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jueves, 2 de febrero de 2012

¿DIOS ESTA AQUI?

Me venía a la mente la letra del canto que lleva por título el mismo que el presente artículo que hoy estoy escribiendo, pero sin los signos de interrogación: Dios está aquí. Allí donde está la presencia de Dios, las vidas de las personas cambian y el hambre espiritual es saciado; sin embargo, cuando la presencia de Dios no es palpable ni experimentable, sucede lo inevitable...

Nunca dejará de sorprenderme el relato del capítulo 2 del libro de los Hechos de los Apóstoles, en el que nos encontramos con 3.000 conversiones y una sola predicación. Demasiadas veces he tenido que observar con gran dolor y tristeza la realidad de lo que sucede en muchas parroquias y comunidades; más de 3.000 predicaciones y apenas una sola conversión. Y me he preguntado: ¿Dios está aquí? Jesucristo, el Señor, ¿está en verdad en el centro del corazón y de la vida de este pastor de almas o de estos responsables eclesiales?

Es como ir a una panadería y no encontrar pan; es el lugar donde su supone que debe haber pan, pero no has podido encontrarlo. Es verdad que te hablan de recetas para hacer el pan, de los lugares donde se prepara y se hornea, de los diferentes tipos de pan que existen; sin embargo, ya no hay pan.

Hay lugares en la Iglesia, o quizás sea mejor decir, hay expresiones en la Iglesia donde la presencia de Dios ya no está actuando; la gloria de Dios ya no está presente y las vidas de las personas no son transformadas ni renovadas; el Espíritu Santo no se mueve con poder y ya no hay convicción de pecado. Por eso hay tantas personas que están a gusto ahí donde no está la presencia de Dios, porque viven en pecado, y cuando el pecado no es expuesto no puede haber arrepentimiento sincero ni conversión auténtica.

Hoy día encontramos muchos creyentes que han escogido escuchar predicaciones suaves y un evangelio "amistoso" en el que ya no se habla apenas de Dios, ni de su Palabra, ni de su presencia. Se prefiere resultar simpático y políticamente correcto, antes que molestar a nadie con la verdad completa de la salvación. Claro que hay que hablar del amor de Dios, es lo primero y más importante, pero no es lo único; también hay que predicar sobre el pecado y llamar a las cosas por su nombre, porque solo así es posible que las vidas de las personas cambien de verdad y se produzcan conversiones.

Hay personas que no descubren la presencia de Dios y se marchan para encontrarla en otros lugares, porque saben muy bien lo que desean y aquello que están buscando: encontrarse con el Señor y caminar en su presencia todos los días de su vida. Ojalá que no se equivoquen y busquen en lugares erróneos fuera de la Iglesia de Jesucristo. ¡Cuántas expresiones de Iglesia en las que no hay vida! Están muertas porque la presencia de Dios ya no está ahí y las vidas de las personas no cambian porque se han quedado en punto muerto también.

¡Ven Espíritu Santo y renueva a tu Iglesia con el fuego! ¡Reaviva en tus fieles un amor apasionado por Cristo y un deseo incansable de caminar siempre en tu presencia! Que podamos cantar con fuerza: ¡Dios está aquí! ¡Dios está aquí! ¡Dios está aquí! Tan cierto como el aire que respiro, tan cierto como en la mañana se levanta el sol, tan cierto que cuando le hablo Él me puede oir. ¡Dios está aquí!

lunes, 14 de noviembre de 2011

PAGAR EL PRECIO

Cuando el Señor nos llama a su servicio, debemos estar dispuestos a pagar el precio. Si Él dio su vida por nosotros, también nosotros debemos estar dispuestos a dar la vida por nuestros hermanos cada día (1 Jn 3,16). El llamado al sacrificio siempre fue una parte del servicio de los grandes héroes de la fe, como encontramos en el capítulo 11 de la carta a los Hebreos.

El liderazgo espiritual siempre viene acompañado de soledad, críticas y rechazo; Jesucristo vino a los suyos y los suyos no lo recibieron (Jn 1,11). Existen muchos momentos en la vida del siervo de Dios donde debe caminar solo, necesitando suficientes recursos internos para quedarse solo frente a la inflexible oposición de no tener a nadie más que al Señor. La humildad nunca se pondrá a prueba con más intensidad que cuando llega la crítica y el rechazo. Debemos esperar que la crítica se intensifique en la medida en que aumentan nuestras responsabilidades, ya que esto hace que caminemos humildemente con Dios y busquemos en todas las cosas hacer su voluntad.

San Pablo buscó el favor de Dios y no el de los hombres (Gal 1,10). A él no le perturbó la crítica ni le preocupó demasiado el ser juzgado por los hombres, ya que el único Juez es el Señor (1 Cor 4,3-4). El oído del apóstol estaba bien sintonizado con la voz de Dios y para él las voces humanas era tenues en comparación con la voz de su Señor; por eso, no tenía miedo de los juicios humanos ya que vivía consciente de estar ante un tribunal superior (2 Cor 8,21).

Todo esto provoca en nosotros fatiga y cansancio; es lo normal. Jesucristo también sufrió el cansancio como parte de su ministerio y tuvo que descansar en muchos momentos (Jn 4,6). No podemos olvidar que la fatiga es el precio que hay que pagar como siervos fieles de Dios y la mediocridad es el resultado de no sufrir el cansancio y la fatiga.

Jesús tuvo que lamentar la terquedad de su pueblo en varios momentos, así como los profetas que fueron fieles a Dios hasta el final. Hoy también es tiempo de alzar la voz como profetas del tercer milenio, dispuestos a pagar el precio por amor a Dios y a los hombres de nuestra generación. Necesitamos amar y hacer amar a la Iglesia de Jesucristo, sirviendo en fidelidad y con perseverancia evangélica.

"¿A qué compararé esta generación? Se parece a esos chiquillos sentados en las plazas, que se gritan unos a otros: os hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado. Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dijeron: tiene un demonio. Ha venido el hijo del hombre , que come y bebe, y dicen: éste es un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores. Pero la sabiduría ha sido justificada con sus obras." (Mt 11,16-19)

viernes, 16 de septiembre de 2011

VIVIR EN EXTASIS

"Id al mundo entero y proclamad el Evangelio" no es una sugerencia, no es una recomendación; es un mandato, ¡gozoso! Nos pide el Señor a cada uno de nosotros que continuemos su misma misión: extender por el mundo entero la Buena Nueva, hacer presente a Cristo.

Pero -me pregunto-, ¿no estoy yo encerrado en mí mismo tantas veces? ¿Me preocupa sólo lo mío, mis cosas, sin abrir el corazón ni la mente a todas las necesidades de la evangelización que tiene la Iglesia? En San Pablo encontramos el deber de hacernos uno a todos; que debemos reír con los que ríen y llorar con los que lloran. Es decir, hacer propias las inquietudes de todos los hombres. Esto es salir de uno mismo.

El Papa Benedicto XVI, en la encíclica Deus Caritas est, cuando habla del amor, dice que el amor pide "éxtasis"; es decir, "salida de sí", "salida del lugar". El gran problema es que el amor se encierre en uno mismo; que uno se ame a sí mismo -o a lo propio: a mi terruño, a mis cuatro paredes-. El Amor de Dios, el Amor intratrinitario, se ha desbordado. Y así, decimos que la Santísima Trinidad "ha salido de Sí". También nosotros debemos salir de nosotros mismos, vivir en éxtasis.

Y ahora la pregunta es: y yo, ¿cómo puedo ir al mundo entero y proclamar el Evangelio? San Cirilo y San Metodio pudieron hacerlo. Pero, ¿y yo? Un monasterio es el corazón de la evangelización. Un monasterio es un pilar en la Iglesia. Porque la oración es la base, es el fundamento de toda acción apostólica; pero una acción generosa: una oración en que uno no se busca a sí mismo, que no pretende un cumplimiento o el ser yo "buena persona". La acción y la entrega deben ser misioneras. Cuánto sorprendió a muchos que se nombrara Patrona de las misiones a una religiosa de clausura.

