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miércoles, 27 de abril de 2011

CAMINO DE EMAUS

"Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo" (Lc 24,13-16).

Parece que estos hombres, seguidores de Jesús que no eran del grupo de los Once, han perdido la fe y la esperanza en el Señor porque se alejan del núcleo de los apóstoles. Salen de Jerusalén desalentados y desean caminar unos once kilómetros para llegar hasta Emaús lo antes posible. Sin embargo, en medio de la prueba, es el Señor mismo quien aparecerá y tendrá la paciencia de reconducirlos nuevamente aunque ellos no advertirán que se trata del Resucitado hasta el momento de la fracción del pan, cuando experimentan que su corazón arde y pueden descubrir a Aquel que les ha mostrado su amor en la cruz.

Una vez que percibimos el fuego que ha puesto en nuestra alma, Él desea que le llamemos libremente para rogarle que se quede con nosotros "porque atardece y el día va de caída" (Lc 24,29). Hemos de pedirle que se quede con nosotros y es entonces cuando debemos estar dispuestos a levantarnos al momento y volver a Jerusalén, al núcleo de los apóstoles (Lc 24,33); de lo contrario, se hará tarde, se acabará el día y empezará la noche.

En este tiempo de Pascua pidamos al Señor la gracia de amar y hacer amar a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, de manera que unidos en la fe de los apóstoles perseveremos en la alegría de Cristo Resucitado, cuya gloria está en la tierra y en todos los que viven su fe de par en par. ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!

lunes, 14 de marzo de 2011

LA AUTORIDAD JERARQUICA

Parece que cada día está más de moda afirmar que la Iglesia debería ser más democrática; afirmaciones como "otra Iglesia es posible", "el modelo jerárquico de Iglesia es cosa del pasado" y otras similares se nos presentan como ideas modernas y progresistas que deben dar paso a una Iglesia diferente a la actual. Sin embargo, los que así piensan -no pocos teólogos y creyentes- parece que no han caído en la cuenta de que la Iglesia de Jesucristo lleva funcionando más de 2000 años según el deseo y la voluntad de Aquel que la instituyó. Cualquier intento por diluir el verdadero sentido comunitario de la Iglesia universal a favor de un modelo supuestamente más democrático es un grave error.

Juan Pablo II afirmó: "La estructura de la Iglesia no puede ser concebida siguiendo modelos políticos simplemente humanos. Su constitución jerárquica se fundamenta en la voluntad de Cristo y, como tal, forma parte del depósito de la fe, que debe ser conservado y transmitido integralmente a través de los siglos." La afirmación del Santo Padre ante los miembros de la Congregación para el Clero, hace algunos años, no deja lugar a dudas. Existe una igualdad básica entre todos los miembros de la Iglesia como hijos de Dios; sin embargo, "el carisma de gobierno para discernir el camino de la comunidad es tarea exclusiva del obispo o del párroco en la parroquia" (Prefecto de la Congregación para el Clero).

En la Epístola a los efesios, San Pablo dio un paso importante al subrayar el papel decisivo de la Iglesia en la determinación de la verdad como factor de unidad entre los discípulos de Cristo, frente a los ataques de la unidad de la Iglesia (Ef 4,3-6.13) y la insubordinación a la autoridad legítima de la Iglesia (Ef 2,20-22). La autoridad jerárquica de la Iglesia fue un aspecto de gran relevancia de la respuesta paulina. Las Cartas pastorales están repletas de referencias a cargos de gobierno en la Iglesia: obispos, presbíteros y diáconos (1 Tim 3,1-7; 8-13; 5,17-23; Tt 1,5-9). El orden comunitario comienza a ser designado no ya por la comunidad sino por sus dirigentes (1 Tim 4,14; 5,22).

La autoridad está presente en todos los ámbitos de la vida social; sin embargo, la tiranía del consenso parece querer entrar con fuerza en la Iglesia. Este fenómeno, producto del relativismo cultural dominante, va acompañado de una voluntad de coacción para que la Iglesia sea lo que no es. Imponer un sistema democrático solo sería la primera excusa para imponer otras desviaciones de tipo doctrinal o moral. En definitiva, lo que está en juego es querer que la Iglesia sea como cada uno quiera, en vez de como la ha querido Jesucristo. Y es que la Iglesia no se pertenece. Juan Pablo II habló, citando a San Pablo, del depósito de la fe: nadie, ni dentro ni fuera de la Iglesia, puede atentar contra ese depósito ni pretender que la Iglesia navegue al viento de las modas sociales, porque se traicionaría a sí misma.

