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sábado, 29 de octubre de 2011

CONFUSION Y PERSEVERANCIA III

Estoy convencido de que nada sucede porque sí, ya que todo sirve para bien de los que aman a Dios y responde a los designios que el Señor tiene para nuestras vidas y para este mundo en el que vivimos. En este tiempo de confusión que nos toca vivir, estamos llamados a la perseverancia evangélica que cobra todo su sentido cuando hemos puesto nuestra mirada y toda nuestra existencia en el Corazón de Cristo. La Iglesia de Jesucristo que es asistida, guiada y conducida continuamente por el Espíritu Santo ha salido al paso en este tiempo por medio del legítimo sucesor de Pedro, el Papa Benedicto XVI, a través de la Carta Apostólica en forma de Motu Proprio Porta Fidei, con la que se convoca el Año de la Fe.

El Santo Padre es bien consciente de este tiempo difícil que nos toca vivir como cristianos; por eso, esta Carta Apostólica sale al paso de nuestra realidad como una invitación a la perseverancia y a la evangelización como medios para llevar a cabo nuestra tarea como discípulos de Cristo del tercer milenio. Por medio de este documento, el Papa desea confirmar en la fe a todos los hermanos que en el mundo entero se esfuerzan por ser coherentes con el llamado que han recibido a ser fieles al Señor por medio de su Iglesia.

Entre otras cosas, todas de gran interés y necesarias para una profunda reflexión personal y comunitaria, destacan la necesidad que los creyentes tenemos de una fe auténtica y genuina que oriente toda nuestra vida y lo que forma parte de ella; la vigencia y el gran valor que tiene el Concilio Vaticano II para una renovación constante de la Iglesia; la necesidad de una conversión permanente que nos lleve a anunciar al mundo el amor de Dios manifestado en Cristo, como un llamado urgente a profesar, celebrar y testimoniar la fe públicamente sin caer en el error de pensar que se trata de un hecho privado; la utilidad del Catecismo de la Iglesia Católica como uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II, para crecer en el conocimiento del contenido de nuestra fe cristiana y como instrumento de apoyo para la formación; recorrer y reactualizar la historia de la fe; la certeza de que no hay fe sin caridad, ni hay caridad sin fe; y el pleno convencimiento de que el mundo necesita hoy testigos auténticos de la fe apasionados por Jesucristo y que desean amar y hacer amar cada vez más a su Iglesia (leer documento completo).

¡Ahora es cuándo, éste es el tiempo!

miércoles, 19 de octubre de 2011

CONFUSION Y PERSEVERANCIA II

San Pablo, en su tercer viaje misionero que termina con su llegada a Jerusalén, se reúne con los pastores de la Iglesia de Éfeso para exhortarles y darles el último mensaje: “Estad alerta y recordad que durante tres años no dejé de aconsejar día y noche, con lágrimas, a cada uno de vosotros” (Hch 20,31). ¿Qué es lo que le preocupaba tanto al apóstol como para pasar tres años gimiendo por los efesios? ¿Qué asunto pudo sacudir tan profundamente a este hombre de oración y lleno de Dios?

Las advertencias del apóstol no fueron acerca del caos que podía ocurrir fuera de las puertas de la Iglesia; su preocupación no estaba en el adulterio, la decadencia moral, la persecución, la pobreza o la guerra. San Pablo amonestó a los efesios acerca de la cizaña en el interior de la casa de Dios y la oscuridad que propician aquellos que debieran ser luz, ejemplo y guía para los demás. “Por lo tanto, estad atentos y cuidad de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes para que cuidéis de la Iglesia de Dios, la cual compró él con su propia sangre. Sé que cuando me vaya vendrán otros que, como lobos feroces, querrán acabar con la Iglesia. Aun entre vosotros mismos se levantarán algunos que enseñarán mentiras para que los creyentes los sigan” (Hch 20,28-30).

La gran preocupación de San Pablo estaba en lo que él vio venir dentro de los muros de la Iglesia; lobos feroces que dividen al rebaño y esparcen las ovejas por medio del error y un evangelio distorsionado. Cuando esto sucede y los pastores no protegen al rebaño, los creyentes pierden el primer amor y se van alejando de Dios y de la verdad, tal y como Cristo advirtió a los propios efesios y que recoge el libro del Apocalipsis en uno de los siete mensajes a las Iglesias de la provincia de Asia: “... tengo una cosa contra ti, y es que has perdido tu amor del principio. Por eso, recuerda de dónde has caído, vuélvete a Dios... de lo contrario, iré donde ti y cambiaré tu candelero de su lugar. Eso haré si no te arrepientes” (Ap 2,4-5).

¿Dónde está hoy el discernimiento? ¿Dónde están los Jeremías que por amor a Dios y a su Iglesia se exponen como ciudad fortificada, como columna de hierro y como muralla de bronce? ¿Dónde se encuentran los centinelas que reciben la Palabra del Corazón de Dios y la comunican para restaurar todo lo que Satanás ha robado por medio del pecado? En la Misa solemne que el Papa presidió el día 29 de junio del pasado año con motivo de la fiesta de San Pedro y San Pablo, subrayó que las persecuciones, “a pesar de los sufrimientos que provocan, no constituyen el peligro más grave para la Iglesia”. El mayor daño para la Iglesia se encuentra en lo que contamina la fe y la vida cristiana de sus miembros y de sus comunidades, causando erosión en la integridad del Cuerpo Místico y debilitando su capacidad de profecía y de testimonio, empañando la belleza de su rostro.

San Pablo nos dice en su carta a los Efesios (2,20) que la Iglesia está edificada sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo el mismo Cristo Jesús la piedra angular. El profeta es enviado por Dios a proclamar al Pueblo la verdad que conduce a la conversión y a la obediencia. El profeta auténtico no revela una nueva verdad sino que proclama la verdad ya revelada por Cristo, pero muchas veces olvidada; el profeta desvela la confusión del mundo y descubre el verdadero curso de la historia en Jesucristo. “Cuando no hay profetas, el pueblo se relaja”, nos dice el libro de los Proverbios (29,18). Sin profecía, la Iglesia languidece, su mensaje no puede penetrar el corazón. La profecía cristiana, por tanto, inicia la acción de Dios en medio de la Iglesia (Hch 11,27-30), despierta al Pueblo de Dios para escuchar su Palabra (Ap 3,1-6), proclama la Palabra de Dios públicamente y desata el poder del Espíritu Santo (Jer 5,14). La profecía nos anima, alienta y exhorta; nos amonesta, corrige y convence de pecado; nos inspira para producir un efecto y provocar una respuesta.

El Espíritu Santo viene para convencer del pecado (Jn 16,8), les había dicho Jesús a los suyos cuando les explicaba que era conveniente que Él se marchara para que pudiera enviarles el Paráclito, el Defensor. Solo hay un pecado que deberíamos temer, solo uno: el rechazo a admitir el pecado, porque el rechazo a admitir el pecado es el único pecado que no se puede perdonar. Jesús lo llamó la blasfemia al Espíritu Santo. Cuando nosotros blasfemamos contra el Espíritu Santo estamos diciendo: “no he pecado, no tengo necesidad de que el Espíritu Santo me perdone ningún pecado”. No tengamos miedo de admitir un millón de pecados, únicamente tengamos miedo de justificar el pecado con falsas razones. Confiemos en la misericordia de Dios. Él no está contra nosotros, Él quiere salvarnos. No olvidemos que todo se nos da por medio de Cristo; sin embargo, para que recibamos todo de Dios, por medio de Cristo, debemos también hacer volver todo a Dios, a través de Cristo, también nuestro corazón. Éste es el movimiento de la gracia.

miércoles, 5 de octubre de 2011

CONFUSION Y PERSEVERANCIA

En momentos de dificultad y de persecución es el amor de la verdad lo que nos puede salvar (2 Tes 2,9-10). La Escritura nos exhorta a mantenernos firmes y guardar las enseñanzas que hemos recibido de palabra y por escrito (2 Tes 2,15); es decir, las verdades fundamentales de la fe que el auténtico Magisterio de la Iglesia ha enseñado siempre y ha defendido enérgicamente a lo largo de los siglos.

Parece que hoy se está realizando cuanto profetizó la segunda carta de San Pablo a los Tesalonicenses. Satanás, el Adversario, con engaño y por medio de su astuta seducción, ha conseguido difundir por doquier los errores bajo el señuelo de nuevas y más actualizadas interpretaciones de la verdad, y llevar a muchos a elegir conscientemente y a vivir en pecado, con la falsa convicción de que eso ya no es un mal.

