Me venía a la mente la letra del canto que lleva por título el mismo que el presente artículo que hoy estoy escribiendo, pero sin los signos de interrogación: Dios está aquí. Allí donde está la presencia de Dios, las vidas de las personas cambian y el hambre espiritual es saciado; sin embargo, cuando la presencia de Dios no es palpable ni experimentable, sucede lo inevitable...
Nunca dejará de sorprenderme el relato del capítulo 2 del libro de los Hechos de los Apóstoles, en el que nos encontramos con 3.000 conversiones y una sola predicación. Demasiadas veces he tenido que observar con gran dolor y tristeza la realidad de lo que sucede en muchas parroquias y comunidades; más de 3.000 predicaciones y apenas una sola conversión. Y me he preguntado: ¿Dios está aquí? Jesucristo, el Señor, ¿está en verdad en el centro del corazón y de la vida de este pastor de almas o de estos responsables eclesiales?
Es como ir a una panadería y no encontrar pan; es el lugar donde su supone que debe haber pan, pero no has podido encontrarlo. Es verdad que te hablan de recetas para hacer el pan, de los lugares donde se prepara y se hornea, de los diferentes tipos de pan que existen; sin embargo, ya no hay pan.
Hay lugares en la Iglesia, o quizás sea mejor decir, hay expresiones en la Iglesia donde la presencia de Dios ya no está actuando; la gloria de Dios ya no está presente y las vidas de las personas no son transformadas ni renovadas; el Espíritu Santo no se mueve con poder y ya no hay convicción de pecado. Por eso hay tantas personas que están a gusto ahí donde no está la presencia de Dios, porque viven en pecado, y cuando el pecado no es expuesto no puede haber arrepentimiento sincero ni conversión auténtica.
Hoy día encontramos muchos creyentes que han escogido escuchar predicaciones suaves y un evangelio "amistoso" en el que ya no se habla apenas de Dios, ni de su Palabra, ni de su presencia. Se prefiere resultar simpático y políticamente correcto, antes que molestar a nadie con la verdad completa de la salvación. Claro que hay que hablar del amor de Dios, es lo primero y más importante, pero no es lo único; también hay que predicar sobre el pecado y llamar a las cosas por su nombre, porque solo así es posible que las vidas de las personas cambien de verdad y se produzcan conversiones.
Hay personas que no descubren la presencia de Dios y se marchan para encontrarla en otros lugares, porque saben muy bien lo que desean y aquello que están buscando: encontrarse con el Señor y caminar en su presencia todos los días de su vida. Ojalá que no se equivoquen y busquen en lugares erróneos fuera de la Iglesia de Jesucristo. ¡Cuántas expresiones de Iglesia en las que no hay vida! Están muertas porque la presencia de Dios ya no está ahí y las vidas de las personas no cambian porque se han quedado en punto muerto también.
¡Ven Espíritu Santo y renueva a tu Iglesia con el fuego! ¡Reaviva en tus fieles un amor apasionado por Cristo y un deseo incansable de caminar siempre en tu presencia! Que podamos cantar con fuerza: ¡Dios está aquí! ¡Dios está aquí! ¡Dios está aquí! Tan cierto como el aire que respiro, tan cierto como en la mañana se levanta el sol, tan cierto que cuando le hablo Él me puede oir. ¡Dios está aquí!
jueves, 2 de febrero de 2012
jueves, 19 de enero de 2012
AMOR QUE SANA Y SALVA
Con las palabras hebreas mûsar, comentada aquí hace casi un año, y qannà (los "celos" de Dios) siete meses antes, creí que estaba clara la doctrina bíblica del castigo de parte de Dios. Por lo visto y lo leído parece que no me expliqué bien. ¿En qué quedamos: Dios castiga o no castiga?
Veamos otra palabra de la Biblia hebrea: nagáf
Digo "otra", porque una decena de términos hebreos sinónimos, de diversas raíces, nos recuerdan que Dios castiga (digamos suavemente: educa, amonesta, corrige, sanciona, etc.; ¿desaparece la dificultad?). Para suprimir esa doctrina tan poco "moderna" hay que arrancar antes muchas páginas de la Biblia.
Nagáf en su origen significa golpear o herir: un hombre hiere a su prójimo (Ex 21,22), un buey acornea a otro buey (Ex 21,35). Si es Dios quien golpea, el "sonido" es judicial: Dios, juez justo, ante una conducta mala dicta una sentencia que duele. ¿Qué castigo impone? A un ejército, Dios puede afligirlo con una derrota, como a los benjaminitas obstinados (Jue 20,35); Dios puede herir con enfermedades y con la muerte, como le sucedió a Nabal (1 Sam 25,37-38) a quien "el Señor hirió de muerte" (¡cómo no iba a morir si se le "agarrotó el corazón" diez días antes por una mala noticia!); o con diversas plagas, como pasó en Egipto (Ex 7,27).
De la misma raíz hebrea, el sustantivo néguef añade su letanía de desgracias, aflicciones y calamidades; en suma: de castigos (Ex 12,13; Num 8,19; 17,11s; Jos 22,7). Muchos son castigos-consecuencia: la pena va en el mismo pecado, como hoy día vemos en las consecuencias de la droga; en el hecho de que Dios "permita" esa sanción que yo mismo me impongo por no hacer caso al sentido de culpa y castigo que llevamos en el fondo de nosotros mismos, hay un gesto divino respetuoso de mi libertad.
