 3,7-8).
¡AHORA ES CUANDO, ESTE ES EL TIEMPO!
viernes, 20 de mayo de 2011
¡ENVIAME A MI!
"A pesar de mi pequeñez, quisiera iluminar las almas como lo han hecho los profetas, los doctores; tengo la vocación de ser apóstol. Quisiera recorrer la tierra, predicar tu nombre y plantar sobre la tierra de los infieles tu cruz gloriosa; pero, oh amado mío, una sola misión no me bastaría, quisiera al mismo tiempo anunciar el Evangelio en las cinco partes del mundo y hasta las islas más alejadas. Quisiera ser misionera no solamente por algunos años, sino que quisiera haberlo sido desde la creación del mundo y serlo hasta la consumación de los siglos" (Santa Teresa del Niño Jesús).
Tenemos una profunda convicción de que ahora es cuando y éste es el tiempo en el que Dios puede hacer una diferencia para lograr un cambio en nuestras vidas, en nuestra Iglesia y en nuestros conciudadanos, pero solo con nuestra cooperación. Por este motivo, ofrecemos nuestra firme decisión de colaborar con Aquel que desea hacer algo nuevo y abrir un camino en el desierto (Is 43,19) de este país por medio de su Iglesia. El tiempo nos apremia; o más bien, es el amor de Cristo el que nos apremia (2 Cor 5,14) y nos empuja a buscar los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios (Col 3,1-2).
El Señor ha ido encendiendo un fuego en nuestro corazón que, lejos de extinguirse, no ha dejado de crecer y de inspirar en nosotros una decisión firme de ir más allá y de mirar donde otros no miran, fijando nuestra mirada solo en Dios. Él nos está inivitando a ir hacia delante sin volver más nuestra mirada atrás (Lc 9,62), para conquistar nuevos horizontes. Ha puesto en nosotros la seguridad de que en medio de nuestra propia incapacidad, es Él quien nos capacita.
¡Cuántos gigantes que pretenden intimidarnos tenemos que enfrentar como le sucedió a David con Goliat! Los gigantes que están dentro de nosotros mismos y que nos dicen que siempre es más seguro lo que hay en nuestra orilla, de manera que no busquemos remar mar adentro; los gigantes que están muy cerca de nosotros y que nos dicen que no es para tanto, de manera que no demos el paso de saltar de la barca para caminar por el agua; y los gigantes que vemos a nuestro alrededor y que nos dicen que hay otras cosas más necesarias por hacer, de manera que no miremos más allá y soñemos con algo diferente en razón de nuestra alma misionera. Sin embargo, la única manera de enfrentar a un gigante es como lo hizo el mismo David, sin temor y recordando siempre la fidelidad y las promesas de Dios (1 Sam 17, 32-37).
No podemos olvidar que la Iglesia existe en razón de la misión de anunciar el Evangelio y hoy se encuentra en un escenario nuevo y diferente, en medio de una dura situación de enfriamiento religioso y socialización de la increencia; ¿qué estamos esperando para concluir que es tiempo de pensar en algo nuevo que sea capaz de responder a las necesidades actuales? ¿Qué entendemos por "vino nuevo en odres nuevos" (Mt 9,17)? ¿Tan difícil nos resulta discernir los "signos de los tiempos" (Mt 16,3)?
La vocación del evangelizador es apremiante, rompedora, verdaderamente profética. El Espíritu prepara y mueve, la Iglesia reconoce y envía (Hch 13,2). Evangelizar es un acto de amor, de compasión, de alabanza a Dios y de misericordia con el hermano necesitado. La verdad de la nueva evangelización depende de la renovación espiritual de la Iglesia, de los Obispos y Sacerdotes, de los religiosos y de los laicos. La evangelización tiene que ser obra de discípulos fieles, entusiasmados con la persona y el mensaje de Jesús, desprendidos del mundo, libres de toda consideración humana, arrebatados por el Espíritu de Cristo, movidos por el amor a Jesucristo y a los hermanos, con el corazón puesto en la vida eterna, dispuestos literalmente a dar la vida por la difusión del Evangelio y el reconocimiento de la gracia y de la bondad de Dios.
Aquí estoy, Señor; no dejaré pasar jamás tu Palabra. ¡Envíame a mí!
Tenemos una profunda convicción de que ahora es cuando y éste es el tiempo en el que Dios puede hacer una diferencia para lograr un cambio en nuestras vidas, en nuestra Iglesia y en nuestros conciudadanos, pero solo con nuestra cooperación. Por este motivo, ofrecemos nuestra firme decisión de colaborar con Aquel que desea hacer algo nuevo y abrir un camino en el desierto (Is 43,19) de este país por medio de su Iglesia. El tiempo nos apremia; o más bien, es el amor de Cristo el que nos apremia (2 Cor 5,14) y nos empuja a buscar los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios (Col 3,1-2).
El Señor ha ido encendiendo un fuego en nuestro corazón que, lejos de extinguirse, no ha dejado de crecer y de inspirar en nosotros una decisión firme de ir más allá y de mirar donde otros no miran, fijando nuestra mirada solo en Dios. Él nos está inivitando a ir hacia delante sin volver más nuestra mirada atrás (Lc 9,62), para conquistar nuevos horizontes. Ha puesto en nosotros la seguridad de que en medio de nuestra propia incapacidad, es Él quien nos capacita.
¡Cuántos gigantes que pretenden intimidarnos tenemos que enfrentar como le sucedió a David con Goliat! Los gigantes que están dentro de nosotros mismos y que nos dicen que siempre es más seguro lo que hay en nuestra orilla, de manera que no busquemos remar mar adentro; los gigantes que están muy cerca de nosotros y que nos dicen que no es para tanto, de manera que no demos el paso de saltar de la barca para caminar por el agua; y los gigantes que vemos a nuestro alrededor y que nos dicen que hay otras cosas más necesarias por hacer, de manera que no miremos más allá y soñemos con algo diferente en razón de nuestra alma misionera. Sin embargo, la única manera de enfrentar a un gigante es como lo hizo el mismo David, sin temor y recordando siempre la fidelidad y las promesas de Dios (1 Sam 17, 32-37).
No podemos olvidar que la Iglesia existe en razón de la misión de anunciar el Evangelio y hoy se encuentra en un escenario nuevo y diferente, en medio de una dura situación de enfriamiento religioso y socialización de la increencia; ¿qué estamos esperando para concluir que es tiempo de pensar en algo nuevo que sea capaz de responder a las necesidades actuales? ¿Qué entendemos por "vino nuevo en odres nuevos" (Mt 9,17)? ¿Tan difícil nos resulta discernir los "signos de los tiempos" (Mt 16,3)?
La vocación del evangelizador es apremiante, rompedora, verdaderamente profética. El Espíritu prepara y mueve, la Iglesia reconoce y envía (Hch 13,2). Evangelizar es un acto de amor, de compasión, de alabanza a Dios y de misericordia con el hermano necesitado. La verdad de la nueva evangelización depende de la renovación espiritual de la Iglesia, de los Obispos y Sacerdotes, de los religiosos y de los laicos. La evangelización tiene que ser obra de discípulos fieles, entusiasmados con la persona y el mensaje de Jesús, desprendidos del mundo, libres de toda consideración humana, arrebatados por el Espíritu de Cristo, movidos por el amor a Jesucristo y a los hermanos, con el corazón puesto en la vida eterna, dispuestos literalmente a dar la vida por la difusión del Evangelio y el reconocimiento de la gracia y de la bondad de Dios.
Aquí estoy, Señor; no dejaré pasar jamás tu Palabra. ¡Envíame a mí!
sábado, 26 de febrero de 2011
¿PUEDE DIOS...?
El pueblo de Israel, en su camino por el desierto, pasó cuarenta años haciéndose esta pregunta: "¿Puede Dios...?" Él abrió un camino para ellos a través del Mar Rojo; "¿Puede Dios darnos alimento?" Él les dio pan del cielo y extendió una mesa para ellos en medio del desierto; "¿Puede Dios darnos agua?" Dios les entregó agua que brotaba de la roca; "¿Puede Dios librarnos de nuestros enemigos?" Él libró y protegió a su pueblo una y otra vez. El pueblo elegido no dejó de murmurar y de poner límites continuamente al poder y a las promesas de Dios, a pesar de que habían visto las obras de Dios. ¡Dios puede!
