María es nuestra Madre, por voluntad de su Hijo Jesús. Y, como madre, quiere tomarnos de la mano y acompañarnos. Es necesario entonces que nos dejemos todos formar por su acción materna.
Nos forma en el corazón, para llevarnos a la conversión y para abrirnos a una nueva capacidad de amor. Así nos sana de la enfermedad del egoísmo y de la aridez. Nos forma en el alma, ayudándonos a cultivar en ella el gran don de la gracia divina, de la pureza, de la caridad. Y como en un jardín celestial, hace que se abran las flores de todas las virtudes que nos hacen crecer en santidad. Así, Ella aleja de nosotros la sombra del mal, el hielo del pecado, el desierto de la impureza. Nos forma en el cuerpo, haciendo resplandecer la luz del Espíritu que habita en él como en un templo viviente. Así, nos conduce por el camino de la pureza, de la belleza, de la armonía, de la alegría, de la paz, de la comunión con el Paraíso entero.
Ella nos prepara para recibir al Señor que viene. Es por eso que nos ha pedido la consagración a su Corazón Inmaculado. Para formarnos a todos en la docilidad interior que necesita para que Ella pueda actuar en cada uno de nosotros, llevándonos a una profunda transformación, que nos prepare para recibir dignamente al Señor.
Es la Madre del Segundo Adviento. Ella nos prepara para su nueva venida. Ella abre el camino a Jesús que vuelve a nosotros en gloria. Allanemos los montes elevados por la soberbia, por el odio y por la violencia. Colmemos los valles excavados por los vicios, las pasiones, la impureza. Removamos la tierra árida del pecado y del rechazo de Dios. Como Madre dulce y misericordiosa, invita hoy a sus hijos, invita a la humanidad entera a preparar el camino para el Señor que viene.
La misión que le ha sido confiada por el Señor, es la de preparar su venida entre nosotros. Por eso nos pide a todos que volvamos al Señor por el camino de la conversión del corazón y de la vida, porque éste es todavía el tiempo favorable que el Señor nos ha concedido. Nos invita a todos a consagrarnos a su Corazón Inmaculado, confiándonos a Ella como niños, para que pueda llevarnos por el camino de la santidad, en el ejercicio gozoso de todas las virtudes: de la fe, de la esperanza, de la caridad, de la prudencia, de la fortaleza, de la justicia, de la templanza, del silencio, de la humildad, de la pureza, de la misericordia.
Nos forma en la oración, que siempre debemos hacer con Ella. Multipliquemos, en todas las partes del mundo, los Cenáculos de oración que nos ha pedido, como antorchas encendidas en la noche, como puntos de referencia seguros, como refugios necesarios y esperados. Pide, sobre todo, que se difundan cada vez más los Cenáculos familiares, para ofrecernos una morada segura, en la gran prueba que ya nos espera.
Es la Madre del Segundo Adviento. Dejémonos, entonces, guiar y formar por Ella para poder estar preparados para recibir a Jesús, que vendrá en gloria para instaurar entre nosotros su Reino de amor, de santidad, de justicia y de paz.
Fuente: A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen
lunes, 14 de diciembre de 2009
martes, 8 de diciembre de 2009
UNA CORONA DE DOCE ESTRELLAS
Contemplamos hoy el candor inmaculado de nuestra Madre Celeste. Ella es la Inmaculada Concepción, la única criatura exenta de toda mancha de pecado incluso del original. Es toda hermosa. Dejémonos envolver en su manto de belleza, para que también nosotros seamos iluminados con su candor del Cielo, con su Luz Inmaculada. Ella es toda hermosa por ser llamada a ser la Madre del Hijo de Dios y a formar el virginal vástago del que debe surgir la Flor Divina. Por eso su designio se inserta en el misterio mismo de nuestra salvación.
Al principio es anunciada como la enemiga de Satanás, la que obtendrá sobre él la completa victoria. "Pondré enemistades entre ti y la Mujer, entre tu descendencia y la suya; Ella te aplastará la cabeza, mientras tú tratarás de morder su talón." Al final es vista como la Mujer vestida del Sol, que tiene la misión de combatir contra el Dragón Rojo y su poderoso ejército, para vencerlo y arrojarlo a su reino de muerte, para que en el mundo pueda reinar solamente Cristo. Es presentada por la Sagrada Escritura con el fulgor de su maternal realeza; "y apareció en el Cielo otra señal: una Mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza."
En torno a su cabeza hay, pues, una corona de doce estrellas. La corona es el signo de la realeza. La misma está compuesta por doce estrellas, porque se convierte en el símbolo de su materna y real presencia en el corazón mismo del pueblo de Dios. Las doce estrellas indican las doce tribus de Israel, que componen el pueblo elegido, escogido y llamado por el Señor para preparar la venida al mundo del Hijo de Dios y del Redentor. Puesto que Ella es llamada a ser la Madre del Mesías, su designio es el de ser el cumplimiento de las promesas, el brote virginal, el honor y la gloria de todo el pueblo de Israel. En efecto, la Iglesia la exalta con estas palabras: "Tú eres la gloria de Jerusalén; Tú eres la alegría de Israel; Tú eres el honor de nuetro pueblo." Por eso las tribus de Israel forman doce piedras preciosas de la diadema que circunda su cabeza, para indicar la función de su materna realeza.