¡Pero el Nuevo Testamento es otra cosa! No. Es la misma música casi con la misma letra; y es lógico: cuanto más cerca se deja ver el amor que Dios nos tiene más aparece la gravedad de nuestro desamor, esa situación de ofensa cometida que exige una pena. ¿Y el santo temor de Dios? "Es temor filial; y el temor perfecto de hijo sale de amor perfecto de padre" (san Juan de la Cruz). "El verdadero amor no consiste en ceder siempre, en ser blando, en la mera dulzura. En ese sentido, un Dios dulcificado que dice a todo que sí... no es más que una caricatura del verdadero amor. Porque nos ama, Dios debe oponérsenos cuando nos perdemos a nosotros mismos y corremos peligro" (Benedicto XVI). ¿No será que nuestra razón ofuscada por la sensibilidad quiere que Dios diga lo que nos gusta, en vez de escuchar a qué llama Dios bueno o malo?
También en el Antiguo Testamento la pena es medicinal, no vindicativa; está dictada por un amor infinito ofendido, por eso nos salva; reparamos la ofensa restituyendo lo robado (cf. Jos 7); nos purificamos, nos volvemos a Dios. Hasta el mismo Egipto (¡el enemigo!) se convertirá: "El Señor herirá a Egipto, pero en seguida lo curará; se convertirán al Señor y él será propicio y los curará" (Is 19,22).
Para rezar: ¿Todavía no hemos experimentado el gozo de decir después de una desgracia: "Me castigó, me castigó el Señor, pero no me entregó a la muerte" (Sal 118,18)? ¡Me castigó precisamente para no entregarme a la muerte! "Antes de sufrir yo andaba extraviado... Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos" (Sal 119,67.71).
Fuente: Magnificat (Enero 2012)
Veamos otra palabra de la Biblia hebrea: nagáf
Digo "otra", porque una decena de términos hebreos sinónimos, de diversas raíces, nos recuerdan que Dios castiga (digamos suavemente: educa, amonesta, corrige, sanciona, etc.; ¿desaparece la dificultad?). Para suprimir esa doctrina tan poco "moderna" hay que arrancar antes muchas páginas de la Biblia.
Nagáf en su origen significa golpear o herir: un hombre hiere a su prójimo (Ex 21,22), un buey acornea a otro buey (Ex 21,35). Si es Dios quien golpea, el "sonido" es judicial: Dios, juez justo, ante una conducta mala dicta una sentencia que duele. ¿Qué castigo impone? A un ejército, Dios puede afligirlo con una derrota, como a los benjaminitas obstinados (Jue 20,35); Dios puede herir con enfermedades y con la muerte, como le sucedió a Nabal (1 Sam 25,37-38) a quien "el Señor hirió de muerte" (¡cómo no iba a morir si se le "agarrotó el corazón" diez días antes por una mala noticia!); o con diversas plagas, como pasó en Egipto (Ex 7,27).
De la misma raíz hebrea, el sustantivo néguef añade su letanía de desgracias, aflicciones y calamidades; en suma: de castigos (Ex 12,13; Num 8,19; 17,11s; Jos 22,7). Muchos son castigos-consecuencia: la pena va en el mismo pecado, como hoy día vemos en las consecuencias de la droga; en el hecho de que Dios "permita" esa sanción que yo mismo me impongo por no hacer caso al sentido de culpa y castigo que llevamos en el fondo de nosotros mismos, hay un gesto divino respetuoso de mi libertad.
¡Pero el Nuevo Testamento es otra cosa! No. Es la misma música casi con la misma letra; y es lógico: cuanto más cerca se deja ver el amor que Dios nos tiene más aparece la gravedad de nuestro desamor, esa situación de ofensa cometida que exige una pena. ¿Y el santo temor de Dios? "Es temor filial; y el temor perfecto de hijo sale de amor perfecto de padre" (san Juan de la Cruz). "El verdadero amor no consiste en ceder siempre, en ser blando, en la mera dulzura. En ese sentido, un Dios dulcificado que dice a todo que sí... no es más que una caricatura del verdadero amor. Porque nos ama, Dios debe oponérsenos cuando nos perdemos a nosotros mismos y corremos peligro" (Benedicto XVI). ¿No será que nuestra razón ofuscada por la sensibilidad quiere que Dios diga lo que nos gusta, en vez de escuchar a qué llama Dios bueno o malo?
También en el Antiguo Testamento la pena es medicinal, no vindicativa; está dictada por un amor infinito ofendido, por eso nos salva; reparamos la ofensa restituyendo lo robado (cf. Jos 7); nos purificamos, nos volvemos a Dios. Hasta el mismo Egipto (¡el enemigo!) se convertirá: "El Señor herirá a Egipto, pero en seguida lo curará; se convertirán al Señor y él será propicio y los curará" (Is 19,22).
Para rezar: ¿Todavía no hemos experimentado el gozo de decir después de una desgracia: "Me castigó, me castigó el Señor, pero no me entregó a la muerte" (Sal 118,18)? ¡Me castigó precisamente para no entregarme a la muerte! "Antes de sufrir yo andaba extraviado... Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos" (Sal 119,67.71).
Fuente: Magnificat (Enero 2012)
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