Cuando nos encontramos viviendo la gran aventura de conocer y hacer la voluntad de Dios, podemos atar las manos a Dios y encadenar su Palabra a pesar de que el deseo constante del Señor es "hacer muchísimo más de lo que nosotros pedimos o pensamos, por medio de su poder que actúa en nosotros" (Ef 3,20). Él tiene preparado para nuestra vida mucho más que simplemente el hacer algo para Él. Necesitamos darnos cuenta que no está en nosotros hacer planes ni aun soñar la manera en que Dios pueda querer llevar a cabo su obra en nosotros y a través de nosotros. No somos nosotros quienes encontramos la voluntad de Dios, nos es revelada porque es Él quien siempre toma la iniciativa.
Somos siervos del Señor, como el barro está en manos del alfarero para ser moldeado y así permanecer disponible para que su Señor lo utilice. Dios actúa a través de personas ordinarias como fue Elías (Sant 5,17-18), Pedro y Juan (Hch 4,13). Su relación con Dios y la acción del Espíritu Santo las hicieron especiales. Cuando Dios nos invita a unirnos a su obra, la misión que nos presenta para llevar a cabo parece gigante, digamos que es "tamaño Dios". Por nuestros medios no podemos, por eso la fe verdadera demanda acción desde la convicción de que hay cosas que solo Dios puede hacer. La obediencia demuestra fe.
Cuando nos sentimos débiles, limitados, que apenas somos personas comunes y corrientes, el Señor nos hace entender que esos son los mejores instrumentos a través de los cuales Dios puede obrar (1 Cor 1,26-31). El ejemplo de Moisés, David, Ezequiel y otros nos deben inspirar y confirmar esto. La Virgen María es, sin duda, el mejor ejemplo y la mayor inspiración para nosotros.
El punto en el que nos encontramos hoy nos asegura que, debido a que Dios es amor, su voluntad resulta siempre lo mejor para nuestras vidas. Debido a que Dios es omnisciente, sus directivas son siempre acertadas porque nada queda fuera del alcance de su conocimiento; no importa la magnitud de la misión que Dios nos encomiende, Él puede llevarla a cabo a través nuestro. Y debido a que Dios es omnipotente, Él puede capacitarnos para llevar a cabo su voluntad. Sabemos que cuando el Señor habla revelándonos lo que está por hacer, esa revelación es su invitación para que ajustemos nuestra vida a Él.
No pongamos límites al poder y a las promesas de Dios porque Él desea llevar a cabo su obra en este tiempo y es Él quien puede hacerlo. ¡Dios puede!
Cuando nos encontramos viviendo la gran aventura de conocer y hacer la voluntad de Dios, podemos atar las manos a Dios y encadenar su Palabra a pesar de que el deseo constante del Señor es "hacer muchísimo más de lo que nosotros pedimos o pensamos, por medio de su poder que actúa en nosotros" (Ef 3,20). Él tiene preparado para nuestra vida mucho más que simplemente el hacer algo para Él. Necesitamos darnos cuenta que no está en nosotros hacer planes ni aun soñar la manera en que Dios pueda querer llevar a cabo su obra en nosotros y a través de nosotros. No somos nosotros quienes encontramos la voluntad de Dios, nos es revelada porque es Él quien siempre toma la iniciativa.
Somos siervos del Señor, como el barro está en manos del alfarero para ser moldeado y así permanecer disponible para que su Señor lo utilice. Dios actúa a través de personas ordinarias como fue Elías (Sant 5,17-18), Pedro y Juan (Hch 4,13). Su relación con Dios y la acción del Espíritu Santo las hicieron especiales. Cuando Dios nos invita a unirnos a su obra, la misión que nos presenta para llevar a cabo parece gigante, digamos que es "tamaño Dios". Por nuestros medios no podemos, por eso la fe verdadera demanda acción desde la convicción de que hay cosas que solo Dios puede hacer. La obediencia demuestra fe.
Cuando nos sentimos débiles, limitados, que apenas somos personas comunes y corrientes, el Señor nos hace entender que esos son los mejores instrumentos a través de los cuales Dios puede obrar (1 Cor 1,26-31). El ejemplo de Moisés, David, Ezequiel y otros nos deben inspirar y confirmar esto. La Virgen María es, sin duda, el mejor ejemplo y la mayor inspiración para nosotros.
El punto en el que nos encontramos hoy nos asegura que, debido a que Dios es amor, su voluntad resulta siempre lo mejor para nuestras vidas. Debido a que Dios es omnisciente, sus directivas son siempre acertadas porque nada queda fuera del alcance de su conocimiento; no importa la magnitud de la misión que Dios nos encomiende, Él puede llevarla a cabo a través nuestro. Y debido a que Dios es omnipotente, Él puede capacitarnos para llevar a cabo su voluntad. Sabemos que cuando el Señor habla revelándonos lo que está por hacer, esa revelación es su invitación para que ajustemos nuestra vida a Él.
No pongamos límites al poder y a las promesas de Dios porque Él desea llevar a cabo su obra en este tiempo y es Él quien puede hacerlo. ¡Dios puede!
jueves, 17 de febrero de 2011
¡DIOS MIO!
"Dios mío, escucha mi oración; no desatiendas mi súplica. Hazme caso, contéstame; en mi angustia te invoco. Tiemblo al oir la voz del enemigo y los gritos de los malvados. Me han cargado de aflicciones; me atacan rabiosamente. El corazón me salta en el pecho; el terror de la muerte ha caído sobre mí. Me ha entrado un temor espantoso; ¡estoy temblando de miedo!, y digo: Ojalá tuviera yo alas como de paloma; volaría entonces y podría descansar. Volando me iría muy lejos; me quedaría a vivir en el desierto. Correría presuroso a protegerme de la furia del viento y de la tempestad." (Sal 55,1-8)
No encontraremos ningún hombre de Dios en las Escrituras que hable tanto acerca de confiar en el Señor como lo hizo David. Él habló de Dios como la fortaleza en tiempos de gran necesidad. Fue él quien pudo afirmar con todo el corazón: "Aunque pase por el más oscuro de los valles, no temeré peligro alguno, porque tú, Señor, estás conmigo" (Sal 23,4). Cuando David se vió abrumado en uno de los momentos más difíciles de su vida, su corazón gritó con gran pena y tristeza buscando una escapatoria: "Ojalá tuviera yo alas como de paloma; volaría entonces y podría descansar" (Sal 55,6).
Cuando nos encontramos abrumados, sin esperanza y en momentos que ya nos resultan insoportables debemos hacer lo mismo que hizo David; dejar todo a un lado, orar y rendir nuestro corazón en la presencia de Dios. Incluso en el silencio, gritemos nuestro dolor y clamemos al Señor para que nos de su paz en medio de la tribulación. Tener fe es confiar y es apelar a las promesas que Dios mismo nos ha dado.
"Pero yo clamaré a Dios; el Señor me salvará. Me quejaré y lloraré mañana, tarde y noche, y él escuchará mi voz. En las batallas me librará, y me salvará la vida, aunque sean muchos mis adversarios." (Sal 55,16-18)
Nuestra fe no se apoya en cualquier cosa que pueda cambiar o variar, nuestra fe se fundamenta en la fidelidad inquebrantable de Dios. No importa lo que pueda suceder, Él tiene un plan para liberarnos de las pruebas de fuego que se presentan en nuestra vida. Desde el principio, Él tiene un plan para cada dificultad que no podría ser concebido por la mente humana.
En estos momentos, Señor, sea lo que sea lo que suceda, mi esposa y yo decidimos confiar en Ti y caminar en fe esperando en tu Palabra porque sabemos que el cielo y la tierra pasarán, pero tus palabras no pasarán (Mt 24,35).
No encontraremos ningún hombre de Dios en las Escrituras que hable tanto acerca de confiar en el Señor como lo hizo David. Él habló de Dios como la fortaleza en tiempos de gran necesidad. Fue él quien pudo afirmar con todo el corazón: "Aunque pase por el más oscuro de los valles, no temeré peligro alguno, porque tú, Señor, estás conmigo" (Sal 23,4). Cuando David se vió abrumado en uno de los momentos más difíciles de su vida, su corazón gritó con gran pena y tristeza buscando una escapatoria: "Ojalá tuviera yo alas como de paloma; volaría entonces y podría descansar" (Sal 55,6).