Desde este lugar debe extenderse la Luz del Evangelio a muchos lugares, por la Comunión de los Santos, aún sin verlo. No es necesario ver los frutos para que éstos existan. Es necesario creer que esto es así. Pero el peligro que tenemos todos, siempre, es vivir encerrados, no ver más allá de nuestro propio horizonte. Y, al final, amarse a uno mismo. Hemos de salir, hemos de vivir en éxtasis. Hemos de ir al mundo entero con nuestra oración y nuestra entrega a predicar el Evangelio.

Esta mezcla de Cirilo y Metodio es muy significativa. Porque Metodio era obispo y Cirilo era monje. Ambos conforman un icono de la vida de la Iglesia. Aquellos que están en primera línea de batalla, en la acción, necesitan a aquellos que están en primera línea de batalla en la oración. Y no es que los que están en una no deban rezar y los que están en otra no deban actuar. Pero cada uno tiene una misión. En la época medieval, los monasterios fueron los lugares de la transmisión de la fe, en su presencia silenciosa, en su oración callada. Pero inundaron Europa.

En el día de hoy, podríamos decir que la crisis de fe debe resolverse con una radicalización de los monasterios. Por eso, le pedimos hoy al Señor la fuerza de su Espíritu Santo, para que en todos los monasterios se inicie, se continúe la Nueva Evangelización. Que Dios nos conceda vivir en éxtasis, salir de nosotros mismos, olvidarnos de lo propio y vivir totalmente entregados a la misión de la Iglesia.

Fuente: Pablo Domínguez
 

lunes, 29 de agosto de 2011

ABRID CAMINO AL SEÑOR

"Hermanos míos, hasta este momento, no hemos hecho nada: comencemos, pues, desde hoy." San Francisco se dirigía a sí mismo esta exhortación; humildemente, hagámosla nuestra. ¡Es verdad, no hemos hecho todavía nada o muy poca cosa! Se pasan los años sin que nos preguntemos qué es lo que hubiéramos podido hacer; ¿no hemos encontrado nada para modificar, para añadir o suprimir en nuestra conducta? Hemos vivido sin preocupaciones, como si no tuviera que llegar nunca el día en que el Juez eterno nos llame para presentarnos delante de él, y en el que debamos dar cuenta de nuestras acciones y de lo que hayamos hecho con nuestro tiempo.

No perdamos tiempo. No dejemos para mañana lo que podamos hacer hoy: los sepulcros están llenos de buenas intenciones; y, por otra parte, ¿quién puede asegurar que mañana viviremos? Escuchemos la voz de nuestra conciencia; es la voz del profeta: ¿Escucharéis hoy la voz del Señor? No cerréis vuestro corazón. No planteemos más que el instante presente: velemos, pues, y vivámoslo como un tesoro que se nos ha confiado. El tiempo no nos pertenece; no lo malgastemos (San Pío de Pietrelcina).

Los profetas de hoy, como Jeremías, se saben enamorados de Dios. Reconocen que Él los ha atraído hacia sí y que en Él están sus vidas. Pero el Dios que les ama les encarga un trabajo difícil. Sus profecías no agradan a sus contemporáneos, que los persiguen y desean darles muerte. Sin embargo, el profeta contrapone las circunstancias externas, que son hostiles, al fuego que arde en sus entrañas y que no puede contener. Esa palabra de Dios es más fuerte que el temor porque el profeta no vive de un sentimiento, sino de una certeza. Y por ella puede sobreponerse a las circunstancias.

Cuando un hombre empieza a seguir a Cristo, se niega a sí mismo y toma su cruz, encontrará a muchos que le contradirán, muchos que se le opondrán, y muchas cosas para desanimarlo. Y todo eso de parte de los que pretenden ser compañeros de Cristo. También caminaban con Cristo los que impedían a los ciegos que gritaran. Si quieres seguir a Cristo, todo se te convierte en cruz, sean amenazas, adulaciones o prohibiciones; tú, resiste, soporta, no te dejes abatir (San Agustín).

Hoy día, la falta de esperanza paraliza, mientras que la auténtica esperanza lleva a actuar, hace ponerse en camino y dinamiza todas las energías. No hay contradicción entre la acción de Dios y nuestra propia actividad; al contrario, Dios actúa en nosotros, moviéndonos a actuar (Mc 16,20; Flp 2,12-13). Pero su acción supera infinitamente todas nuestras capacidades y por eso es manifestación de la gloria de Dios. Eso se ve máximamente en la vida y en el testimonio de los santos.

Por otra parte, el abrir camino se realiza en el desierto; es decir, en medio de sequedades y dificultades; es en ese esfuerzo aparentemente baldío donde se manifiesta la gloria de Dios, de modo semejante a como a la siembra sigue la cosecha abundante y desproporcionada (Sal 126,5-6). La Nueva Evangelización hoy es abrir camino al Señor. Él viene a través de la palabra del que habla en su nombre. Cuando evangelizamos estamos permitiendo que el Señor continúe salvando y mostrando su gloria. Pues evangelizar es hacer presente al Señor y dejarle actuar.

Hoy más que nunca es urgente gritar con voz potente la Buena Noticia de la salvación. Si el profeta del Antiguo Testamento (Jeremías, Isaías) se sentía urgido, ¡cuánto más nosotros que hemos recibido la plenitud traida por Cristo! Y si el pueblo de Israel lo necesitaba, ¡cuánto más nuestros contemporáneos, que viven en un exilio espiritual mucho más duro e inhumano! La esperanza que se apoya en Dios es la que da vigor y entusiasmo a la persona, la que da energías para remontar continuamente el vuelo por encima de las dificultades, fracasos y decepciones. Y es esta esperanza la que infunde "juventud"; un joven sin esperanza es viejo: ya no espera nada; y al contrario, un anciano lleno de esperanza desborda vigor y vitalidad (Julio Alonso Ampuero).

lunes, 8 de agosto de 2011

VIVIR EN EL ESPIRITU

"Sabemos que Dios ordena todas las cosas para bien de los que le aman, de los que han sido elegidos según su designio" (Rom 8,28).

Este es uno de esos versículos bíblicos que seguramente no resulta desconocido para la gran mayoría de los creyentes; sin embargo, cuando hemos tenido oportunidades reales de hacerlo vida y experimentar su alcance en nuestra propia vida, se convierte en convicción profunda que se graba a fuego en el corazón de aquel que descubre que su vida se apoya en la roca inamovible de la fidelidad de Dios.

Muchas cosas que suceden en nuestra vida y que no podemos entender, ni siquiera con el paso del tiempo, forman parte de ese tiempo de preparación que el Señor nos regala para poder llegar allí donde Él nos quiere llevar. Todos necesitamos prepararnos para administrar adecuadamente lo que Dios nos va a dar y va a poner en nuestras manos. En nuestra vida siempre hay un tiempo de espera que nos permite prepararnos para poder echar a volar después.

Vivir en el Espíritu es saber acoger y aprovechar cada etapa de nuestra vida que nos permite avanzar para coger impulso y finalmente echar a volar alto. Hasta que el águila no incita a su nidada para que comience a volar, no descubrirán por sí mismos que en realidad son águilas que han sido creadas para volar alto. Así también, en un momento preciso de nuestra vida, Dios agita nuestro nido y nos quita la comodidad para incitarnos a volar alto y vivir en fe. O echas a volar o te caes, porque es la etapa de nuestra vida en la que debemos apostar por vivir en el Espíritu y arriesgarnos. La vida siempre es un riesgo y el asunto es dónde apostar y cuál es el riesgo que vas a correr.