La confusión ha penetrado en las almas y en la vida de muchos creyentes. Se enseñan y se difunden los errores, mientras se niegan con toda facilidad las verdades de la fe católica. Parece que estuviéramos viviendo el tiempo de la apostasía como preludio y preparación a la manifestación del impío, el hijo de la perdición, que en la tradición cristiana recibe el nombre de Anticristo y que aparecerá como un ser personal "a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la manifestación de su Venida" (2 Tes 2,8).

Víctimas de esta apostasía son muchos creyentes que, con frecuencia, inconscientemente, se dejan arrastrar por esta oleada de errores y de mal. Muchos pastores de la Iglesia son víctimas también de esta apostasía; así, podemos contemplar obispados que mantienen un extraño silencio y ya no reaccionan. Cuando el Papa habla con valor y reafirma con fuerza la verdad de la fe católica, ya no se le escucha, antes bien, públicamente se le critica y se le escarnece ("A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen").

"Nosotros, en cambio, debemos dar gracias en todo tiempo a Dios por vosotros, hermanos, amados del Señor, porque Dios os ha escogido desde el principio para concederos la salvación mediante la acción santificadora del Espíritu y la fe en la verdad. Para esto os ha llamado por medio de nuestro Evangelio, para que alcancéis la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta. Que el mismo Señor nuestro Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa, os consuele y os afiance en toda obra y palabra buena" (2 Tes 2,13-17).

miércoles, 11 de mayo de 2011

UN FUEGO EXTRAÑO

Una predicación que escuchaba ayer en internet me inspiró para escribir este artículo de hoy.

"Nadab y Abihú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, les pusieron brasas, les echaron incienso y ofrecieron ante el Señor un fuego extraño que Él no les había mandado. Entonces salió de la presencia del Señor un fuego que los devoró. Murieron delante del Señor. 
Moisés dijo entonces a Aarón: Esto es lo que el Señor había declarado cuando dijo: En los que se me acercan mostraré mi santidad, y ante la faz de todo el pueblo manifestaré mi gloria. Aarón guardó silencio" (Lev 10,1-3).

Creo que este texto bíblico nos cuestiona y nos interroga a los que deseamos servir al Señor y a los que tienen responsabilidad como pastores del Pueblo de Dios. Vemos que estos dos hijos mayores de Aarón mueren al instante después de ofrecer "un fuego extraño" que no agradó a Dios y que Él no había ordenado. Notemos que el Señor no tuvo en cuenta las buenas intenciones o el hecho de que formaban parte del Pueblo elegido y que además estaban haciendo algo por Dios. Simplemente se trataba de un fuego extraño para Dios porque no era genuino, auténtico, según su voluntad.

Claro que hoy no muere nadie al instante por acercarse a la Eucaristía de forma incorrecta, por presentar una alabanza de cualquier manera o por equivocarse al predicar. Lo que nos encontramos en el Antiguo Testamento son como principios, la sombra de lo que hoy podemos entender a la luz de la plena Revelación de Dios manifestada en Jesucristo, como la nueva y definitiva Alianza.

En el capítulo 16 del mismo libro del Levítico, versículo 12, se indica cómo debía ser aquella ofrenda según lo que el Señor deseaba: "Tomará después un incensario lleno de brasas tomadas del altar que está ante el Señor, y dos puñados de incienso aromático en polvo para introducirlo detrás del velo." El Señor dijo expresamente que tenía que ser un fuego tomado de su altar, no importan las intenciones; tiene que ser un fuego genuino.

Como cristianos, ¿hacemos las cosas por hacerlas con miedo a tomar conciencia de los verdaderos problemas que nos atañen y preferimos mirar para otra parte pensando que las cosas van bien, o en verdad queremos en nuestra Iglesia que haya un fuego genuino? Como apóstoles de Jesucristo, ¿nos conformamos con una pastoral de mantenimiento pensando que seguimos viviendo en un régimen de cristiandad y ofreciendo un fuego extraño, o en verdad deseamos un modelo de Iglesia más misionera que apueste por una nueva evangelización como el fuego único y genuino que solo genera el Espíritu Santo?

La soberanía y el poder de Dios es lo que envuelve su Iglesia y eso está por encima de nuestras intenciones, de nuestros planes e incluso de nuestra fe. No es lo que nosotros sintamos o creamos, sino que se trata de lo que el Espíritu Santo hace en nosotros y por medio de nosotros. Sin embargo, para que esto sea posible necesitamos vivir en comunión con Él cada día, cada instante y cada circunstancia de nuestra vida. Si no es así, es muy probable que al acudir el Domingo a la Eucaristía estemos presentando un fuego extraño porque Dios no reconoce nuestra voz que ha sido dirigida a Él tan solo un día en toda la semana.

Las indicaciones para presentar la ofrenda eran muy claras y explícitas: "dos puñados de incienso aromático". Cuántas veces queremos hacer las cosas a nuestra manera y nos instalamos en nuestras propias seguridades, clasificando y encorsetando a Dios según nuestros propios esquemas y planes. No utilicemos a Dios para hacer las cosas a nuestra imagen y semejanza: "Con Dios no se juega: lo que uno siembre, eso cosechará. El que siembra para la carne, de ella cosechará corrupción; el que siembra para el espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna" (Gal 6,7-8).

¿Cómo es el Dios de amor que los cristianos predicamos? El error es creer que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios malhumorado que ahora se endulzó; el error es creer que Dios se afeminó en el Nuevo Testamento porque malinterpretamos eso de que antes era el Dios de los ejércitos y ahora Aquel que dice: "al que te pegue en una mejilla ofrécele también la otra". Pero Dios no ha cambiado los principios; Él ama al pecador, ama a los gentiles, pero quiere que tomemos con celo santo sus cosas. Que adoremos con manos limpias y no sea un fuego extraño.

¿Quieres ver a Jesús hecho un huracán? ¿Quieres ver a un Jesús lleno de ira santa que ya no habla, no explica a los que están ofreciendo un fuego extraño y solo actúa? Lo encontrarás en el templo echando a todos los que lo habían convertido en un mercado. ¿Queremos provocar el juicio de Dios? No hay más que interponerse en el que camino de los que quieren llegar a Él de verdad y desean hacer las cosas a su manera, según su voluntad. Si con manos sucias estás impidiendo que la gente venga a Él, te quitará de en medio; a su forma, permitiendo lo que sea necesario. Dios nos libre de hacer un negocio, Dios nos libre de crear un imperio con la fe, porque el Señor lo dice y derriba el imperio. Dios lo derriba si su gloria no es lo principal.

Apareció el Dios de los ejércitos; el mismo Dios que fulminó a Nadab y Abihú es el Dios del Nuevo Testamento personificado en Jesucristo. El que lloró por Jerusalén que no le recibió al oponerse al modo en que Dios había querido salvar a la humanidad, fue el autor de aquellas palabras con semejante tono profético y gran dureza que debieron hacer reflexionar a más de uno: "Os aseguro que aquí no va a quedar piedra sobre piedra. ¡Todo será destruído!" (Mt 24,2). Él no cambia; es el mismo ayer, hoy y siempre. Es el mismo que desea santidad en aquellos que le sirven. Tengamos hambre de esta santidad. Ezequías dijo: santificad la casa del Señor y sacad del santuario la inmundicia. Seamos honestos y expongamos lo que le molesta al Señor; saquemos la basura al patio para que se sepa que nos hemos tomado en serio nuestra fe y nuestra misión. No podemos ser medio genuinos o un poco genuinos, somos genuinos o somos fuego extraño. Ofrezcamos un fuego genuino a Dios, auténtico y como Él lo desea; nunca más un fuego extraño.

viernes, 23 de julio de 2010

EL DISCERNIMIENTO HOY


Estamos llamados a predicar todo el Evangelio; no solo una parte de él o un medio evangelio, que no sería más que un mensaje pasado por agua y tibio. Jeremías fue enviado “para arrancar y derribar, para destruir y demoler, y también para construir y plantar” (Jer 1,10). Según el apóstol Pedro, Jesucristo es “piedra de tropiezo, pues ellos tropiezan al no hacer caso del mensaje” (1 Pe 2,8). Hoy día encontramos muchos creyentes que han escogido escuchar predicaciones suaves y un evangelio “amistoso” que no expone el pecado, cerrando la puerta al arrepentimiento y a la conversión, causando únicamente dureza de corazón. Hoy parece que nos gusta escuchar lo que halaga el oído; en esta era mimada nadie quiere oír hablar de pecado, de juicio o de arrepentimiento. La Iglesia de Jesucristo necesita hoy auténticos profetas que estén listos para comunicar al Pueblo de Dios lo que necesita saber; y nadie duda que todosnecesitamos escuchar, más de una vez, severas advertencias y amonestaciones que nos ayuden a despertar para salir de nuestro letargo espiritual. Resulta bien comprensible, pero quizás nada saludable, que al Pueblo de Dios no le guste oír ciertas cosas. Tampoco al Pueblo de Israel, en tiempos de Jeremías, le gustaba nada la insistencia de aquel "profeta de desgracias"; prefería mucho más los simpáticos vaticinadores del mejor porvenir; pero ya conocemos lo sucedido en aquella etapa de la historia del Pueblo elegido. El amor auténtico se manifiesta en que a veces hay que decir lo que no gusta escuchar, porque se trata del bien de las personas y no del gusto de lo que escuchamos.