Cuando nos encontramos abrumados, sin esperanza y en momentos que ya nos resultan insoportables debemos hacer lo mismo que hizo David; dejar todo a un lado, orar y rendir nuestro corazón en la presencia de Dios. Incluso en el silencio, gritemos nuestro dolor y clamemos al Señor para que nos de su paz en medio de la tribulación. Tener fe es confiar y es apelar a las promesas que Dios mismo nos ha dado.
"Pero yo clamaré a Dios; el Señor me salvará. Me quejaré y lloraré mañana, tarde y noche, y él escuchará mi voz. En las batallas me librará, y me salvará la vida, aunque sean muchos mis adversarios." (Sal 55,16-18)
Nuestra fe no se apoya en cualquier cosa que pueda cambiar o variar, nuestra fe se fundamenta en la fidelidad inquebrantable de Dios. No importa lo que pueda suceder, Él tiene un plan para liberarnos de las pruebas de fuego que se presentan en nuestra vida. Desde el principio, Él tiene un plan para cada dificultad que no podría ser concebido por la mente humana.
En estos momentos, Señor, sea lo que sea lo que suceda, mi esposa y yo decidimos confiar en Ti y caminar en fe esperando en tu Palabra porque sabemos que el cielo y la tierra pasarán, pero tus palabras no pasarán (Mt 24,35).
jueves, 13 de enero de 2011
ME ENTREGO A TI
Me entrego a ti en forma total, un corazón, un solo ideal; un solo anhelo que busca sin división amarte y servirte con devoción. Me entrego a ti, mi Salvador; en oblación te ofrezco, Señor, todo mi ser, vida y amor, con devoción indivisa, a ti Señor. Me entrego a ti, soy tuyo, Señor; solo una cosa te pido, mi Dios: ahí en tu presencia tu rostro mirar, alabarte y adorarte sin cesar.
Cauce de paz, mar de amor, fuente de luz y vida, eres tú, oh Señor. Gozo sin fin, cual manantial, rio de agua viva en ti puedo encontrar. Oh Dios, mi Dios, a ti mi amor; mi alma y mi ser te anhelan, oh Rey, soy tuyo por siempre, Señor. Oh Dios, mi Dios, ahí en tu paz la gracia total, la luz de tu faz, en ti mi dicha está.
Tuyo soy, tú eres mi Dios, eres mi eterna posesión. Tuyo soy, ¡solo a ti te entregaré mi corazón! Te amo, Señor, te amo, mi Dios; por siempre te ofreceré mi amor. Te amo, Señor, te amo, mi Dios; por todos los siglos tuyo soy, tú mi porción.
Fuente: Cancionero comunitario
Cauce de paz, mar de amor, fuente de luz y vida, eres tú, oh Señor. Gozo sin fin, cual manantial, rio de agua viva en ti puedo encontrar. Oh Dios, mi Dios, a ti mi amor; mi alma y mi ser te anhelan, oh Rey, soy tuyo por siempre, Señor. Oh Dios, mi Dios, ahí en tu paz la gracia total, la luz de tu faz, en ti mi dicha está.
Tuyo soy, tú eres mi Dios, eres mi eterna posesión. Tuyo soy, ¡solo a ti te entregaré mi corazón! Te amo, Señor, te amo, mi Dios; por siempre te ofreceré mi amor. Te amo, Señor, te amo, mi Dios; por todos los siglos tuyo soy, tú mi porción.
Fuente: Cancionero comunitario
jueves, 16 de diciembre de 2010
CUANDO SOMOS ZARANDEADOS
“Dijo también el Señor: Simón, Simón, Satanás os ha reclamado para zarandearos como a trigo” (Lc 22,31).
Necesitamos entender que Satanás busca zarandear sólo a aquellos que son una amenaza para su trabajo. Está en contra del árbol que tiene el potencial de producir más fruto. Pero ¿por qué deseaba el diablo zarandear a Pedro? ¿Por qué estaba tan ansioso de probarlo? Pedro había estado echando fuera demonios y sanando enfermos durante tres años. ¡Satanás había escuchado a Jesús prometer a sus discípulos otro bautismo, un bautismo con el Espíritu Santo y fuego, y le hizo temblar! Satanás había escuchado el último plan de Dios para Pedro y se dio cuenta que los últimos tres años no serían nada comparados con las grandes obras que Pedro y los otros discípulos harían después. Habiendo ya agarrado a Judas, tendría que buscar algo en Pedro para hacer que su fe fallara.
Cuando nosotros nos vemos zarandeados podemos preguntarnos: ¿por qué yo? Y ¿por qué ahora? Primeramente, ¡debemos gozarnos por tener tanta reputación en el infierno! Satanás nunca hubiera pedido permiso a Dios para zarandear a alguien a no ser que ese alguien haya cruzado la línea de la obediencia. Dios está haciendo algo nuevo en este tiempo y hemos sido elegidos para ser testigos poderosos para muchos. El nos ha liberado y nos está preparando para sus propósitos eternos. Y mientras más grande sea la entrega a la voluntad de Dios, más severa será la lucha espiritual.
En nuestro caminar cristiano, cuando cruzamos la línea de la obediencia se encienden las alarmas del infierno. Y en el momento en que cruzamos esa línea hacia una vida de obediencia a Dios y de entrega a Cristo sin condiciones, nos convertimos en una amenaza para el reino de las tinieblas y un blanco de los principados y poderes demoníacos. El testimonio de cada creyente que se entrega al Señor con todo su corazón incluye el repentino ataque por medio de problemas y pruebas extrañas e intensas.
Si has cruzado la línea de la obediencia, entonces estarás provocando olas en el mundo invisible. Hay pruebas y problemas, y también hay luchas. Se trata de un gran ataque satánico que quiere destruirlo todo. Generalmente se comprime en un periodo corto de tiempo pero intenso. Para Pedro duraría unos cuantos días, pero esos días serían los días más horribles, más probados y más arrepentidos de su vida. Ese tiempo sacudió y quitó el orgullo que había derribado a Pedro. La sacudida quitó de su alma estorbos que pudieron haber destruido su testimonio para siempre. Gracias a Dios, la fe de Pedro no falló, y de la misma forma como Jesús oró para que no le faltara la fe (Lc 22,32), así ora por nosotros de la misma manera.
A veces debemos enfrentar el silencio divino, sin escuchar la voz de Dios por un tiempo. Podemos caminar a través de periodos de confusión total sin ninguna guía aparente, con aquella pequeña voz detrás en completo silencio. Quizás no podemos ver el camino y cometemos errores. Decimos: “Oh Dios, ¿qué ha sucedido? ¡No sé por donde ir!”
¿Realmente Dios esconde su rostro a aquellos a los que ama? ¿Es posible que nos deje de su mano por un corto tiempo para enseñarnos confianza y dependencia? La Biblia responde claramente: “Dios dejó solo a Ezequías, para probarle y conocer todo lo que estaba en su corazón” (2 Cr 32,31).
Tal vez estamos pasando por un aluvión de pruebas ahora mismo. Los cielos parecen de bronce. Fallamos repetidamente. Esperamos y esperamos respuestas a nuestra oración. Hay aflicción en nuestra alma. ¡Nada ni nadie puede arreglar esa necesidad en el corazón!
¡Ese es el momento en que debemos decidirnos! No hay por qué reírse o gozarse, porque tal vez no tenga felicidad en este momento. Es más, puede que sólo haya tumulto en el alma. Pero podemos saber que Dios está todavía con nosotros, porque las Escrituras dicen: “El Señor gobierna en el diluvio y se sienta como rey eterno” (Sal 29,10). Pronto escucharás la voz de Dios: “No te aflijas, no tengas pánico. Sólo mantén tus ojos en mí y encomiéndame todas las cosas.” Y sabrás que continúas siendo el objeto del increíble amor de Dios.
Fuente: World Challenge Inc.
Necesitamos entender que Satanás busca zarandear sólo a aquellos que son una amenaza para su trabajo. Está en contra del árbol que tiene el potencial de producir más fruto. Pero ¿por qué deseaba el diablo zarandear a Pedro? ¿Por qué estaba tan ansioso de probarlo? Pedro había estado echando fuera demonios y sanando enfermos durante tres años. ¡Satanás había escuchado a Jesús prometer a sus discípulos otro bautismo, un bautismo con el Espíritu Santo y fuego, y le hizo temblar! Satanás había escuchado el último plan de Dios para Pedro y se dio cuenta que los últimos tres años no serían nada comparados con las grandes obras que Pedro y los otros discípulos harían después. Habiendo ya agarrado a Judas, tendría que buscar algo en Pedro para hacer que su fe fallara.