Como dijo alguien en una ocasión, prefiero mil veces una Iglesia perseguida a una Iglesia negociada.

viernes, 21 de enero de 2011

ECUMENISMO

La unidad es la perfección del amor. Por esto, Jesucristo ha querido que su Iglesia fuese una para hacer de ella el sacramento del Amor de Dios a los hombres. Si en el curso de los siglos, la Iglesia ha sido lacerada muchas veces por divisiones que han llevado a muchos de sus hijos a separarse de ella, el Señor le ha dado el singular privilegio de su unidad interior por medio de la Eucaristía.

"La caridad de Dios hacia nosotros se manifestó en que el Hijo Unigénito de Dios fue enviado al mundo por el Padre, para que, hecho hombre, regenerara a todo el género humano con la redención y lo redujera a la unidad. Cristo, antes de ofrecerse a sí mismo en el ara de la cruz, como víctima inmaculada, oró al Padre por los creyentes, diciendo: `Que todos sean uno, como Tú, Padre, estás en mi y yo en tí, para que también ellos sean en nosotros, y el mundo crea que Tú me has enviado´, e instituyó en su Iglesia el admirable sacramento de la Eucaristía, por medio del cual se significa y se realiza la unidad de la Iglesia" (Decreto Unitatis Redintegratio, 2).

Los principios católicos del ecumenismo fueron formulados por el Concilio Vaticano II en 1964 (Decreto sobre el Ecumenismo, I,4). Se pueden resumir en tres:

1- Cristo estableció su Iglesia sobre los Apóstoles y sus sucesores apostólicos, cuya cabeza visible y principio de unidad es Pedro y sus sucesores, los obispos de Roma.
2- Desde el primer siglo han existido divisiones entre los cristianos pero estos son en algún grado miembros de la Iglesia aunque no estén en comunión plena con ella. Poseen en diferentes grados la plenitud de gracia disponible en la Iglesia Católica.
3-Los católicos deben hacer todo lo posible para fomentar el movimiento ecuménico dentro de la verdad.

Buscar la unidad de los cristianos es el deber de cada bautizado por dos razones: la unidad es una exigencia del Evangelio y la unidad es una condición para que todos crean.

«En virtud de la fe que nos acomuna, nosotros los cristianos, todos, tenemos la obligación, cada uno según su propia vocación, de recomponer la plena comunión, "tesoro" precioso que nos dejó Cristo»... «Es necesario cultivar entre los cristianos un amor comprometido en superar las divergencias; es necesario esforzarse por superar toda barrera con la oración incesante, con el diálogo perseverante y con una fraterna y concreta cooperación a favor de los más pobres y necesitados» (Juan Pablo II, 22-I-2003).


¡Que todos sean uno! (enlace al artículo)
Ut Unum sint (enlace a la Encíclica)

jueves, 25 de noviembre de 2010

LEVANTATE Y ANDA

Cuántas veces nos encontramos como el paralítico del Evangelio (Jn 5,1-18) que no consigue salir de su situación por sus propios medios y que, al mismo tiempo, a su alrededor no hay más que enfermos, ciegos, cojos y tullidos. Sin embargo, cuando llega Jesús y le permite acercarse a él las cosas empiezan a cambiar. El Señor nos está ofreciendo andar, pero somos nosotros quienes debemos levantarnos. Su Palabra nos está confrontando a cada uno de nosotros: levantarnos por fe y salir de esta situación o quedarnos como estamos compadeciéndonos de nosotros mismos.

Nos cuesta tanto creer que en medio de nuestro abatimiento, debilidad y pecado es Dios quien nos sigue amando y llamando para levantarnos, sanarnos y perdonarnos. Necesitamos la fe de un niño para aceptar este amor y decirle: "¡Por tu Palabra, me levantaré y caminaré contigo, Señor!

La Iglesia de Jesucristo necesita regresar al Cenáculo en oración, con María, para poder levantarse en el poder del Espíritu Santo y salir al mundo a testificar que Cristo vive. En medio de la persecución debe promover la vida en el Espíritu para que nada ni nadie logren apagar el fuego que la mantiene encendida como luz del mundo (Mt 5,14). Es necesario reavivar la zarza ardiente del Espíritu Santo que dio a luz a la Iglesia el día de Pentecostés. Un Pentecostés no solo de un momento, de un día, sino un Pentecostés permanente, según la intuición de la beata Elena Guerra quien, al final del siglo XIX, urgió al Papa León XIII a conducir a la Iglesia de vuelta al Cenáculo.