Debemos orar y clamar al Señor con todo el corazón en este tiempo. ¡Prepárate para vivir en el Espíritu y descubrir la auténtica libertad de los hijos de Dios!

sábado, 23 de abril de 2011

GRAN SILENCIO

El Espíritu Santo se muestra presente, aunque de forma oculta, en el misterio del Sábado Santo. Principalmente, a través del silencio orante, que es la forma celebrativa propia de este día, cargado de adoración y veneración del cuerpo muerto de Cristo. Este silencio es la forma de expresar la presencia del Espíritu que acompaña a Cristo en su paso por la muerte y su descenso a los infiernos. Este silencio cargado de Espíritu, junto a la presencia también silenciosa de María, sostiene la liturgia de este día (Magnificat - Semana Santa).

Para poder oír la voz de Dios hay que tener la serenidad en el alma y observar el silencio, no un silencio triste, sino un silencio en el alma; es decir, el recogimiento en Dios. Se pueden decir muchas cosas sin interrumpir el silencio y, al contrario, se puede hablar poco y romper continuamente el silencio.

El silencio debería estar en el primer lugar. Dios no se da a una alma parlanchina que como un zángano en la colmena zumba mucho, pero no produce miel. El alma habladora está vacía en su interior. No hay en ella ni virtudes fundamentales, ni intimidad con Dios. Ni hablar de una vida mas profunda, ni de una paz dulce, ni del silencio en el que mora Dios.

Si las almas quisieran vivir en el recogimiento Dios les hablaría en seguida, ya que la distracción sofoca la voz de Dios. El silencio es una espada en la lucha espiritual; un alma parlanchina no alcanzará la santidad. Esta espada del silencio cortará todo lo que quiera pegarse al alma. El alma silenciosa es fuerte; ninguna contrariedad le hará daño si persevera en el silencio. El alma silenciosa es capaz de la mas profunda unión con Dios; vive casi siempre bajo la inspiración del Espíritu Santo. En el alma silenciosa Dios obra sin obstáculos.

El silencio es un lenguaje tan poderoso que alcanza el trono del Dios viviente; el silencio es su lenguaje, aunque misterioso, pero poderoso y vivo. La paciencia, la oración y el silencio refuerzan el alma.

Fuente: Diario de Santa Mª Faustina Kowalska

jueves, 7 de abril de 2011

MENSAJERO EN LA NOCHE

"Entonces voló hacia mí uno de los serafines con una brasa en la mano, que con las tenazas había tomado de sobre el altar. Tocó mi boca y dijo: He aquí que esto ha tocado tus labios: se ha retirado tu culpa. Tu pecado está expiado" (Is 6,6-7).

Después de terminar la lectura del libro Un mensajero en la noche de la escritora española María Vallejo-Nágera, he dado gracias a Dios en varios momentos por su gran misericordia y fidelidad. Trata acerca de un hombre que había pasado por varias prisiones de Inglaterra y que en un momento cualquiera de su historia en una de esas prisiones, recibe la visita de un mensajero del cielo que transforma la oscuridad de su vida en una vida llena de luz y de entrega a Cristo en su Iglesia.

Una vida fascinante la de este hombre que se convirtió en monje benedictino los últimos momentos de su vida, antes de ser llamado a la Casa del Padre, que nos invita a valorar cada pequeño detalle que sucede a nuestro alrededor y que siempre nos recuerda la infinita bondad de Dios.

Ojalá que este camino de la Cuaresma sea para nosotros como el laboratorio donde el mejor alfarero pueda modelar nuestro barro, de manera que cada día aprendamos a ser más dóciles en sus manos y así lleguemos a la Pascua resucitando con Cristo para aspirar a las cosas del cielo y no a las de la tierra, siendo cada vez más imagen y semejanza de Aquel que nos creó para manifestar su gloria.

martes, 22 de marzo de 2011

LOS VERDADEROS CARISMATICOS

"Grita a plena voz, sin cesar, alza la voz como una trompeta, denuncia a mi pueblo sus delitos, a la casa de Jacob sus pecados. Consultan mi oráculo a diario, muestran deseo de conocer mi camino, como un pueblo que practicara la justicia y no abandonase el mandato de Dios" (Is 58,1-2a).

El Señor ha enviado su Espíritu que es amor. Es fuego que arde, que transforma, que ilumina y calienta, que purifica y vivifica y alienta en muchas almas que llamamos carismáticas. Las ha suscitado en toda la Iglesia; pero también entre éstas se ha insinuado Satanás sembrando ambiciones, rivalidades, divisiones. Deben permanecer unidas espiritualmente y poner los dones recibidos al servicio de la Comunidad eclesial.

Los verdaderos carismáticos son escogidos por el Espíritu Santo en la Iglesia, para la Iglesia. La Iglesia fundada por Cristo es jerárquica y el carisma está destinado al bien de toda la Comunidad. Se completan y se integran en la unidad espiritual entre ellos y con la Jerarquía. El verdadero carismático es un instrumento del Espíritu Santo y, como tal, debe estar disponible para la realización de un plan que ni siquiera él conoce, pero que es conocido por la Providencia divina que ha dispuesto este plan.

El verdadero carismático es el administrador de un tesoro para el bien de todos; no puede apoderarse de él para sí ni por un instante; ay si se deja disuadir por este fin. Quien tiene un tesoro a su custodia, vigila para frustrar cualquier tentativa del Enemigo de arrebatárselo... Pero las tinieblas de la soberbia han vuelto ciegos a fieles, sacerdotes y hasta a algunos pastores. Se ha rechazado la luz, se han rechazado las intensas llamadas interiores y exteriores por lo que nos hemos alejado cada vez más de Dios.

Debilidades, necedades y ambiciones han sido las puertas abiertas al Enemigo. Relajamiento de religiosos y religiosas, de consagrados en general, que se han adaptado mansamente a las astucias del Enemigo a través de un neopaganismo. La proliferación de teorías infectas de algunos teólogos sedientos, más que de verdad, de sí mismos, ha aumentado el caos en la Iglesia. El daño acarreado a las almas no es evaluable por la mente humana.

No faltan obispos santos y excelentes sacerdotes, pero desgraciadamente abundan los tibios, los indiferentes, los presuntuosos; no faltan los herejes y los descreídos. ¿No parece esto absurdo y anacrónico? Sin embargo es la realidad. Oremos y no nos cansemos de ofrecer nuestros sufrimientos. El Señor quiere hacer de nosotros una lámpara encendida, instrumento en sus manos para la salvación de tantos hermanos nuestros. No separemos nuestra mirada de Él que nos ama.

Fuente: Mons. Ottavio Michelini

martes, 8 de marzo de 2011

LA VERDADERA LIBERTAD

La Cuaresma, un camino hacia la verdadera libertad

Desde los orígenes, la Cuaresma se ha vivido como un tiempo de preparación inmediata al bautismo, el cual se administraba solemnemente durante la Vigilia pascual. La Cuaresma entera se vivía como un caminar hacia el encuentro con Cristo, como una vida nueva. Nosotros ya estamos bautizados, pero no siempre dejamos que el bautismo actúe en nuestra vida cotidiana. Por eso, la Cuaresma es un nuevo catecumenado por el cual nos dirigimos otra vez hacia nuestro bautismo, para redescubrirlo, para volverlo a vivir en profundidad, para llegar de nuevo a ser verdaderos cristianos.

Nunca la conversión se hace de una vez para siempre, sino que es un proceso, un camino interior que dura toda la vida. Este itinerario de conversión evangélica no puede quedar limitado a un período particular del año; es un camino de cada día que debe abrazar la globalidad de la existencia, todos los días de nuestra vida.

¿Qué es en realidad convertirse? Podríamos decir que la conversión consiste en no considerarnos como "creadores" de nosotros mismos y, por aquí, descubrir la verdad, puesto que nosotros no somos nuestros propios autores. La conversión consiste en la libre y amorosa aceptación de nuestra total dependencia de Dios, nuestro verdadero Creador, una dependencia de amor. No es un obstáculo, es la libertad.