Cuando nosotros nos vemos zarandeados podemos preguntarnos: ¿por qué yo? Y ¿por qué ahora? Primeramente, ¡debemos gozarnos por tener tanta reputación en el infierno! Satanás nunca hubiera pedido permiso a Dios para zarandear a alguien a no ser que ese alguien haya cruzado la línea de la obediencia. Dios está haciendo algo nuevo en este tiempo y hemos sido elegidos para ser testigos poderosos para muchos. El nos ha liberado y nos está preparando para sus propósitos eternos. Y mientras más grande sea la entrega a la voluntad de Dios, más severa será la lucha espiritual.
En nuestro caminar cristiano, cuando cruzamos la línea de la obediencia se encienden las alarmas del infierno. Y en el momento en que cruzamos esa línea hacia una vida de obediencia a Dios y de entrega a Cristo sin condiciones, nos convertimos en una amenaza para el reino de las tinieblas y un blanco de los principados y poderes demoníacos. El testimonio de cada creyente que se entrega al Señor con todo su corazón incluye el repentino ataque por medio de problemas y pruebas extrañas e intensas.
Si has cruzado la línea de la obediencia, entonces estarás provocando olas en el mundo invisible. Hay pruebas y problemas, y también hay luchas. Se trata de un gran ataque satánico que quiere destruirlo todo. Generalmente se comprime en un periodo corto de tiempo pero intenso. Para Pedro duraría unos cuantos días, pero esos días serían los días más horribles, más probados y más arrepentidos de su vida. Ese tiempo sacudió y quitó el orgullo que había derribado a Pedro. La sacudida quitó de su alma estorbos que pudieron haber destruido su testimonio para siempre. Gracias a Dios, la fe de Pedro no falló, y de la misma forma como Jesús oró para que no le faltara la fe (Lc 22,32), así ora por nosotros de la misma manera.
A veces debemos enfrentar el silencio divino, sin escuchar la voz de Dios por un tiempo. Podemos caminar a través de periodos de confusión total sin ninguna guía aparente, con aquella pequeña voz detrás en completo silencio. Quizás no podemos ver el camino y cometemos errores. Decimos: “Oh Dios, ¿qué ha sucedido? ¡No sé por donde ir!”
¿Realmente Dios esconde su rostro a aquellos a los que ama? ¿Es posible que nos deje de su mano por un corto tiempo para enseñarnos confianza y dependencia? La Biblia responde claramente: “Dios dejó solo a Ezequías, para probarle y conocer todo lo que estaba en su corazón” (2 Cr 32,31).
Tal vez estamos pasando por un aluvión de pruebas ahora mismo. Los cielos parecen de bronce. Fallamos repetidamente. Esperamos y esperamos respuestas a nuestra oración. Hay aflicción en nuestra alma. ¡Nada ni nadie puede arreglar esa necesidad en el corazón!
¡Ese es el momento en que debemos decidirnos! No hay por qué reírse o gozarse, porque tal vez no tenga felicidad en este momento. Es más, puede que sólo haya tumulto en el alma. Pero podemos saber que Dios está todavía con nosotros, porque las Escrituras dicen: “El Señor gobierna en el diluvio y se sienta como rey eterno” (Sal 29,10). Pronto escucharás la voz de Dios: “No te aflijas, no tengas pánico. Sólo mantén tus ojos en mí y encomiéndame todas las cosas.” Y sabrás que continúas siendo el objeto del increíble amor de Dios.
Fuente: World Challenge Inc.
jueves, 28 de octubre de 2010
ALMA MISIONERA
“La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,37-38). Tantas veces hemos rogado al Señor que envíe obreros a esta mies abundante de nuestro país, conscientes de la gran urgencia y necesidad de una nueva evangelización, y tantas veces el Señor ha puesto la “carga” sobre nosotros, de tal manera, que ha venido preparando nuestro corazón para estar hoy dispuestos a dejarlo todo y ponernos a disposición de esta misión. Deseamos perder nuestra vida y renunciar a nuestros planes, conscientes de que hay mayor felicidad en dar que en recibir, y con la mirada puesta siempre en el Crucificado que dejó su rango divino y se despojó de todo por nosotros. “No tengáis miedo”, es la invitación constante que escuchamos y por ello deseamos remar mar adentro, decididos a responder al llamado que sentimos del Señor.
Nosotros, como matrimonio, encontramos en Aquila y Priscila un ejemplo sobresaliente de la poderosa influencia y el bendito servicio que un matrimonio, consagrado como uno a los intereses de Cristo, puede ejercer y llevar a cabo. Cuando el apóstol San Pablo vino a Corinto, el hogar de ellos se abrió para él y juntos vivieron y trabajaron en su oficio de construir tiendas por un espacio de tiempo. Aquila y Priscila constituyeron una bendición para Pablo y nos dejaron un modelo importante del ministerio laico, particularmente el del apostolado en equipo (Hch 18,2-3. 18-19. 24-26; Rom 16,3-5).
A lo largo de estos últimos años de nuestra vida, el Señor ha ido encendiendo un fuego en nuestro corazón que, lejos de extinguirse a pesar del tiempo y de momentos de gran incertidumbre, no ha dejado de crecer y de inspirar en nosotros una decisión firme de ir más allá y de mirar donde otros no miran, fijando nuestra mirada solo en Dios. Él nos está invitando a ir hacia delante sin volver más nuestra mirada atrás (Lc 9,62), para conquistar nuevos horizontes. Deseamos ser canales de la gracia de Dios para que Él pueda escribir una historia nueva en el corazón de muchos que aún no le conocen en este país. “Quien no se arriesga y no deposita su confianza en Dios, es porque aún no ha dejado que Dios sea el dueño de su vida”. Dios nos invita incesantemente a dejarnos sorprender por su gran amor y poder en medio de nuestra vida, y confiar plenamente en su voluntad; nos invita a arriesgarnos en su Nombre con la certeza de que Él no implica un riesgo para nosotros bajo ninguna circunstancia, sino más bien una seguridad absoluta porque en todo interviene para bien de los que le aman (Rom 8,28) y jamás permitirá que experimentemos algo que vaya más allá de nuestras propias fuerzas (1 Cor 10,13). Ha puesto en nosotros la seguridad de que en medio de nuestra propia incapacidad, es Él quien nos capacita.
Toma, Señor, nuestra vida antes de que la espera desgaste años en nosotros; estamos dispuestos a lo que quieras, no importa lo que sea. Te damos nuestro corazón sincero para gritar sin miedo tu grandeza, Señor, y así en marcha iremos cantando y por las calles predicando lo bello que es tu amor. Señor, tenemos alma misionera, condúcenos a la tierra que tenga sed de Dios. Llevanos donde los hombres necesiten tus palabras, donde falte la esperanza y donde falte la alegría, simplemente por no saber de Ti.
“Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Ahora bien, ¿cómo van a invocarlo, si no creen en él?; ¿cómo van a creer, si no oyen hablar de él?; y ¿cómo van a oír si nadie les predica?; y ¿cómo van a predicar si no son enviados? Lo dice la Escritura: ¡Qué hermosos los pies de los que anuncian el Evangelio!” (Rom 10,13-15)
Nosotros, como matrimonio, encontramos en Aquila y Priscila un ejemplo sobresaliente de la poderosa influencia y el bendito servicio que un matrimonio, consagrado como uno a los intereses de Cristo, puede ejercer y llevar a cabo. Cuando el apóstol San Pablo vino a Corinto, el hogar de ellos se abrió para él y juntos vivieron y trabajaron en su oficio de construir tiendas por un espacio de tiempo. Aquila y Priscila constituyeron una bendición para Pablo y nos dejaron un modelo importante del ministerio laico, particularmente el del apostolado en equipo (Hch 18,2-3. 18-19. 24-26; Rom 16,3-5).