El viento del Espíritu está soplando con fuerza, ¿no escuchas su voz? El fuego del Espíritu quiere purificar, quemar y encender nuestros corazones, ¿no experimentas su poder? Pueblo de Dios, ¡levántate y anda! "¡Pues éste es el tiempo favorable; éste es el día de la salvación!" (2 Cor 6,2).

martes, 24 de agosto de 2010

DOMINUS IESUS

Se han cumplido diez años de la Declaración Dominus Iesus, elaborada por la Congregación para la Doctrina de la Fe; un documento polémico pero, una vez más, acertado.

El documento pretendía responder a una pregunta que se había formulado en el dicasterio vaticano: si Cristo es un profeta más y todas las religiones son iguales, ¿qué sentido tiene entonces el Evangelio y la Iglesia? En respuesta a esta pregunta, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó la Declaración, en la que se reafirma el carácter único y universal de la salvación traída por Cristo. Como explicó entonces el Prefecto de la Congregación, Cardenal Ratzinger, el documento afrontaba un tema de gran importancia y que sin duda iba a doler en la sociedad actual (incluido el mundo de las religiones): el relativismo.

La "teología del pluralismo religioso" es la expresión teológica de dicho relativismo, por la que esta Declaración fue tan necesaria y está resultando tan profética para estos tiempos que nos toca vivir. Merece la pena leerla despacio y meditando cada frase, de manera que no perdamos nunca de vista que Jesucristo es el único y universal Salvador que nos ha dejado su Iglesia (una, santa, católica y apostólica) como instrumento de salvación para todos los hombres y mujeres de todos los tiempos.

Fuente: Catholic.net (enlace)

sábado, 26 de junio de 2010

EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA


Aquellos que amamos a Dios de verdad, debemos también amar a su Iglesia incondicionalmente; por este motivo, confiamos en el Magisterio de la Iglesia Católica, sin matices. Creemos que es apto para todos los públicos, sin excepción.

Decimos que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo; es decir, el medio para nuestra salvación. El Señor Jesús le mostró a Saulo que, persiguiendo a la Iglesia le estaba persiguiendo a Él mismo (Hch 9). Si escuchamos y acogemos lo que la Iglesia nos dice, escuchamos y acogemos la Palabra de Cristo; si rechazamos lo que nos dice, rechazamos a Cristo mismo (Lc 10,16).

Lo que es extremadamente penoso es el hecho de que muchos Sacerdotes, antes que confiarse humildemente al Magisterio infalible de la Iglesia, erigiéndose con presunción en maestros, se han coaligado con los enemigos de la verdad y se han vuelto responsables de la difusión de no pocas herejías con gran daño para las almas.

Los Santos Padres, los santos y grandes Doctores de la Iglesia jamás se hubieran permitido disentir del juicio autorizado de los que por el Querer divino son los únicos custodios e intérpretes legítimos del Patrimonio de la Revelación; en otras palabras, nunca habrían contestado el legítimo Magisterio de la Iglesia, única Maestra, Custodia e Intérprete de la Divina Palabra. Es clara y manifiesta mala fe, no justificable en ninguno y mucho menos en los Pastores, Sacerdotes y consagrados en general, el afirmar que la Palabra de Dios, como Dios eterno e inmutable, pueda ser adaptada a tiempos mudables, como mudables son los hombres a todo rumor de viento.

Sean quienes sean, teólogos, Pastores o Sacerdotes, que no quieren o no aceptan el Magisterio de la Iglesia se ponen ellos mismos fuera de la Iglesia. No tiene importancia el prestigio, la dignidad ni el cargo que ellos desempeñan; "Quien no está Conmigo está contra Mí" y "quien está contra Mí no tiene parte Conmigo".

En la defensa de la verdad y de la doctrina debemos apoyarnos en la Sagrada Escritura y en la Tradición apostólica, ya que constituyen un solo depósito sagrado de la Palabra de Dios y encomendado a la Iglesia, a los Obispos en comunión con el sucesor de Pedro, para su interpretación por medio del Magisterio. Para que se transmitiera sin error la Palabra de Dios, oral o escrita, Jesús instituyó el Magisterio o la enseñanza de la Iglesia que se lleva a cabo en su Nombre por los Pastores en comunión con el Papa. Los errores prácticos y las incoherencias de los creyentes no invalidan la verdad de una doctrina. Desde el plano del conocimiento algo es verdadero o es falso, y luego viene el plano subjetivo de la conducta que puede ser coherente o no serlo. En concreto, la Iglesia tiene asegurada la asistencia de Dios para proponer la verdad, pero no el buen comportamiento de los fieles ni el éxito social.