Fuente: Magníficat (Benedicto XVI)

jueves, 25 de noviembre de 2010

LEVANTATE Y ANDA

Cuántas veces nos encontramos como el paralítico del Evangelio (Jn 5,1-18) que no consigue salir de su situación por sus propios medios y que, al mismo tiempo, a su alrededor no hay más que enfermos, ciegos, cojos y tullidos. Sin embargo, cuando llega Jesús y le permite acercarse a él las cosas empiezan a cambiar. El Señor nos está ofreciendo andar, pero somos nosotros quienes debemos levantarnos. Su Palabra nos está confrontando a cada uno de nosotros: levantarnos por fe y salir de esta situación o quedarnos como estamos compadeciéndonos de nosotros mismos.

Nos cuesta tanto creer que en medio de nuestro abatimiento, debilidad y pecado es Dios quien nos sigue amando y llamando para levantarnos, sanarnos y perdonarnos. Necesitamos la fe de un niño para aceptar este amor y decirle: "¡Por tu Palabra, me levantaré y caminaré contigo, Señor!

La Iglesia de Jesucristo necesita regresar al Cenáculo en oración, con María, para poder levantarse en el poder del Espíritu Santo y salir al mundo a testificar que Cristo vive. En medio de la persecución debe promover la vida en el Espíritu para que nada ni nadie logren apagar el fuego que la mantiene encendida como luz del mundo (Mt 5,14). Es necesario reavivar la zarza ardiente del Espíritu Santo que dio a luz a la Iglesia el día de Pentecostés. Un Pentecostés no solo de un momento, de un día, sino un Pentecostés permanente, según la intuición de la beata Elena Guerra quien, al final del siglo XIX, urgió al Papa León XIII a conducir a la Iglesia de vuelta al Cenáculo.

El viento del Espíritu está soplando con fuerza, ¿no escuchas su voz? El fuego del Espíritu quiere purificar, quemar y encender nuestros corazones, ¿no experimentas su poder? Pueblo de Dios, ¡levántate y anda! "¡Pues éste es el tiempo favorable; éste es el día de la salvación!" (2 Cor 6,2).

jueves, 16 de septiembre de 2010

EL DIVINO REPARADOR

El Hijo de Dios, Jesucristo hecho Hombre de María Virgen, por obra del Espíritu Santo, fue el primer REPARADOR y ADORADOR del Padre, que por obediencia y amor infinito a los hombres, consumó su vida en la Cruz, donde nos dio la más pura y total entrega de Sí, de su AMOR, en la más absoluta humildad. Si bien, esa Cruz acabó en Resurrección y Vida nueva para El y para todos los que creemos en El y le amamos. Con El estaba la Santísima Virgen con el Corazón rodeado de espinas ofreciéndose como Víctima de Amor, Corredentora y refugio de todos los pecadores.

Este mundo necesita pequeños “apóstoles de la reparación”, en adoración a los pies de la Cruz y de la Custodia, con nuestros ojos y corazón fijos en la infinita belleza, vibrando, por el AMOR de los AMORES, entrando en las heridas de su Cuerpo que nos dejan ver los secretos de su Corazón, y “la Misericordia de nuestro Dios, por la que nos ha visitado el sol que nace de lo alto”. Nadie tiene un AMOR más grande que el que da su vida por los sentenciados a muerte y a la condenación, no podemos olvidar que murió por todos sin excepción. Sacrificio que anticipó y perpetuó hasta el fin del mundo en la Última Cena con sus discípulos, el primer Jueves Santo instituyendo el Sacerdocio y concediéndoles el poder y deber de: “Haced esto en memoria Mía” y envolviéndolo en una corriente de amor: “Amaos unos a otros como Yo os he amado”. (Jn. 13, 34)

Esta espiritualidad tan necesaria hoy en día debemos vivirla con inmensa alegría, entregados a ser imitadores de Nuestro Jesús amado, en todos los momentos de nuestra vida, si así lo hacemos, Él llenará nuestro corazón de su AMOR, y derramará abundantes gracias, sobre las almas.

Desde el Huerto de los Olivos, el Señor vive con tanta intensidad la REPARACIÓN que suda sangre, y para llegar a esto, el sufrimiento por nuestros pecados lo traspasó por entero. Ahora el Corazón de Jesús prolonga su REPARACIÓN a perpetuidad en cada Eucaristía, y en cada Sagrario de la Tierra. Reguemos esta tierra reseca por el alejamiento de Dios, adorando y reparando, acercándonos a los sacramentos, seamos velas encendidas, iluminemos con nuestra vida, que prenda en los corazones y así formaremos una hoguera que irá purificando nuestros pecados y los del mundo entero.

Fuente: Ministri Dei (Concha Puig)

jueves, 9 de septiembre de 2010

ABANDONARLO TODO

Abandonarlo todo para recibirlo todo...

Hemos recibido más de lo que hemos dado; dejamos pequeñas cosas y encontramos bienes inmensos. Cristo devuelve cien veces más de lo que se deja por Él. Y sin embargo, para llegar a la perfección no se trata simplemente de menospreciar las riquezas y dar los propios bienes, de liberarse de lo que se puede perder o adquirir en un momento. Esto es lo que han hecho los filósofos; un cristiano debe hacer más que ellos.

No basta con dejar los bienes terrestres; es necesario seguir a Cristo. Pero, ¿qué es seguir a Cristo? Es renunciar a todo pecado y adherirse a todo lo que es virtud. Cristo es la Sabiduría eterna, es ese tesoro que se encuentra en un campo, en el campo de las Santas Escrituras. Es la perla preciosa por la cual es preciso sacrificar otras muchas. Cristo es la santidad, la santidad sin la cual nadie verá el rostro de Dios. Cristo es nuestra redención, nuestro Redentor; es nuestro rescate. Cristo lo es todo: así pues, el que acepte dejarlo todo por Él todo lo encontrará en Él. Éste podrá decir: El Señor es el lote de mi heredad y mi copa. No deis solamente vuestro dinero si queréis seguir a Cristo. Daos vosotros mismos a Él; imitad al Hijo del hombre que no ha venido para ser servido, sino para servir.

Fuente: San Jerónimo
 

viernes, 3 de septiembre de 2010

SI ME AMAIS

Es verdad que los cristianos no seguimos una doctrina o un ideal escrito en letra, sino a una persona que es Jesucristo, que murió en una cruz por amor a nosotros, pero que resucitó y vive por los siglos de los siglos (Ap 1,17-18). Sin embargo, no es menos cierto afirmar que es muy importante tener claro cuál es la fe de la Iglesia y la doctrina que es segura y auténtica, la cual debemos guardar y enseñar si en verdad amamos al Señor.

"Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo pediré al Padre que os mande otro defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad, que el mundo no puede recibir porque no lo ve ni lo conoce. Vosotros lo conocéis, porque vive con vosotros y está en vosotros... El que conoce mis mandamientos y los guarda, ése me ama; y al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él... El que me ama guardará mi doctrina, mi Padre lo amará y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él. El que no me ama no guarda mi doctrina; y la doctrina que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado" (Jn 14,15-17. 21. 23-24).

Hoy vivimos un tiempo en el que las personas se acomodan a nuevos vientos de doctrina (2 Tim 4,3), por lo que se hace necesario profundizar en nuestra fe para saber dar razón de aquello en lo que creemos (1 Pe 3,15) con valentía y sin miedo. El Papa Juan Pablo II nos dejó como legado y herencia el Catecismo, afirmando como Vicario de Cristo y sucesor de Pedro: "Reconozco el Catecismo como norma segura para la enseñanza de la fe, para sostener y confirmar la fe de todos los discípulos del Señor. Siendo una exposición de la fe de la Iglesia y la doctrina católica, atestiguadas e iluminadas por la Sagrada Escritura, por la Tradición apostólica y el Magisterio eclesiástico... Este Catecismo les es dado para que les sirva de texto seguro y auténtico para la enseñanza de la doctrina católica. Se ofrece también a todos los fieles que deseen conocer mejor las riquezas inagotables de la salvación... "

Para que se transmitiera sin error la Palabra de Dios, oral o escrita, Jesucristo instituyó el Magisterio o la enseñanza de la Iglesia que se lleva a cabo en su Nombre por los pastores en comunión con el sucesor de Pedro. No está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio. Así, los cristianos recordando la palabra de Cristo a sus apóstoles: "El que a vosotros escucha a mí me escucha" (Lc 10,16), reciben con docilidad las enseñanzas y directrices que sus pastores les dan de diferentes formas.