El Espíritu Santo viene para convencer del pecado (Jn 16,8), les había dicho Jesús a los suyos cuando les explicaba que era conveniente que Él se marchara para que pudiera enviarles el Paráclito, el Defensor. Solo hay un pecado que deberíamos temer, solo uno: el rechazo a admitir el pecado, porque el rechazo a admitir el pecado es el único pecado que no se puede perdonar. Jesús lo llamó la blasfemia al Espíritu Santo. No tengamos miedo de admitir un millón de pecados, únicamente tengamos miedo de justificar el pecado con falsas razones. Confiemos en la misericordia de Dios. No olvidemos que todo se nos da por medio de Cristo; sin embargo, para que recibamos todo de Dios, por medio de Cristo, debemos también hacer volver todo a Dios, a través de Cristo, también nuestro corazón. Éste es el movimiento de la gracia.

Hoy no se acepta un mensaje que moleste o perturbe nuestro mundo de éxito y de comodidad, y se rechaza cualquier clase de corrección. Bajo la bandera del amor todo se disculpa y todo vale. Estamos un poco cansados de escuchar la palabra “amor” para todo y, en cambio, se tiene miedo a hablar de la Verdad, como si los que somos de Cristo tuviésemos miedo de conocerla en su plenitud. Leemos en la encíclica Caritas in Veritate de Benedicto XVI: “Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Este es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad” (3). Muchos predican hoy un mensaje suave porque están viviendo en pecado y no hay discernimiento entre lo que es del Evangelio y lo que es de la carne. La Palabra de Dios es siempre un aviso claro, lleno de juicio contra el pecado pero lleno de esperanza para el arrepentimiento.

El ejemplo de David, cuyo pecado fue expuesto sin temor y con gran sabiduría por parte del profeta Natán, nos muestra un corazón que fue quebrantado para poder arrepentirse y acoger la misericordia de Dios (2 Sam 11-12). La evidencia de que hubo restauración en la vida de David es su propio testimonio, escrito en los días previos a su muerte: “Tú, Señor, eres mi protector, mi lugar de refugio, mi libertador, mi Dios, la roca que me protege, mi escudo, el poder que me salva, mi más alto escondite... En mi angustia llamé al Señor, pedí ayuda a mi Dios y él me escuchó... Dios me tendió la mano desde lo alto y con su mano me sacó del mar inmenso... el Señor me dio su apoyo; me sacó a la libertad, ¡me salvó porque me amaba!” (2 Sam 22,2-3;7;17;19-20). ¡Qué maravilla! Es la oración de alguien cuyo pecado ha sido expuesto, cuyo corazón ha sido quebrantado y cuya alma ha sido salvada por la misericordia de Dios. El pecado de David, que fue grave, tuvo que ser expuesto y reconocido para que se abriera la puerta al arrepentimiento y a la salvación.

lunes, 21 de junio de 2010

HORA DE DESPERTAR II

En medio de este panorama internacional ya son muchos los que sostienen que la unificación del mundo se está realizando a través del miedo y de la mentira: 2 armas de destrucción masiva. Una sociedad atemorizada es una sociedad fácilmente manejable. El poder mundial se va unificando y para ello es necesario, no sólo reducir todas las autoridades a una sola, sino también hacer sucumbir las religiones en una especie de credo sincretista. Como el sentido religioso no puede negarse, dado que está impreso en lo más hondo del corazón del hombre, lo que se pretende es cambiar su objeto; en lugar de adorar a Dios, en el centro se coloca al hombre. Esta es la mentira de una religión falsa, con una espiritualidad tipo new age en la que caben todas las religiones y un cristianismo enteramente falsificado. Según los expertos, un gobierno en la sombra y un imperio invisible es el que estaría moviendo hoy los hilos de lo que sucede en nuestro mundo y que no es sino una expresión más del mismo pecado original del hombre que le llevó a rebelarse contra Dios y ser él mismo su propio dios. No olvidemos quien es el que continuamente, a lo largo de los siglos, sigue tentando al ser humano a desobedecer al Creador.

Esta sed insaciable de poder y control lo vemos como un denominador común en la historia de la humanidad; grandes imperios que surgieron y cayeron, que buscaban dominar a los demás pueblos. La Biblia también nos habla de esto y la interpretación de los Padres de la Iglesia al hablar de un resurgimiento del Imperio Romano se apoya en las visiones del profeta Daniel relativas a cuatro bestias que emergen del mar, que serán los imperios sucesivos que pasarán por el escenario de la historia y que tendrán poder sobre la tierra (el imperio babilónico de Nabucodonosor, el imperio medo-persa, el imperio de Alejandro Magno y el imperio romano). Estos imperios están representados mediante cuatro bestias en el capítulo 7 del libro de Daniel, teniendo especial importancia la cuarta bestia y que es la que va a coincidir con la visión del Apocalipsis (cap. 13) de la que habla San Juan respecto al último Anticristo. Debemos tener en cuenta lo que la Tradición de la Iglesia ha ido descubriendo en su meditación sobre el Apocalipsis. Según uno de los Padres de la Iglesia más importantes, San Ireneo de Lyon, el último imperio, el del Anticristo, será una recapitulación de la herejía de todos los imperios anteriores. La interpretación de los Padres de la Iglesia es que el Anticristo se alzará a partir de un resurgimiento del Imperio Romano; es decir, un poder opresor y perseguidor que trate de alzarse contra Dios.

Hemos dicho que el aspecto religioso juega un papel importante en todo esto y nuestra tarea se desarrolla en un tiempo en el que la dificultad y la lucha contra la Iglesia van a ir creciendo más. Como el Cireneo fue una ayuda para llevar la Cruz de Cristo, nosotros también debemos ser como el Cireneo para su Cuerpo Místico, la Iglesia, cuando camina hacia el Calvario. Cuando miramos la escena religiosa completa de hoy lo que vemos son muchos inventos de los hombres y de la carne, mayormente sin poder y sin fuerza. Así dice San Pablo en su carta a los Gálatas: “Con Dios no se juega: lo que uno siembre, eso cosechará. El que siembra para la carne, de ella cosechará corrupción; el que siembra para el espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna” (6,7-8). Lo que más daña el Corazón de Dios no es la siembra de los que están lejos de Él, sino lo que siembra aquel que está a su servicio. No hay algo que disguste más su Corazón que aquellos corazones que están lejos de Él, aunque aparentemente están cerca. Debemos preguntarnos con paz pero con sinceridad: ¿cómo estamos nosotros? Quizás se está mezclando demasiado nuestro discipulado con las cosas del mundo y nos dejamos llevar y arrastrar por él, y por eso también es que no se están dando los frutos que debieran. A veces parece como si el mundo impactara más en la Iglesia, en nosotros, que la Iglesia en el mundo. Igual es que nos hemos aferrado a nuestra retórica religiosa pero nos hemos vuelto demasiado pasivos. Estamos demasiado cómodos y quizás sea tiempo para confesar: no soy lo que era, no estoy donde se supone que debo estar; Señor, no tengo tu Corazón y no siento tu carga, he querido que sea fácil y solo quería ser feliz. Pero el verdadero gozo viene de exponerme a que tú me corrijas y me reproches lo que no estoy haciendo bien. Son palabras que no escuchamos en esta era mimada en la que vivimos. Quizás necesitamos experimentar angustia, que significa dolor y aflicción extremos, por las condiciones que hay en mí y a mi alrededor. Dolor profundo, pena profunda, agonía del Corazón de Dios. ¡Nadie parece querer escuchar nada de esto!

Toda pasión verdadera por Cristo nace de la angustia. Busquemos en la Escritura y encontraremos que cuando Dios determina restaurar una situación en ruinas comparte su propia angustia y encuentra un hombre que ora, a quien toma y le bautiza en angustia. Lo encontramos en el libro de Nehemías, por ejemplo; Jerusalén está en ruinas, ¿qué hace el Señor? ¿cómo va a restaurar Dios las ruinas? Nehemías no era un predicador, era gobernador; un hombre que estaba dispuesto a sacrificar su integridad. Dios encontró un hombre de oración que se quebró y lloró ante las ruinas de Jerusalén, pero que ayunó y oró día y noche para poder ser usado con poder por el Señor para reconstruir las murallas de la Ciudad Santa. ¿Por qué los demás no obtuvieron una respuesta? ¿Por qué no los usó Dios en la restauración? ¡Porque no había señales de angustia en ellos! ¡Ni un llanto, ni una palabra de oración! Y todo estaba en ruinas.