Si la enseñanza de la Iglesia acerca de un tema concreto está en un punto y nuestros corazones están en otro punto, ¡quizá el problema no es la enseñanza de la Iglesia! Tal vez el problema es nuestra dureza de corazón. Hoy escuchamos su voz: “no endurezcáis vuestro corazón”. No tengamos miedo de admitir que hemos fallado y que hemos pecado. La misericordia de Dios ha sido dada y debemos confiar en esa misericordia. Solo hay un pecado que deberíamos temer, solo uno: el rechazo a admitir el pecado, porque el rechazo a admitir el pecado es el único pecado que no se puede perdonar. Jesús lo llamó la blasfemia al Espíritu Santo. Cuando nosotros blasfemamos contra el Espíritu Santo estamos diciendo: “no he pecado, no tengo necesidad de que el Espíritu Santo me perdone ningún pecado.” No tengamos miedo de admitir un millón de pecados, únicamente tengamos miedo de justificar el pecado con falsas razones. Confiemos en la misericordia de Dios. Él no está contra nosotros, Él quiere salvarnos.

El sentido último del Magisterio de la Iglesia es transmitir la verdad de Cristo, que implica también la verdad moral. Al proponer las verdades morales racionales el Magisterio no hace otra cosa que desempeñar su misión de salvación; y no podría sanar y salvar al hombre si no lo hiciera así. La Iglesia debe salvar al hombre entero, incluida su racionalidad ya que la racionalidad del hombre es una racionalidad llagada, es decir, afectada por la herida del error y la ignorancia. El Magisterio devuelve, así, a la razón práctica su relación originaria con la verdad.

Los que niegan al Magisterio autoridad para hablar y ordenar con autoridad en cuestiones de moral sostienen el viejo prejuicio que supone la recíproca exclusión entre la fe y la razón; de este modo, reducida la competencia del Magisterio a la sola fe, la razón debería proceder autónomamente en la elaboración de sus normas. Pero esta presentación de la relación entre razón y fe es falsa y no puede sostenerse católicamente, como ha enseñado Juan Pablo II (Veritatis Splendor, 36-ss.). Si bien en la Revelación se encuentran normas morales concretas, sin embargo, puede legítimamente presumirse que en ella Dios no nos ha enseñado explícitamente todas las normas morales determinadas racionalmente cognoscibles, ya que Dios no se sustituye a la causalidad de las personas creadas. Corresponde, pues, a quien Dios mismo da autoridad para hacerlo -es decir, al Magisterio-, dar las normas puntuales según la necesidad de los tiempos.

La relación entre el Magisterio y la conciencia personal es análoga a la que media entre la luz y los ojos: nuestros ojos no ven si no hay luz y nuestra conciencia camina a oscuras sin la guía de una autoridad superior que la forme y la ilumine. Por eso, “la autoridad de la Iglesia, que se pronuncia sobre las cuestiones morales, no menoscaba de ningún modo la libertad de conciencia de los cristianos; no sólo porque la libertad de conciencia no es nunca libertad ‘con respecto a’ la verdad, sino siempre y sólo ‘en’ la verdad, sino también porque el Magisterio no presenta verdades ajenas a la conciencia cristiana, sino que manifiesta las verdades que ya debería poseer, desarrollándolas a partir del acto originario de la fe. La Iglesia se pone sólo y siempre al servicio de la conciencia, ayudándola a no ser zarandeada aquí y allá por cualquier viento de doctrina según el engaño de los hombres (Ef 4,14), a no desviarse de la verdad sobre el bien del hombre, sino a alcanzar con seguridad, especialmente en las cuestiones más difíciles, la verdad y a mantenerse en ella” (Veritatis Splendor, 64). Por eso decía el Papa Juan Pablo II que “el Magisterio de la Iglesia ha sido instituido por Cristo el Señor para iluminar la conciencia”, y que por eso “apelar a esta conciencia precisamente para contestar la verdad de cuanto enseña el Magisterio, comporta el rechazo de la concepción católica de Magisterio y de la conciencia moral”. El Magisterio de la Iglesia ha sido dispuesto por el amor redentor de Cristo para que la conciencia sea preservada del error y alcance siempre más profunda y certeramente la verdad que la dignifica. Al equiparar las enseñanzas del Magisterio con cualquier otra fuente de conocimiento (por ejemplo, la propia conciencia o la opinión de los teólogos) se banaliza el Magisterio y hace inútil el sacrificio redentor de Cristo.