Conservar "el depósito" (1 Tim 6,20; 2 Tim 1,12-14) de la fe es la misión que el Señor confió a su Iglesia y que ella realiza en todo tiempo, siendo especialmente importante y decisivo en este tiempo mantenerse fiel a dicho depósito, de manera que todo el Pueblo santo, unido a sus pastores, persevere constantemente en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, en la Eucaristía y en las oraciones (Hch 2,42), de modo que haya una particular concordia en conservar, practicar y profesar la fe recibida.

lunes, 10 de mayo de 2010

EXAMEN DE CONCIENCIA

EXAMEN DE CONCIENCIA CON EL SER DE LA IGLESIA

Todo pecado es ofensa a Dios y ofensa a la Iglesia, Esposa de Cristo y su Cuerpo místico, a quien con mi pecado constituyo pecadora. El pecado tiene esa dimensión horizontal que perjudica a toda la familia de los redimidos. Motivo importante de arrepentimiento es considerar que mi pecado va en contra del ser y las cualidades de la Iglesia. Lo que decimos de la Iglesia universal se aplica también a las "microiglesias" que son la familia, la comunidad y los grupos apostólicos.

Una: Perdón, Señor, por mis pecados contra la unidad: discordias, críticas, murmuraciones, detracciones, enfados, ira, indignación incontrolada, pecados contra la concordia en la Iglesia doméstica, la familia, la comunidad y las asociaciones.

Santa: Perdón por mi deserción de la santidad, de mi obligación de aportar santidad a la Iglesia y a la comunidad. Perdón por los pecados contra la santidad del matrimonio y la familia, las relaciones de los cónyuges y las relaciones padres-hijos. Perdón, porque la santidad es amor, y no amo con todo mi corazón, con todo mi ser ni con todas mis fuerzas.

Católica, universal: Perdón por mi actitud raquítica y mutilada, centrada sólo en mis intereses y problemas, por no dilatar la mente a las necesidades, sufrimientos y objetivos de la Iglesia y de la humanidad.

Apostólica: Perdón por mi desinterés por la doctrina y enseñanzas de los apóstoles; por mis desobediencias al Papa y a los obispos, sucesores de los apóstoles.

Esposa de Cristo: Perdón por las heridas a la Esposa por la que te sacrificaste para hacerla inmaculada, por mi desamor a ella, por mis críticas a la jerarquía y mi desinterés por sus enseñanzas.

Cuerpo místico: Perdón por no vivir mi condición de miembro de tu Cuerpo, por descuidar la parte y el cometido que en él me asignas, por la inconsciencia de que mi pecado afecta a todo el Cuerpo.

Comunión de los santos: Perdón, porque mi pecado va contra la común unión de tus fieles, y resta santidad y credibilidad a tu Iglesia.

Pueblo peregrino: Perdón, porque no soy peregrino en este mundo, porque olvido mi fin y destino eterno; por mi afán de instalación en la tierra, por mi apego a las cosas, porque considero el bienestar algo esencial en mi vida, por mi codicia de poder, placer y poseer; por mi tacañería en dar y compartir.

Depositaria de la Revelación: Perdón, porque no profundizo en tu Palabra revelada; porque no la asimilo, porque no la irradio, porque no la interiorizo en la oración, por el descuido de mi vida de piedad.

Depositaria de los sacramentos: Perdón por mi desinterés en profundizar en la doctrina de los Sacramentos, el gran tesoro que otorgas a la Iglesia. Perdón por no ser consciente del don del bautismo y de sus exigencias; por mi negligencia y remisión en la práctica de los sacramentos; por mi falta de preparación a la confesión y por no darte gracias después por tu perdón; por mi rutina en la Eucaristía; por mis desatenciones en su celebración, por mi falta de diálogo e intimidad después de la comunión.

Continuadora del misterio pascual: Perdón, porque ni te agradezco ni vivo tu pasión, muerte y resurrección que aceptaste por mí personalmente; porque no te sigo generosamente con mi cruz; porque rehúyo sistemáticamente el sufrimiento; porque no valoro el privilegio de padecer por ti y contigo; por mis rebeldías ante el dolor; porque rechazo el sacrificio y la mortificación.

Pueblo de profetas: Perdón por no transmitir tu palabra y tu mensaje; porque no doy testimonio profético; porque el profeta ha de ir contra corriente del mundo y yo sigo las formas, las costumbres, las modas del mundo, y me conformo a sus criterios y mentalidad.

Templo de Dios, santuario del Espíritu Santo: Perdón por no considerar mi cuerpo ni el de los demás como templos de la Santísima Trinidad; por el pecado de impureza, que es profanación de tu santuario.

Comunidad con María, nuestra Madre común: Perdón por mi débil piedad mariana; por no darle en mi vida el puesto que le corresponde; por no acudir a ella ni amarla como verdadero hijo; por no seguirla en su ejemplo ni asimilar sus virtudes; por no irradiar su devoción.

Luz del mundo y sal de la tierra: Perdón por no ser luz ni sal, por no anunciar el Evangelio con palabras, obras y vida. Perdón por mi cobardía, respetos humanos, apatía, silencios y connivencias culpables.

Comunidad de pecadores: Perdón, Señor, porque sólo en este aspecto me sé plenamente identificado con el ser de tu Iglesia.

Fuente: Magnificat

sábado, 17 de abril de 2010

AMAR LA CRUZ DE CRISTO

Jesucristo tiene ahora muchos amadores de su reino celestial, pero muy pocos que lleven su cruz. Tiene muchos que desean la consolación, pero muy pocos que quieran la tribulación. Muchos compañeros halla por la mesa, mas pocos para la abstinencia. Todos quieren gozar con Él, pero pocos quieren sufrir algo por Él. Muchos siguen a Jesús hasta el partir del pan, mas pocos hasta beber el cáliz de la pasión (Lc 24,35). Muchos veneran sus milagros, pero pocos aman la ignominia de la cruz. Muchos aman a Jesús cuando no sufren adversidades; muchos le alaban y bendicen mientras reciben de Él algunas consolaciones; mas si Jesús se esconde y los deja un poco, luego se quejan o se desaniman sobremanera.

¡Oh! ¡Cuán poderoso es el amor puro de Jesús sin mezcla de interés o amor propio! ¿Acaso no se pueden llamar con toda verdad mercenarios los que buscan siempre consolaciones? Los que piensan continuamente en sus provechos y ganancias, ¿no demuestran con eso ser más que amadores de Cristo, amadores de sí mismos? ¿Dónde se hallará alguno tan perfecto que quiera servir a Dios gratuitamente?

Rara vez se hallará alguno tan espiritual, que esté desprendido de todas las cosas. Pues, ¿quién hallará un verdadero pobre de espíritu y desnudo de toda criatura? Es tesoro inestimable y de lejanas tierras (Pr 31,10). Si el hombre diere a los pobres toda su hacienda, aún no es nada (Cant 8,7). Si hiciere muy grande penitencia, aún es poco. Aunque tenga toda la ciencia, está lejos todavía; y si tuviere gran virtud, muy ferviente devoción, aún le falta mucho, esto es: le falta la cosa que le es más necesaria (Lc 10,42). Y ésta, ¿cuál es? Que después de haber abandonado todas las cosas se deje a sí mismo, salga totalmente de sí mismo y no retenga nada de su amor propio. Y una vez que haya hecho todo lo que entendiere que debe hacer, piense no haber hecho aún nada.