¿Nos está sucediendo esto a nosotros hoy? ¿Nos importa algo que hoy día la Jerusalén espiritual de Dios, la Iglesia, esté sufriendo una grave crisis de fe que la hace tambalearse como barco en medio de la tormenta? ¿Nos importa que haya tanta frialdad arrasando la tierra? Más cerca que eso; ¿nos importa la Jerusalén que está en nuestros propios corazones? Hay señales de ruina cuando el poder espiritual y la pasión van desapareciendo lentamente de nosotros; en la ceguera ante la tibieza y la mezcolanza que está introduciéndose sigilosamente para volvernos pasivos, mirar hacia otro lado y vivir obsesionados con el entretenimiento de cualquier tipo. Esto es todo lo que el demonio quiere hacer, sacar la lucha de nosotros y eliminarla; así no oraremos más, ni lloraremos más ante Dios. ¡Podemos sentarnos tranquilamente a ver la televisión! Hay una gran diferencia entre angustia y solo preocupación; preocupación es algo que empieza a interesarte, te interesa un proyecto o una causa o un asunto o una necesidad. Si no es algo que me lleva a orar y a buscar a Dios, a ponerme de rodillas, a llorar ante el Trono hasta sentir angustia y agonía, por favor no digamos que estamos preocupados, cuando pasamos horas frente a internet y frente a la televisión, y nuestra oración se limita a un pequeño porcentaje de nuestro tiempo como si se tratara solamente de tiempo y no fuera algo que abarca toda nuestra vida. Si abrimos nuestro corazón y empezamos a orar de verdad, Dios viene y comienza a compartir su Corazón con nosotros. Nuestro corazón empieza a llorar y a gritar: ¡Oh Dios, tu Nombre está siendo blasfemado, tu Espíritu Santo está siendo ridiculizado, tu Iglesia perseguida por dentro y desde fuera! Señor, tenemos que hacer algo.

Creo que no va a haber renovación, ni despertar, ni cosecha, hasta que no le dejemos a Él quebrantarnos una vez más. Tal y como el rey David y sus 600 hombres que le acompañaban lloraron todo el día y probablemente la mayor parte de la noche hasta que les faltaron las fuerzas, cuando contemplaron una ciudad (Siquelab) en ruinas, consumida por el fuego y con todas las mujeres y los niños llevados cautivos (amalecitas), tal como nos relata el primer libro de Samuel (cap. 30). Porque lloraron hasta que no les quedaron lágrimas y se volvieron a Dios con todo el corazón, fueron después levantados y fortalecidos por la Palabra de Dios. Hermanos, se está haciendo tarde y la situación se está volviendo peligrosa. No hay nada carnal o material que pueda darnos el verdadero gozo, el auténtico. Solo lo que es llevado a cabo por el Espíritu Santo, cuando le obedecemos y adoptamos su Corazón, nos hará capaces de construir los muros alrededor de nuestra familia y de nuestro propio corazón para hacernos fuertes e inexpugnables contra el enemigo, de manera que nuestras vidas, nuestras comunidades y nuestra Iglesia puedan dar fruto abundante y así seamos auténticos discípulos, ya que en esto consiste la gloria del Padre (Jn 15,8). La noche está avanzada y el día se aproxima; es hora de despertar.

jueves, 17 de junio de 2010

HORA DE DESPERTAR


Escuchemos hoy aquellas mismas palabras que pronunció el profeta Isaías, casi 600 años antes de Cristo: “Despierta, Sión, despierta... Levántate, Jerusalén, sacúdete el polvo” (Is 52,1-2). Los destinatarios inmediatos de este mensaje eran los israelitas deportados a Babilonia. Unos siglos más tarde, escribiría el apóstol San Pablo a los cristianos de Roma: “Tened en cuenta el tiempo en que vivimos: que ya es hora de despertarnos del sueño” (Rom 13,11). ¿Qué hora es? Es hora de despertar.

Estoy convencido que estas palabras tienen mucho que ver con lo que el Espíritu Santo está diciendo hoy a la Iglesia de Jesucristo del tercer milenio; es decir, a nosotros. Necesitamos estar despiertos y velar porque somos llamados a ponernos en pie y en oración para discernir los signos de los tiempos actuales, de manera que podamos situarnos correctamente en el momento histórico en el que nos encontramos. Cuando dormimos, nuestros sentidos no están listos para responder a los estímulos externos de igual manera que estando despiertos y en vigilante espera; por eso, ya no podemos comportarnos como quien por la mañana ha oído el despertador, sabe que es la hora pero lo retrasa y vuelve a caer en el sueño. El tema de la vigilancia encuentra su motivación más alta en la espera del regreso del Señor (Mt 24,42) ya que con esta promesa de su vuelta, Cristo da a la historia su nueva meta y su definitiva orientación. Los cristianos, unidos en la caridad, celebramos la muerte del Hijo de Dios, con fe viva proclamamos su resurrección, y con esperanza firme anhelamos su Venida gloriosa. Cuando se considera el futuro, la Iglesia espera el retorno del Mesías que llegará cuando menos se espere, como llega un ladrón en la noche (1 Tes 5,2). Por eso, más que una orden, la vigilia del discípulo es una invitación y una llamada que Dios nos hace porque no quiere perdernos. El Evangelio de Jesucristo no existe para complacernos, sino para ponernos en pie, para levantarnos; el que escucha la Buena Noticia y la acoge ya no puede vivir de forma irresponsable, porque ha sido llamado a la bienaventuranza de los vigilantes.

Porque hemos sido llamados a vivir en la vigilancia evangélica, nuestro Dios nos pide interpretar las señales de nuestro tiempo presente (Lc 12,54-56), porque así estaremos mejor preparados para afrontar nuestra misión y apostolado con los medios necesarios y las armas adecuadas. Cuando decimos que la Iglesia existe para anunciar y extender el Reino de Dios, estamos diciendo que tenemos una misión concreta, en un momento concreto y en un lugar concreto; no podemos obviar lo que hay a nuestro alrededor como si no fuera con nosotros. Por eso, creo que necesitamos purificar el concepto de misión y entender bien cuál es la tarea que nos ha sido encomendada como católicos del siglo XXI; por un lado, hemos sido llamados a proclamar la Buena Noticia de Jesucristo a través de la evangelización, y por otro, somos llamados a ser Pueblo profético que defienda la Verdad con la vida y con la palabra, constituyendo un baluarte y un resto fiel que hace frente a la ola del mal y defiende a la Iglesia de Cristo. No olvidemos que, incorporados a Cristo por el Bautismo, participamos de su misión sacerdotal, profética y regia (1 Pe 2,9), como nos recuerda el Concilio Vaticano II (LG 31).

En el Congreso Eucarístico del año 1976 en Filadelfia (Pennsylvania, EE.UU.), el Cardenal Karol Wojtyla, dijo: “Estamos ahora ante la confrontación histórica más grande que la humanidad jamás haya conocido. Estamos ante la lucha final entre la Iglesia y la antiiglesia, el Evangelio y el anti-evangelio. No creo que el ancho círculo de la Iglesia americana ni el extenso círculo de la Iglesia Universal se den clara cuenta de ello. Pero es una lucha que descansa dentro de los planes de la Divina Providencia.”

Como afirmó el que 2 años después sería el nuevo Papa, aunque la gran mayoría de la Iglesia no se de clara cuenta de ello, hemos sido llamados a interpretar correctamente el tiempo en que vivimos, para así poder encarar bien preparados esta confrontación histórica y esta lucha en la que nos encontramos inmersos. Tiempo que requiere, no de teólogos sabios ni humanistas inteligentes, sino de hombres y mujeres que sean auténticos apóstoles de estos tiempos y los santos del tercer milenio.

Algunos textos de la Sagrada Escritura que nos ayudan, precisamente, a darnos cuenta del tiempo que estamos viviendo y del escenario en el que nos debemos situar:

-          1 Jn 5,19: Sabemos que somos de Dios, mientras el mundo entero está bajo el poder del Maligno.”

-          2 Tes 2,7: el plan secreto de la maldad ya está en marcha.”

-          Hch 4,25-26: "¿Por qué se alborotan las naciones? ¿Por qué los pueblos hacen planes sin sentido? Los reyes y gobernantes de la tierra se rebelan, y juntos conspiran contra el Señor y contra su escogido, el Mesías."

-          Mc 10,42-44: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos.”