A lo largo de estos últimos años de nuestra vida, el Señor ha ido encendiendo un fuego en nuestro corazón que, lejos de extinguirse a pesar del tiempo y de momentos de gran incertidumbre, no ha dejado de crecer y de inspirar en nosotros una decisión firme de ir más allá y de mirar donde otros no miran, fijando nuestra mirada solo en Dios. Él nos está invitando a ir hacia delante sin volver más nuestra mirada atrás (Lc 9,62), para conquistar nuevos horizontes. Deseamos ser canales de la gracia de Dios para que Él pueda escribir una historia nueva en el corazón de muchos que aún no le conocen en este país. “Quien no se arriesga y no deposita su confianza en Dios, es porque aún no ha dejado que Dios sea el dueño de su vida”. Dios nos invita incesantemente a dejarnos sorprender por su gran amor y poder en medio de nuestra vida, y confiar plenamente en su voluntad; nos invita a arriesgarnos en su Nombre con la certeza de que Él no implica un riesgo para nosotros bajo ninguna circunstancia, sino más bien una seguridad absoluta porque en todo interviene para bien de los que le aman (Rom 8,28) y jamás permitirá que experimentemos algo que vaya más allá de nuestras propias fuerzas (1 Cor 10,13). Ha puesto en nosotros la seguridad de que en medio de nuestra propia incapacidad, es Él quien nos capacita.
Toma, Señor, nuestra vida antes de que la espera desgaste años en nosotros; estamos dispuestos a lo que quieras, no importa lo que sea. Te damos nuestro corazón sincero para gritar sin miedo tu grandeza, Señor, y así en marcha iremos cantando y por las calles predicando lo bello que es tu amor. Señor, tenemos alma misionera, condúcenos a la tierra que tenga sed de Dios. Llevanos donde los hombres necesiten tus palabras, donde falte la esperanza y donde falte la alegría, simplemente por no saber de Ti.
“Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Ahora bien, ¿cómo van a invocarlo, si no creen en él?; ¿cómo van a creer, si no oyen hablar de él?; y ¿cómo van a oír si nadie les predica?; y ¿cómo van a predicar si no son enviados? Lo dice la Escritura: ¡Qué hermosos los pies de los que anuncian el Evangelio!” (Rom 10,13-15)
miércoles, 11 de agosto de 2010
LA CRUZ Y EL BALUARTE
Lo que el Espíritu genera es siempre para gloria del Padre, para testimonio de Cristo y de su Evangelio, para la extensión y consolidación de su Reino, y para el bien de su Iglesia. Le pido al Señor que sea su Espíritu Santo el que haya inspirado las páginas del libro que ahora presento por este medio, de manera que yo pueda ser tan solo una pobre pluma en manos de un buen escritor, para que su Gracia toque los corazones necesarios por medio de sus palabras y no se queden escritas solamente sobre papel.
Un pequeño libro de 80 páginas con un prólogo escrito por un Sacerdote de Fuenlabrada (Madrid) que tuvo a bien escribirlo tras leer el borrador. Comienza con una introducción que pretende establecer el propósito del libro y contiene los siguientes capítulos: La Virgen María: la gran señal del Cielo; Iglesia y batalla espiritual; La Cruz de Cristo y la Eucaristía; Edificando el baluarte. Un apéndice al final que recoge algunas cosas que he venido recibiendo del Corazón de Dios en los últimos años; fruto de la escucha y de pasar tiempo ante el Sagrario, caminando con el Señor.
"LA CRUZ Y EL BALUARTE; Un llamado a los apóstoles de nuestro tiempo" ha sido enviado al Santo Padre Benedicto XVI por medio de la Nunciatura Apostólica y será entregado también a nuestro Obispo como expresión de amor y de comunión con la Iglesia de Jesucristo, a la que deseamos servir como laicos comprometidos en este tiempo que nos toca vivir.
Ya puedes solicitar tu ejemplar del libro por medio de nuestra página web y lo recibirás contrareembolso (para España). Infórmate aquí.
Un pequeño libro de 80 páginas con un prólogo escrito por un Sacerdote de Fuenlabrada (Madrid) que tuvo a bien escribirlo tras leer el borrador. Comienza con una introducción que pretende establecer el propósito del libro y contiene los siguientes capítulos: La Virgen María: la gran señal del Cielo; Iglesia y batalla espiritual; La Cruz de Cristo y la Eucaristía; Edificando el baluarte. Un apéndice al final que recoge algunas cosas que he venido recibiendo del Corazón de Dios en los últimos años; fruto de la escucha y de pasar tiempo ante el Sagrario, caminando con el Señor.
"LA CRUZ Y EL BALUARTE; Un llamado a los apóstoles de nuestro tiempo" ha sido enviado al Santo Padre Benedicto XVI por medio de la Nunciatura Apostólica y será entregado también a nuestro Obispo como expresión de amor y de comunión con la Iglesia de Jesucristo, a la que deseamos servir como laicos comprometidos en este tiempo que nos toca vivir.
Ya puedes solicitar tu ejemplar del libro por medio de nuestra página web y lo recibirás contrareembolso (para España). Infórmate aquí.
martes, 6 de julio de 2010
TU ERES MI TODO, SEÑOR
Tú eres mi fuerza y mi canción, tú mi riqueza y mi porción. ¡Tú eres mi todo, Señor!
Tú eres la perla que encontré, por darte todo yo opté. ¡Tú eres mi todo!
Cristo, Cordero, digno eres tú
Veo mi pecado y mi dolor, y tú me ofreces el perdón. ¡Tú eres mi todo, Señor!
De tu presencia tengo sed, solo tu rostro quiero ver. ¡Tú eres mi todo!
De la mano de María, Señor, hoy yo me quiero ofrendar nuevamente, mi vida entera entregar a ti, mi Dios y mi Dueño. Me quiero comprometer a amarte y a serte fiel, sin importar lo que cueste.
Porque yo creo en ti, cuenta conmigo hasta el fin, dame tu gracia y me basta.
Toma, Señor, y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; Tú me lo diste: a ti, Señor, te lo entrego.
Todo es tuyo, Señor; dispón de todo según tu voluntad. Solo dame tu amor y tu gracia, que esto me basta.
AMEN
Tú eres la perla que encontré, por darte todo yo opté. ¡Tú eres mi todo!
Cristo, Cordero, digno eres tú
Veo mi pecado y mi dolor, y tú me ofreces el perdón. ¡Tú eres mi todo, Señor!
De tu presencia tengo sed, solo tu rostro quiero ver. ¡Tú eres mi todo!
De la mano de María, Señor, hoy yo me quiero ofrendar nuevamente, mi vida entera entregar a ti, mi Dios y mi Dueño. Me quiero comprometer a amarte y a serte fiel, sin importar lo que cueste.
Porque yo creo en ti, cuenta conmigo hasta el fin, dame tu gracia y me basta.
Toma, Señor, y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; Tú me lo diste: a ti, Señor, te lo entrego.
Todo es tuyo, Señor; dispón de todo según tu voluntad. Solo dame tu amor y tu gracia, que esto me basta.
AMEN
martes, 1 de junio de 2010
LOS CRISTIANOS EN EL MUNDO
"Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres.
Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.
Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad.
Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres.
El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la que mantiene unido el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar."
Fuente: Carta a Diogneto
jueves, 31 de diciembre de 2009
CUANDO TUS PALABRAS VINIERON A MI
Nuestro pecado es sólo el primer motivo de la amargura de la palabra de Dios para el anunciador. Hay otro, pero de este no me atrevo mucho a hablar. De hecho, sería mejor que de él hablaran sólo los santos que lo han experimentado. Yo lo comento "porque he oído hablar de ello", aferrándome más que nada a la Escritura y hablando "como con las palabras mismas de Dios".
Este pequeño libro, engullido antes por Jeremías, después por Ezequiel y luego por Juan, estaba lleno de "lamentos, lloros y desdichas". Pero esos lamentos no son principalmente lamentos de hombres, ¡es el lamento de Dios! Ese lamento que resuena, para quien lo sabe escuchar, a lo largo de toda la Biblia en el grito: "¡Pueblo mío, pueblo mío!" Ese lamento es el lamento secreto de Dios por los hijos que se rebelan contra Él "en contínua rebelión" y que finalmente se manifiesta en verdaderas lágrimas en los ojos de Jesús delante de Jerusalén. ¡Oh, ésta es una causa mucho más profunda de amargura! Es participar en el pathos, es decir, en la pasión de Dios.