No tenga en mucho que le puedan estimar por grande, sino llámese con sinceridad siervo inútil, como dice la Verdad: Cuando hubiereis hecho todo lo que os está mandado, aún decid: siervos inútiles somos (Lc 17,10). Entonces solamente podrá creerse pobre y desnudo de espíritu, y decir con el Profeta: Verdaderamente soy un pobre y abandonado (Sal 25,16). Sin embargo, ninguno es más rico, ni más poderoso, ni más libre, que aquel que sabe dejarse a sí mismo y dejar todas las cosas poniéndose en el lugar más bajo.

Fuente: La Imitación de Cristo

lunes, 29 de marzo de 2010

CONVERSION

Un verbo hebreo que aparece más de un millar de veces en el Antiguo Testamento nos habla de conversión. Debe hacernos reflexionar, porque existe un problema: hay conversiones al derecho y conversiones al revés. ¡Depende de nosotros!

Shûb (pronúnciese xúb)

Significa dar(se) la vuelta, volver(se) físicamente, como en latín convértere. Como en la frase de Judá a su padre: "Si no nos hubiéramos entretenido, ya estaríamos de vuelta" (Gen 43,10); las palabras de Elías a Eliseo: "Vete, y luego vuelve" (1 Re 19,21), o las idas y venidas de la paloma del arca: "No hallando donde posarse, volvió al arca", pero siete días después Noé la soltó de nuevo "y ya no volvió" (Gen 8,9.12).

De ahí, con buena lógica, pasó a tener diversos significados: desistir, responder, restaurar, etc. Pero lo que nos interesa es que este verbo hebreo pasó a ser el verbo clásico de la conversión.

"Convertirse" es dar la espalda a los ídolos y "volverse" a Dios cara a cara: mirarlo, y dejarnos mirar por Él. ¡Dos posturas antagónicas! ¿Hacia dónde miramos? Porque mi libertad tiene el poder de hacer lo contrario de lo mejor: puedo dar la espalda a Dios para volverme a los ídolos, sean los que sean o quienes sean, como Jeroboán, que "no se convirtió de su mala conducta" (1 Re 13,33). Dios se queja: "Una y otra vez os envié a mis siervos los profetas, para deciros: Que se convierta cada cual de su mal camino; no sigáis a dioses extraños... ¡pero no me hicisteis caso!" (Jer 35,15). Eso, tan frecuente como triste en nuestra mediocre vida, se denomina en la Biblia con una palabra de la misma raíz de este verbo: meshubáh. Significa nada menos que apostasía.

"Si os volvéis al Señor de todo corazón, quitad de en medio de vosotros los dioses extranjeros", dijo Samuel al pueblo urgiéndole a convertirse al Dios verdadero (1 Sam 7,3). Es predicación típica de los profetas, que nos hablan en las lecturas litúrgicas de la Cuaresma: "¿Acaso quiero yo la muerte del malvado -oráculo del Señor-, y no más bien que se convierta y viva?" (Ez 18,23). Tan de la esencia del profeta es esto, que si no predica la conversión es profeta falso: Dice Dios: "Yo no envié a esos profetas pero ellos corrían; no les hablé, pero ellos profetizaban. Si hubieran asistido a mi consejo, anunciarían mi palabra a mi pueblo, y lo harían volver del mal camino de sus malas acciones" (Jer 23,22).

Convertirnos es a la vez don de Dios y "obra" nuestra. Jeremías lo sabía bien: "Me dijo el Señor: Si vuelves (= si te conviertes) te haré volver (= yo te convertiré) y estarás en mi presencia" (15,19). Y en Zacarías (1,3) leemos: "Volved a mí -oráculo del Señor de los Ejércitos- y yo me volveré a vosotros".

Para rezar: Tomar en serio mi libertad: puedo ser apóstata, y el corazón de Dios seguirá quejándose: "¡Si volvieras, Israel -oráculo del Señor-, si volvieras a mí!, ¡si quitaras tus ídolos abominables y no escaparas de mí!" (Jer 4,1). Usar textos de la liturgia como jaculatorias: "Conviértenos a ti, Señor, y nos convertiremos" (Lam 5,21), esto es: y volveremos a casa, como el pródigo de la parábola de Jesús. "Hazme volver, y volveré, porque tú, Señor, eres mi Dios" (Jer 31,18).

Jesucristo es nuestro modelo; con Él tenemos que confrontarnos; sus virtudes son un incentivo para nuestra conversión. Hagamos nuestras las mismas palabras que usaba San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars:

Te amo, mi Dios, y mi solo deseo
es amarte hasta el último respiro de mi vida.
Te amo, oh Dios infinitamente amable,
y prefiero morir amándote
antes que vivir un solo instante sin amarte.
Te amo, Señor, y la única gracia que te pido
es aquella de amarte eternamente.
Dios mío, si mi lengua
no pudiera decir que te amo en cada instante,
quiero que mi corazón te lo repita
tantas veces como respiro.
Te amo, oh mi Dios Salvador,
porque has sido crucificado por mí,
y me tienes aquí crucificado por ti.
Dios mío, dame la gracia de morir amándote
y sabiendo que te amo. Amén.

Fuente: Magnificat

lunes, 30 de noviembre de 2009

¿FRIO O CALIENTE?

Si el hombre conociere el don de Dios (cf Jn 4, 10), el hablar de Dios, el obrar y el poder de Dios, comprendería cómo obra verdaderamen­te el Hijo de Dios; el hombre verdaderamente tendría una fe cimentada en las verdades de Cristo, no en las ver­dades de los hombres que adulteran la Palabra de Dios (cf 2 Cor, 2, 17). Mas el hombre, si conociere verdaderamente el don de Dios, sabría que hay diversidad de dones, pero un solo Dios (cf 1Cor 7, 7) que lo trasciende todo, que lo invade todo y lo penetra todo; los hombres correrían tras las huellas de Cristo sin vacilación, sin confusión, porque sabrían discernir lo verdadero de lo erróneo; serían hombres de oración, de entrega y sacrificios: y un corazón que ora, se entrega y se da recibe la fuerza, la luz y el don de Dios; mas un hombre pobre en oración será pobre en conocimiento de Dios; podrá hablar miles de lenguas: aunque los hombres tuvieren el don de profecía y hablaren lenguas, si les falta el amor, les falta el conocimiento de Dios (cf 1Cor 13). Al hombre que le faltare el conocimiento íntimo del amor de Dios, le falta todo: un corazón sensible, un corazón que amare a Dios por encima de todo, a la Iglesia, a los pastores; que obedeciese a la Cabeza de Cristo, aquí en la tierra es un hombre que camina por las verdades, por las sendas de Cristo; mas el hombre que sigue las verdades a medias, será siempre su vida un caminar a medias, donde no sabrá discernir lo bueno de lo malo, lo falso de la verdad; no sabrá ver a los hijos de las tinieblas, porque el hombre, creyéndose ser hijo de la Luz, vive más en la tiniebla que en la Luz.

El hombre tiene que saber meditar las palabras, esas pala­bras que pudieren parecer fuertes: porque no eres frío ni caliente te vomito de mi boca (cf Ap 3, 15-16). El hombre vive en una tibieza espiritual, donde esa tibieza va haciendo lugar y va arrastrando a tantas almas a un camino de desesperación, de confusión y de no saber dis­cernir; por eso es tan importante que el hombre se sepa vaciar de sí mismo, sepa darse en totalidad a Dios, renunciar a tantas cosas, tantos caprichos, tantos placeres, tantas como­didades... El hombre vive para el mundo y muchas veces deja a Dios a un lado; no sabe dejar las cosas del mundo para centrarse en las cosas de Dios y vivir en la tierra alabando a Dios, bendiciendo a Dios y glorificando a Dios, para ganar los bienes de allá arriba, no los de la tierra (cf Col 3, 1-3). Cuántas veces va peregrinando de un sitio para otro; y en verdad cuando el hombre por la fe va peregrinando es algo que va enriqueciendo el espíritu; y está bien que el hombre peregrine, buscando siempre las hue­llas de Cristo, fortaleciendo el corazón y robusteciendo la fe. Pero siempre tiene que haber unos propósitos, un cambio, unas decisiones que el hombre ha de llevar a cabo: para unos el silencio interior, vivirlo más plenamente; para otros, cerrar los ojos y no ver tantas cosas como el hombre ve; para otros, saber ofrecer los alimentos que no agradaren: no poner tanto impedimento que los hombres de hoy ponen a los alimentos; tantas modas, tantas dificultades.