¿No será que está sucediendo lo que San Pablo ya anunció en su segunda Carta a Timoteo? "Va a llegar el tiempo en que la gente no soportará la sana enseñanza; más bien, según sus propios caprichos, se buscarán un montón de maestros que solo les enseñen lo que ellos quieran oír" (4,3). Es por eso que necesitamos escuchar y acoger las palabras que el Papa Juan Pablo II dijo cuando aseguró que en esta época de grandes transformaciones el mundo necesita “hombres de fe viva, con la mirada fija en Dios, verdaderos apóstoles del bien, de la verdad y del amor que preparen los caminos de la nueva evangelización”.

viernes, 21 de mayo de 2010

FATIMA Y LA IGLESIA

Las declaraciones del Santo Padre Benedicto XVI acerca de la misión profética de Fátima y de su vigencia actual, con motivo de su viaje a Portugal, han sido muy esclarecedoras:

"Se engañaría quien pensase que la misión profética de Fátima haya concluido", fue parte de la homilía en el Santuario de Fátima el día 13 de mayo.

" ...es verdad que además del momento indicado en la visión, se habla, se ve la necesidad de una pasión de la Iglesia, que naturalmente se refleja en la persona del Papa, pero el Papa está por la Iglesia y, por tanto, son sufrimientos de la Iglesia los que se anuncian", fue parte de una de las respuestas del Papa a los periodistas en el vuelo Roma-Lisboa del día 12 de mayo, acerca del tercer Secreto de Fátima.

A raíz de todo lo que ha ido aconteciendo en relación con el escándalo de los pecados de pederastia, el Papa ha dicho que se acerca la Pasión de la Iglesia y que los peores enemigos se encuentran en su interior y no fuera de ella. Parece ser que el asunto de Fátima, por tanto, no es caso cerrado todavía. Es una realidad que pocos días después de hacerse público el tercer Secreto de Fátima, en el mes de junio del año 2000, varias voces se levantaron dentro de la Iglesia y fuera de ella para expresar algunas dudas de que lo publicado fuera el tercer Secreto en su totalidad.

En 1944 la Hermana Lucía puso por escrito el texto del Secreto, en 1960 debió haberse revelado al mundo y en el año 2000 se hizo público. Los 40 años de silencio parecían dar a entender que su contenido estaba en la línea de una seria advertencia motivada por una grave crisis de fe en la Iglesia. Las palabras del Santo Padre en su viaje a Fátima nos confirman que está por cumplirse el camino del Calvario por el que la Iglesia debe pasar, al igual que Cristo tuvo que recorrer y atravesar el Viernes Santo para resucitar glorioso el Domingo de Resurrección. Sólamente así puede darse la purificación y renovación del Cuerpo Místico de Cristo.

Mensajes de la Virgen María al P. Gobbi, fundador del Movimiento Sacerdotal Mariano:

“Mi tercer secreto que Yo revelé a los tres niños a quienes me aparecí… será manifestado a todos por el mismo desarrollo de los acontecimientos. La Iglesia conocerá la hora de su mayor apostasía, el hombre de iniquidad se introducirá en el interior de ella y se sentará en el mismo Templo de Dios… La humanidad vivirá el momento de su gran castigo”
(13 de mayo de 1990).

“Las fuerzas masónicas han entrado en la Iglesia de manera disimulada y oculta, y han establecido su cuartel general en el mismo lugar donde vive y trabaja el Vicario de mi hijo Jesús... Se está realizando cuanto está contenido en la tercera parte de mi mensaje…” (13 de mayo de 1993).

“En el mismo lugar donde me aparecí, quiero manifestaros mi secreto. Mi secreto concierne a la Iglesia. En la Iglesia se llevará a cabo la gran apostasía, que se difundirá por todo el mundo; el cisma se realizará en el general alejamiento del Evangelio y de la verdadera fe. En ella entrará el hombre de iniquidad, que se opone a Cristo, y que llevará a su interior la abominación de la desolación, dando así cumplimiento al horrible sacrilegio, del cual habló el profeta Daniel (Mt 24, 15). Mi secreto concierne a la humanidad. La humanidad llegará al culmen de la corrupción y de la impiedad, de la rebelión contra Dios y de la abierta oposición a su Ley de amor. Ella conocerá la hora de su mayor castigo, que ya os predijo el profeta Zacarías (Zac 13, 7-9)" (11 de marzo de 1995).