El Sacerdote alemán, José Kentenich, fundador del Movimiento Apostólico Schoenstatt, dijo lo siguiente: “En estos días, la sociedad aparece ante nosotros como una gran máquina y no como un organismo o una familia de pueblos. Los grandes del mundo tratan de lograr nuevamente una unidad entre los pueblos. Lo que no logró la Liga de las Naciones trata de realizarlo ahora Naciones Unidas. Pero tampoco dará resultado. La máquina sigue siendo la misma, sólo cambió de conductor. Dios pensó a los pueblos como una familia, como un organismo y no como una máquina. Pero no hay unidad de los pueblos sin Cristo, la Cabeza, y sin la Santísima Virgen, corazón de esta familia. Éste es el único orden social y mundial querido por Dios”.

La idea de la unidad mundial no repugna a la doctrina cristiana sino que le es connatural, por aquello de que bajo una Fe común, hermanados en la caridad, los hombres bien podríamos convivir dentro de los límites éticos de un código común de conducta. Conviene, pues, distinguir la idea de una autoridad supranacional como ideal de paz y progreso de la humanidad de otras ideas o intentos de realización y sobre todo, de entre estos intentos, bajo qué signo o principios se han realizado o intentado. Siendo necesario recorrer la historia de occidente para reconocer que aun vive en la psicología y en el alma del europeo y del americano el ideal de la unidad, así como el de las libertades y las autonomías, resulta evidente que la raíz ideológica que ha dado sustento a la concepción progresista actual de la unidad mundial es la renuncia a la Fe en Cristo y en su Iglesia, y su incorporación a un panteón de cultos, cuyo único común denominador sería una “ética universal”, de tinte laico y “tolerante” con todo, menos con la verdadera Fe. Sin desmesuras, sin caer en un profetismo ridículo, sin paranoia, pero atentos y vigilantes, debemos discernir a la luz de la Revelación y de la historia lo que está sucediendo hoy a nuestro alrededor. Si no somos capaces de esto, solo seremos instrumentos en manos del poder mundialista, de evidente signo masónico y anticristiano, que triunfa hasta ahora en el mundo. Veamos un poco en qué se traduce esto y cómo se está expresando.

Lo que hoy se pretende es "rehacer" las sociedades, sometiéndolas a un proceso de “reingeniería social” -término que figura en algunos documentos internacionales-, imponiéndoles una “nueva ética”, basada en “los nuevos paradigmas”: el nuevo paradigma de familia, el nuevo paradigma de género, el nuevo paradigma de los derechos humanos, el nuevo paradigma de la salud, el nuevo paradigma del derecho, especialmente el derecho internacional, y hasta un nuevo paradigma religioso impregnado de un relativismo inaceptable. Si se pretende someter a todos los países, imponiéndoles unos nuevos modos de vida, es para realizar el sueño de todos los grandes totalitarismos: el dominio total del mundo; y como es lógico, este proyecto de dominio universal pretende borrar todo rastro de cristianismo en la “nueva sociedad globalizada”. El nuevo orden ha elegido su divinidad; como es sucesor ideológico del evolucionismo social, su nuevo dios es el Hombre Nuevo, autónomo, autor de sus propias normas, esencialmente igual al Hombre Nuevo del marxismo o el nazismo. Los dogmas del nuevo orden son la democracia, el relativismo ético, la autodeterminación, la libertad y la tolerancia, todos ellos al servicio de los más fuertes. Para los profetas del nuevo orden internacional, la mujer y el hombre de fe son el enemigo. Por supuesto que el sistema cuenta no sólo con convencidos propagandistas e impulsores, sino también -y quizás esto sea lo peor-, con una multitud de personas, intelectuales, religiosos, políticos, para las cuales el diálogo con esta nueva ideología aún es posible... (continuará)

miércoles, 21 de abril de 2010

RELATIVISMO Y APOSTASIA

Cada día es más habitual encontrarnos de frente con la negatividad del relativismo que existe hoy en la Iglesia y que se ha convertido en la nueva expresión de la intolerancia; se ataca al Magisterio de la Iglesia, se habla en contra del Santo Padre, se pide a la Iglesia que se adapte a los nuevos tiempos justificando así la necesidad de ajustar su doctrina y su moral, etc. Parece que muchos se olvidan que la Iglesia tiene una preciosa Tradición de más de 2000 años, uno de los pilares fundamentales de nuestra fe católica junto con la Sagrada Escritura y el Magisterio, que nos debe llevar a predicar todos la misma doctrina (Heb 13,8) y a amarla frente a los ataques de fuera, ya que si no amamos de verdad a la Iglesia no estamos amando a Dios de verdad. “El que da fe de creer y amar a la Iglesia da dos veces testimonio de amar a Jesucristo”, decía Juan Pablo II.

No cabe duda que lo que más debilita a la Iglesia de Jesucristo es la división interior que lleva al enfrentamiento de Sacerdotes contra Sacerdotes, de Obispos contra Obispos, de Cardenales contra Cardenales. Nunca como en los tiempos actuales, Satanás ha logrado introducirse en medio de ellos lacerando el sagrado vínculo del mutuo y recíproco amor. Esta división interior se manifiesta especialmente en el modo con que se tiende a dejar solo al mismo Vicario de Cristo, por medio del silencio y el vacío de los hijos de la Iglesia que rodean la palabra y la acción del Santo Padre, mientras es atacado y obstaculizado cada vez más. A causa de esta división interior, su mismo ministerio no está lo suficientemente sostenido y propagado por toda la Iglesia, que Cristo ha querido unida en torno al Sucesor de Pedro.

La estrategia del Adversario, “divide y vencerás”, está dando sus frutos y parece que avanza sin detenerse. Fue el mismo Cristo quien colocó a la cabeza de los Apóstoles a Pedro, con el fin de mantener la unidad de la fe y de la comunión en todos los que forman parte de su Cuerpo Místico. Por tanto, es posible que el “golpe maestro” del Enemigo para intentar destruir la obra de Dios, la Iglesia, pase por el proyecto de promover un Papa en la Silla de Pedro que “entienda la modernidad” y sea capaz de adaptar la Iglesia al mundo, consiguiendo que la mayoría de los católicos lo acepten y se alegren para así desviarles hacia la aceptación de sus nuevas enseñanzas (el matrimonio de los Sacerdotes, la anticoncepción, las uniones homosexuales, el Sacerdocio de la mujer, la autoridad colegiada de los Obispos, la espiritualidad New Age, etc.). Por el contrario, los creyentes que se mantengan fieles a la Tradición apostólica predicada por Juan Pablo II y Benedicto XVI serían ridiculizados y perseguidos.

“Que nadie os engañe de ninguna manera. Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el Hombre impío, el Hijo de perdición, el Adversario que se alza contra todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamarse a sí mismo Dios. ¿No os acordáis que ya os dije esto cuando estuve entre vosotros? Vosotros sabéis qué es lo que ahora le retiene, para que se manifieste en su momento oportuno. Porque el misterio de la impiedad ya está actuando. Tan solo con que sea quitado de en medio el que ahora le retiene, entonces se manifestará el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la manifestación de su Venida” (2 Tes 2,3-8).

No podemos olvidar que la Iglesia de Jesucristo camina contracorriente y, antes del regreso de Cristo, deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (Lc 18,8; Mt 24,12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (Lc 21,12; Jn 15,19-20) desvelará el "misterio de iniquidad" bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la Verdad.

Hay numerosas revelaciones privadas que, unidas a la revelación pública de San Pablo en su segunda carta a los de Tesalónica, nos hablan de un “obstáculo” que retiene la manifestación del Impío –quizás el último y personal Anticristo- y que bien pudiera referirse al legítimo Sucesor de Pedro como cabeza visible de la Iglesia. La Beata Ana Catalina Emmerich, por ejemplo, fue una mística alemana que recibió una serie de visiones y profecías alrededor del año 1820 que nos hablan del misterio de iniquidad en relación con la Iglesia, el Santo Padre, un falso ecumenismo y una iglesia falsa, y un grave cisma como la expresión más dolorosa de división. San Juan Bosco, en su famoso sueño profético, pudo ver la Barca de Pedro con el Papa a la cabeza pasar tiempos críticos y sufrir graves daños, disponiendo de dos pilares fundamentales sobre los que apoyarse para no hundirse; la Sagrada Eucaristía y la Santísima Virgen.

Puede ser que el profeta Zacarías nos esté dando la clave de todo esto: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño” (13,7). Jesús utilizó esta cita del profeta para anunciar que, tras su arresto, los suyos le abandonarían (Mt 26,31); sin embargo, en estas palabras del Maestro encontramos un evidente paralelismo entre la Pasión de Cristo y la que tendría que sufrir su Iglesia. Es muy probable que esto implique un ataque contra la persona del Papa para ser quitado de en medio de alguna forma y facilitar la entrada al lobo, con el objetivo de conseguir una dispersión moral y doctrinal de las ovejas, logrando así una apostasía generalizada que beneficiaría y posibilitaría la manifestación pública de aquel que todavía está siendo retenido.