Dios Padre sufre una pasión de amor por el género humano. Toda la palabra de Dios está impregnada de esta pasión; por eso no puede ser anunciada fríamente, sin participar, de algún modo, de esa misma pasión, sin estar, como Elías, "lleno de celo por el Señor de los ejércitos". He aquí la razón por la que la palabra de Elías, la de Jeremías, la de Francisco de Asís y la de tantos otros santos quemaba "como fuego": ellos se habían asomado al abismo, habían vislumbrado la verdad... Un Dios que no es escuchado por sus criaturas, un Padre que es "despreciado" por sus hijos, que se ve "obligado" a violentar su corazón que querría sólo amar, amar, y en lugar de eso debe amenazar, amenazar y castigar, castigar.
Antes de Jesús, el hombre que ha vivido de más cerca esta "pasión de Dios" fue quizás el profeta Jeremías que, por lo demás, en tantas cosas prefiguraba la pasión de Cristo. A cierto punto, su corazón se fundió con el de Dios, se convirtió en un solo corazón con Él, y fue pronunciado un grito divino y humano que anticipaba al de Jesús en Getsemaní: ¡Mis entrañas, mis entrañas! ¡Me retuerzo de dolor! ¡Las fibras de mi corazón! ¡Mi corazón se conmueve dentro de mí, no puedo callarme!... Estoy lleno de la ira del Señor: ya no puedo reprimirla (Jer 4,19; 6,11).
Cuando Juan hubo engullido el pequeño libro y después hubo saboreado en sus entrañas toda su amargura, oyó una palabra que podría ser actual y podría proclamarse hoy, en este lugar: Vete, aún tienes que profetizar sobre muchos pueblos, naciones y reyes (Ap 10,11).
Fuente: Magnificat (Raniero Cantalamessa, O.F.M. Cap.)
Este pequeño libro, engullido antes por Jeremías, después por Ezequiel y luego por Juan, estaba lleno de "lamentos, lloros y desdichas". Pero esos lamentos no son principalmente lamentos de hombres, ¡es el lamento de Dios! Ese lamento que resuena, para quien lo sabe escuchar, a lo largo de toda la Biblia en el grito: "¡Pueblo mío, pueblo mío!" Ese lamento es el lamento secreto de Dios por los hijos que se rebelan contra Él "en contínua rebelión" y que finalmente se manifiesta en verdaderas lágrimas en los ojos de Jesús delante de Jerusalén. ¡Oh, ésta es una causa mucho más profunda de amargura! Es participar en el pathos, es decir, en la pasión de Dios.
Dios Padre sufre una pasión de amor por el género humano. Toda la palabra de Dios está impregnada de esta pasión; por eso no puede ser anunciada fríamente, sin participar, de algún modo, de esa misma pasión, sin estar, como Elías, "lleno de celo por el Señor de los ejércitos". He aquí la razón por la que la palabra de Elías, la de Jeremías, la de Francisco de Asís y la de tantos otros santos quemaba "como fuego": ellos se habían asomado al abismo, habían vislumbrado la verdad... Un Dios que no es escuchado por sus criaturas, un Padre que es "despreciado" por sus hijos, que se ve "obligado" a violentar su corazón que querría sólo amar, amar, y en lugar de eso debe amenazar, amenazar y castigar, castigar.
Antes de Jesús, el hombre que ha vivido de más cerca esta "pasión de Dios" fue quizás el profeta Jeremías que, por lo demás, en tantas cosas prefiguraba la pasión de Cristo. A cierto punto, su corazón se fundió con el de Dios, se convirtió en un solo corazón con Él, y fue pronunciado un grito divino y humano que anticipaba al de Jesús en Getsemaní: ¡Mis entrañas, mis entrañas! ¡Me retuerzo de dolor! ¡Las fibras de mi corazón! ¡Mi corazón se conmueve dentro de mí, no puedo callarme!... Estoy lleno de la ira del Señor: ya no puedo reprimirla (Jer 4,19; 6,11).
Cuando Juan hubo engullido el pequeño libro y después hubo saboreado en sus entrañas toda su amargura, oyó una palabra que podría ser actual y podría proclamarse hoy, en este lugar: Vete, aún tienes que profetizar sobre muchos pueblos, naciones y reyes (Ap 10,11).
Fuente: Magnificat (Raniero Cantalamessa, O.F.M. Cap.)
martes, 3 de noviembre de 2009
ME HAS SEDUCIDO SEÑOR
"Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir. Me has forzado y has sido más fuerte que yo, ahora soy solo para Ti. Ya ves, Señor, tu Palabra ha sido humillación y sacrificios, por eso resolví no hablar más en tu Nombre ni volverte a mencionar. Pero había en mí como un fuego ardiente, en mi corazón, prendido a mis entrañas, y aunque ahogarlo yo quería no podía contenerlo. Tú me has fascinado, Jesús, y yo me dejé enamorar. He luchado contra Ti, contra todo lo que siento, pero has vencido Tú."
Seguro que muchos hemos escuchado estas palabras que corresponden a un bonito canto de la Hermana Glenda, o bien hemos podido leer la mayoría de ellas en el libro del profeta Jeremías (20,7-9). Y es que esta es la experiencia de aquellos que han quitado de su corazón todo lo que estorba para encontrar a Dios dentro de él. Muchas veces buscamos lo que no existe y, en cambio, pasamos al lado de un tesoro y no lo vemos. Como decía el Hermano San Rafel, esto nos pasa con Dios cuando le buscamos en la vida de abstracción, en la lectura, en una maraña de cosas que a nosotros nos parecen mejores cuanto más complicadas; sin embargo, a Dios le llevamos dentro y ahí no le buscamos. Todo es sencillo y simple, y eso está a nuestro alcance.
"Tú, Señor, eres todo lo que tengo; he prometido poner en práctica tus palabras. De todo corazón he procurado agradarte; trátame bien, conforme a tu promesa. Me puse a pensar en mi conducta y volví a obedecer tus mandatos. Me he dado prisa, no he tardado en poner en práctica tus mandamientos. Me han rodeado con trampas los malvados, pero no me he olvidado de tu enseñanza. A medianoche me levanto a darte gracias por tus justos decretos. Yo soy amigo de los que te honran y de los que cumplen tus preceptos. Señor, la tierra está llena de tu amor; ¡enséñame tus leyes! (Sal 119,57-64).
Jeremías, el seducido por el Señor, tuvo que tomar partido frente a los acontecimientos de su época, como profeta de Dios, ocasionándole innumerables padecimientos (Jer 38,1-13) esta firme toma de posición. En las dos primeras décadas de su actividad profética, su principal preocupación fue lograr que Israel tomara conciencia de sus pecados. De ahí la insistencia con que el profeta denuncia la mentira, la violencia, la injusticia con el prójimo, la dureza de corazón y, sobre todo, el pecado que está en la raíz de todos estos males: el abandono de Dios (Jer 2,13; 9,3). En lugar de mantenerse fiel al Señor, que lo había liberado de la esclavitud en Egipto, el pueblo le dio la espalda (Jer 2,27; 7,24), lo abandonó (Jer 2,19) y se prostituyó sirviendo a otros dioses (Jer 3,1; 13,10). Esta infidelidad a la alianza debía traer como consecuencia inevitable el juicio divino. Por eso, al mismo tiempo que condenaba la gravedad del pecado y llamaba a la conversión, Jeremías anunció la inminencia del desastre, y hasta se atrevió a predecir públicamente la destrucción del Templo de Jerusalén (Jer 7,14).
Esta predicación de Jeremías, especialmente después de la muerte del rey Josías, encontró una resistencia cada vez más obstinada por parte de sus compatriotas (Jer 11,18-19). El pueblo y sus gobernantes no atinaban a encontrar el verdadero camino, y ni siquiera eran capaces de reaccionar cuando la voz de los profetas los llamaba a la reflexión. La experiencia de este rechazo, repetida una y otra vez, hizo que Jeremías se interrogara dolorosamente sobre el porqué de aquella resistencia a la Palabra de Dios. La expresión más conmovedora de estas dolorosas experiencias son las llamadas "Confesiones de Jeremías" (Jer 15,20-21; 17,14-18; 18,18-23; 20,7-8) que tienen algunas semejanzas con los Salmos de lamentación. Su lectura deja entrever la sinceridad y profundidad del diálogo que el profeta mantuvo con el Señor en sus momentos de crisis. Jeremías expresa su decepción y amargura por los innumerables sufrimientos que le había supuesto el cumplimiento de su misión, y las respuestas que le da el Señor resultan a primera vista desconcertantes: unas veces le responde con nuevas preguntas, y otras le da a entender que las pruebas aún no han terminado y que deberá afrontar otras todavía más duras. Así el Señor le fue revelando poco a poco que el sufrimiento por la fidelidad a la Palabra es inseparable del ministerio profético.