El hombre vive para el cuerpo y para sus enfermedades. El hombre se ha adaptado al mundo y no sabe ofrecer nada por amor a Dios: ni una enfermedad, ni un dolor, ni una comida, ni un sacrificio y eso es en verdad algo que va reduciendo al hombre por el camino de la espiritualidad: cree avanzar y en cambio retrocede; cree que no retrocede y retrocede más. Cuántas veces los hombres son avisados, porque Dios utiliza en verdad instrumentos, profetas, enviados… y cuántas veces siguen siendo palabras vanas, que las lleva el viento. Ya desde antiguo, desde siempre cuando el hombre era advertido, la mitad escu­chaba y de la mitad dejaban un resto, por si era cierto; y los demás no escuchaban y se hundían y hundían en ese seguir sin seguir a Cristo, en ese caminar sin caminar con Cristo; en ese ir por el mundo, predicando a Cristo y a uno mismo en sus vanidades, en el orgullo humano; el hombre tiene que darlo todo por Dios, no preocuparse del cansancio, de la fatiga, del dolor, del dormir. El cuerpo excesivamente descansado no sabe hacer sacrificios ni caminar por el mundo para hablar de Dios; y aun cuando el hombre no tuviere que dormir, si confiare plenamente en el auxilio de Dios, sen­tirá verdaderamente la mano que lo protege, que le ayuda y le da el descanso cuando verdaderamente es necesario, no cuando el hombre descansa (cf 2 Cor 11 y 12 y 12, 9).

Porque cuántas veces descansan en exceso y no saben combatir ese descanso con la actividad. Cuántas veces en sus justificaciones dicen: Dios me ha hecho así, soy así. ¡Qué palabras de justificación usa el hombre! El hombre ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios (cf Gen 1, 27), mas el hombre luego se hace a su propia imagen, no a imagen de Dios. Y para justificarse el hombre, opta por decir: Dios me ha hecho así. Si el hombre tiene que trabajar día a día para combatir las tentaciones, porque el mundo atrae, el demonio tienta y la carne ahí está con sus debilidades; mas el hombre sabe que el vivir es una lucha (cf Job 7, 1) y si gana el combate, llega a la gloria de Dios (cf 2Tim 4, 7-8). El hombre tiene que combatir la soberbia, la envidia, el ren­cor, si quiere seguir a Cristo; mas si quisiere seguir las huellas de la tiniebla, que el hombre siga con su soberbia, porque no llegará nunca a la luz (cf Lc 18, 10-14).

Cuando un alma se refugia en los brazos de Cristo y siente verdaderamente los brazos del Amado, es en verdad cuando el alma pudiere experimentar esa fuerza de Dios, ese hablar interior donde Cristo sigue diciendo a las almas que vivan para Él, que Le amen, que se den y que ofrezcan todo por amor a las almas. Dadlo todo por Cristo; sabed aprender de los maestros, de los doctores, de los apóstoles, de Pablo, que tanto y tanto sigue diciendo a los hombres de hoy: fue perseguidor (cf 1Tim 1, 13) y se convirtió en evangelizador (Hch 9,15-16). Era recto en doctrina y en Ley (cf Gal 1, 13-24) y recto murió por amor a Dios (cf Hch 28, 30-31). La lectura espiritual nos debe de verdad enamorar para alcanzar esas moradas, donde el alma se deleita en el Corazón de Cristo. ¡Cuántas almas vivieron en ese enamoramiento espiritual con Cristo! ¡Cuántas almas vivieron las nupcias con el Amado! ¡Cuántas almas se dieron para sufrir por amor! Cuántas almas saben decir: Aquí estoy Señor, para hacer tu Voluntad (Heb 10, 9); lo que quieras en cualquier momento, lo que dispusieres en cualquier momento; cuando quieras y donde quieras. Saber decir de corazón siempre: lo que Dios quiera. Y negar nuestra voluntad, porque nuestra voluntad nos traiciona, nos hace cobardes y no sabemos caminar por esa vida de entrega, de rectitud con Cristo. Dadlo todo por amor a Dios; dadlo todo y comprenderéis cuán grande es el amor de Cristo (Jn 17, 23) cuán grande es Jesús con sus hijos (Jn 14, 20), con sus almas.

Sabed corregiros de tantas cosas y a veces dejaos aconsejar y corregir (cf Hch 12, 7), que es tarea difícil para aquellos que tienen el menester y la encomienda de corregir, porque el hombre tiende a la justificación. Sed adoradores del amor Eucarístico de Cristo; transmitid ese amor a los hombres y mirad: el Hijo está derramando constantemente en este día gra­cias. ¡Cuántos se han tapado, por temor a la lluvia! ¿Por qué teme el hombre? El hombre no se da cuenta que el cielo envía gracias; y tantas gracias vienen por medio de la lluvia que Dios envía. A veces los hombres no perciben la manifestación de Cristo porque no están atentos, porque les absorben a veces los problemas y no saben escuchar en el silencio. Escuchad en el silencio interior el dulce hablar de Cristo; a veces sin palabras, pero Cristo es el dulce, el Amado, el predilecto: recordad el Predilecto (Mt 3, 17 y 17, 5), del que se nos dice: Escuchadle.

Fuente: Familia Jesús Nazareno

viernes, 25 de septiembre de 2009

CONVERSION URGENTE

"Vosotros, pues, sed perfectos, como vuestro Padre que está en el cielo es perfecto" (Mt 5,48).

Dice el Concilio Vaticano II que "está completamente claro que todos los fieles de cualquier estado o condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad" (LG 40). La exigencia, por tanto, de vida evangélica no es solo para unos pocos, sino para todos los creyentes. Nuestra Madre del cielo, la Santísima Virgen María, nos recuerda en estos tiempos por medio de sus apariciones la necesidad y urgencia de la conversión: "Si no os arrepentís, todos pereceréis por igual" (Lc 13,3).

La conversión supone despojarnos del hombre viejo y revestirnos del hombre nuevo, según Jesucristo, para aceptar el Evangelio sin reservas y estar dispuestos a tomar la cruz cada día. Es un cambio profundo que se realiza en nosotros y un cambio radical que se concreta cada día y a cada momento. No se trata de ser más buenos o más generosos, ya que la conversión es más profunda y radical; implica dejar todo aquello que nos aparta del camino de la salvación.

La Santísima Virgen nos está recordando y pidiendo en sus mensajes una vida profunda de oración y sacrificio que nos ayude a perseverar en la dura prueba que se avecina y nos prepare para estar a la altura del nombre cristiano. Para todo ello necesitamos una participación frecuente de los Sacramentos, especialmente el de la confesión y el de la Eucaristía. El Santo Rosario, las visitas al Santísimo, la lectura de la Biblia, el ayuno y el uso de sacramentales son instrumentos que nos ayudan a recorrer un camino de santidad, de paz y de transformación interior; un camino sencillo y accesible a todos.