Para finalizar, unas palabras de hace 10 años del entonces Cardenal J. Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con motivo del comentario teológico para la interpretación del Secreto de Fátima:

"El fiat de María, la palabra de su corazón, ha cambiado la historia del mundo, porque ella ha introducido en el mundo al Salvador, porque gracias a este sí Dios pudo hacerse hombre en nuestro mundo y así permanece ahora y para siempre. El maligno tiene poder en este mundo, lo vemos y lo experimentamos continuamente; él tiene poder porque nuestra libertad se deja alejar continuamente de Dios. Pero desde que Dios mismo tiene un corazón humano y de ese modo ha dirigido la libertad del hombre hacie el bien, hacia Dios, la libertad hacia el mal ya no tiene la última palabra. Desde aquel momento cobran todo su valor las palabras de Jesús: padeceréis tribulaciones en el mundo, pero tened confianza; yo he vencido al mundo (Jn 16,33). El mensaje de Fátima nos invita a confiar en esta promesa."

lunes, 18 de enero de 2010

QUE TODOS SEAN UNO

"No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que creerán en mí por medio de su palabra, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en tí, que también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17,20-21).

Hoy comienza el octavario de oración por la unidad de los cristianos y creo que es un tiempo propicio para orar al Señor con todo el corazón por la unidad de los cristianos. Esta unidad a la que estamos llamados y que solo puede darse dentro del Cuerpo Mïstico de Cristo, la Iglesia, no puede ser jamás confundida con un falso ecumenismo o universalismo religioso, ya que la unidad solo puede ser auténtica si se asienta sobre la verdad.

En un mundo cada vez más globalizado en todos los sentidos, el relativismo se ha convertido en la nueva expresión de la intolerancia. El Papa Pablo VI dijo: "El arte del apostolado es arriesgado. La solicitud por acercarse a los hermanos no debe traducirse en una disminución de la verdad... Sólo el que es totalmente fiel a la doctrina de Cristo puede ser eficazmente apóstol. Y sólo el que vive con plenitud la vocación cristiana puede estar inmunizado de los errores con los que se pone en contacto."

La verdad plena se encuentra en Cristo, Él mismo es la verdad, y fue el mismo Cristo quien fundó su Iglesia (Mt 16,18-19) para que defendiera la verdadera fe desde sus primeros pasos, frente a errores y herejías que la falseaban. La Iglesia de Jesucristo es "columna y fundamento de la verdad" (1 Tim 3,15), y conservar "el depósito" (1 Tim 6,20; 2 Tim 1,12-14) de la fe es la misión que el Señor le confió y que ella realiza en todo tiempo, siendo especialmente importante y decisivo en este tiempo que nos toca vivir mantenerse fiel a dicho depósito; de tal manera que todo el Pueblo santo, unido a sus pastores, persevere constantemente en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, en la Eucaristía y en las oraciones (Hch 2,42), de modo que haya una particular concordia en conservar, practicar y profesar la fe recibida.

"También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas debo conducir: escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, bajo un solo pastor" (Jn 10,16). Hay que tener en cuenta el contexto en el que Jesús se encuentra diciendo estas palabras; se dirige a personas del pueblo judío, los primeros destinatarios de su predicación son las ovejas que pertenecen a "este redil". Sin embargo, se refiere a los que no pertenecemos al pueblo judío cuando habla de las "otras ovejas, que no son de este redil", y que también hemos llegado a formar parte de "un solo rebaño, bajo un solo pastor".

Por lo tanto, la voluntad de Dios es clara y ya fue definida por Aquel que instituyó la Iglesia, su única Iglesia: "Porque hemos sido todos bautizados en un solo Espíritu, para no formar más que un cuerpo entre todos: judíos y griegos, esclavos y libres" (1 Cor 12,13). Entonces, debemos poner "empeño en conservar la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz. Pues uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo" (Ef 4,3-5).

Jesucristo nos prometió que no nos dejaría huérfanos (Jn 14,18) y por eso envió su Espíritu Santo en Pentecostés, cuya primera obra y manifestación fue establecer la Iglesia Católica, donde pudiéramos encontrar nuestro refugio y baluarte ante las tormentas de esta vida. Dios nos ama tanto que no va a parar de buscarnos, tratando de alcanzarnos para traernos a su hogar, a la casa del Padre. Pido al Señor que cada creyente y cada hombre pueda experimentar la paz y la seguridad que supone saber que estamos en casa. ¡Bienvenido a casa!