En medio de esta situación, estamos llamados a ser un resto fiel para Dios que persevere hasta el final y como el Cireneo fue una ayuda para llevar la cruz de Cristo, nosotros también debemos ser hoy Cireneos para su Cuerpo Místico cuando se dirige hacia el Calvario. “El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15,20). No tengamos miedo y seamos valientes para amar y defender a la Iglesia de Jesucristo, ya que nuestra vida debe estar cimentada sobre la roca inamovible de su Palabra siempre fiel que nos dice: "Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" (Mt 16,18).


jueves, 15 de abril de 2010

LOS ULTIMOS TIEMPOS

El Domingo pasado pudimos celebrar la Fiesta de la Divina Misericorida, que abre esta segunda semana de Pascua en la que nos encontramos.

¿Por qué Cristo le dio énfasis en estos tiempos a una doctrina, la Divina Misericordia, que ha sido parte del patrimonio de la Fe desde el principio, así como pedir una nueva expresión devocional y litúrgica de ella? En las revelaciones de Santa María Faustina, Jesús responde a esta pregunta, uniéndola a otra doctrina, a la que también se le da poca importancia; esta es la de la Segunda Venida.

En los Evangelios, el Señor nos muestra como su primera venida fue en humildad, como un Servidor, para liberar al mundo del pecado. Sin embargo, Él promete regresar en gloria para juzgar al mundo en el amor, como claramente lo dice en su discurso del Reino en los capítulos 13 y 25 de Mateo. Entre estas dos venidas tenemos el final de los tiempos o la era de la Iglesia, en la que la Iglesia ministra la reconciliación hasta el grande y terrible Día del Señor, el día de la Justicia Divina. Todo católico debe estar familiarizado con las enseñanzas de la Iglesia con respecto a este tema, contenido en los párrafos 668 y 679 del Catecismo de la Iglesia Católica. Solo en el contexto de una revelación pública como es enseñado por el Magisterio podemos situar las palabras de la revelación privada dada a Santa María Faustina:

"Prepararás al mundo para Mí última venida." (Diario 429)

"Habla al mundo de mi Misericordia… Es señal de los últimos tiempos, después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo, que recurran, pues, a la Fuente de Mi Misericordia." (Diario 848)

"Habla a las almas de esta gran misericordia Mía, porque está cercano el día terrible, el día de Mi justicia." (Diario 965)

"Estoy prolongándoles el tiempo de la misericordia, pero ay de ellos si no reconocen este tiempo de Mi visita." (Diario 1160)

"Antes del Día de la justicia envío el día de la misericordia". (Diario 1588)

"Quien no quiera pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia". (Diario 1146)

Además de estas palabras de Nuestro Señor, la hermana Faustina nos da las palabras de la Madre de Misericordia, la Santísima Virgen María:

"Tu debes hablar al mundo de su gran misericordia y preparar al mundo para su segunda venida. Él vendrá, no como un Salvador Misericordioso, sino como un Juez Justo. Oh que terrible es ese día. Establecido está ya el día de la justicia, el día de la ira divina. Los ángeles tiemblan ante este día. Habla a las almas de esa gran misericordia, mientras sea aún el tiempo para conceder la misericordia." (Diario 635)

Está claro que, como en el mensaje de Fátima, la urgencia aquí es la urgencia del Evangelio, "arrepentíos y creed". El tiempo exacto es del Señor; sin embargo, es también claro que hemos alcanzado una etapa crítica de los últimos tiempos que comenzaron con el nacimiento de la Iglesia. Por esto el Papa Juan Pablo II se refirió a "una función especial" asignada a él por Dios "en la presente situación del hombre, la Iglesia y del mundo" en la consagración de 1981 del Santuario del Amor Misericordioso en Collevalenza, Italia. En su encíclica sobre el Padre, él nos urge a "implorar la Misericordia de Dios para la humanidad en estos tiempos de la historia… para suplicar por ella en estos tiempos difíciles y críticos de la historia de la Iglesia y del mundo mientras nos acercamos al final del segundo milenio." (Encíclica Rico en Misericordia 15).

Fuente: EWTN, el canal católico

viernes, 8 de enero de 2010

EL GRAN DESAFIO

Dios, el Creador, ha creado libres a todas sus criaturas incluyendo a los demonios. Por eso, éstos pueden hacer tanto con innumerables medios. Los ha creado libres y no les ha quitado los dones naturales. Obran sin pausa, desde la caída del hombre, induciéndolo con el engaño a desobedecer a Dios, inculcando en el hombre su mismo tremendo vicio: la soberbia. Obrando contra el hombre, su falsedad y maldad se funden conjuntamente en una mezcla espiritual que abrasa y explota.

Ningún medio se desaprovecha; lisonjas, seducciones, sensualidad, moda provocativa, pornografía, fraude, hurto, violencia, terror y todo cuanto su agudísima inteligencia les permite inventar. Su grande y loco sueño es emular a Dios; ¡como Dios, quiere poseer un reino! Con la insidia tendida a los primeros padres, lo logró en cierto modo. Con la caída de Adán y Eva la humanidad le pertenece; sería suya en el tiempo y en la eternidad si no hubiera intervenido el Señor. Nació así el río de aguas impuras con todos los males; nació el sufrimiento, nació la vergüenza, nació la concupiscencia, se desbocaron todas las pasiones. Por aquel pecado ha entrado la muerte en el mundo, ha entrado el trabajo con sudor: es el mal que ha nacido de Satanás y que se vuelca sobre la humanidad.

El desafío fue lanzado, pero el desafío lanzado a Dios le costará caro, en el tiempo y en la eternidad. Los hombres que no han aceptado la soberanía de este terrible tirano, los que verdaderamente creen en Dios, se preguntan asombrados: ¿pero por qué todavía puede tanto? ¿por qué Dios, que es infinitamente más grande y más potente, no le impide actuar? ¿por qué no lo encierra en su Infierno?

No nos toca a nosotros juzgar el obrar de Dios. ¿Quiénes somos nosotros para presumir de poderlo hacer? De todos modos, Él mismo nos ha iluminado y nosotros sabemos las razones principales, al menos. Dios no priva nunca a sus criaturas de los dones dados gratuitamente. Son las criaturas las que pueden perderlos, como el don de la Gracia, destruido, sea en los ángeles, sea en los hombres, no por parte de Dios sino por libre elección de los ángeles y de los hombres. Los dones naturales permanecen también con el pecado. Pero Dios, por un misterioso designio de su Providencia, somete el mal al bien. También Satanás un día deberá reconocer haber servido siempre a Dios.

Las tentaciones que el Demonio despliega sobre el hombre sirven frecuentemente para hacer al hombre más prudente, más asiduo a la oración; esto es, sirven para empujarlo hacia Dios. La tentación no rechazada, sino acogida y consumada en el pecado, sirve para humillar al hombre y castigarlo por su presunción. Es difícil para nosotros penetrar en los misteriosos designios de Dios, todos de amor, de misericordia y de justicia. En esta última palabra quiere detener nuestra atención. Dios da a todos la gracia suficiente para salvarse. Quien la rechaza comete una injusticia con relación a Dios. La justicia divina restablece el equilibrio roto por culpa de la criatura ingrata y rebelde a los dones de Dios.

Para nosotros, cristianos, bastaría saber que Dios es amor infinito. Por eso, esto debería bastar para confiar ciegamente en Él sin la presunción de querer criticar su obrar. De todos modos, Satanás, el genio maléfico del mal, incapaz de bien, en el día del juicio final, con vergüenza desesperada deberá admitir haber prestado una grandísima contribución a la santificación y por tanto a la glorificación de una multitud de santos, de mártires, de vírgenes, de bienaventurados comprensores del Paraíso. ¡Designio maravilloso, misericordioso, designio misterioso de la omnisciencia y omnipotencia divina!

Confusión grande aquel día de llanto y de amargura, pero también día de justicia perfecta. El Verbo de Dios hecho carne, en presencia del Cielo y de la tierra, de todos los vivientes del mundo invisible y visible, en el fulgor de su gloria y majestad divina, mostrará su potencia infinita. Él, la Resurrección y la Vida pronunciará la sentencia sin apelación sobre quien ha ahogado la Vida divina y humana en la muerte. Aquellos que hayan creído en Él vivirán eternamente. Aquellos que no hayan creído en Él tendrán muerte eterna, en aquel lugar de tormentos sin fin y sin esperanza. ¡Se necesita ser verdaderamente insensatos y ciegos para no ver!