En las apariciones de la Virgen en la Salette (1846) se habla de un llamado a los apóstoles de nuestro tiempo y para los santos del tercer milenio: "Yo dirijo un apremiante llamado a la tierra; llamo a los verdaderos discípulos del Dios vivo que reina en los cielos; llamo a los verdaderos imitadores de Cristo hecho hombre; llamo a mis hijos, a mis verdaderos devotos, a los que ya se me han consagrado a fin de que los conduzca a mi divino Hijo, a los que llevo, por decirlo así, en mis brazos; a los que han vivido de mi espíritu; finalmente, llamo a los apóstoles de los últimos tiempos, a los fieles discípulos de Jesucristo, que han vivido en el menosprecio del mundo y de sí mismos, en la pobreza y en la humildad, en el desprecio y en el silencio, en la oración y en la mortificación, en la castidad y en la unión con Dios, en el sufrimiento y desconocidos del mundo. Ya es hora que salgan y vengan a iluminar la tierra. Id y mostraos como hijos queridos míos. Yo estoy con vosotros y en vosotros, siempre que vuestra fe sea la luz que os alumbre en esos días de infortunio. Que vuestro celo os haga hambrientos de la gloria de Dios y de la honra de Jesucristo. Pelead, hijos de la luz, vosotros, pequeño número que ahí veis; pues he aquí el tiempo de los tiempos, el fin de los fines."

San Luis María Grignion de Monfort anunció: "... el Altísimo y su santa Madre formarán grandes santos para sí, que sobrepasarán a la mayoría de los otros santos en santidad, como los cedros del Líbano sobrepasan a los pequeños arbustos. Estas grandes almas llenas de gracia y fervor, serán elegidas para enfrentarse con los enemigos de Dios, los cuales descargarán su furia por todas partes. Estas almas serán especialmente devotas a nuestra Señora, iluminadas por su luz, fructificadas por su alimento y guiadas por su espíritu, sostenidas por su brazo y cobijadas por su protección. Lucharán derrocando y aplastando a los herejes con sus herejías, a los cismáticos con sus cismas, a los idólatras con sus idolatrías y a los pecadores con sus impiedades... a través de su palabra y su ejemplo atraerán a todo el mundo a la verdadera devoción a María."

La presencia de la Virgen María en este tiempo es un misterio y una realidad dentro del plan salvífico de Dios, y es Ella quien nos anima a caminar por la senda de la salvación y a protegernos con su manto en estos tiempos de confusión. Conforme avanza el reloj de la historia, la lucha que el demonio está librando en contra de María y sus hijos (Ap 12) se hará más difícil y cruel, pues el enemigo del hombre sabe que le queda poco tiempo y redobla sus esfuerzos y ataques; sin embargo, Cristo triunfará y María aplastará con su talón la cabeza de la serpiente (Gen 3,15).

Que este don de María Santísima y la misión que encomienda a los apóstoles de estos tiempos, contribuya a crecer en la fe, fortalecer la paciencia y fomentar la esperanza; ya que, a pesar de la gran tribulación que se avecina y de la oscuridad que invadirá a la Iglesia, la realidad es que la victoria es de nuestro Dios y del Cordero que está sentado en el trono (Ap 7,10), y Él premiará a todos aquellos que permanezcan firmes y perseverantes hasta el fin (Ap 2,7; 2,10; 2,17; 2,26; 3,5; 3,12; 3,21).

"El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias"

Fuente: La Hora de la Verdad

miércoles, 9 de septiembre de 2009

SIEMPRE EN ORACION

El Señor reprendió a Marta porque quería apartar a María de sus pies, para ocuparla en cosas activas y en servicio del Señor, pensando que ella se lo hacía todo y que María no hacía nada. El Señor reprende a Marta y defiende y apoya a María, diciendo que María ha escogido la mejor parte, y que ojo con que nadie se atreva a quitársela.

En el Cantar de los cantares el Esposo defiende a la esposa, conjurando a todas las criaturas del mundo que no molesten a la esposa, ni la impidan la unión y el sueño espiritual de amor, ni la hagan velar, ni abrir los ojos a otra cosa hasta que ella quiera. Porque es más precioso para Dios, y para el alma, y de más estima y provecho, un poquito de este puro y limpio amor, aunque parece que ello es poca cosa y que no es nada, que otras obras grandes externas. Este poquito amor es de más provecho para Dios, para el alma y para la misma Iglesia. Para esto fuimos creados y éste es el último fin del hombre.

Qué pasaría si los sacerdotes y los creyentes estuvieran en este estado de oración. El éxito pastoral sería con menos trabajo muy superior. De otra manera, dice San Juan de la Cruz, "es martillar y hacer poco más que nada, y aún a veces daño. Porque Dios nos libre que comience a desvanecerse la sal".

Qué importante esta virtud fundamental de la piedad y de la vida de oración que el ateísmo siempre ha tratado de destruir de todos modos y por todos los medios en millones y millones de almas. Hoy el ateísmo puede jactarse con razón de haber destruido esta virtud en muchísimos cristianos, incluso en el alma de muchos sacerdotes, religiosos y religiosas que, deslumbrados por esta absurda civilización materialista, han apagado en sí mismos la fuente que alimentaba su vida interior, alma de toda actividad pastoral. Sin la piedad las almas se aridecen, transformando la Iglesia de jardín en desierto.

Las luces de la fe, de la esperanza y del amor se han apagado y el proceso de desintegración de la vida divina está casi consumado. Destronado Dios del espíritu, ha sustituido su puesto un mítico progreso social y una igualmente hipotética justicia social que jamás podrán realizar, pues está claro que ningún progreso y mucho menos ninguna justicia social es realizable sin la verdadera libertad, sin la ayuda de Dios.

Nunca un hombre es más hombre que cuando dobla las rodillas ante Dios.

Fuente: San Juan de la Cruz y Confidencias de Jesús a un Sacerdote

lunes, 3 de agosto de 2009

RECTITUD DE CORAZON

Estamos llamados a caminar delante del Señor con un corazón perfecto; es decir, que vive en rectitud. Tener un corazón perfecto ha sido parte de la vida de fe desde el tiempo en que Dios habló a Abraham: "Yo soy el Dios Todopoderoso. Anda delante de mí y sé perfecto" (Gn 17,1). David determinó en su corazón obedecer al Señor y ser perfecto: "Quiero vivir con rectitud... Será intachable mi conducta aun en mi propio palacio" (Sal 101,2).

Para poder asumir este llamado (Mt 5,48), primero debemos entender que ser perfectos no significa tener una existencia sin pecado, sin errores. A los ojos del Señor significa algo diferente; rectitud, pureza y obediencia. Un corazón perfecto es un corazón que vive en obediencia constante, responde de una forma rápida y total a la Palabra de Dios. Es un corazón siempre receptivo a los suspiros, susurros y advertencias del Señor. Dice en todo momento: "Habla, Señor, que tu siervo escucha" (1 S 3,10).

Un corazón así clama a Dios como lo hizo David: "Oh Dios, examíname, reconoce mi corazón; ponme a prueba, reconoce mis pensamientos; mira si voy por el camino del mal y guíame por el camino eterno" (Sal 139,23-24). Es verdad que Dios examina nuestros corazones: "Yo, el Señor, que escudriño el corazón y conozco a fondo los sentimientos" (Jer 17,10). El corazón perfecto que camina en rectitud se expone al Espíritu Santo para que examine e ilumine lo más íntimo; sin embargo, aquellos que esconden algo no desean ser revisados ni ser hallados culpables.

El anhelo de un corazón perfecto va más allá y busca estar siempre en la presencia de Dios, vivir en comunión con Aquel que muestra su rostro a los humildes. El profeta Jeremías habló mucho de predisponer el corazón para buscar al Señor; él mismo vivió en esa disposición de corazón para buscar a Dios, y por eso la Palabra de Dios vino a él una y otra vez. Es verdad que esto le costó muchas lágrimas y se dice que fue el profeta de la antigüedad que más se asemejó a Cristo en sus sufrimientos, incomprensiones y persecuciones; sin embargo, nos trajo la promesa de salvación por medio de la Nueva Alianza.