"Dios mío, escucha mi oración; no desatiendas mi súplica. Hazme caso, contéstame; en mi angustia te invoco... Me ha entrado un temor espantoso; ¡estoy temblando de miedo!, y digo: Ojalá tuviera yo alas como de paloma; volaría entonces y podría descansar. Volando me iría muy lejos; me quedaría a vivir en el desierto... No me ha ofendido un enemigo, cosa que yo podría soportar; ni se ha alzado contra mí el que me odia, de quien yo podría esconderme. ¡Has sido tú, mi propio camarada, mi más íntimo amigo, con quien me reunía en el templo de Dios para conversar amigablemente, con quien caminaba entre la multitud!... Pero yo clamaré a Dios; el Señor me salvará. Me quejaré y lloraré mañana, tarde y noche, y Él escuchará mi voz. En las batallas me librará, y me salvará la vida, aunque sean muchos mis adversarios... Deja tus preocupaciones al Señor y Él te mantendrá firme; nunca dejará que caiga el hombre que le obedece" (Sal 55,2-3.6-8.13-15.17-19.23).
Seguro que muchos hemos escuchado estas palabras que corresponden a un bonito canto de la Hermana Glenda, o bien hemos podido leer la mayoría de ellas en el libro del profeta Jeremías (20,7-9). Y es que esta es la experiencia de aquellos que han quitado de su corazón todo lo que estorba para encontrar a Dios dentro de él. Muchas veces buscamos lo que no existe y, en cambio, pasamos al lado de un tesoro y no lo vemos. Como decía el Hermano San Rafel, esto nos pasa con Dios cuando le buscamos en la vida de abstracción, en la lectura, en una maraña de cosas que a nosotros nos parecen mejores cuanto más complicadas; sin embargo, a Dios le llevamos dentro y ahí no le buscamos. Todo es sencillo y simple, y eso está a nuestro alcance.
"Tú, Señor, eres todo lo que tengo; he prometido poner en práctica tus palabras. De todo corazón he procurado agradarte; trátame bien, conforme a tu promesa. Me puse a pensar en mi conducta y volví a obedecer tus mandatos. Me he dado prisa, no he tardado en poner en práctica tus mandamientos. Me han rodeado con trampas los malvados, pero no me he olvidado de tu enseñanza. A medianoche me levanto a darte gracias por tus justos decretos. Yo soy amigo de los que te honran y de los que cumplen tus preceptos. Señor, la tierra está llena de tu amor; ¡enséñame tus leyes! (Sal 119,57-64).
Jeremías, el seducido por el Señor, tuvo que tomar partido frente a los acontecimientos de su época, como profeta de Dios, ocasionándole innumerables padecimientos (Jer 38,1-13) esta firme toma de posición. En las dos primeras décadas de su actividad profética, su principal preocupación fue lograr que Israel tomara conciencia de sus pecados. De ahí la insistencia con que el profeta denuncia la mentira, la violencia, la injusticia con el prójimo, la dureza de corazón y, sobre todo, el pecado que está en la raíz de todos estos males: el abandono de Dios (Jer 2,13; 9,3). En lugar de mantenerse fiel al Señor, que lo había liberado de la esclavitud en Egipto, el pueblo le dio la espalda (Jer 2,27; 7,24), lo abandonó (Jer 2,19) y se prostituyó sirviendo a otros dioses (Jer 3,1; 13,10). Esta infidelidad a la alianza debía traer como consecuencia inevitable el juicio divino. Por eso, al mismo tiempo que condenaba la gravedad del pecado y llamaba a la conversión, Jeremías anunció la inminencia del desastre, y hasta se atrevió a predecir públicamente la destrucción del Templo de Jerusalén (Jer 7,14).
Esta predicación de Jeremías, especialmente después de la muerte del rey Josías, encontró una resistencia cada vez más obstinada por parte de sus compatriotas (Jer 11,18-19). El pueblo y sus gobernantes no atinaban a encontrar el verdadero camino, y ni siquiera eran capaces de reaccionar cuando la voz de los profetas los llamaba a la reflexión. La experiencia de este rechazo, repetida una y otra vez, hizo que Jeremías se interrogara dolorosamente sobre el porqué de aquella resistencia a la Palabra de Dios. La expresión más conmovedora de estas dolorosas experiencias son las llamadas "Confesiones de Jeremías" (Jer 15,20-21; 17,14-18; 18,18-23; 20,7-8) que tienen algunas semejanzas con los Salmos de lamentación. Su lectura deja entrever la sinceridad y profundidad del diálogo que el profeta mantuvo con el Señor en sus momentos de crisis. Jeremías expresa su decepción y amargura por los innumerables sufrimientos que le había supuesto el cumplimiento de su misión, y las respuestas que le da el Señor resultan a primera vista desconcertantes: unas veces le responde con nuevas preguntas, y otras le da a entender que las pruebas aún no han terminado y que deberá afrontar otras todavía más duras. Así el Señor le fue revelando poco a poco que el sufrimiento por la fidelidad a la Palabra es inseparable del ministerio profético.
"Dios mío, escucha mi oración; no desatiendas mi súplica. Hazme caso, contéstame; en mi angustia te invoco... Me ha entrado un temor espantoso; ¡estoy temblando de miedo!, y digo: Ojalá tuviera yo alas como de paloma; volaría entonces y podría descansar. Volando me iría muy lejos; me quedaría a vivir en el desierto... No me ha ofendido un enemigo, cosa que yo podría soportar; ni se ha alzado contra mí el que me odia, de quien yo podría esconderme. ¡Has sido tú, mi propio camarada, mi más íntimo amigo, con quien me reunía en el templo de Dios para conversar amigablemente, con quien caminaba entre la multitud!... Pero yo clamaré a Dios; el Señor me salvará. Me quejaré y lloraré mañana, tarde y noche, y Él escuchará mi voz. En las batallas me librará, y me salvará la vida, aunque sean muchos mis adversarios... Deja tus preocupaciones al Señor y Él te mantendrá firme; nunca dejará que caiga el hombre que le obedece" (Sal 55,2-3.6-8.13-15.17-19.23).
lunes, 24 de agosto de 2009
BUSCANDO A DIOS
Aquellos que desean servir a Dios de verdad no están luchando para "triunfar" o buscar seguridad en esta tierra, ya que lo único que quieren es conocer a su Señor y así poder servirle con todo el corazón. La medida del éxito de Dios en nuestra vida se encuentra en el tiempo que pasamos buscando su rostro y sirviéndole en los demás. Nuestra vida es un éxito cuando estamos ante el trono de Dios.
Pensemos en los cien profetas que Abdías escondió (1 Reyes 18,4), en tiempos de Elías, durante una terrible hambruna. Vivieron aislados en cuevas durante varios años y no pudieron desarrollar su ministerio; estaban completamente fuera del alcance y de la vista del pueblo, olvidados por la mayoría. Ni siquiera pudieron compartir la victoria de Elías en el Monte Carmelo; sin duda, el mundo los llamaría fracasados, hombres insignificantes que no lograron nada.
Aún así, Dios les había dado a estos siervos auténticos el regalo precioso del tiempo. Ellos tuvieron días, semanas e incluso años para orar, estudiar, crecer y servir al Señor con todo el corazón. ¡Qué maravillosos son los planes de nuestro Dios! Él les estaba preparando para el día en que serían liberados para servir al pueblo y llevar a cabo su misión. De hecho, estos mismos hombres habrían de pastorear a aquellos que volvieron a Dios como consecuencia del ministerio del profeta Elías.
Desde hace meses, el Señor me está bendiciendo con este regalo del tiempo. No tengo agenda, ni planes, ni sueños. Solo deseo llegar a conocer el corazón de Dios; por eso dedico la mayor parte del tiempo a orar diariamente, sirviendo al Señor y buscando su rostro en la intimidad. Leo mucho y escribo bastante. Estoy escondido, nadie me ve, pero Dios siempre sabe dónde estoy. Pasé un tiempo buscando ministerios, misiones, tareas que poder hacer; ahora, en lugar de eso, paso mi tiempo buscando a Dios. Él sabe donde encontrarme y me enviará cuando vea que estoy listo. Ya me he olvidado de lo que otros están haciendo, ahora lucho por ser un éxito delante del trono de Dios. Si servimos al Señor y oramos por los demás, ya somos un éxito ante sus ojos.