Fuente: Confidencias de Jesús a un Sacerdote

miércoles, 19 de agosto de 2009

SOLDADO FIEL Y EJERCITO

La causa principal de la inconstancia en muchos creyentes es la ausencia de la Gracia divina en el espíritu humano y de vida interior, la ausencia de la oración, la crisis de fe y la concepción pagana de la vida. Se necesita formación cristiana, revalorizar la vida interior, austeridad de toda la vida familiar y de la vida eclesial. Espíritu de mortificación interior y exterior para templar almas y conciencias, para forjar verdaderos soldados de Cristo bien templados en las luchas contra los enemigos de Dios, de la Iglesia y de las almas: el demonio, las pasiones y el mundo. Necesitamos retomar el papel de combatiente en el gran ejército de la Iglesia y descubrir que la vida del soldado es vida de gozosa renuncia, disciplina, sacrificios y lucha.

Con acción devastadora, Satanás despedaza con rabia a la humanidad, y en particular a la Iglesia. En efecto, hoy en la Iglesia suceden cosas que no se pueden explicar humanamente si no con el uso loco por parte de Satanás y de todas las potencias del Infierno insidiando, instigando y atormentando almas.

Vemos hoy el caos, no solo en nuestro pequeño mundo, sino en toda la Iglesia universal. La cristiandad revive la hora de Babel. Obispos contra Obispos, carismáticos contra carismáticos, Obispos y Cardenales que disienten de las directrices del Santo Padre, laceraciones por todas partes en el Cuerpo Místico del Señor; sacerdotes incrédulos, sacerdotes sacrílegos, almas consagradas sin alma, esto es, sin el Espíritu Santo, alma de la Iglesia y alma de las almas; almas frías, almas tibias, almas inmovilizadas y atrofiadas por el Maligno; almas bloqueadas en este caos espantoso y en este caos impresionante en el que se mueven las almas santas unidas a Dios, que forman con Dios, con Jesús Hijo de Dios, su Cuerpo vivo y sufriente, y estas almas proceden adelante y suben su cotidiano calvario con la carga de su cruz.

Contra estas almas se lanzan las miríadas de demonios, no hay lugar ni hay objeto en donde no estén ellos; están en el aire, el aire está infestado y lleno, están en la tierra que pisamos, en las cosas que nos circundan; la tierra está invadida, la Iglesia está llena de ellos, y por la Iglesia misma estos seres inmundos han encontrado las puertas abiertas de par en par y ahora la estrechan en una venenosa y mortal mordedura.

¡Hasta qué punto hemos llegado! El Señor ha constituido la Iglesia jerárquica, y no se diga que los tiempos han cambiado y que por eso es necesario cambiar todo. En su Iglesia hay puntos firmes que no pueden variar con el mudar de los tiempos. Jamás podrá ser cambiado el principio de autoridad, el deber de la obediencia. Podrá ser cambiado el modo de ejercer la autoridad, pero no podrá ser anulada la autoridad. ¡No se confunda jamás la paternidad requerida en las altas esferas con la debilidad! La paternidad no excluye sino, al contrario, exige la firmeza. ¿Por qué ha querido Él sacar a la luz una parte de los muchos males que afligen a su Iglesia? Lo ha hecho para poner a sus sacerdotes frente a sus responsabilidades. Quiere su regreso para una vida verdaderamente santa. Quiere su conversión porque les ama. Deben saber que su conducta, a veces, es causa de escándalos y de ruina para muchas almas. ¡No es justo que se abuse del amor de Dios, confiando en su misericordia e ignorando casi enteramente su justicia!

Como ejemplo, sabemos que de lo alto han sido impartidas disposiciones con relación al hábito sacerdotal. Los sacerdotes, viviendo en el mundo, han sido segregados del mundo. Él quiere a sus sacerdotes distintos de los laicos, no solo por un tenor de vida espiritual más perfecta, sino también exteriormente deben distinguirse con su hábito propio. ¡Cuántos escándalos, cuántos abusos y cuántas ocasiones más de pecado y cuántos pecados más! ¡Qué inadmisible condescendencia por parte de los que tienen el poder de legislar! Y junto con el poder, tienen también el deber de hacer respetar sus leyes. ¿Por qué no se hace? Las molestias no serían pocas. Pero no se nos ha prometido jamás a nadie una vida fácil, cómoda, exenta de disgustos. Quizá teman reacciones contraproducentes. ¡No! El relajamiento provoca un mayor relajamiento.

Funcionarios estatales, de empresas, de entes militares visten su uniforme. Muchos sacerdotes se avergüenzan, contraviniendo las disposiciones, compitiendo en coquetería con los mundanos. ¿Cómo puede Él no dolerse amorosamente? Quien no es fiel en lo poco, tampoco lo es en lo mucho. ¿Qué decir, luego, del modo en que se administran los Sacramentos por tantos sacerdotes? Se va al confesionario en mangas de camisa, y no siempre con la camisa, sin estola. Si se debe hacer una visita a una familia de respeto, se ponen la chaqueta, pero la casa de Dios es mucho más que cualquier familia de respeto. Esto es indisciplina que roza en la anarquía. ¿Qué decir de tantos sacerdotes que no tienen tiempo de rezar, atosigados como están en tantas actividades inútiles, aunque aparentemente santas? Actividades inútiles porque les falta su alma, porque les falta la presencia de Dios. Donde Él no está no hay fecundidad espiritual.

Es bien cierto que en la Iglesia hay también mucho bien, ¡ay si no fuera así! Pero Él no ha venido por los justos; ellos no tienen necesidad. Ha venido por los pecadores; ¡a estos quiere, a éstos debe salvar! Por eso ha dado el toque en alguna de las muchas llagas y heridas, causa de la perdición de almas.

Ella, la Mujer vestida del sol, rodeada del cortejo de sus sacerdotes predilectos y de las almas víctimas, será el terror de sus enemigos, de los enemigos de su Hijo y de la Iglesia. Ella será terrible, como ejército dispuesto a poner en fuga y aplastar la cabeza a Satanás y a sus legiones.

Fuente: Confidencias de Jesús a un Sacerdote

miércoles, 1 de julio de 2009

FRUTOS PRECIOSOS DE REDENCION

Éste es tiempo de revisión, y de revisión urgente. Es tiempo de intervenir con firmeza, amor y prudencia. No os dejéis intimidar por el Maligno que se ha vuelto fuerte y audaz por el letargo en que ha caído la Iglesia. La incoherencia ha sido superada con mucho por las contradicciones tan frecuentes y tan difundidas que se han transformado en costumbres de vida, por lo que ya ni se notan.

Los que comúnmente son considerados "buenos cristianos" van a la iglesia la mañana del domingo, quizás esperando al entrar en ella que se haya acabado el interminable comentario de la Palabra de Dios. Se acercan a los Sacramentos, pocos con fervorosa fe, muchos por costumbre o tradición familiar. Hay tan escasa convicción que por la tarde no tienen ningún escrúpulo en ver películas de todo tipo, verdaderas escuelas de sexo, robo y violencia de toda clase. Al fin, el veneno del materialismo entra en todos; entre adolescentes y jóvenes la corrupción ha entrado como ríos en crecida y la inmoralidad se difunde.

Todas las puertas han estado abiertas, incluso las de los así llamados "buenos cristianos" que por la mañana van a confesarse, aún sabiendo que durante el resto del día pecarán gravemente. Lo saben ellos y lo saben también muchos confesores que continúan absolviendo todo y a todos. Se confiesan ya con la seguridad de que no faltará el sacerdote siempre pronto a absolverles. Se han olvidado las palabras claras y precisas: "No echéis vuestras perlas delante de los puercos" (Mt 7,6).

Se ha olvidado que los Sacramentos son los frutos preciosos de la Redención de Jesucristo. Se han olvidado las palabras con las que Él, Salvador y Liberador, ha conferido a sus Apóstoles y a sus Sucesores el poder de perdonar o retener los pecados. La facilonería con que se absuelve siempre todo y a todos no responde al designio de su Misericordia, sino a un plan de Satanás. Transformar los medios de salvación en medios de condenación, y desacreditar el valor infinito de la Gracia y de los medios queridos por Él para distribuirla.

Este laxismo que vuelve indiferenciable lo lícito de lo ilícito, el bien del mal, ¿dónde tiene sus raíces? La anarquía ha entrado sin oposición, por lo que algunos sacerdotes se hacen autores de nuevas doctrinas y de una nueva moral que todo admite y que todo aprueba. Las consecuencias son por sí mismas comprensibles: para muchos sacerdotes el sexto y el noveno Mandamiento no tienen ya razón de ser. Esto es suma soberbia, es querer sustituir a Dios, es no creer en Dios, es no creer en la omnipotencia, omnisciencia y omnipresencia de Dios. A continuación, Satanás induce a sacerdotes a que repitan su pecado de soberbia y desobediencia. Él ha encontrado aliados fieles en la Iglesia, induciéndoles a hacerse colaboradores suyos en la obra de desmantelamiento.