Las doce estrellas significan también los doce Apóstoles que son el fundamento sobre el cual Cristo ha fundado su Iglesia. Se ha encontrado a menudo con ellos, para estimularlos a seguir y a creer en Jesús durante los tres años de su pública misión. En su lugar, Ella estuvo bajo la Cruz, junto con Juan, en el momento de la crucifixión, de la agonía y de la muerte de su Hijo Jesús. Con ellos ha participado de la alegría de su resurrección; junto a ellos, recogidos en oración, ha asistido al momento glorioso de Pentecostés. Durante su existencia terrena ha permanecido junto a ellos con su oración y su presencia maternal para ayudarlos, formarlos, alentarlos e impulsarlos a beber el cáliz que había sido preparado para ellos por el Padre Celestial. Es así Madre y Reina de los Apóstoles que, en torno a su cabeza, forman doce estrellas luminosas de su materna realeza.
Es Madre y Reina de toda la Iglesia. Las doce estrellas significan además una nueva realidad. El Apocalipsis, en efecto, la ve como un gran signo en el cielo: La Mujer vestida del Sol, que combate al Dragón y a su poderoso ejército del mal. Entonces, las estrellas en torno a su cabeza indican a aquellos que se consagran a su Corazón Inmaculado, forman parte de su ejército victorioso, se dejan guiar por Ella para combatir esta batalla y para obtener al final nuestra mayor victoria. Así, todos sus predilectos y los hijos consagrados a su Corazón Inmaculado, llamados hoy a ser los apóstoles de los últimos tiempos, son las estrellas más luminosas de su real corona.
Las doce estrellas, que forman la luminosa corona de su materna realeza, están constituidas por las doce tribus de Israel, por los Apóstoles y por los apóstoles de estos nuestros últimos tiempos. Entonces, en la fiesta de su Inmaculada Concepción, nos llama a todos nosotros a formar parte preciosa de su corona y volvernos las estrellas brillantes que difunden, por todas las partes del mundo, la luz, la gracia, la santidad, la belleza y la gloria de nuestra madre Celeste.
Fuente: A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen
Al principio es anunciada como la enemiga de Satanás, la que obtendrá sobre él la completa victoria. "Pondré enemistades entre ti y la Mujer, entre tu descendencia y la suya; Ella te aplastará la cabeza, mientras tú tratarás de morder su talón." Al final es vista como la Mujer vestida del Sol, que tiene la misión de combatir contra el Dragón Rojo y su poderoso ejército, para vencerlo y arrojarlo a su reino de muerte, para que en el mundo pueda reinar solamente Cristo. Es presentada por la Sagrada Escritura con el fulgor de su maternal realeza; "y apareció en el Cielo otra señal: una Mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza."
En torno a su cabeza hay, pues, una corona de doce estrellas. La corona es el signo de la realeza. La misma está compuesta por doce estrellas, porque se convierte en el símbolo de su materna y real presencia en el corazón mismo del pueblo de Dios. Las doce estrellas indican las doce tribus de Israel, que componen el pueblo elegido, escogido y llamado por el Señor para preparar la venida al mundo del Hijo de Dios y del Redentor. Puesto que Ella es llamada a ser la Madre del Mesías, su designio es el de ser el cumplimiento de las promesas, el brote virginal, el honor y la gloria de todo el pueblo de Israel. En efecto, la Iglesia la exalta con estas palabras: "Tú eres la gloria de Jerusalén; Tú eres la alegría de Israel; Tú eres el honor de nuetro pueblo." Por eso las tribus de Israel forman doce piedras preciosas de la diadema que circunda su cabeza, para indicar la función de su materna realeza.
Las doce estrellas significan también los doce Apóstoles que son el fundamento sobre el cual Cristo ha fundado su Iglesia. Se ha encontrado a menudo con ellos, para estimularlos a seguir y a creer en Jesús durante los tres años de su pública misión. En su lugar, Ella estuvo bajo la Cruz, junto con Juan, en el momento de la crucifixión, de la agonía y de la muerte de su Hijo Jesús. Con ellos ha participado de la alegría de su resurrección; junto a ellos, recogidos en oración, ha asistido al momento glorioso de Pentecostés. Durante su existencia terrena ha permanecido junto a ellos con su oración y su presencia maternal para ayudarlos, formarlos, alentarlos e impulsarlos a beber el cáliz que había sido preparado para ellos por el Padre Celestial. Es así Madre y Reina de los Apóstoles que, en torno a su cabeza, forman doce estrellas luminosas de su materna realeza.
Es Madre y Reina de toda la Iglesia. Las doce estrellas significan además una nueva realidad. El Apocalipsis, en efecto, la ve como un gran signo en el cielo: La Mujer vestida del Sol, que combate al Dragón y a su poderoso ejército del mal. Entonces, las estrellas en torno a su cabeza indican a aquellos que se consagran a su Corazón Inmaculado, forman parte de su ejército victorioso, se dejan guiar por Ella para combatir esta batalla y para obtener al final nuestra mayor victoria. Así, todos sus predilectos y los hijos consagrados a su Corazón Inmaculado, llamados hoy a ser los apóstoles de los últimos tiempos, son las estrellas más luminosas de su real corona.
Las doce estrellas, que forman la luminosa corona de su materna realeza, están constituidas por las doce tribus de Israel, por los Apóstoles y por los apóstoles de estos nuestros últimos tiempos. Entonces, en la fiesta de su Inmaculada Concepción, nos llama a todos nosotros a formar parte preciosa de su corona y volvernos las estrellas brillantes que difunden, por todas las partes del mundo, la luz, la gracia, la santidad, la belleza y la gloria de nuestra madre Celeste.
Fuente: A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen
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