Hoy como nunca la humanidad necesita de santos. Estamos llamados a ser los santos del tercer milenio que buscan a Dios como prioridad absoluta. El mundo actual no requiere de teólogos sabios, científicos ilustres o humanistas inteligentes. Nuestra tarea principal es la conversión diaria a través de la oración, la penitencia y el sacrificio, la participación frecuente de los sacramentos. Esto nos llevará a pensar menos en nosotros mismos y pensar más en Dios y en los demás. Así iremos poco a poco viviendo las virtudes de la Santísima Virgen, aquella que siempre supo decir a Dios: "Aquí está la esclava del Señor. ¡Hágase en mí según tu Palabra!" (Lucas 1,38).
Pensemos en los cien profetas que Abdías escondió (1 Reyes 18,4), en tiempos de Elías, durante una terrible hambruna. Vivieron aislados en cuevas durante varios años y no pudieron desarrollar su ministerio; estaban completamente fuera del alcance y de la vista del pueblo, olvidados por la mayoría. Ni siquiera pudieron compartir la victoria de Elías en el Monte Carmelo; sin duda, el mundo los llamaría fracasados, hombres insignificantes que no lograron nada.
Aún así, Dios les había dado a estos siervos auténticos el regalo precioso del tiempo. Ellos tuvieron días, semanas e incluso años para orar, estudiar, crecer y servir al Señor con todo el corazón. ¡Qué maravillosos son los planes de nuestro Dios! Él les estaba preparando para el día en que serían liberados para servir al pueblo y llevar a cabo su misión. De hecho, estos mismos hombres habrían de pastorear a aquellos que volvieron a Dios como consecuencia del ministerio del profeta Elías.
Desde hace meses, el Señor me está bendiciendo con este regalo del tiempo. No tengo agenda, ni planes, ni sueños. Solo deseo llegar a conocer el corazón de Dios; por eso dedico la mayor parte del tiempo a orar diariamente, sirviendo al Señor y buscando su rostro en la intimidad. Leo mucho y escribo bastante. Estoy escondido, nadie me ve, pero Dios siempre sabe dónde estoy. Pasé un tiempo buscando ministerios, misiones, tareas que poder hacer; ahora, en lugar de eso, paso mi tiempo buscando a Dios. Él sabe donde encontrarme y me enviará cuando vea que estoy listo. Ya me he olvidado de lo que otros están haciendo, ahora lucho por ser un éxito delante del trono de Dios. Si servimos al Señor y oramos por los demás, ya somos un éxito ante sus ojos.
Hoy como nunca la humanidad necesita de santos. Estamos llamados a ser los santos del tercer milenio que buscan a Dios como prioridad absoluta. El mundo actual no requiere de teólogos sabios, científicos ilustres o humanistas inteligentes. Nuestra tarea principal es la conversión diaria a través de la oración, la penitencia y el sacrificio, la participación frecuente de los sacramentos. Esto nos llevará a pensar menos en nosotros mismos y pensar más en Dios y en los demás. Así iremos poco a poco viviendo las virtudes de la Santísima Virgen, aquella que siempre supo decir a Dios: "Aquí está la esclava del Señor. ¡Hágase en mí según tu Palabra!" (Lucas 1,38).
martes, 21 de abril de 2009
¿QUE SERIA DE MI?
Cuántas veces me he hecho esta pregunta estando en la presencia del Señor y orando con un corazón lleno de agradecimiento y asombro: ¿qué sería de mí fuera de ti, Señor?
Como dice la letra de una bonita canción del cantautor protestante Jesús Adrián Romero: "¿qué sería de mí si no me hubieras alcanzado? ¿dónde estaría hoy si no me hubieras perdonado? Tendría un vacío en mi corazón, vagaría sin rumbo, sin dirección. Si no fuera por tu gracia y por tu amor, sería como un pájaro herido que se muere en el suelo. Sería como un ciervo que brama por agua en un desierto, si no fuera por tu gracia y por tu amor."
A veces he intentado imaginar cómo sería mi vida si el amor de Dios no me hubiera alcanzado, pero prefiero no pensar dónde estaría hoy sin haber conocido la misericordia del Señor. Si no fuera por su amor, mi vuelo se habría estrellado en el suelo como el de un pájaro herido. Si no fuera por su gracia, mis gritos silenciosos por encontrar agua en el desierto habrían acabado con mis propias fuerzas.
Cuando contemplo la cruz de Cristo todo resulta más claro y descubro a cada paso lo que un día cambió mi vida por completo; el amor de Dios es una decisión tomada hace siglos por mi. Ese amor no cambiará nunca y yo no puedo ganármelo porque ya fue entregado en la cruz. Es verdad que no soy digno, pero nunca lo voy a ser; es verdad que no lo merezco, pero nadie lo puede merecer. Dice un versículo de la Biblia: "Aunque las montañas cambien de lugar, mi amor por ti no cambiará" (Is 54,10). Al mirar una cruz descubrí que no es algo por lo que debía sentirme culpable, sino profundamente agradecido; porque no fue por mi culpa, sino por su gracia y por su amor.
El Domingo pasado hemos celebrado la fiesta de la Misericordia Divina y es éste un buen momento para recordar las palabras de Jesús a Santa María Faustina Kowalska: "Mi Misericordia es más grande que todas las miserias de tu alma y las del mundo entero. Por tu alma bajé del Cielo a la tierra, me dejé clavar en la Cruz y permití que mi Sagrado Corazón fuera abierto por una lanza, para así poder abrir la Fuente de mi Misericordia."
¿Qué sería de mí, Señor, si no me hubieras perdonado? ¿Qué sería de mí, Señor, si tu amor no me hubiera alcanzado? Gracias, Señor, por tu gran misericordia y fidelidad. Si no fuera por tu gracia y por tu amor, ¿qué sería de mí...?
Como dice la letra de una bonita canción del cantautor protestante Jesús Adrián Romero: "¿qué sería de mí si no me hubieras alcanzado? ¿dónde estaría hoy si no me hubieras perdonado? Tendría un vacío en mi corazón, vagaría sin rumbo, sin dirección. Si no fuera por tu gracia y por tu amor, sería como un pájaro herido que se muere en el suelo. Sería como un ciervo que brama por agua en un desierto, si no fuera por tu gracia y por tu amor."
A veces he intentado imaginar cómo sería mi vida si el amor de Dios no me hubiera alcanzado, pero prefiero no pensar dónde estaría hoy sin haber conocido la misericordia del Señor. Si no fuera por su amor, mi vuelo se habría estrellado en el suelo como el de un pájaro herido. Si no fuera por su gracia, mis gritos silenciosos por encontrar agua en el desierto habrían acabado con mis propias fuerzas.
Cuando contemplo la cruz de Cristo todo resulta más claro y descubro a cada paso lo que un día cambió mi vida por completo; el amor de Dios es una decisión tomada hace siglos por mi. Ese amor no cambiará nunca y yo no puedo ganármelo porque ya fue entregado en la cruz. Es verdad que no soy digno, pero nunca lo voy a ser; es verdad que no lo merezco, pero nadie lo puede merecer. Dice un versículo de la Biblia: "Aunque las montañas cambien de lugar, mi amor por ti no cambiará" (Is 54,10). Al mirar una cruz descubrí que no es algo por lo que debía sentirme culpable, sino profundamente agradecido; porque no fue por mi culpa, sino por su gracia y por su amor.
El Domingo pasado hemos celebrado la fiesta de la Misericordia Divina y es éste un buen momento para recordar las palabras de Jesús a Santa María Faustina Kowalska: "Mi Misericordia es más grande que todas las miserias de tu alma y las del mundo entero. Por tu alma bajé del Cielo a la tierra, me dejé clavar en la Cruz y permití que mi Sagrado Corazón fuera abierto por una lanza, para así poder abrir la Fuente de mi Misericordia."
¿Qué sería de mí, Señor, si no me hubieras perdonado? ¿Qué sería de mí, Señor, si tu amor no me hubiera alcanzado? Gracias, Señor, por tu gran misericordia y fidelidad. Si no fuera por tu gracia y por tu amor, ¿qué sería de mí...?
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