Pero, ¿ignoran tal vez las palabras de Jesucristo que no cambian: "Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los tiempos y las puertas del infierno no prevalecerán"? ¡La Iglesia será purificada, será liberada! Lo exige el amor de Dios por ella, lo exige la justicia, lo exige su Misericordia. De esto no se tiene la apropiada visión.

Fuente: Confidencias de Jesús a un Sacerdote

martes, 26 de mayo de 2009

DENUNCIA, ADVERTENCIA Y EXHORTACION

"Derramaré mi Espíritu sobre toda la humanidad: vuestros hijos e hijas profetizarán, los ancianos tendrán sueños y los jóvenes visiones. También sobre siervos y siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días. Haré aparecer señales en el cielo y en la tierra" (Jl 3,1-3).

Lo que sucede en Pentecostés es lo que el profeta Joel había anunciado varios siglo antes (3,1-2) y marca el inicio de la fiesta cristiana que recuerda el don del Espíritu Santo a la Iglesia. El nuevo Pueblo de Dios necesita una renovación contínua para reavivar la zarza ardiente del Espíritu que la dio a luz el día de Pentecostés. Un Pentecostés no solo de un momento, de un día, sino un Pentecostés permanente, según la intuición de la beata Elena Guerra quien, al final del siglo XIX, urgió al Papa Leon XIII a conducir a la Iglesia de vuelta al Cenáculo de Jerusalén.

Ciertamente, el mensaje del profeta Joel (3,1) parece indicar que se trata especialmente del don de profecía; mientras que en el pasado este don había sido otorgado a unos pocos, ahora será concedido abundantemente y de ese modo se cumplirá el deseo de Moisés: "¡Ojalá el Señor diera su Espíritu a todo su pueblo, y todos fueran profetas!" (Num 11,29). Los sueños y las visiones son manifestaciones típicas del carisma profético y algunas de las formas de profecía que llevan a la persona a comunicar, de parte de Dios, mensajes dirigidos a su Pueblo y a otros. La actividad profética ha estado presente desde los primeros días de la Iglesia y lo que nos muestra es el deseo del Señor de hablarle y darle dirección a su Pueblo.

Las apariciones de la Virgen María, como la gran señal que el Cielo nos ha dado en estos tiempos, junto con mensajes y revelaciones privadas son manifestaciones que sirven para comunicar algún deseo de parte de Dios en orden al bien de las almas. Por medio de una lectura orante y una reflexión responsable de algunas revelaciones privadas de santos y siervos de Dios, y de algunos mensajes proféticos dignos de confianza llegamos a descubrir un contenido con muchos elementos en común.

Una denuncia de la pésima situación moral causada por el pecado, la apostasía y la crisis de fe en la Iglesia. La realidad de la batalla espiritual (Ef 6,10-18) está siendo ignorada con graves consecuencias para la Iglesia y el mundo. La infidelidad de muchos sacerdotes lleva a muchas almas camino de la perdición; vinculado a ellos está el gran misterio de la Eucaristía que está sufriendo un progresivo oscurecimiento, causado por desviaciones doctrinales y prácticas.

Una advertencia de lo que se prepara a causa de tal situación es expresión de la gran misericordia de Dios que siempre busca nuestro bien y que nadie se pierda (1 Tim 2,4). Se nos ha advertido de forma inequívoca de unas "horas" graves y decisivas para disponernos a cambiar de rumbo, volviendo a Él de todo corazón y con toda el alma.

Una exhortación a poner remedio antes de que sea demasiado tarde por medio del arrepentimiento y una auténtica conversión. Todo el mal está en que nos empeñamos en seguir nuestros caminos, en vez de buscar los caminos de Dios. Necesitamos retomar el sentido ascético y penitencial de la vida como el auténtico signo evangélico de nuestro discipulado (Mt 16,24). Aquel que se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!, es quien nos invita a entrar por la puerta estrecha y el camino que conduce a la vida (Mt 7,13-14).

Uno de los más famosos sueños proféticos de San Juan Bosco nos invita a fundamentar nuestra vida cristiana en la Sagrada Eucaristía y en la Virgen María, así como nos invita a amar al legítimo sucesor de Pedro y ser fieles a la Iglesia de Jesucristo que "deberá pasar tiempos críticos y sufrir graves daños, pero al fin el Cielo mismo intervendrá para salvarla. Después vendrá la paz y habrá en la Iglesia un nuevo y vigoroso florecimiento."

lunes, 6 de abril de 2009

GRANDES CONTROVERSIAS

Después del ambiente de paz de Betania, en la casa de Lázaro, donde Jesús fue ungido con los nardos de María, llegó el día de las grandes controversias. El día de Martes Santo, Jesús acude al Templo de Jerusalén por el camino tantas veces recorrido. Se han apagado los cantos y ya no hay vítores de los acampados alrededor de la ciudad, con los que dos días atrás le aclamaban como Rey y Mesías. Los que se oponen a Jesús se van a unir para destruirle, empleando sus armas dialécticas.

Jesús llora por la ciudad de Jerusalén: "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los mensajeros que Dios te envía! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus pollitos bajo las alas, pero no quisisteis! Pues mirad, vuestra casa va a quedar desierta. Y os digo que ya no volveréis a verme hasta que digáis: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!" (Mt 23,37-39). Si Jerusalén hubiera querido, se habría convertido en la capital del nuevo Reino; pero no han querido y han usado la libertad para oponerse al modo en que Dios ha querido salvar a la humanidad. No quisieron acoger el don de la Misericordia, han despreciado el amor humilde de todo un Dios que se ha hecho carne en Jesucristo y han preferido una religión adulterada y vacía.

Amargo fruto de esta libertad mal entendida es el que recibirá este pueblo que no ha querido entrar por el camino del amor, rechazando al Cristo de Dios. "Pues mirad, vuestra casa va a quedar desierta", les había dicho Jesús. ¿Qué había querido decir con estas palabras? Pronto lo sabrán...

En el camino de vuelta a Betania, unos minutos después, Jesús rompe el silencio y les dice a sus discípulos: "Os aseguro que aquí no va a quedar piedra sobre piedra. ¡Todo será destruido!" (Mt 24,2). Todos quedaron consternados ante estas palabras, tanto por el tono profético como por la dureza de semejante revelación. La destrucción del Templo de Jerusalén, orgullo de todo israelita, ocurrió efectivamente antes de haber transcurrido cuarenta años y dura hasta el día de hoy. Los horrores de la guerra de los romanos contra los judíos de Palestina durante los años 66-70 d.C. debieron hacer reflexionar a más de uno en el juicio de Dios y así comprender que la Misericordia y la Justicia divinas son inseparables, como las dos caras de una misma moneda.

En el camino hacia el Calvario, Jesús estaba realizando el designio del amor de Dios en favor de la salvación de los hombres. Era necesario que el grano de trigo muriera para renacer como germen de vida; la Cabeza de la naciente Iglesia debía inmolarse en la aniquilación total para la salvación de todos. Hoy es el Cuerpo Místico entero que debe ser arrojado, como el grano de trigo, y morir para poder renacer a una nueva y fecunda vida divina.

En la hora oscura de la Pasión y Muerte de Jesucristo se rebelaron con obstinación ciega y absurda testarudez porque no quisieron comprender, a pesar de que sus palabras no se prestaban a equívocos. Hoy, la situación es la misma que entonces; Él ha hablado y todavía no han creído. El misterio de la Redención que está en curso y la hora actual de la purificación, son actos de infinita Misericordia y Justicia. La Misericordia exige que todos sean advertidos con llamadas interiores y exteriores. ¿Qué más puede darnos Aquel, cuyo Corazón abierto desea sanar a la Iglesia y a sus miembros? Él hace simple lo que es complicado y nosotros hacemos complicado lo que es simple. Como los doctores del Templo, muchos no aceptarán este mensaje porque no son de la Verdad y seguirán acrecentando la confusión, oscurecidos por la soberbia y el orgullo.

Alma de Cristo, santifícame
Cuerpo de Cristo, sálvame
Sangre de Cristo, embriágame
Agua del costado de Cristo, lávame
Pasión de Cristo, confórtame
Oh buen Jesús, óyeme
Dentro de tus llagas, escóndeme
No permitas que me aparte de ti
Del maligno enemigo, defiéndeme
En la hora de la muerte, llámame y mándame ir a ti para que con tus santos te alabe por los siglos de los siglos. Amén